Mes: Junio 2014

El Señor es nuestro Dios, y nosotros su pueblo, el rebaño que él guía

De los Sermones de san Agustín, obispo. (Sermón 47, Sobre las ovejas, 1. 2. 3. 6: CCL 41, 572-573. 575-576) EL SEÑOR ES NUESTRO DIOS, Y NOSOTROS SU PUEBLO, EL REBAÑO QUE ÉL GUÍA Las palabras que hemos cantado expresan nuestra convicción de que somos rebaño de Dios: Él es nuestro Dios, creador nuestro. El es nuestro Dios, y nosotros su pueblo, el rebaño que él guía. Los pastores humanos tienen unas ovejas que no han hecho ellos, apacientan un rebaño que no han creado ellos. En cambio, nuestro Dios y Señor, porque es Dios y creador, se hizo él mismo las ovejas que tiene y apacienta. No fue otro quien las creó y él las apacienta, ni es otro quien apacienta las que él creó. Por tanto, ya que hemos reconocido en este cántico que somos sus ovejas, su pueblo y el rebaño que él guía, oigamos qué es lo que nos dice a nosotros, sus ovejas. Antes hablaba a los pastores, ahora a las ovejas. Por eso nosotros lo escuchábamos, antes, con temor, vosotros, en cambio, seguros. ¿Cómo lo escucharemos en estas palabras de hoy? ¿Quizás al revés, nosotros seguros y vosotros con temor? No, ciertamente. En primer lugar porque, aunque somos pastores, el pastor no sólo escucha con temor lo que se dice a los pastores, sino también lo que se dice a las ovejas. Si...

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Nosotros creíamos……!

  Al P. Isidro Payán En su LXII Aniv.  ¡Era un domingo, señores! Y las seis de la tarde en todos los relojes de Roma. ¡Qué seis de la tarde aquellas! Las seis de la tarde más importantes y decisivas de mi vida junto a mí nacimiento y mi bautismo. A las seis de la tarde, cuando el sol se hundía en el Mare Nostrum y la tarde era suave y tibia. ¡Qué inolvidables seis de la tarde! El gentío, unas cien mil almas anhelantes y devotas se aprestaban a seguir la ceremonia. Cuatrocientos diáconos estábamos al pie de la escalinata de la Plaza de San Pedro. El último sol arrancaba destellos de la Cúpula. El escenario listo. El altar hermosamente engalanado, los candelabros encendidos, humeante el incensario; y el coro de la Capilla Sixtina…… ¡Qué cantos! El cuerpo diplomático apostado en su sitio. El viento traía una suave brisa arrancada al mar y refrescaba el ambiente. A las seis de la tarde en punto inició la procesión que salía de la puerta principal de la Basílica; al final, el Santo Pontífice, mínimo y humilde, pero imponente santo y sabio, Pablo VI, hacía su aparición. La ceremonia dio inicio. Momentos después, también, mi sacerdocio ministerial daría inicio cuando el Santo Padre me impusiera sus manos. De ello, este domingo se cumplen 39 años. Pero eso fue solo un momento...

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San Pedro y San Pablo. Jun.29,2014

Este año, el domingo XIII coincide con la fiesta de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo. He querido compartir con ustedes una hermosa homilía que pronunció el entonces  Cardenal Arzobispo J. Ratzinger en la Catedral de nuestra Señora de Freising, (27.06.81).  Esta homilía fue con motivo de ordenaciones sacerdotales; desarrolla, por ello, el tema dese una óptica sacerdotal. Por este motivo creo que es muy oportuna para nosotros, sacerdotes, esta meditación. Ojalá sirva tanto para la meditación personal como para la meditación con el pueblo de Dios. Los textos que maneja en su homilía son de la   misa de vísperas Hech. 3,1-10 y el Evangelio de la fiesta Jn. 21,15-19. “Año tras año, celebramos las ordenaciones sacerdotales invocando a los Apóstoles Pedro y Pablo, por ser los prototipos de la misión sacerdotal, y significar la unidad de la iglesia en cuyo seno se la confiere. Ellos nos hablan en la liturgia de este día, y os marcan, queridísimos hermanos, el camino de vuestro ministerio. Veamos, pues, lo que nos dicen en los textos de las lecturas que acabamos de escuchar. Había un hombre paralítico pidiendo limosna delante de la llamada «Puerta Hermosa» del Templo. Incapaz de conseguirlo por sí mismo, suplicaba dinero para poder subsistir. Pedía dinero como compensación por su carencia de libertad; como compensación por la impotencia vital a la que se halla sometido. Y aparecen Juan...

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La amistad verdadera es perfecta y constante. (beato Elredo, abad)

Jonatán, aquel excelente joven, sin atender a su estirpe regia y a su futura sucesión en el trono, hizo un pacto con David y, equiparando el siervo al señor, precisamente cuando huía de su padre, cuando estaba escondido en el desierto, cuando estaba condenado a muerte, destinado a la ejecución, lo antepuso a sí mismo, abajándose a sí mismo y ensalzándolo a él: Tú -le dice- serás el rey, y yo seré tu segundo.

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La voz que clama en el desierto (San Agustín)

De los Sermones de san Agustín, obispo (Sermón 293, 1-3: PL 38, 1327-1328) LA VOZ DEL QUE CLAMA EN EL DESIERTO La Iglesia celebra el nacimiento de Juan como algo sagrado, y él es el único de los santos cuyo nacimiento se festeja; celebramos el nacimiento de Juan y el de Cristo. Ello no deja de tener su significado, y, si nuestras explicaciones no alcanzaran a estar a la altura de misterio tan elevado, no hemos de perdonar esfuerzo para profundizarlo y sacar provecho de él. Juan nace de una anciana estéril; Cristo, de una jovencita virgen. El futuro padre de Juan no cree el anuncio de su nacimiento y se queda mudo; la Virgen cree el del nacimiento de Cristo y lo concibe por la fe. Esto es, en resumen, lo que intentaremos penetrar y analizar; y, si el poco tiempo y las pocas facultades de que disponemos no nos permiten llegar hasta las profundidades de este misterio tan grande, mejor os adoctrinará aquel que habla en vuestro interior, aun en ausencia nuestra, aquel que es el objeto de vuestros piadosos pensamientos, aquel que habéis recibido en vuestro corazón y del cual habéis sido hechos templo. Juan viene a ser como la línea divisoria entre los dos Testamentos, el antiguo y el nuevo. Así lo atestigua el mismo Señor, cuando dice: La ley y los profetas llegan hasta...

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