• Catalina y el voluptuoso rey

    La reina de España Isabel la Católica, se había ocupado de que su niña Catalina aprendiera latín, francés y griego. La educó en la lectura de los clásicos y los historiadores latinos, sabía derecho civil y canónico, heráldica, genealogía, música, baile y dibujo. Una esmerada educación religiosa acompañó siempre a Catalina aunada a una profunda fe en Dios. Esa fe sería el arma con la que Catalina de Aragón se enfrentaría a la lujuria desenfrenada de su futuro marido Enrique VIII, rey de Inglaterra.

    Por arreglos políticos entre familias reales, le consiguieron el matrimonio con el príncipe Arturo de Gales, heredero de la corona inglesa. Cuando tenía 18 años Catalina viajó a Inglaterra para conocer a su esposo. A los diez días se casaron. El matrimonio apenas duró algunos meses porque Arturo enfermó y murió. Buscando una solución, las familias planearon una nueva boda entre Catalina y Enrique, hermano menor de Arturo.

    La boda entre Enrique y Catalina dependía de la dispensa papal porque la ley canónica prohibía al hombre casarse con la viuda de su hermano. Catalina aclaró que su matrimonio con Arturo no se había consumado debido a la extrema timidez de él, y finalmente el papa les concedió la dispensa. Así la pareja pudo casarse en 1509. Enrique embarazó a Catalina en cinco ocasiones, entre las cuales tuvo amoríos con otras mujeres y, según historiadores, en estas correrías Enrique se infectó de sífilis. Esa enfermedad fue la causa de que murieran todas las hijas de Enrique y Catalina, excepto María, la única sobreviviente. Al origen de la muerte de las hijas del rey estuvo la lujuria.

    Por falta de un heredero varón para sucederlo en el trono, Enrique empezó a dudar de la validez de su matrimonio con Catalina. Las cosas se complicaron por el incontinente líbido del monarca, quien se enamoró de Ana Bolena, una adolescente que desempeñaba el papel de dama de compañía de su esposa Catalina. Como el papa Clemente VII no autorizó la anulación matrimonial, Enrique decidió separarse de la Iglesia católica y se proclamó cabeza de una iglesia nacionalista inglesa, que hoy es la Iglesia anglicana. La raíz de la división entre anglicanos y católicos fue la lujuria.

    El rey inglés empleó la violencia contra quienes se opusieran a sus planes. Hubo mártires cartujos, benedictinos y franciscanos, abadías quemadas, la misa suprimida y la santidad del matrimonio pisoteada. Tomás Moro y Juan Fisher fueron dos mártires que a los que les cortaron sus cabezas por mantenerse fieles a la doctrina del matrimonio indisoluble, a la unidad de la Iglesia y al papado. Todo a causa de los deseos sexuales desenfrenados.

    El rey demostró ser pequeño y Catalina, grande. Ella respondió fiel a su compromiso matrimonial. Por ello también le llegó, implacable, la persecución. Perdió todos sus privilegios y derechos. Le prohibieron visitar a su hija, la princesa María, a quien el rey desheredó, y fue obligada a recluirse en un castillo en ruinas, lejos de la corte. Sus únicas salidas eran a misa. Catalina pudo haber dejado Inglaterra y regresado a España para vivir tranquilamente con sus padres en el palacio real. Lo único que tenía que hacer para su liberación era una carta donde declarara que su matrimonio con Enrique VIII era inválido y que la reina de Inglaterra era Ana Bolena.

    Pero Catalina nunca escribió esa carta, y siempre se refirió a Enrique como ‘mi marido’. Murió en la pobreza y en la soledad, pero jamás renunció a la realidad y la santidad de su vocación como esposa. Profundamente enamorada de su esposo, fue condenada por éste a décadas de celibato en medio de su estado matrimonial. Abandonada por su salaz consorte, ella nunca abandonó a Dios haciendo continuos ayunos y oraciones.

    Antes de morir en 1535, Catalina de Aragón –la reina más grandiosa y buena que Inglaterra ha tenido– escribió una carta a su marido en la que decía: “Por mi parte, te lo perdono todo, y rezo a Dios para que te perdone también. Por lo demás te encomiendo a nuestra hija María, suplicándote que seas un buen padre para ella, como siempre he deseado. Finalmente, hago este juramento: que mis ojos te desean por encima de todas las cosas. Adiós”.

    Una sexualidad descontrolada suele precipitar a las personas y a sociedades enteras a abismos de oscuridad, muerte y amargura. Hoy que el mundo exalta la lujuria y se burla de la castidad, quienes queremos ver a Dios hemos de caminar contracorriente, en fatigoso ascenso, hacia las regiones más altas y transparentes de la gran montaña, cuya cumbre habitan, alegres, los limpios de corazón.

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