Amor social

Dios, por el nuevo nacimiento en el bautismo, nos ha regalado la virtud de la caridad. Y, debemos tener claro que este don no es de asunto privado, sino que la desarrollamos en una comunidad, esforzándonos en amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos, saliendo de nuestro egoísmo: primero hacia Dios y luego hacia los demás.

Recordemos que la iniciativa siempre es de Dios, quien nos amó primero; sin embargo, somos nosotros quienes decidimos responder al amor acercándonos a Jesús, atendiendo su llamado y su misión; esto nos convierte a los bautizados en mensajeros y testigos del Evangelio. Y nuestra misión es especialmente social.

No podemos ignorar que cuando la lucha por el poder está en el centro de una sociedad, la convivencia se convierte en algo peor que la lucha por la supervivencia. También cuando el trabajo es el que está en la cima, terminamos convirtiéndonos en una fuerza mecánica sin sentido, totalmente esclavizados. En cambio, y por encima de todo, “el plan maestro de Dios para la convivencia social se llama caridad” (DOCAT 308).

Cuando llevamos una vida de frente a un Dios que nos ama y tiene un plan para nosotros, nos convertimos en hijos de un padre común y, por lo tanto, en hermanos. Cuando el sentido de agradecimiento y la responsabilidad determinan nuestra vida tanto individual como social, entonces comenzamos a crear la cultura del amor.

No existe en el mundo nada que sea más poderoso que el amor. Cuando amamos, somos capaces de hacer grandes obras sin importar los obstáculos. Por eso, lo primero que debemos hacer, es construir una relación intensa y personal con Jesús. Sólo desde ahí, se puede desarrollar un profundo amor por la Iglesia que nos lleve a una vida comprometida con la sociedad.

Construir dichas relaciones nos animará a recordar a los más pequeños, a hacer pública nuestra fe, incluso en un ambiente de adversidad, hasta el punto de entregar la propia vida, si la lucha por la verdad y la justicia así lo requiriesen.

¿No es, quizá, la ausencia del amor en nuestra vida personal, familiar y social, el estiércol de donde brota el gran malestar de la cultura y que podemos ver claramente en todas las formas enfermizas de convivencia? – se pregunta el P. Trevizo -, y Fromm nos respondería con un rotundo sí.

Así pues, promover y fortalecer los valores humanos es la mejor manera de luchar contra la cultura de la muerte y la ilegalidad, y comenzar a construir una forma de convivencia sustentada en el amor.

Humanos deshumanizados

Es urgente que atendamos los síntomas de nuestra sociedad. El mal llamado progreso, no deja de hacernos inhumanos, hasta el punto de que hoy podemos llamar “derecho humano” al asesinato de un bebé. ¿Cómo podemos ser realmente humanos en esta época? “Haz como Dios y hazte hombre”, dijo una vez el viejo Obispo Fran Kamphaus. Y es que el amor constituye la más alta exigencia de humanización, pues no se trata de un sentimiento fácil y bonachón, de un simple “tú estás bien, yo estoy bien”. El amor engloba nuestra existencia entera, en todas sus dimensiones, incluso el tiempo.

Y, ¿qué o quién humaniza al hombre? ¿Pudiera ser Dios? Ciertamente, lo humano tiene su mejor morada en las entrañas de Dios, porque si cumplimos su voluntad nos hacemos representantes de los más auténticos intereses del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios. Los mandamientos de Dios son la sabiduría de su pueblo, dice el Deuteronomio en la Biblia.

Pero, ¿dónde está Dios? Ah, pues la respuesta es simple. Dios ha instituido para nosotros la Iglesia como un lugar especial para hacernos verdaderamente humanos. Dios está en la Iglesia, en la comunidad de los hijos de Dios. En la Iglesia es que somos inspirados por la Palabra de Dios, y especialmente fortalecidos con los sacramentos.

La iglesia es, ante todo, el lugar para la presencia de Dios en el mundo, un Cuerpo que formamos todos los bautizados, un pueblo real, nación santa. Todos somos la iglesia, y la iglesia es lo que hacemos sus miembros. Por lo tanto, como afirma el Papa Francisco, todos los cristianos debemos involucrarnos con y por la iglesia para encontrar el mejor camino con miras a la estructuración de la sociedad con el espíritu del Evangelio.

 


Julio Fernández