• Adviento

    «Inventar nuestro futuro

     con Dios»

    ( Mounier).

     Sabiendo que, en nuestra sociedad industrial y consumista, este período coincide con el lanzamiento comercial, en gran escala, de  la campaña navideña, – iniciada, ya, con el viernes negro -, una reflexión sobre el adviento ha de ser  un compromiso  con los valores y actitudes que mejor expresan la visión  trascendente de la vida y de la historia. Con la liturgia del adviento, la comunidad cristiana está llamada a vivir determinadas actitudes esenciales a la expresión evangélica de la vida, la vigilante y gozosa espera, la esperanza.

    El adviento es ese breve período que nos prepara a la Navidad. Mientras que la naturaleza se hunde lentamente en el sueño del invierno, escuchamos la advertencia de Pablo: «Ya es tiempo de despertarnos del sueño porque nuestra salvación está ya más cercana. La noche está avanzada y el día encima».

    El adviento culmina en el nacimiento del Salvador, en Navidad. El tiempo de adviento, en su expresión litúrgica, está consagrado a la venida de Dios y al fin de la historia, cuando Jesús reine como Rey universal. Este tiempo es esencialmente la celebración “de la venida de Dios” en su triunfo final. El adviento nos conforta y nos espabila de nuestro sopor.

    Adviento, lejos de ser un tiempo penitencial o de desesperanza, es un tiempo de alegría en la esperanza y un tiempo de paciente espera. Los cristianos estamos llamados a preparar, en el silencio nuestros corazones y nuestras vidas, ante la venida del “siempre más grande”, en nuestra carne mortal. ¿Qué o a quién esperamos en nuestra vida? ¿Qué virtudes o regalos estamos pidiendo en la oración este año litúrgico que comienza? ¿Cuáles cosas materiales esperamos?  La gente, las cualidades, las cosas que esperamos nos den una gran luz sobre lo que somos.

    De hecho, a partir de la Pascua de Jesús, la vida de los hombres y de las sociedades avanza irresistiblemente hacia el fin y hacia el juicio. Debemos de decidir por él, y comprometer todas nuestras energías para «inventar nuestro futuro con Dios» (E. Mounier). Los temas dominicales del adviento, nos ponen en guardia, insistiendo sobre el hecho de que si no estamos preparados, si no nos preocupamos, si se asume una actitud de falsa seguridad ante el imprevisible acontecimiento del Hijo del hombre, las cosas no irán bien. Como en los días de Noé o de Lot, la gente no se da cuenta de lo que sucede, no sabe leer los signos del tiempo, distraídas en sus propias cosas. Y de improviso serán tomados, adormilados en su propia hibernación,  en su descuido de las cosas esenciales.  En realidad, ¡cuántas cosas nos distraen, nos preocupan, nos alteran, hacen de nosotros personas hipertensas, nerviosas, siendo así que sólo una cosa es necesaria. Debemos de pensar, y no como mera posibilidad, en el hecho de que nuestra vida avance por un camino de completa distracción apartándonos  de nuestro destino verdadero.

    El adviento, con su mensaje de espera y esperanza en la venida del Señor, debe mover a las comunidades cristianas y a los fieles a afirmarse como signo alternativo de una sociedad en la que las áreas de la desesperación y sin sentido parecen más extensas que las del hambre y del subdesarrollo. La auténtica toma de conciencia de la dimensión de final y trascendente  de la vida cristiana no debe mermar, sino incrementar el compromiso de redimir la historia y de preparar  mediante el servicio a los hombres sobre la tierra, algo así como la materia prima para el reino de los cielos. En efecto, Cristo con el poder de su Espíritu actúa en el corazón de los hombres no sólo para despertar el anhelo del mundo futuro, sino también para inspirar, purificar y robustecer el compromiso, a fin de hacer más humana la vida terrena. Si la reflexión de adviento se deja guiar e iluminar por estas profundas y estimulantes perspectivas teológicas, encontrará en el espíritu  del tiempo de adviento un medio y una oportunidad para crear cristianos y comunidades que sepan ser almas del mundo.

    No obstante la fuerza poderosísima de la corriente mercantilista, no debemos olvidar la profunda naturaleza religiosa de estos días. Lo que nos preparamos a celebrar, – si bien es estrictamente cristiano, rebasa los límites del cristianismo -, es el acontecimiento más grande de la historia. El cristianismo es la única religión de un Dios encarnado. Las otras grandes religiones monoteístas, el Islam y el Judaísmo, prefieren mantener a Dios en la absoluta lejanía, allá en el cielo; y, mientras Dios está tan lejos, ellos tratan, en su nombre, de arreglar, a su muy especial manera, las cosas aquí en la tierra. Nosotros nos aprestamos a celebrar “el momento más importante de la historia” y debemos enfrentarnos a “esa terrible reducción de banalidad” (B. XVI) a la que el mercantilismo ha querido achicar la navidad.  El Adviento lleva a la epifanía (manifestación) de Navidad: Dios, por amor, se manifiesta a nosotros en la condición humana, bajo los rasgos del «niño envuelto en pañales y recostado en el pesebre», afirma temblorosamente Lucas, como midiendo las palabras, temiendo hablar demás y, así, dejarnos en silencio frente al misterio.

    El Adviento está caracterizado por un fuerte llamado a la reflexión personal y comunitaria, nos llama a revisar “el combustible mental con el que vamos caminando nuestra existencia”. (Marcel).  A la manera de la aeronave que va revisando y  rectificando constantemente el plan de vuelo, el hombre y la sociedad misma en su conjunto, ha de abrir espacios especiales para reflexionar sobre el derrotero que van siguiendo.  El Adviento nos pone en el estado de espera atenta y activa de un acontecimiento decisivo.

    El leit motiv del Adviento se resume en un “estén alertas”. ¿Qué significado tiene ésta advertencia pronunciada por el Bautista y por Jesús de Nazaret hace ya 2000 años? 1º. Significa estar atentos a la llamada de Dios en el aquí y el ahora de nuestra existencia; cada momento de la vida nos pone ante una decisión (crisis); todos los acontecimientos son otras tanta voces de Dios. El juicio del Hijo del hombre se refiere al comportamiento presente en relación con el prójimo. Las decisiones equivocadas o justas de hoy pueden significar el juicio o  la gracia final.  2º. Significa estar atentos ante un futuro que está más allá de cualquier programación humana, más allá de todo lo que puede contenerse en nuestras programaciones. Programar es la obsesión actual: programar nuestra vida en todos y cada uno de los detalles, es tarea imposible. Pero hay una instancia que no puede olvidarse antes de cualquier intento de programar  el futuro. El que agudiza la propia sensibilidad para descubrir aquello sobre lo que no tiene dominio, el que no teme al riesgo y toma en serio la incertidumbre de toda cosa terrena, se abre al Dios que viene. “Al Dios del venir”, decía J. R. Jiménez. La esperanza cristiana es la adecuada actitud fundamental en la cual vale la pena ejercitarse. 3º. Significa estar alertas por el Dios del futuro que cierra soberanamente la historia humana y que en Cristo Jesús, el Hijo del hombre, que vuelve, recompensará a cada quien según sus obras. 4º. Significa, por último, estar preparados para el encuentro personal con Dios en la propia muerte. La imagen del Hijo de Dios como juez que nos revela la Escritura quiere mostrarnos la instancia ante la cual debemos hacer nuestras opciones operativas en el hoy de nuestra vida.

    Entrando en la historia, Dios interpela al hombre. La venida de Dios en Cristo exige conversión  continua; la novedad del evangelio es una luz que reclama un pronto y decidido despertar del sueño.  El tiempo de adviento sobre todo a través de la predicación del Bautista, es una llamada a la conversión en orden a preparar los caminos del Señor y acoger al Señor que viene. El adviento, enseña a vivir esa actitud de los pobres del Señor, de los que confían en él, de los mansos, los humildes, los disponibles, a quienes Jesús proclamó bienaventurados.

    Pero, hablar en estos términos, ¿no es salirnos de la realidad? Creo que no. Lo afirmaba en días pasados: la solución a los grandes problemas que nos plantea nuestro tiempo exige considerar seriamente la alternativa de índole religiosa, en su mejor acepción. No deja de asombrarme el análisis que desde las ciencias humanas se hace de la problemática actual; se trata de un brillante despliegue de la razón. Pero tal parece que ver, querer y ansiar el bien, la belleza, la justicia, la verdad, la paz y la reconciliación, está al alcance de la razón, realizar tal ideal, ya no. Necesitamos otra alternativa.

    En los dos primeros números del documento papal, dado a conocer este martes, se traza a la perfección lo que debe ser el adviento. A la postre, toda nuestra vida es adviento en cuento es una espera, una esperanza.  Los comparto con mis lectores, como modesto apoyo en el tránsito del paroxismo consumista de estos días. Y, ¿qué es esta modesta columna frente al despliegue mercadotécnico de estos días? He visto con cuidado la técnica usada,  y su poder seductor, desplegada estos días para promover el consumo; es invasiva, total, casi irresistible. He visto la histeria colectiva, atropellada, que se genera, una y otra vez.

    Dice el papa Francisco. «El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada. Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien. Los creyentes también corren ese riesgo, cierto y permanente. Muchos caen en él y se convierten en seres resentidos, quejosos, sin vida. Ésa no es la opción de una vida digna y plena, ése no es el deseo de Dios para nosotros, ésa no es la vida en el Espíritu que brota del corazón de Cristo resucitado. (2)

    »Invito a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso. No hay razón para que alguien piense que esta invitación no es para él, porque «nadie queda excluido de la alegría reportada por el Señor». Al que arriesga, el Señor no lo defrauda, y cuando alguien da un pequeño paso hacia Jesús, descubre que Él ya esperaba su llegada con los brazos abiertos. Éste es el momento para decirle a Jesucristo: «Señor, me he dejado engañar, de mil maneras escapé de tu amor, pero aquí estoy otra vez para renovar mi alianza contigo. Te necesito. Rescátame de nuevo, Señor, acéptame una vez más entre tus brazos redentores». ¡Nos hace tanto bien volver a Él cuando nos hemos perdido! Insisto una vez más: Dios no se cansa nunca de perdonar, somos nosotros los que nos cansamos de acudir a su misericordia. Aquel que nos invitó a perdonar «setenta veces siete» (Mt 18,22) nos da ejemplo: Él perdona setenta veces siete. Nos vuelve a cargar sobre sus hombros una y otra vez. Nadie podrá quitarnos la dignidad que nos otorga este amor infinito e inquebrantable. Él nos permite levantar la cabeza y volver a empezar, con una ternura que nunca nos desilusiona y que siempre puede devolvernos la alegría. No huyamos de la resurrección de Jesús, nunca nos declaremos muertos, pase lo que pase. ¡Que nada pueda más que su vida que nos lanza hacia adelante!» (3).

    Nada mejor para transitar este roaring month que las palabras sencillas, sencillamente cristianas, de papa Francisco.

    NB 1 Suena mejor Okinawa que Ojinaga. Buen golpe de timón. Veremos y diremos.

    NB 2.- En atención a la sensibilidad literaria de mis lectores, deseo comunicar, acerca de mi entrega del domingo pasado, algo que es más que errata; es más bien, como decía Neruda, erratón. Con el texto ya terminado, bastó oprimir una tecla equivocada y el texto se perdió para siempre. Era viernes, el día que suelo enviar mi entrega. Decidido a no enviar artículo, el sábado en la mañana lo dicté de nuevo con los restos que habían quedado en mi disco duro, me refiero a mi cerebro. No tuve tiempo de corregirlo, razón por la cual mis sensibles lectores han de haber adivinado algunos saltos. Ahora lo tengo ya corregido y pulido. Aparecerá en mi sitio web parroquial.

     

     

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