Antes del 5 de mayo.

 

Con la historia
también se hace
política. (J.V.)

 

¡Apasionante es el camino de la historia! “La historia no puede contarse con la frialdad de un proceso biológico; en ello hay siempre pasión” (J.V). ¡Y cuántas enseñanzas contiene,  por desgracia, desperdiciadas! La historia no es el museo de las cosas muertas, no es, tampoco, la tumba de la vida. Viva está la historia por su contenido y enseñanzas y cuando se le ignora o se le manipula o se le deforma, un pueblo se condena, cancela su futuro, comete los mismos errores.  ¡Qué época tan terrible precedió al episodio de aquel 5 de mayo! Larga historia de derrotas, pérdidas irreparables,   mutilaciones territoriales;  búsquedas a tientas, luchas intestinas desgarradoras, fanatismos,  confusión y debilitamiento extremo. El haber superado esa época  traumática, y el que todavía México exista como pueblo y con futuro, – poco nebuloso -,  es un extraño prodigio. Un milagro.

 

Una de las materias más olvidadas y que menos pasión despierta en las jóvenes generaciones, es la historia.  No la entienden, no les gusta, no saben para qué “sirve”. Tampoco hay profesores. Tal vez pocas materias, en nuestros programas educativos, estén tan desprovistos de prestigio, calidad y aceptación, como la historia. Y el civismo. Los sondeos que por estos días hacen los medios  demuestran una ignorancia completa que raya en el desprecio. Pero éste desprecio repercute necesariamente en el amor que debemos sentir, más allá de todo, por la Patria.

 

Luego  de la Independencia, México comenzó a transitar un camino extremadamente difícil marcado por los “pronunciamientos”, cuyo creador y maestro fue Don  Antonio Severino  de Padua López de Santa Anna. El Plan de Casa Mata, (1823), que culminó con el destronamiento de Iturbide, y la revolución de Ayutla en  enero de 1854, que desterró a Santa Anna, contienen una experiencia histórica que no tiene paralelo, al menos en los tiempos modernos. Ni al mejor escritor de ciencia ficción se le hubiera ocurrido tal historia. Santa Anna está en ambos extremos, en uno como autor, en otro, como víctima natural. En el intermedio, se movió como pez en el agua.

 

Dos experiencias son especialmente traumáticas en este período, la guerra de Texas y la guerra contra Estados Unidos. En ambas, el Gral. Santa Anna fue protagonista decisivo. El desastre fue fatal y la experiencia de dolor, de abatimiento y pesimismo, ha quedado recogida en “Apuntes para la historia de la guerra entre México y los Estados Unidos” (Consejo Nac. para la Cultura y las Artes. 1991), donde un buen número de testigos – J. M. Castillo, R. Alcaraz, J. M. Iglesias, M. Payno, G. Prieto, I. Ramírez, F. Schiafino, entre otros -, describen la amarga experiencia y el pesimismo que se apoderó del País en ese trance.

 

Es fácil imaginar el estado de ánimo de los mexicanos. La depresión se había apoderado de la sociedad. Lo que había sido un espectro durante una década, había cobrado vida. La amenaza rodeaba al país por mar y tierra y parecía no haber salida. Los puertos principales, muchas ciudades y su capital estaban ocupados. El ejército mexicano se hallaba reducido a su mínima expresión, 8,109 hombres repartidos en once estados delcentro y norte del país.  El gobierno era débil y estaba amenazado por los “pronunciamientos”, radicales unos y monárquicos otros. La hacienda pública  exhausta y la escasez se acusaba en todos los órdenes. La guerra de castas en Yucatán, separado de la República, despertaba los temores de las clases privilegiadas de un posible contagio en todo el territorio.

 

Luego de un fracaso de tal magnitud, fracaso olvidado, que las nuevas generaciones desconocen simplemente,  resulta muy difícil de comprender por qué los mexicanos de ese tiempo –  los roaring forties, (fifties and sixties) – no fueron capaces de unirse en un proyecto común de patria y sí se dividieron en la forma más radical posible provocando heridas que, por increíble que resulte, ni siquiera ahora, cuando México necesita lo mejor de sus hijos, hemos logrado sanar del todo. “Mientras EE.UU tenía proyecto, nosotros nos desgastábamos en la oratoria y nos matábamos por el dogma”. (J.V.).

 

Un País que había perdido más de la mitad de su territorio y, por gobiernos sucesivos,  firmado tratados que comprometían seriamente la integridad del territorio nacional restante, y que en medio de una problemática de esta naturaleza se emperraban  en una feroz lucha fratricida cuya solución buscaban ambos bandos en el extranjero, antes que en el entendimiento y en el propósito común de una Patria,  resulta difícil de entender. En qué pensaban Juárez y sus ministros, escribe nada menos que J. Sierra, cuando firmaron el tratado con McLane. Fuentes Mares afirmaba, no obstante, que ya quisiéramos hoy “amar a México como lo amaron los hombres de ésa época”. No dudo de ese amor, pero el desastre nacional que provocaron, por tanto amor, a la Nación amada, es de proporciones monumentales. Además, ciertamente, no todo fue amor.  Cuando el 13 de diciembre de 1853 el fatídico Santa Anna vendió la región sur de Arizona a la Unión Americana, (tratado de la Mesilla), y se embolsó la «indemnización», no fue precisamente un acto de amor a la Patria. Con todo, la operación fue proclamada “un triunfo diplomático para México”. ¿De veras, la historia, no tendrá nada que enseñarnos “hoy”? Ignorarla, ¿es inocuo? ¿Qué sería de Cd. Juárez, me pregunto, si los americanos no nos hubieran devuelto misericordiosamente El Chamizal?

 

Por la misma época, Estados Unidos sufre la peor crisis  de su historia con la Guerra de Secesión; sangrientas luchas entre  “Norte y Sur”. Fue un momento de extrema debilidad en que estuvo a punto de naufragar el proyecto imperial que habían soñado los Padres (a ver qué hace Trump con ese proyecto de los “Padres”).  El religioso Gral. Lee afirmaba que “la Guerra de Secesión era un castigo de Dios a la Unión, por las injusticias que habían hecho contra México”. (J.V. archivo de Genaro García. Breve historia…). Pero las crisis que no destruyen, fortalecen y Estados Unidos salió bastante fortalecido de ésta crisis. Triunfó el propósito de unidad; de haber seguido por  el camino de la división, del odio histórico y sectario, de la revancha y las confiscaciones, estilo mexicano, si Estados Unidos se pone a matar ingleses y a perseguir la religión, estaríamos hablando de otra cosa, Estados Unidos no existiría como lo que es hoy.

 

Este dato no es ajeno, de ninguna manera, a la intervención francesa en México.  La debilidad de la Unión por la Guerra de Secesión fue vista como  oportunidad por Napoleón III. Así la describe J. H. L. Schlarman: “Napoleón estaba ansioso de reconocer al Sur, en la guerra civil de los EE.UU, y recibió en París al representante de los Confederados, que era Slidell, a quien sugirió que negociase con Inglaterra y con Rusia el que se uniesen a Francia, para tratar de mediar entre las partes beligerantes, de modo que si el Norte rechazaba la mediación, ellos darían su reconocimiento a los del Sur. Leopoldo I de Bélgica estuvo de acuerdo en lo de este plan, pero Palmerston, si bien simpatizaba con Napoleón y con los del Sur, dijo que los ingleses temían al genio inventivo de los norteamericanos. Leopoldo escribía a Maximiliano: “En Inglaterra se aferran a la idea de que nada puede hacerse en México”. ¿Desde entonces?

Más filosófico, y siempre en su sueño latinoamericano, Vasconcelos describe la situación de la siguiente manera: “La expulsión del Ministro español, el robo de los fondos de la deuda inglesa y los sueños imperialistas de Francia, determinaron una coalición. España, Inglaterra y Francia mandaron buques  a Veracruz. Los ingleses y los españoles no traían programa alguno y se limitaban a reclamar dineros. Pero Napoleón III concibió el sueño magnífico de tomar a México como apoyo de una resurrección latina en el mundo. Era el momento de reivindicar para la Nueva España su posición central en el continente, y para Francia de hacer el papel de la España de Felipe II, el papel de cabeza de la civilización latina. El Imperio de los anglosajones habría quedado quebrantado para siempre, si en México, en vez de la bastardía de los liberales y de la  estulticia de los conservadores, se hubiera tomado apoyo francés para constituir un gobierno nacionalista que, acaso, habría logrado la reconquista de Texas y California. El territorio perdido”. No es extraño, pues, que en EE.UU., el 5 de Mayo se celebre con más brío  que entre nosotros. ¿Los franceses en México? No señor; ¡América para los americanos! Los americanos del Norte, obvio; como Trump.

 

Pero lo que antecede inmediatamente a la intervención francesa, es la llamada Guerra de los Tres Años. Se llama así al período de lucha civil sangrienta, cruel y radicalizada, que comienza con el Plan de Ayutla y termina con la intervención francesa y el Imperio. Lo que comenzó siendo un pronunciamiento en contra de la dictadura de Santa Anna, terminó en una lucha religiosa de consecuencias incalculables.  En una hacienda de Guerrero, ¿desde entonces?, se reunieron algunos generales para tratar sus propios embrollos y también la situación de México. Santa Anna comenzaba a estorbarles y Álvarez y Villarreal decidieron levantarse en armas, incluido Comonfort al que Santa Anna había destituido de la Aduana de Acapulco. Estaban también Eligio Romero, Melchor Ocampo y Arriaga que maquinaban desde el territorio Americano. Comonfort fue el autor del plan que Álvarez  proclamó en Ayutla. Santa Anna recibió la noticia mientras presidía un rumboso y animado baile en la Capital. Ante el peligro, según su costumbre,  abandonó la ciudad, llegó a  Veracruz, zarpó rumbo a La Habana y de ahí, a Turbaco, en Colombia, donde tenía un hermoso refugio y un buen palenque, no sin antes lanzar una proclama a la nación, “en la que le devolvía los poderes que le había confiado”; esto de las proclamas se le daba muy bien, tan bien como organizar asonadas,  garitos y palenques.

 

En éste período tienen lugar las leyes que desposeyeron a la iglesia de todos sus bienes, suprimiendo la labor de asistencia y educación sostenida por siglos. Los hombres más audaces, más irreconciliables y fanáticos: Comonfort, Álvarez, Juárez, Ocampo, Lerdo de Tejada, Prieto, y otros muchos, conformaban el nuevo grupo. Bravo Ugarte afirma que estos hombres eran apóstoles del llamado progreso y que llevaban en sí algo del fanatismo “del mahometanismo mesiánico que proclamaba una guerra santa para difundir el programa de Ocampo y Arriaga”. En apoyo a su aserción aduce las siguientes líneas tomadas del “Rayo Federal”, (9 de abril 1855): “La Revolución (de Ayutla) debe caminar actualmente con todo su poder, con toda su grandeza, con todos sus horrores. No hay que pararse en los medios, no hay convenios que aceptar, cuando se trata de regenerar un pueblo o de reformar sus leyes, la sangre es necesaria. Nada importa que los campos se talen, que las poblaciones se diezmen, que haya muertos a millares, si los fines son nobles, y se pretende llevar a cabo una idea, un principio cuyas consecuencias son el progreso y la prosperidad de la Nación”. (cf. Schlarman. p. 348.  V. Riva Palacio. ad loc.).¡Increíble! Se proclamó la ley confiscatoria y de la desamortización de los bienes del clero, y se encendió una lucha que dividió e hirió profundamente al pueblo; ¡todo con el enemigo dentro!

 

En éste contexto de despilfarro y guerras intestinas, el gobierno de Juárez no tuvo más remedio que resolver la suspensión del pago de la deuda exterior por dos años mediante la Ley del 27 de julio de 1861. Las riquezas recién confiscadas a la iglesia no bastaron para financiar el desorden y la anarquía, en primer lugar, porque no eran tantas, y porque lo recabado pasó de “manos muertas” a “manos muy vivas”. Esto determinó la intervención de España, Inglaterra y Francia.  Las dos primeras naciones se retiraron, y Francia decidió quedarse con las intenciones ya descritas.  El 5 de mayo de 1862 fueron rechazadas las tropas francesas al mando del General, Conde de Lorencez.  Este General fue destituido y en su lugar, fue nombrado el Gral. Forey que puso un sitio feroz a la ciudad de Puebla. A los 62 días de sitio, González Ortega se rindió, mientras Basaine, segundo de Forey, derrotó completamente a Comonfort el 19 de mayo de 1863. También la derrota de Ortega fue desastrosa pues perdió 12 mil hombres, 500 oficiales y 25 generales. Lograron huir los mejores generales del Presidente Juárez: González Ortega, Escobedo y Porfirio Díaz. Sólo que no tenían soldados. Por lo que Juárez, no pudiendo sostener la ciudad de México, huyó a San Luis Potosí. El 7 de junio de 1863 el general Basaine entró a la ciudad de México. La República  descansaba ahora en los hombros del Benemérito; comienza la República peregrina.  El 12 de octubre 1864, llegó Don Benito a Chihuahua.  “….. Y México se refugió en el desierto”.

 

Se cumplía, entonces, la sentencia bíblica, según la cual, todo reino dividido va a la ruina casa por casa. Ante la exigencia de unidad prevaleció el afán de confrontación. Durante el sitio de Puebla, González Ortega mandó desalojar todos los conventos de monjas para usarlos como hospitales y con fines militares; la medida era entendible siempre que respondiera a una contingencia. Pero lo que no es entendible es que “por absurdo espíritu de imitación la «junta patriótica» de México pidiera al Gobierno que esa medida se extendiera a todo el país, y Juárez y su ministro de la Fuente, expidieron el decreto del 26 de febrero de 1863 que suprimió la comunidades religiosas en México”, ya no solo los edificios, sino las órdenes religiosas (cf. E. A. Chávez. Juárez 1956).

 

El proyecto francés fracasó por varias razones, una fue la tenaz resistencia de los mexicanos bajo el liderazgo del Benemérito; igual, por entonces se agudizó el problema franco-prusiano lo que determinó la necesidad de soldados en Europa. Y el ejército francés salió por Veracruz encarnizadamente perseguido por el ejército mexicano encabezado por López de Santa Anna. De despedida, los franceses tiraron un cañonazo que alcanzó a su Alteza Serenísima amputándole una pierna, pérdida que él tuvo, a la manera del Manco de Lepanto, a grande honra, y reliquia que se exhibe todavía en algún museo. Y colorín colorado.

 

¡Cuántas lecciones nos da la historia! Y, aquí estamos, haciendo desfiles.

 

Nb. Revisando apuntes vine a descubrir un dato que dejo para su estudio a los especialistas. El General Zaragoza nació en Texas, terminó su carrera para ser ordenado sacerdote pero no se hizo. O sea, por poco es cura y norteamericano. Creo que al poco tiempo, luego de la batalla de Puebla, el General Zaragoza murió por complicaciones estomacales.