Mes: Julio 2014

XVIII Domingo A. Agosto 3,2014

Is 55, 1-3; Sal 144; Rom 8, 35.37-39; Mt 14, 13-21  “Denles ustedes de comer”.   Mt. 14, 13-21. Terminado el discurso de las parábolas, la liturgia de hoy nos sitúa en el episodio de la multiplicación de los panes. Este episodio tiene una larga historia de interpretación en la que no nos vamos a detener por razones obvias. Como quiera que sea se trata de un episodio cargado de simbolismo y que revistió una gran importancia para las comunidades primitivas. Esto se desprende del hecho de que se trata del único episodio que es relatado seis veces en los evangelios (Dos en Mt. dos en Mc. Uno en Lc. y uno en Jn.) Se trata de un caso único en la literatura evangélica, razón por la cual, los estudiosos lo consideran un relato de enorme significado para las comunidades primitivas y que tiene que serlo, igualmente, para las comunidades cristianas de nuestros días. Es necesario notar el contexto de hostilidad por parte de Herodes y de un alejamiento de Jesús para evitar la confrontación directa. Todavía no ha llegado la hora. Nuestro relato comienza diciendo: “Al enterarse, (de la muerte de Juan), Jesús se marchó de ahí en barca, él solo, a un paraje despoblado”. Es indudable que Jesús pone tierra de por medio, – en este caso, mar -: es indudable que Jesús adivina su propio destino...

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La Cizaña.

El mal puede ser el camino de la esperanza. Pero condición previa es verlo desde Dios. “Si vemos sólo las cosas de este mundo, nos entristecemos”. (S. Agustín).   En un momento en que el mundo mediático y la realidad parecen coincidir, resulta necesario levantar la mirada por encima de las olas y contemplar el horizonte. Tal vez alcancemos a ver la tierra prometida. El mal escandaliza. La Ciudad se estremece como los seres vivos para sacudirse el mal. El mal indica, por lo general, todo lo que  es reprobable, todo lo que no es como debería ser.  ¿Qué mal más grande que la amenaza permanente a la vida y a la integridad de la persona? ¿Qué mal mayor que la desvalorización de la vida? ¿Qué mal mayor que la «fundamental insinceridad» con la que nos estamos manejando?  Lo que acontece en nuestro mundo es reprobable; en realidad,  no debería acontecer. Es el mal. Se ha hecho común, fácil, ordinario, lo que no debería  ser; como si de una especie de mimetismo se tratara, lo más grave como es disponer de la vida humana, potestad reservada a Dios, se convierte  en “moda”, método de autoafirmación de subhumanos y de descarriados. ¡Qué grave es esto! ¿Cómo hemos llegado a este extremo? Tres millones de niñas  en el mundo radical musulmán sometidas a la ablación, mutilación genital, al año; niñas secuestradas y...

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XVII DOMINGO. A. Jul.27,2014

I Re. 3,5-13; Sal. 118; Rom. 8,28-30; Mt.13, 44-52  El Hallazgo del Reino El hombre que encuentra el Reino en su camino queda transformado de los pies a la cabeza. «Se ha cumplido el tiempo –había dicho Jesús -, y el Reino de Dios está cerca; conviértanse y  crean en el evangelio» (Mc 1,15). El que cree en el evangelio, debe saber que ha encontrado un tesoro. En otras palabras, plenamente evangélicas, ese hombre ha entrado en el Reino; y deja que el Reino penetre en él, y le conquiste, en cuerpo y alma. Lo demás, en lo sucesivo, ya no cuenta: bienes temporales, búsqueda de una justicia simplemente humana, confianza en sí mismo, en sus méritos… A todo ello renuncia por ese bien superior que a todo lo suple ventajosamente. El Tesoro y la Perla No hay nada que pueda compararse con ese tesoro o esta perla fina. La alegría embriaga al hombre que ha logrado tal hallazgo. Para el, lo único que cuenta es la adquisición del campo donde está el tesoro o la piedra preciosa, incomparable. Podemos decir que un tesoro se encuentra por azar, sin embargo, de una u otra forma, se anda en busca del tesoro. Los arqueólogos con la mirada bien ejercitada siguen buscando los tesoros de la antigüedad. Sucede siempre que en Palestina, quizá más que en otras partes, la imaginación popular...

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Ha resplandecido sobre nosotros la luz de tu rostro. (san Amborsio)

¿Por qué nos escondes tu rostro? Cuando estamos afligidos por algún motivo nos imaginamos que Dios nos esconde su rostro, porque nuestra parte afectiva está como envuelta en tinieblas que nos impiden ver la luz de la verdad. En efecto, si Dios atiende a nuestro estado de ánimo y se digna visitar nuestra mente, entonces estamos seguros de que no hay nada capaz de oscurecer nuestro interior. Porque si el rostro del hombre es la parte más destacada de su cuerpo, de manera que cuando nosotros vemos el rostro de alguna persona es cuando empezamos a conocerla, o cuando nos damos cuenta de que ya la conocíamos, ya que su aspecto nos lo da a conocer, ¿cuánto más no iluminará el rostro de Dios a los que él mira?

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Una sola oración y una sola esperanza. (san Ignacio de Antioquía)

De la carta de san Ignacio de Antioquía, obispo y mártir, a los Magnesios. (Cap. 6, 1–9, 2: Funk 1, 195-199) UNA SOLA ORACIÓN Y UNA SOLA ESPERANZA EN LA CARIDAD Y EN LA SANTA ALEGRÍA Como en las personas de vuestra comunidad que tuve la suerte de ver, os contemplé en la fe a todos vosotros y a todos cobré amor, yo os exhorto a que pongáis empeño por hacerlo todo en la concordia de Dios, bajo la presidencia del obispo, que ocupa el lugar de Dios; y de los presbíteros, que representan al colegio de los apóstoles; desempeñando los diáconos, para mí muy queridos, el ejercicio que les ha sido confiado del ministerio de Jesucristo, el cual estaba junto al Padre antes de los siglos y se manifestó en estos últimos tiempos. Así pues, todos, conformándoos al proceder de Dios, respetaos mutuamente y nadie mire a su prójimo bajo un punto de vista meramente humano, sino amaos unos a otros en Jesucristo en todo momento. Que nada haya en vosotros que pueda dividiros, antes bien, formad un solo cuerpo con vuestro obispo y con los que os presiden, para que seáis modelo y ejemplo de inmortalidad. Por consiguiente, a la manera que el Señor nada hizo sin contar con su Padre, ya que formaba una sola cosa con él -nada, digo, ni por sí mismo ni por...

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