La muerte del regiomontano Manuel Uribe, el hombre más obeso del mundo, nos interpela. Dice san Pablo que el cuerpo humano es templo del Espíritu Santo. Manuel, al momento de morir, era una gran catedral de 350 kilos. La Iglesia nos enseña que “el hombre no debe despreciar la vida corporal, sino que, por el contrario, debe tener por bueno y honrar a su propio cuerpo, como criatura de Dios que ha de resucitar en el último día” (GS 14). ¿Qué relación cultivamos con nuestro cuerpo? Los mexicanos no tenemos la mejor relación con él, cuando de comida se trata. Grasas, azúcares y refresco de cola se sirven en millones de hogares de México todos los días. Nos inquieta que la resurrección del último día sea con nuestros mismos cuerpos, aunque nos consuela la promesa de que serán revestidos de gloria e inmortalidad, en una nueva y misteriosa condición.