Asimetría sistémica (¿?)

Para acercarnos a la realidad social, para tratar de diagnosticarla, hay que recurrir al lenguaje tomado de donde sea. Sustantivo y adjetivo. Se trata de un sistema, en este caso social, completamente irregular. La vocal “a”, es privativa; no hay simetría. Entonces tenemos que buscar qué es ‘simetría’. Del griego ‘syn’ y ‘metrós’= la misma medida, o sea, proporción adecuada de las partes de un todo entre sí y con el todo mismo. Una misma medida; la armonía sería la percepción estética de la simetría. Armonía, equilibrio, proporción, tal es el presupuesto de la belleza.

Entonces, la a-simetría es la ausencia de armonía, de equilibrio, de belleza; la desproporción es propia de lo monstruoso. Ahora bien, cuando tal asimetría se convierte en sistema, en forma de relación y funcionamiento, entonces hacemos del desequilibrio, de la anomalía, el sistema de navegación-relación social. La dis-función en el ente social es la fealdad en la teoría estética.

Desde este sencillo título, E. Lezama, traza un buen diagnóstico de nuestro México, o de los mexicanos, en su día a día. Y comienza con una pregunta a bocajarro: ¿Por qué los servicios en México son tan malos? Y yo añado, y tan caros. La relación del individuo como cliente o ciudadano sucede en un ambiente desfavorable, asimétrico. La persona que está detrás del escritorio o ventanilla, en el banco o en la oficina, pública, privada o eclesiástica, tiene todo el poder. El cliente en lo privado, el ciudadano en lo público, están a expensas, incluso del humor del que despacha. ¿Quién no conocemos, quién no hemos vivido, – o hecho vivir a alguien -, esta situación?

La vida cotidiana en México nunca es sencilla; la relación del individuo como cliente o ciudadano sucede en un ambiente desfavorable. Esto es producto de una asimetría sistémica; el individuo está debilitado y las empresas y las instancias gubernamentales, sobre-reforzadas; el desequilibrio se hace palpable en las cuestiones más banales de la vida diaria. Desde pedir una pizza hasta cancelar una tarjeta de crédito por robo, en México el cliente siempre acaba siendo la víctima de un sistema que no pide a los poderosos rendir cuentas más que a sí mismos. La endogamia del poder vuelve la relación con el mundo horizontal de la ciudadanía tensa y por momentos imposible. Al mismo tiempo, la cultura laboral mexicana es tan rígida y vertical que a los empleados y a los funcionarios les da miedo salirse del cuadro de normas que les han impuesto; la creatividad está fuera de su código de trabajo. A veces no se sabe si está uno hablando con una persona humana o una máquina. ¡Se parecen tanto! El resultado es un collage de expresiones que van de lo surreal a lo incompetente.

¿Surrealismo? ¿Incompetencia? En México pueden acercarse. O confundirse. Podemos elevar la incompetencia al nivel del arte, surrealista desde luego.  ¿No ha oído, ud. nunca: si quieres hacer las cosas en forma legal, te vas a atorar, te vas a llevar demasiado tiempo, vas a tener que ‘mocharte’ y tal vez no logres abrir tu negocio? Vete por la libre. Hace cosa de dos meses reportaba el hecho de un joven y brillante médico que necesitaba, – y sigue necesitando -, una rampa para dar acceso a su consultorio dado que, por su especialidad, su clientela la forman personas con problemas físico-motrices, recién operados o accidentados, que son trasladados en sillas o andadores. Luego de haber recorrido las oficinas pertinentes, y pagado, sigue esperando la dichosa rampa. Multiplique esto por todo lo que quiera y donde quiera.

En su artículo, Asimetría sistémica, Lezama se refiera a cuatro casos del día a día del mexicano que tiene que enfrentarse a todas las dependencias. Reproduzco en parte el siguiente diálogo:

“A las cuatro de la tarde recibí una llamada de mi mamá: ‘me acaban de robar la cartera en el supermercado’. Hablamos al banco: ‘Necesito cancelar una tarjeta que me acaban de robar’. Banco: ‘No se puede señora, su tarjeta tiene un estatus especial y es imposible cancelarla’. Nosotros: ‘Estamos en una emergencia señor. ¿Qué debemos hacer para impedir que el ladrón haga uso de la tarjeta?’ Banco: ‘Por el momento no podemos cancelarla, para poder hacerlo tendríamos que revisar la información de su tarjeta y para eso necesitamos el número de la tarjeta’. Nosotros: ‘¿O sea que para poder cancelar la tarjeta que me acaban de robar, ustedes necesitan que yo tenga la tarjeta en la mano?’ Banco: ‘Así es, en este caso necesitaríamos todos los datos del plástico. Es por la seguridad del cliente’. Nosotros: ‘¡Por la seguridad del cliente cancele la tarjeta de inmediato!’ Y para qué le seguimos.

Se trata de algo que todos conocemos; la persona detrás de la ventanilla tiene todo el poder, el cliente o el ciudadano es un pobre ser impotente.

Afirma Lezama para concluir lo de su ‘plástico’: En México de los bancos no se es cliente se es víctima. Narra el caso de una amiga que vino a México a visitarlo, fue detenida por las autoridades migratorias en el AICM; cinco horas aislada después de las cuales la subieron en un avión con destino a Madrid. La pobre víctima les decía: No soy española. Los oficiales le dijeron: Allá te dirán qué tienes que hacer. Nunca nadie supo por qué la deportaron.

Conclusión. Pueden ser hechos banales ante el espectro de injusticia que ocurre a diario en el país, pero demuestran un hecho innegable. En México el sector privado y el sector público comparten una misma base estructural: un desapego a la construcción teórica que los legitima y da sentido a su existencia. Esa base estructural es su función con respecto al cliente, en el caso del sector privado, y al ciudadano, en el caso del sector público.

La corrupción en México va más allá de los millones de pesos que desaparecen en el sector público, su origen se asienta sobre una corrupción estructural. La corrupción de un sistema construido para la simulación, donde el poder está tan concentrado sobre el eje vertical que el eje horizontal acaba por convertirse en una víctima perpetua del debilitamiento. Esta corrupción de origen permea en la cotidianidad de todos los mexicanos; desde pedir una pizza hasta entrar al país, el mexicano vive a la merced de los poderosos. El resultado es que vivimos en estado de esquizofrenia permanente; jugamos a la democracia sin ella, jugamos al mercado sin él. Aquí no hay servicios públicos ni privados, sino sufrimientos públicos y sufrimientos privados.

Los servicios en México son de muy mala calidad porque no dependen de sus clientes sino de los cotos de poder que les hacen favores, el servicio público en México es deficiente porque no tiene que responder a la ciudadanía. ¿Se puede hablar de un sistema de mercado que desdeñe al mercado y a los clientes? ¿Se puede hablar de una democracia que desoiga y maltrate a sus ciudadanos? Lo que estas cuatro llamadas revelan es que, aunque nominalmente sí, en la realidad, la farsa no se sostiene. (cf. Asimetría sistémica, E. Lezama, 26.07.16. El País).

¿Y cómo ve México ahora? Me ocasiona mucha tristeza, frustración, impotencia. Siento que es un país hermoso, rico y poderoso, con un peso increíble por su gente y sus sueños; un país que reúne todas las posibilidades para vivir bien y donde hay un despertar de la conciencia. Pero ahora está enfermo, tiene sus raíces enfermas, hay muchos enfermos de poder, de ambición, de riqueza. (Natalia Lafourcade. Entrevistada por El País).