El ruido no hace bien

y el bien no hace ruido.

 

Y el cántaro, mientras más vacío más ruido hace, según sentencia de Alfonso X, el Sabio. «Manifesto for Silence», obra de Sim Stuart, profesor de crítica en la U. de Durham, (Edinburg 2007), con toda la fuerza del título, propone un análisis cultural de una sociedad que ha desertado del silencio; en su estudio intenta dar respuesta a una política global voluntariamente penetrada por el ruido frenético. El título lo dice bien claro: un manifiesto en favor del silencio; el silencio es, ahora, el gran ausente en todas las sociedades.

 

También el estudioso italiano S. Pivato se ha ocupado del tema en su obra, «El siglo del ruido. El paisaje sonoro del novecientos» (Bolonia. 2011); en su obra se pregunta cómo es que hemos podido sobrevivir “al siglo del ruido”, al ruido como estilo y valor. El s. XX convirtió el ruido en atracción máxima, capaz de determinar el porvenir. Fue el fascismo quien desplazó el punto de interés atribuyendo, incluso, al ruido las cualidades propias del silencio.

 

Somos una sociedad ruidosa, en la cual, el silencio carece de sentido y de valor. Hoy el único elemento de cohesión de nuestra sociedad de masa, la base sobre la que se apoya es el ruido. Aquí no se trata del ruido tomado solo en el sentido literal de la palabra, ese fondo sonoro, como un rumor inhumano, que se levanta de la ciudad, el estruendo del tráfico, el fondo horrible de la música mecanizada, potenciada por amplificadores sofisticados, sonando día y noche, sino también del ruido de imágenes, de publicidad comercial y política. Se diría que una fuerza horrible, enemiga del hombre, está tratando continuamente de apartarlo del silencio, de la contemplación, de la oración. Y he aquí la paradoja: mientras aumentamos el ruido para ahuyentar la angustia, la ola creciente de ruido aumenta nuestra angustia.

 

Contra estas potencias no hay más que una defensa. La más antigua y la única invencible. La ley del Espíritu, la soledad, el silencio. Es más, cualquier palabra que no provenga del silencio, es vana. Los grandes mensajes para la humanidad han llegado de la soledad, del silencio, del desierto. Nuestra ciudad más bien, se asemeja a una jaula de monos neuróticos por el encierro: gritan y chillan y se agreden y hasta se matan. Un hombre fue apuñalado por su vecino cuando le pidió, a éste, que le bajara volumen a la música dado que le impedía dormir. El ruido es causa de graves desavenencias entre vecinos. ¿Quién no lo sabemos?

 

Mitología

Llámense relatos “de origen” aquellos relatos mediante los cuales se intenta explicar el porqué de una situación determinada, de carácter universal; piénsese en la multiplicidad de razas, de lenguas, o en esa universal proclividad al matrimonio y al mal en sus diferentes formas. El lenguaje mitológico es reconocido hoy día en su riqueza y vigor elemental; no es raro que la Biblia se haya enriquecido con tales componentes. Si tomamos el Tratado de Historia de las Religiones, (Mircea Eliade), podemos detenernos en su cap. VIII, que se titula así: “La tierra, la mujer y la fecundidad”; y en este capítulo encontramos los subtítulos: «La tierra madre», «La pareja primordial, cielo y tierra», «La gleba y la mujer», «La mujer y el surco». El apartado sobre la pareja primordial nos hace recordar, inmediatamente, un texto de Hesíodo (s. VIII aC.): “La tierra engendró primero un ser igual a ella, que pudiera cubrirla entera, el cielo (Gaia y Uranos). El cielo inmenso llegó arrastrando tras sí la noche y ansioso de amor, y se tendió sobre la tierra, abrazándola por todas partes.” A esa visión mítica conyugal pertenecen los dioses masculinos, fecundadores, afines a la tormenta o representados en el toro. La lluvia es el semen de la procreación y la vida; esta concepción mítica, común a todas las culturas, ha inspirado a los poetas. Neruda la utiliza en su “Cuerpo de Mujer”. El mito no es verdad/mentira, es un modo de expresión para hacer accesible lo que de suyo es inaccesible. Se gana, así, en concisión. Jung requeriría volúmenes para explicar la idea de Hesíodo.

 

La Torre de Babel

El elemento mítico lo encontramos en el conocido relato de la Torre de Babel (Gen. 11, 1 – 9). El relato en sí mismo es de una factura estupenda. “El mundo entero hablaba la misma lengua, con las mismas palabras. Al emigrar de oriente, encontraron una llanura en el país de Senaar, y se establecieron ahí. Y se dijeron unos a otros: «Vamos a preparar ladrillos y a cocerlos.» Así el ladrillo les servía de piedra y el betún de argamasa. Y dijeron: «Vamos a construir una ciudad y una torre que alcance al cielo, para hacernos famosos y para no dispersarnos por la superficie de la tierra.»

 

“El Señor bajó a ver la ciudad y la torre que estaban construyendo los hombres; y dijo: «Son un solo pueblo y una sola lengua. Si esto no es más que el comienzo de su actividad, nada de lo que decidan hacer les resultará imposible. Vamos a bajar y a confundir su lengua, de modo que uno no entienda la lengua del prójimo.» El Señor los dispersó por la superficie de la tierra y dejaron de construir la ciudad. Por eso se llama Babel, porque ahí confundió el Señor la lengua de toda la tierra, y desde ahí los dispersó por la superficie de la tierra.”

 

Interpretación

a.- He aquí un caso típico de narrativa bíblica con el uso de los elementos mitológicos; con ello se trata de explicar un hecho demasiado humano: la casi imposibilidad de que los humanos lleguemos a entendernos y a empeñarnos en un propósito común. Ante la unidad y comunicación primordiales están, ahora, la dispersión y la incomunicación. Nuestra incapacidad para la unidad y el entendimiento es tal que, para explicarla, hay que remontarse a un hecho primordial. Además, la ciudad aparece como entidad negativa, maldita, que deshumaniza y, contra lo que pudiera creerse, impide la comunicación, el entendimiento entre los humanos y los separa de la naturaleza. ¿Tiene usted en claro algún mensaje, alguna idea, alguna propuesta salida de los discursos de las campañas electorales?

 

b.- El relato se refiere al paso del hombre de la vida nómada a la vida sedentaria, del pastoreo y la recolección de frutos, a los asentamientos más estructurados, y a la tecnología. La tecnología, en aquel entonces, era el descubrimiento pasmoso de que, para construir, el ladrillo cocido era mejor que el adobe crudo. Expresa, pues, la pugna entre la vida nómada y campesina y la cultura de ciudad, más estable. Tras haber emigrado de Oriente, encuentran un valle apropiado y deciden construir una ciudad “para hacerse famosos”. La ciudad representa lo que el hombre es capaz de construir con su tecnología, (ladrillos cocidos), en claro intento de suplantar a la divinidad, intento representado en la construcción de una torre “que alcance al cielo”, es decir, que alcance a Dios. El proyecto era viable, dado que “eran un solo pueblo y hablaban la misma lengua con las mismas palabras”. (Estas virtudes se perderán en la ciudad).

 

c.- Como en toda mitología, la pugna entre los hombres y las divinidades determina el drama; celosa la divinidad, baja a inspeccionar la obra y descubre la verdadera intención de los hombres: ellos quieren ser dioses. El remedio ha de ser radical, (como el de M. Bachelet): les confunde las lenguas y los dispersa por el mundo. Así se explica el hecho constatable: el hombre no puede consumar ni la unidad, ni la comprensión, ni el propósito común. Y no deja de ser paradójico que la religión y la política sean los reinos de la incomprensión. Además, la ciudad como creación del hombre aparecerá siempre en la Biblia y en las mitologías como una entidad maligna, ya que deshumaniza al hombre cuando lo priva del contacto con la naturaleza, y por la aglomeración misma, la prisa, la pelea en corto y el problema de espacio se hacen imposible la comprensión, la cumunicación y el entendimiento. Toda ciudad termina siendo una Babel, el lugar donde todos hablan y nadie escucha. Donde la vida es continua lucha por los espacios. En la ciudad no es posible entendernos; es un diálogo de sordos. El autor del relato citado reflexiona sobre este hecho, sobre esa radical incapacidad humana para la unidad y el entendimiento y, para explicarla, se remonta a un hecho primordial en el que, un día, la divinidad confundió y separó a los hombres por toda la tierra como un castigo.

 

Actualización

a.- ¿Cómo podríamos actualizar el contenido de este mito? Una de las líneas de actualización sería nuestra ingenuidad sobre el progreso. El progreso, que se ha convertido en un ídolo, igual que la democracia, promueve una idea del hombre muy parecida a la de aquellos beduinos que se instalaron en el valle de Senaar: la autosuficiencia del hombre y sus recursos. El éxito en el campo de las ciencias es, todos lo sabemos, enorme; los adelantos en la biotecnología, en la informática y en las más sofisticadas ramas de la medicina son deslumbrantes. Pero en lo que no se reflexiona suficientemente es que estos adelantos no han hecho mejor al hombre; por el contrario, la implantación de la cultura de la muerte y la destrucción de la naturaleza han adquirido proporciones, igualmente, planetarias. “Nunca es suficiente una formación profesional sin formación del corazón”, según afirmaba  B. XVI. El calentamiento del planeta es un dato aterrador que todos ignoramos. El uso de combustibles fósiles y de la energía nuclear ha determinado la alteración climática del planeta; a esto se debe, no solamente el calentamiento del planeta, sino ese fenómeno que estamos padeciendo: sequías más prolongadas cada vez, en determinadas zonas del planeta, y ciclones y lluvias torrenciales devastadoras, cada vez más intensas, en otras.

 

El hombre no es más humano. Se han globalizado el hambre y la miseria: “La globalización es el camino al infierno”, afirmaba Fidel Castro. En su soberbia lleva el hombre la semilla de su propia destrucción. Con su tecnología, con su poder, el hombre contemporáneo se ha cerrado a toda forma de trascendencia y, de esta manera, podemos ser testigos, televidentes tranquilos, de la vergüenza para la civilización que significan   Boko Haram y el extremismo islámico, por ejemplo, la muerte de migrantes en el Mediterráneo o en el desierto del sur de EE.UU.

 

b.- No obstante esta realidad, “no nos entendemos”, aunque hablemos “la misma lengua y usemos las mismas palabras”. Ciertamente, cuando las caravanas primitivas se asentaron en Senaar, la palabra no había sufrido el proceso inflacionario que padece hoy y que ha determinado, según lógica del proceso, su devaluación. Hablamos un mismo idioma y usamos las mismas palabras, pero no nos entendemos, porque la palabra ha dejado de ser el vehículo de la comunicación fundamental del hombre. En el actual proceso devaluatorio de la palabra tiene mucho que ver la propaganda y la intoxicación noticiosa que nos mantiene en “permanente falsa alerta máxima”. Hoy podemos hablar de una sociedad mediatizada, es decir, de una sociedad saturada, intoxicada con la propaganda, exceso de palabras. En tiempos del atormentado filósofo S. Kierkegaard seguramente no existía tanto ruido como hoy, pero ya él prescribía, como remedio a la enfermedad de la humanidad, el silencio: “¡Prescribid el silencio! Llevad a los seres humanos a desear el silencio.” El exceso de palabras y de propuestas, por sí mismo, no promueve la unidad en torno a un propósito común sino, más bien, la desconfianza, la desunión y la incomprensión. El relato bíblico dice que si el hombre no dialoga con su Creador, tampoco entenderá a su prójimo.

 

El hombre como masa.

Qué raro que no nos alarme que el hombre haya terminado en masa; el s. XX, con las grandes propuestas políticas y sociales, acuñó el término. Las voces de advertencia nunca faltan porque Dios no abandona a su creatura. En 1957, Dwigth Mac-Donald, escribía: “El hombre de la masa es un átomo solitario, uniforme y no difiere de los otros miles de átomos parecidos que constituyen la «muchedumbre anónima». Una sociedad de masa, como una muchedumbre anónima, es tan poco diferenciada y está estructurada de manera tan borrosa que en la medida en que se juegan los valores humanos, tiende a no aglomerarse sino en la línea del más bajo denominador común; entonces su moralidad se establece al nivel de los miembros más primitivos, groseros y pervertidos; sus gustos, a la medida de los menos sensibles y de los más ignorantes” (Mass Culture). Hoy el único elemento de cohesión de nuestra sociedad de masa,  la base sobre la que se apoya, es el ruido. Busquemos y amemos el silencio.