No obstante lo agudo de la crisis moral –o tal vez sea por ello–, la pregunta sobre el valor ético de nuestras acciones cobra, o mejor dicho, recobra su validez y actualidad. A todos se nos pregunta sobre el valor ético de nuestro desempeño, lo mismo al político que al clérigo; al empresario que al obrero; al profesionista que al técnico. Y es que toda acción humana, inexorablemente, cae bajo la valoración ética; toda acción humana, en cuanto que es libre, es buena o mala.

La ética es una disciplina filosófica que estudia la dimensión moral de la existencia humana, es decir, todo cuanto en nuestra vida está relacionada con el bien o el mal actuar. Y por lo tanto, con la verdad, nota esencial del ser. La opción por el bien o por el mal afecta al ser. La ética es una filosofía práctica, a diferencia de la filosofía especulativa, que no se limita al campo  del conocimiento puro, sino que orienta el saber hacia el hacer y el actuar. No hay duda de que se trata siempre de un estudio del ser y por ello es siempre especulativo, pero aquí se trata del ser que realiza (y se realiza) en una obra o en una acción. Nuestras acciones nos definen. No estamos acostumbrados a pensar en el bien y el mal en su relación con el ser, con la verdad y la mentira. Jesús dice que el diablo es mentiroso (y asesino) desde el principio. Es el padre de la mentira, del mal; es la negación del ser. Hacer una opción por el mal, la mentira, el robo, la codicia, el asesinato, es negar la verdad, la autenticidad del ser. Ya no contamos mentiras, somos, o llegamos a ser mentira, simplemenste. Así pues, la filosofía moral, o ética, corona el edificio filosófico; si el saber no se refleja en la bondad de la acción, es un saber inútil y maligno. Aplicar el saber al mal, es una mentira, es negación pura. Así de simple parece ser la naturaleza de la ética, y sin embargo, su campo es bastísimo, múltiples las aristas, numerosas las escuelas, pero permanente su valor.

El estudio de la ética, o filosofía moral, afirma L. R. Duplá, nunca parte de cero. Por ser todo hombre sujeto de vida moral y por implicar ésta en todos los casos un considerable grado de reflexión, se puede afirmar que en ética no hay principiantes absolutos. Existen fenómenos o sentimientos fundamentales que se pronuncian sobre nuestros actos. Sin mayor especulación sabemos que hemos hecho el bien, o al contrario, hemos hecho “lo que desagrada a Dios”. (Reconozco el salto dialéctico; pero Caín, sin una teoría previa, andaba cabizbajo tras el asesinato de su hermano). Son célebres las páginas que S. Agustín dedica a un hecho, al parecer simple, de su infancia; en el huerto de la casa paterna había un huerto de ricas manzanas, pero él y sus amigos preferían robar las del huerto vecino que caían sobre la barda de su patio. ¿Por qué, se pregunta, preferíamos robar a tomar las manzanas propias, igualmente sabrosas? “Y ello me provocaba pesar y remordimiento”. Las almas, las mentes gigantes no pierden la capacidad de introspección. ¿Por qué he actuado de esa forma? ¿Por qué he dicho o hecho tal o cual cosa, en ese momento? ¿Por qué estoy triste? ¿Por qué estoy alegre?

Remordimiento de conciencia

En efecto, hay autores como R. Simón, que empiezan su tratado de ética precisamente hablando de un sentimiento general que llamamos “remordimiento de conciencia”, «el grito del valor herido»; todos, por el hecho de ser humanos, hemos experimentado el reproche de nuestra conciencia después de determinadas acciones. Con el remordimiento entramos en la zona de la moral, porque es el grito de alarma del valor herido. P. Janet, lo describe así: “el dolor acerbo y, como indica la palabra, la mordedura que tortura el corazón después de una acción culpable. Este sufrimiento puede encontrarse, incluso, en aquellos que no sienten ningún pesar, en el sentido de arrepentimiento, en haber obrado mal y que lo harían otra vez”. Desde esta perspectiva, intente penetrar en el psiquismo de un sicario, de un traficante, de un secuestrador, y verá que resulta imposible comprenderlo. Y es que se ha alterado el ser. Se trata de acciones que no trasparentan un “ser” humano. Yo no puedo explicar qué sucede en la conciencia de personas así. Sé de las consecuencias funestas del pecado (del mal), que no sólo debilita la voluntad, sino que llega a obnubilar la conciencia. Sé, también, de la alteración de lo valores operado por la cultura. Se puede hacer, pues lo hago; no se tiene, entonces, ningún otro punto de referencia.

Pesar, remordimiento, arrepentimiento (el arrepentimiento es un sentimiento que presupone una acción más plena, más humana, que no se  detiene, ya, en el simple y peligroso sentimiento de culpa, sino que, recogiéndose primero, se expresa después en las ansias de reconciliación, de pedir perdón), son sentimientos que en última instancia, y que a falta de mejor nombre, llamaremos “infusos”, o integrados, es decir, de una realidad que parece no provenir de nosotros pero que, al mismo tiempo, constituye lo más íntimo de nuestro propio ser.

La conciencia moral (no meramente psicológica), se impone como un hecho que se experimenta en el remordimiento, el arrepentimiento y también en la alegría del bien realizado; la conciencia también premia. Experimentamos el hecho de la conciencia moral en el titubeo ante una acción compleja, en las vacilaciones de una voluntad poco firme en el bien, como también en la facilidad de la respuesta a la llamada de los valores. Anterior a todo estudio positivo, la conciencia moral, afirma S. Tomás de Aquino, “atestigua, obliga y juzga”; con toda justeza, Kant habla del “imperativo categórico” para referirse a la obligatoriedad moral.

La conciencia es, pues, esa lucecita que no logra apagarse, que permanece encendida no obstante los vendavales de la vida y la hora crepuscular cuando la luz y las sombras parecen mezclarse; está en el núcleo del “yo” como una voz que no logran acallar todos los ruidos del mundo; cuando parece que se ha extinguido, en un momento de silencio, de íntima soledad, surge nuevamente, tenue y débil, pero lacerante. Por ello el malhechor teme a la soledad, se teme a sí mismo, porque teme a su conciencia. Es ella la que lleva al asesino al lugar del crimen. Ella no crea ninguna ley; no es ella la que establece el no matarás, sino que ella se pronuncia ante el no matarás. La conciencia, es ese núcleo, ese espacio irreductible y sacratísimo, en donde el hombre está a solas consigo mismo y frente a Dios. Nadie puede entrar en ella, nadie puede violarla, sin cometer un sacrilegio

Un dato de la experiencia

Siempre que me enfrento a estos estudios filosóficos, químicamente puros, surge la duda que brota de lo brutal de la realidad. Lo digo por lo siguiente.  Yo me he preguntado siempre: ¿qué sucede en la “conciencia”, aun psicológica, de un sicario, por ejemplo, para poder realizar tranquilamente acciones tan inhumanas? ¿Cómo se puede tener la serenidad y la frialdad suficientes para asesinar con cálculo siniestro a un ser humano que ni siquiera le ha hecho daño alguno personal? No se trata de legítima defensa, no se trata de alguna justificación fundamentalista, política o religiosa, sino sencillamente de una paga por cometer, fría y calculadamente un asesinato.  ¿Se habrá extinguido en ese caso la conciencia moral, que es tanto como decir, que se ha extinguido la dimensión humana del ser?

Con frecuencia vemos en los diarios las fotografías de los asesinos, y parecen seres completamente normales con los que uno puede cruzarse por las calles, en cualquier parte de la ciudad. ¿Dónde queda la conciencia moral en estos casos, preguntaría yo a los grandes tratadistas? ¿Qué es lo que hace  que en el ser humano se apague esa flama, se acalle esa voz y que, éste, quede convertido en la peor de las amenazas? ¿Terminará en ellos el sentimiento fundamental del “remordimiento de conciencia”? Yo no tengo una respuesta precisa a estas preguntas, al menos desde la moral filosófica. Aun, desde el punto de vista psicológico, resulta imposible penetrar en esa conciencia. ¿Qué ha debido operarse en la simple dimensión humana de un ser humano para asesinar y descuartizar el cadáver de otro ser humano?

Tal vez el camino para una respuesta adecuada sobre el mal moral, sobre su casi inevitabilidad, esté en el ámbito religioso. Pablo dice que “hemos sido vendidos como esclavos al pecado”, y un texto egipcio antiquísimo llamaba al pecado “el gran desorden”.

Nacimiento de la ética

No obstante la brutalidad de la experiencia –o precisamente por ello– nace la ética como ciencia, como afán de estructurar un conocimiento capaz de prestar normas seguras para el acontecer humano. Los orígenes de la ética se remontan al siglo V a de C, si bien, no fue hasta el siglo siguiente cuando ese saber se constituyó, gracias a Aristóteles, en una disciplina filosófica autónoma.

No es casual, advierte, L. R. Duplá que la ética naciera en ese preciso  momento histórico. En pocos períodos de la historia de Occidente, afirma el autor, se ha sentido con tanta urgencia como entonces la necesidad de encontrar orientación para la vida de los hombres. Los griegos del siglo V –como nosotros hoy– asistieron al resquebrajamiento de la cosmovisión  tradicional bajo el peso de la incipiente interpretación científica del mundo.  Se trataba de lo que nuestros sociólogos hoy llamarían “crisis cultural”, ese período inestable, inseguro, en el que se derrumba lo antiguo y lo nuevo no acaba de surgir. A la crítica de la religión mitológica acometida por los primeros filósofos y a la relativización de sus propias costumbres provocada por el contacto con otros pueblos, se debe la crisis griega del siglo V. Todo ello se tradujo en la pérdida de vigencia del modo de vivir griego tradicional.  La sensación de crisis se vio agudizada por la ilustración sofista, aquellos mentirosos que argumentaban hábilmente y con buenas razones y estaban siempre a disposición del mejor postor; ellos enarbolaron la bandera de la naturaleza (Fycis), como única norma objetiva que ponía en tela de juicio todo código de conducta recibido (nómos=ley), rebajado a mera conveniencia. ¿Ve usted que no hay nada nuevo bajo el sol?

Sócrates

Pero aun en los peores momentos surge el profeta. En este caso fue Sócrates. Nadie antes había planteado la cuestión de la existencia responsable con tanta radicalidad y consecuencias como él. En los diálogos platónicos, de los que Sócrates suele ser protagonista, nos lo encontramos a menudo en las plazas y gimnasios de Atenas interrogando a algunos de sus ciudadanos «sobre su modo actual de vida y el que han llevado en el pasado» o recomendándoles la importancia de la pregunta por la vida buena, o exhortándolos a preocuparse por la salud de su alma más que por el cuerpo y las riquezas.

Sócrates no se limitó a exponer esta doctrina verbalmente, sino que la encarnó en su propia vida. Cuando al término de la guerra del Peloponeso el gobierno de Los Treinta Tiranos intentaba cohonestar sus frecuentes crímenes implicando en ellos al mayor numero de ciudadanos honrados, a Sócrates y otros tres ciudadanos les ordenaron ir a detener a León de Salamis. Sócrates fue el único que se negó a participar en esa acción deshonrosa, poniendo con ello en peligro su vida. Sólo la caída de aquel régimen le permitió seguir vivo. Lejos de premiarle por esta actitud heroica, sus conciudadanos terminaron condenándole a muerte acusado de impiedad.  La condena era a todas luces injusta por lo que los amigos de Sócrates prepararon la fuga de la prisión en la que aguardaba el día señalado para beber la cicuta. Pero Sócrates, tras sopesar detenidamente con Critón los pros y los contras de la fuga, halló que se trataba de una acción impropia y la excluyó terminantemente. Su compromiso con la justicia era innegociable, por lo que prefirió la muerte a una vida que sólo cabía prolongar merced a una acción ignominiosa.

Eso hace de Sócrates uno de los hombres más grandes de la humanidad. El estaba persuadido, y con él todos los filósofos pioneros, de que la capacidad que permite discernir la conducta moralmente recta reside en el alma del hombre justo, de modo semejante a como la música está en el alma del músico, los colores en el alma del pintor, o la medicina en el alma del médico.

Tal vez nuestro problema actual, el que oscurece el diáfano cielo del pensamiento socrático, sea el relativismo moral, el individualismo, la facilidad con que propugnamos la legitimación social, e incluso jurídica, de lo injusto, o por usar las palabras de Isaías, la facilidad con que llamamos día a la noche y blanco a lo que es negro. Es el sentido de la verdad lo que se oscurece en nuestro mundo.

Mejores señales que marcan el camino, tenemos nosotros, los que hemos conocido la moral que mana de la vida y el mensaje de Jesús. Ya no tenemos que buscar a tientas; en él y su mensaje, confluyen la claridad de la razón y la obediencia de la fe. La nuestra, en realidad, es la época cuando se han trastocado todos los valores.

NB. El Diario ha ilustrado esta semana el caos urbano lamentable sobre el que se asienta nuestra ciudad.