El Papa Pablo VI, refiriéndose a su oficio, acuñó la frase: «bendita y dramática Sede de Pedro». Los papas del s. XX podían hacer suya tal expresión. Todos ellos, santos y genios, acompañaron el siglo más sangriento de la historia caminando “entre los muertos”. Quienquiera que no esté envenenado por el odio o la amargura y que tenga, al menos, una cultura elemental, lo aceptará tranquilamente. El sufrimiento en sus más variadas formas ha acompañado la vida y el oficio de estos hombres; ellos han mantenido encendida la antorcha de la fe, la esperanza y el amor, en las peores circunstancias posibles. BXVI enfrentó la tormenta perfecta. El “odio del mundo” reservado a los discípulos, al que se refiere Jesús, tuvo uno de sus momentos más álgidos en el pontificado de BXVI. Él así lo entendió. Por ello, antes que a los medios, debemos atenernos a sus palabras y a sus gestos, si queremos entender algo del misterio de esta vida. Y, ¡falta, todavía!

El 11 de febrero de 2013 prometía ser un lunes particularmente tranquilo. Hasta  la sala de prensa de la Santa Sede estaba casi vacía. Lo que nadie esperaba eran las siguientes palabras de Benedicto XVI: “He convocado a este Consistorio, no sólo para las tres causas de canonización, sino también para comunicar una decisión de gran importancia para la vida de la Iglesia”.

Se acaban las fuerzas.

“…en el mundo de hoy, sujeto a rápidas transformaciones y sacudido por cuestiones de gran relieve para la vida de la fe, para gobernar la barca de San Pedro y anunciar el Evangelio, es necesario también el vigor tanto del cuerpo como del espíritu, vigor que, en los últimos meses, ha disminuido en mí de tal forma que he de reconocer mi incapacidad para ejercer bien el ministerio que me fue encomendado”. Así de llana y escueta se da la noticia que polarizó al mundo. Acto seguido, presentó su renuncia reservando el 28.02.13, a las 20 horas, para hacerla efectiva.

El  Papa, cuyas primeras palabras como pontífice el 19.04.05 fueron: “Después del gran Papa Juan Pablo II, los señores cardenales me han elegido a mí, un simple y humilde trabajador de la viña del Señor. Me consuela el hecho de que el Señor sabe trabajar y actuar incluso con instrumentos insuficientes, y sobre todo me encomiendo a vuestras oraciones”, al final, desde la ventana de CastelGandolfo, anunciaba: “Soy simplemente un peregrino que empieza la última etapa de su peregrinación en esta tierra. Pero quisiera trabajar todavía con mi corazón, con mi amor, con mi oración, con mi reflexión, con todas mis fuerzas interiores, por el bien común y el bien de la Iglesia y de la humanidad”. Decidió hacer coincidir la sede vacante con el santo tiempo de Cuaresma, tiempo de reflexión, oración y penitencia, y que, para la Pascua florida, la Iglesia tuviera un nuevo Papa. Y así fue.

Dictó, todavía, el mensaje para la “Cuaresma 2013”; en él podemos ver algo de su testamento espiritual: «La fe nos muestra a Dios que nos ha dado a su Hijo y así suscita en nosotros la firme certeza de que realmente es verdad, que Dios es amor… La fe, que hace tomar conciencia del amor de Dios revelado en el corazón traspasado de Jesús en la cruz, suscita a su vez el amor. El amor es una luz –en el fondo la única– que ilumina constantemente a un mundo oscuro y nos da la fuerza para vivir y actuar». Todo esto nos lleva a comprender que la principal actitud característica de los cristianos es precisamente «el amor fundado en la fe y plasmado por ella».

Y añade luego: “La existencia cristiana consiste en un continuo subir al monte del encuentro con Dios para después volver a bajar, trayendo el amor y la fuerza que derivan de éste, a fin de servir a nuestros hermanos y hermanas con el mismo amor de Dios… En la Iglesia, contemplación y acción, simbolizadas de alguna manera por las figuras evangélicas de las hermanas Marta y María, deben coexistir e integrarse. La prioridad corresponde siempre a la relación con Dios y el verdadero compartir evangélico debe estar arraigado en la fe. A veces, de hecho, se tiene la tendencia a reducir el término «caridad» a la solidaridad o a la simple ayuda humanitaria. En cambio, es importante recordar que la mayor obra de caridad es precisamente la evangelización, es decir, el «servicio de la Palabra». Ninguna acción es más benéfica y, por tanto, caritativa hacia el prójimo que partir el pan de la Palabra de Dios, hacerle partícipe de la Buena Nueva del Evangelio, introducirlo en la relación con Dios: la evangelización es la promoción más alta e integral de la persona humana. Como escribe el siervo de Dios el Papa Pablo VI en la Encíclica Populorum progressio, es el anuncio de Cristo el primer y principal factor de desarrollo (cf. n. 16). La verdad originaria del amor de Dios por nosotros, vivida y anunciada, abre nuestra existencia a aceptar este amor haciendo posible el desarrollo integral de la humanidad y de cada hombre.

Huir ante los lobos.

El itinerario espiritual y humano de BXVI hay que rastrearlo, en sus propias palabras, habladas y escritas. El encarnizamiento mediático y sus consecuencias, quedan ahí, para la historia, como un misterio. En la homilía del 24.04.05, inauguración solemne de su pontificado, vislumbramos algo de la interioridad de BXVI. Habla de la imagen bíblica de la oveja y el pastor. “La santa inquietud de Cristo ha de animar al pastor: no es indiferente para él que muchas personas vaguen por el desierto. Y hay muchas formas de desierto: el desierto de la pobreza, el desierto del hambre y de la sed; el desierto del abandono, de la soledad, del amor quebrantado. Existe también el desierto de la oscuridad de Dios, del vacío de las almas que ya no tienen conciencia de la dignidad y del rumbo del hombre. Los desiertos exteriores se multiplican en el mundo, porque se han extendido los desiertos interiores… Precisamente así se revela Él como el verdadero pastor: “Yo soy el buen pastor […]. Yo doy mi vida por las ovejas”, dice Jesús de sí mismo (Jn 10, 14s.). No es el poder lo que redime, sino el amor. Éste es el distintivo de Dios: Él mismo es amor. ¡Cuántas veces desearíamos que Dios se mostrara más fuerte! Que actuara duramente, derrotara el mal y creara un mundo mejor. Todas las ideologías del poder se justifican así, justifican la destrucción de lo que se opondría al progreso y a la liberación de la humanidad. Nosotros sufrimos por la paciencia de Dios. Y, no obstante, todos necesitamos su paciencia… Queridos amigos, en este momento sólo puedo decir: rogad por mí, para que aprenda a amar cada vez más al Señor. Rogad por mí, para que aprenda a querer cada vez más a su rebaño, a vosotros, a la Santa Iglesia, a cada uno de vosotros, tanto personal como comunitariamente. «Rogad por mí, para que, por miedo, no huya ante los lobos». Roguemos unos por otros para que sea el Señor quien nos lleve y nosotros aprendamos a llevarnos unos a otros”.

El sufrimiento del papa.

El 26.06.2000, el entonces cardenal Ratzinger, comentaba el famoso y esperado «tercer secreto» de Fátima, según el cual la Virgen habría revelado a tres pastorcitos sucesos por venir con elementos proféticos y apocalípticos. Este secreto había despertado una máxima expectación. Pues bien, en su comentario, entre otras cosas, dice el cardenal: “…Tomemos ahora en consideración cada una de las imágenes que siguen en el texto del «secreto». El lugar de la acción parece descrito con tres símbolos: una montaña escarpada, una gran ciudad en ruinas y, finalmente, una gran cruz de troncos rústicos. Montaña y ciudad simbolizan el lugar de la historia humana: la historia como costosa subida hacia lo alto, la historia como lugar de la humana creatividad y de la convivencia, pero al mismo tiempo como lugar de las destrucciones, en las cuales el hombre destruye la obra de su propio trabajo. La ciudad puede ser el lugar de comunión y de progreso, pero también el lugar del peligro y de la amenaza más extrema. Sobre la montaña está la cruz, meta y punto de orientación de la historia. En la cruz la destrucción se transforma en salvación; se levanta como signo de la miseria de la historia y como promesa para la misma”.

Aparecen después, aquí, personas humanas: el obispo vestido de blanco («hemos tenido el presentimiento de que fuera el Santo Padre»), otros obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas y, finalmente, hombres y mujeres de todas las clases y estratos sociales. El Papa parece que precede a otros, temblando y sufriendo por todos los horrores que lo rodean. No sólo las casas de la ciudad están en ruinas, sino que su camino pasa en medio de los cuerpos de los muertos…

En el Viacrucis de este siglo, la figura del Papa tiene un papel especial. En su fatigoso subir a la montaña podemos encontrar indicados con seguridad juntos diversos Papas, que comenzando por S. Pío X, (1903-1914), hasta el Papa actual (JP.II), han compartido los sufrimientos de este siglo y se han esforzado por avanzar entre ellas por el camino que lleva a la cruz. En la visión también el Papa es asesinado en el camino de los mártires. ¿No podía el Santo Padre, cuando después del atentado del 13.05.1981 se hizo llevar el texto de la tercera parte del «secreto», reconocer en él su propio destino? Había estado muy cerca de las puertas de la muerte y él mismo explicó el  haberse salvado, con las siguientes palabras: «…fue una mano materna a guiar la trayectoria de la bala y el Papa agonizante se detuvo en el umbral de la muerte» (13.05.1994). Que una «mano materna» haya desviado la bala mortal muestra sólo una vez más que no existe un destino inmutable, que la fe y la oración son poderosas, que pueden influir en la historia y que, al final, la oración es más fuerte que las balas, la fe más potente que las divisiones”. (JP.II viajó a Fátima y depositó a los pies de la Virgen la bala que estuvo a punto de matarlo).

En Portugal.

BXVI realizó una visita pastoral a Portugal del 10 al 14 de mayo del 2010. Durante el vuelo, a pregunta expresa de los periodistas, retomó el tema y dijo estas palabras iluminadoras: “De este modo, diría también aquí que, además de la gran visión del sufrimiento del Papa, que podemos referir al Papa Juan Pablo II en primera instancia, se indican realidades del futuro de la Iglesia, que se desarrollan y se muestran paulatinamente. Por eso, es verdad que además del momento indicado en la visión, se habla, se ve la necesidad de una pasión de la Iglesia, que naturalmente se refleja en la persona del Papa, pero el Papa está por la Iglesia y, por tanto, son sufrimientos de la Iglesia los que se anuncian. El Señor nos ha dicho que la Iglesia tendría que sufrir siempre, de diversos modos, hasta el fin del mundo. Lo importante es que el mensaje, la respuesta de Fátima, no tiene que ver sustancialmente con devociones particulares, sino con la respuesta fundamental, es decir, la conversión permanente, la penitencia, la oración, y las tres virtudes teologales: fe, esperanza y caridad. De este modo, vemos aquí la respuesta verdadera y fundamental que la Iglesia debe dar, que nosotros, cada persona, debemos dar en esta situación. «La novedad que podemos descubrir hoy en este mensaje reside en el hecho de que los ataques al Papa y a la Iglesia no sólo vienen de fuera, sino que los sufrimientos de la Iglesia proceden precisamente de dentro de la Iglesia, del pecado que hay en la Iglesia. También esto se ha sabido siempre, pero hoy lo vemos de modo realmente tremendo: que la mayor persecución de la Iglesia no procede de los enemigos externos, sino que nace del pecado en la Iglesia y que la Iglesia, por tanto, tiene una profunda necesidad de volver a aprender la penitencia, de aceptar la purificación, de aprender, de una parte, el perdón, pero también la necesidad de la justicia. El perdón no sustituye la justicia». En una palabra, debemos volver a aprender estas cosas esenciales: la conversión, la oración, la penitencia y las virtudes teologales. De este modo, respondemos, somos realistas al esperar que el mal ataca siempre, ataca desde el interior y el exterior, pero también que las fuerzas del bien están presentes y que, al final, el Señor es más fuerte que el mal, y la Virgen para nosotros es la garantía visible y materna de la bondad de Dios, que es siempre la última palabra de la historia”.

El 13.13.10, decía a los obispos reunidos en Fátima: “Como veis, el Papa necesita abrirse cada vez más al misterio de la Cruz, abrazándola como única esperanza y última vía para ganar y reunir en el Crucificado a todos sus hermanos y hermanas en humanidad. En obediencia a la Palabra de Dios, está llamado a vivir, no para sí mismo, sino para que Dios esté presente en el mundo. Me conforta la determinación con la que también vosotros me seguís de cerca, sin otro temor que el de perder la salvación eterna de vuestro pueblo”.

Pero la “autocompasión” es una pésima actitud, dijo en cierta ocasión. Así, podía decir a los obispos reunidos en Fátima: “Verdaderamente, los tiempos en que vivimos exigen una nueva fuerza misionera en los cristianos, llamados a formar un laicado maduro, identificado con la Iglesia, solidario con la compleja transformación del mundo. Se necesitan auténticos testigos de Jesucristo, especialmente en aquellos ambientes humanos donde el silencio de la fe es más amplio y profundo: «entre los políticos, intelectuales, profesionales de los medios de comunicación, que profesan y promueven una propuesta monocultural, desdeñando la dimensión religiosa y contemplativa de la vida». En dichos ámbitos, hay muchos creyentes que se avergüenzan y dan una mano al secularismo, que levanta barreras a la inspiración cristiana. Mientras tanto, queridos hermanos, quienes defienden con valor en estos ambientes un vigoroso pensamiento católico, fiel al Magisterio, han de seguir recibiendo vuestro estímulo y vuestra palabra esclarecedora, para vivir la libertad cristiana como fieles laicos”.

Bien sabía, él, agustiniano hasta la médula, que «la Iglesia avanza entre las persecuciones del mundo y los consuelos del cielo». En los Papas del s. XX se cumple lo que el gran teólogo luterano, D. Bonhöffer, gritaba desde el campo de concentración, donde murió: “Cuando Cristo llama, llama a morir con él”.