A TRES BANDAS.

 

 

Panem et circenses.

Palabras de amargo desprecio dirigidas por Juvenal a los romanos de la decadencia que solo pedían en el Foro (el lugar de las reuniones y los espectáculos) comida y espectáculos, juegos, luchas entre bestias y humanos, los gladiadores, simulacros de batallas y carreras de aurigas, todo de forma gratuita. Hoy podríamos traducir la frase: tacos, futbol y antros.

 

Decimo Giunio Juvenal, poeta latino de la decadencia que cabalgó entre el I y II siglo d. C., (60-140), fustigó duramente a ese pueblo apoltronado que se contentaba con pan y circo y que era incapaz de exigir más, de ver más allá del pan y de los juegos saturnales, de foro, teatro, de la lucha de los gladiadores. Nihil novi sub sole. (Nada nuevo bajo el sol). Si el mundo en que vivimos con mucha frecuencia nos indigna, bien podría ser Juvenal un contemporáneo nuestro, dice uno de sus biógrafos. Irritado como pocos, sin embargo, Juvenal era corresponsable de las torpezas que lamenta, al menos tanto como nosotros, escritores o no, que fascinados ante la protervia de los poderosos, aplaudimos. Tal vez, la sociedad que nos nutre no es en el fondo peor que la de nuestros antepasados, pero sí que en el hombre existe el virus de la indignidad. (Juvenal. M. Ramous). O de la necesidad. De la simple incultura. Así fue para Juvenal.

 

Esta frase aceptada y promovida por el poder imperial de la Roma decadente encerraba, por una parte, una buena dosis de pragmatismo político y, por otra, el profundo desprecio por un pueblo envilecido. El Imperio era la Ciudad. Podía haber guerra en cualquier parte del Imperio, pero la Urbe debía permanecer en paz. Los correos tardaban mucho en llegar, si llegaban. La prioridad de los emperadores y del ampuloso Senado Romano era que la Urbe, el populacho, pues, estuviera en paz, es decir, satisfecho. De ahí que la política elemental a seguir era mantenerla bien aprovisionada de trigo y bien provista de diversión y con el fuego siempre encendido a los dioses protectores.

 

La rebelión de la Ciudad era más peligrosa para los emperadores que la rebelión de las tribus bárbaras de las Galias, o la Germania o Hispania o de cualquiera otra de las regiones aprisionadas bajo la dudosa categoría de Imperio Romano. Cuando comenzaba el desabasto o faltaban juegos y diversiones suficientes, el pueblo se enfurecía y no solamente el puesto, sino la vida misma del divino emperador, corrían serio peligro. Había que mantener activadas las vías de comunicación para traer trigo de todas las partes del Imperio, del norte de África que era el gran surtidor, de las Galias o del Asia Menor; las buenas lonjas de tocino que producían los suevos eran muy apreciadas en Roma; había que mantener, también, reservas de fieras, gladiadores y demás curiosidades traídas de las tierras conquistadas que hacían las delicias y felicidad de los degenerados, apoltronados, vividores y viciosos ciudadanos de la Urbe. Magos, predicadores, extravagancias, todo, todo cuanto pudiera significar novedad y diversión, era traído a la ciudad. Para eso era Roma. El Imperio Romano era Roma.

 

Aún en sus largas y penosas campañas, los emperadores tenían que dejar bien abastecida la Ciudad para garantizar la paz y a los senadores y cónsules con las manos llenas (y bien vigilados), porque corrían el riesgo de que a su regreso, y no obstante todos los triunfos y trofeos, se encontraran con la desagradable noticia de que ya no eran emperadores. Había que mantener, pues, satisfecha, contenta y bien abastecida la ciudad, además de una buena red de soplones y policías y a los jefes de las legiones bien forrados para que no se les ocurriera encabezar algún levantamiento. Precauciones, pues.

 

No pocas veces las circunstancias de desabasto de alimento y la falta de diversión alentaban a los sectores enemigos para aprovechar la coyuntura y destronar y, de paso, asesinar al divino emperador. De ahí, pues, que la política elemental estuviera dictada por la sabia frase ofensiva y pragmática: «Panem et circenses». Hoy podemos traducir por pan y espectáculos. Hoy, el pan más escaso y los espectáculos de pésima calidad; los romanos no lo hubieran tolerado. El peligro podría subir de tono si al desabasto se juntaba alguna rebelión, por ejemplo, Espartaco y la rebelión de los gladiadores.

 

Panem et circenses entrañaba, pues, un amargo y hondo desprecio por el pueblo. El pueblo envilecido no era más que un medio para que la política, o mejor dicho, para que los políticos realizaran sus muy personales planes. Un pueblo que había perdido su dignidad y que sólo necesitaba pan y diversiones, obviamente gratis. Un pueblo que ya no se sentía protagonista de su destino, que ya no sabía exigir, que se contentaba con pan y juegos, que no sabía pedir cuentas; un pueblo que había claudicado y al que no le importaba ya lo que sucediese siempre y cuando tuviese trigo y diversión. Un pueblo así, sólo merecía el desprecio.

 

Y es que no decaen sólo los gobiernos, es el pueblo todo el que se va hundiendo poco a poco en la indiferencia, en la apatía, en el abandono, y va renunciando también a su propia dignidad, a las cosas que le son propias y, entonces, el final está cerca. Eso de que un pueblo tiene el gobierno que merece, no es del todo errónea. Llega la hora de los grandes desórdenes, de la anarquía, de la obnubilación de los dirigentes; comienza la época de los emperadores de la decadencia; el pillaje, la delincuencia; la violencia sin bandera y la descomposición social se hacen presentes, ya no hay leyes, ya no hay quien organice, ya no hay guías y comienza la hora crepuscular. Es la hora también de los graves desórdenes sexuales. Por ello, los Padres de la Iglesia, los primeros obispos, genios y santos, fustigaron con todos los recursos disponibles, el circo y el teatro romanos; era el intento de llevar al hombre a redescubrimiento de su dignidad.

 

B.- Exterminio de cristianos.

El domingo pasado, en su saludo pascual al mundo, papa Francisco, lanzó advertencias muy severas; habló del asesinato de cristianos “ante la indiferencia internacional”, denunció el negocio de las armas y otras muchas incongruencias de nuestra cultura hipócrita.

 

Genocidio Armenio (1915-1917). Este año se celebra el centenario del genocidio de Armenia. En ningún otro siglo ha habido tal cantidad de mártires cristianos como en el siglo XX y lo que va del presente. A finales del siglo XIX y principios del XX los armenios sufrieron un genocidio por parte de los otomanos, (turcos). Como resultado, 1,5 millones de armenios fueron asesinados, y el resto de los armenios occidentales se dispersaron por todo el mundo a través de Siria y el Líbano

 

En 301, Armenia se convirtió en la primera nación que adoptó el cristianismo como religión de estado, antes que Constantino lo hiciera en Milán en 312. Se estableció una iglesia que aún existe con independencia de la católica y las iglesias ortodoxas de oriente, al rechazar el Concilio de Calcedonia en el año 451, según el cual, en Cristo hay dos naturalezas, la humana y la divina. En 1915, el Imperio otomano llevó a cabo sistemáticamente el genocidio armenio, en el cual fueron asesinados 1,5 millones de armenios, y deportados otro medio millón. La limpieza étnica durante los últimos años del Imperio otomano se considera un genocidio, con una ola de masacres en los años 1894 a 1896, que culminó con los sucesos de 1915 a 1923. Con la I Guerra Mundial en curso, los turcos otomanos acusaron a los armenios cristianos de aliarse con la Rusia imperial, y utilizó este pretexto para considerar a toda la población armenia como un enemigo dentro de su imperio. Los acontecimientos de 1915 y 1923 son considerados por los armenios y por la gran mayoría de los historiadores occidentales como asesinatos en masa. Las autoridades turcas, sin embargo, sostienen que las muertes fueron el resultado de una guerra civil, junto con la enfermedad y el hambre, con bajas sufridas por ambas partes.

 

Al Shabab, (= los jóvenes), ha escrito el más reciente capítulo de esta historia. Para celebrar la pascua, al grito de “estas son nuestras vacaciones de pascua”, desataron un sangriento día en la Universidad de Garissa en Kenia; los llamados jóvenes yihadistas llegaron a la Universidad de madrugada, aún no cantaban los almuédanos en los minaretes de la ciudad mayoritariamente musulmana, y eliminaron de entrada a los dos guardias que custodiaban la entrada de la Universidad.

 

Durante las siguientes dieciséis horas, los cinco o siete milicianos yihadistas se dedicaron a masacrar alumnos a mansalva y a quemarropa. Retuvieron a cuatrocientos de los ochocientos estudiantes que se hallaban en el plantel, y a mí me parece que hay que escribir las cifras con letras y no sólo poner los números a falta de nombres y apellidos de todos y cada uno de los inocentes muertos que morían tan sólo por ser cristianos. Según un periodista keniano llamado Ahmed Kossa, muchos de ellos murieron desangrados tras la primera lluvia de las balas y según uno de los sobrevivientes de apellido Mwavita, algunos cayeron por haber murmurado un “Jesús sálvanos por favor” que fue escuchado por la encendida ira y desatada adrenalina de los terroristas, entre los cuales se sabe hoy que militaba un hijo de un alto funcionario del gobierno de Kenia. (ver: Jorge F. Hernández. El País. 07.04.15). Papa Francisco habló de auténticos mártires. Las noticias que inundan a los diarios se han pintado como un complicado cubo de Rubick donde pocos lectores se preocupan por desenmarañar los enrevesados lazos entre el odio, las creencias, los poderes del dinero y los enredos propios del poder mismo: al parecer, en no pocas geografías, las tácticas de extermino de plagas criminales o núcleos terroristas han generado semillas de nuevos y más radicales grupos de asesinos que presumen en su nombre la posible clave de su savia.

 

Doble ocho columnas.

Peter Seewald, en su entrevista a B. XVI, le pregunta sobre el rol de los medios en la crisis sacerdotal, y le recuerda sus propias palabras: «La mayor persecución de la Iglesia no procede de los enemigos externos, sino que nace del pecado en la Iglesia».

 

Benedicto XVI: “Saltaba a la vista que la información dada por la prensa no estaba guiada por la pura voluntad de transmitir la verdad sino que había también un goce en desairar a la Iglesia y en desacreditarla lo más posible. Pero, más allá de ello, debía quedar siempre claro que, en la medida en que es verdad, tenemos que estar agradecidos por toda información. La verdad, unida al amor bien entendido, es el valor número uno. Por último, los medios no podrían haber informado de esta manera si el mal no estuviese presente en la misma Iglesia. Sólo porque el mal estaba en la Iglesia pudo ser utilizado por otros en su contra”. (Luz del Mundo)

 

Este miércoles, nuestro Diario publicó a doble ocho columnas una noticia que el día anterior se había movido en las redes. Se refería al hecho escandaloso y condenable de unos sacerdotes italianos que supuestamente subían a la red “sus orgías”. Cabe decir que la noticia, a la manera de un flamazo, desapareció al día siguiente. En México la difundió Proceso afirmando, incluso, que se trataba de un lobby que está en el Vaticano. Inmediatamente, sin solución de continuidad, ubicó el problema en un pueblecito de la Puglia y la noticia la dio un periódico del “medio día”. El cuerpo de la nota es mínimo ante una cabeza demasiado grande. Periodísticamente esto es raro. Abajo, aparece la nota que, tal vez, mereciera tal cabeza: “La presidencia de Peña, la más costosa desde 1990”. ¿No será una reacción ante la fervorosa vivencia universal de la pascua cristiana?

 

Cuando estalló el escándalo de la pederastia sacerdotal, los medios jugaron un papel decisivo. George Weigel en su interesante libro The Courage to be Catholic, en el apartado destinado al rol que los medios jugaron en esos momentos, concluye: «No fue una crisis de los medios. Es una crisis de la Iglesia Católica, una crisis de fidelidad. Ciertamente pareciera que los medios estaban alimentando frenéticamente la circunstancia. Pero sería desilusionante y autodestructivo para los católicos creer que ahí se agota el problema». Nomás que sea verdad, y en esa medida se presta un servicio importante a la sociedad. “Pero, más allá de ello, debía quedar siempre claro que, en la medida en que es verdad, tenemos que estar agradecidos por toda información. La verdad, unida al amor bien entendido, es el valor número uno”. (B.XVI).

 

El 10.06.2010, en la homilía de clausura del Año Sacerdotal, con inmensa tristeza, pero con esperanza plena en el poder de Dios, dijo el papa B. XVI: “También nosotros pedimos perdón insistentemente a Dios y a las personas afectadas, mientras prometemos que queremos hacer todo lo posible para que semejante abuso no vuelva a suceder jamás; «que en la admisión al ministerio sacerdotal y en la formación que prepara al mismo haremos todo lo posible para examinar la autenticidad de la vocación»; y que queremos acompañar aún más a los sacerdotes en su camino, para que el Señor los proteja y los custodie en las situaciones dolorosas y en los peligros de la vida”.

 

Los sacerdotes son como los aviones, solo son noticia cuando se caen! (Papa Francisco)