• Curso Confirmaciones Adultos Lección V

    QUINTA LECCIÓN

     

    LA MISA, Vida Ofrecida

    Card. Albert Vanhoye, s.j.

     I. Introducción.

    La celebración de la Eucaristía es el gran tesoro de la iglesia, la fuente inagotable de la vida cristiana. Estos artículos que se irán incluyendo mes a mes, a modo de breves meditaciones quieren ayudar a los cristianos a acoger mejor las múltiples riquezas de este tesoro, las aguas abundantes de esta fuente de vida. La misa es “vida ofrecida”. Lo es en más de un sentido. Ante todo es vida de Cristo que él ofrece por nosotros. En la última cena, Jesús hizo presente anticipadamente su muerte en el calvario e hizo de ella una ofrenda de su vida, poniendo en práctica su palabra: “El hijo del hombre no ha venido para ser servido, sino para servir y dar su propia vida en rescate por muchos”. (Mt.20,28; Mc. 10, 45) Según Mateo (Mt. 26, 28), Jesús tomó el cáliz lleno de vino y dijo: “Esta es mi sangre de la alianza, derramada por muchos para el perdón de los pecados”.

     

    Por otra parte, la misa es vida de Cristo ofrecida por él a nosotros. Él nos dice: “Tomad y comed, esto es mi cuerpo….bebed todos de esta copa…,esta es mi sangre….” (Mt. 26, 26-28) Este don supremo de Cristo, realizado en el momento del amor más grande, nos une íntimamente a él, como él mismo nos dice: “Quien come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él”. (Jn. 6,56). Uniéndonos a él, la eucaristía pone en nosotros la vida de Cristo vida de amor generoso.

    Cuando participamos en la misa y recibimos la comunión recibimos en nosotros un intenso dinamismo de amor. De ahí se deriva que la misa se convierte en: “vida ofrecida” en otro sentido más: el dinamismo de amor que recibimos nos impulsa a unir nuestro ofrecimiento al de Jesús. La misa se convierte, entonces, en vida ofrecida por nosotros a Cristo para que él la una al ofrecimiento de su vida y la presente a su Padre.

    Precisamente con esta finalidad, Jesús se hace presente sacramentalmente su ofrecimiento en la misa, es decir, para darnos la posibilidad de recibir en nosotros el dinamismo de su amor y de poner nuestra vida a disposición de éste dinamismo. Gracias a la misa podemos poner por obra lo que nos pide el apóstol Pablo: “Ofrecer nuestro cuerpo como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios”. (Rm. 12,1). Se trata de un ofrecimiento que, como el de Cristo, una las dos dimensiones del amor: docilidad filial hacia a Dios y servicio generoso a los hermanos. No hay nada más importante que esto en la vida, nada que nos pueda dar una alegría más honda.

    II. La gracia y la paz.

    Cuando empieza la misa, el sacerdote acoge a la asamblea en el nombre de Dios con el saludo: La gracia y la paz de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo estén con todos vosotros. Esta fórmula se inspira en la que usa San Pablo al comienzo de sus cartas (cr. Rm. 1, 7; 1Co. 1,3; 2Co. 1,2; Gal. 1,3 etc). El contacto entre el sacerdote y el pueblo de Dios se establece mediante este deseo de gracia y de paz.

    “Gracia” significa amor gratuito, pura generosidad, como solo Dios lo puede mostrar. La gracia de Dios implica siempre una benevolencia que se nos da gratuitamente, un beneficio que se nos ofrece a través de una iniciativa que no hemos merecido y que no podríamos comprar.

    Esta gracia gratuita nos trae la paz. El mundo necesita paz. Dios lo sabe, él que ve mejor que nosotros cómo los hombres se hacen daño recíprocamente, cómo se odian unos a otros (¡a veces bajo la apariencia de las mejores intenciones!) y hasta qué punto son capaces de destruirse.

    También necesitamos poner paz en nosotros mismos, nosotros que somos combatidos por tensiones e impulsos de todo tipo. Necesitamos sobre todo la paz con Dios. En efecto, las turbaciones que nos agitan son el signo de que nuestra relación con Dios nos es suficientemente límpida y profunda.

    Necesitamos dejar de tener miedo de Dios. Necesitamos aprender a dirigirnos a él con una actitud de verdadera confianza, fiarnos de él. Y él, que conoce lo incapaces que somos de establecer esta paz por nosotros mismos, tanto en nuestros corazones como en los de las personas con quienes nos relacionamos, nos ofrece su paz. En la gratuidad de su amor somos llamados a recibir su paz.

    El saludo inicial del celebrante es como un programa para la Misa. La Misa es el lugar privilegiado donde se manifiestan esta gracia y esta paz que vienen de Dios nuestro Padre por medio de nuestro Señor Jesucristo. En la Misa se hace presente el sacrificio de Cristo, por medio del cual se da nuevamente a los hombres el acceso a la paz con Dios.

    El designio de Dios, en efecto, es la reconciliación de los hombres. Como dice Pablo, todos han sido reconciliados con Dios por medio de la cruz de Cristo. (cf. Ef. 3,13-16). Cristo es nuestra paz. Él ha fundado para nosotros una alianza con Dios mediante su sangre, es decir, a través de su amor vivido hasta el final. (Jn. 13,1)

    Al aceptar sufrir   el castigo que nos da la paz (Is. 53,5), Jesús destruyó en sí mismo la enemistad”. (Ef. ,16). Ciertamente nada genera más odio que la injusticia sufrida. Jesús padeció la peor de las injusticias. Pero él transformó lo que podía provocar el odio en fuente de amor mediante su ofrenda perfecta y sin reservas.

    Así, después de resucitar puede anunciar la Buena Noticia de la paz. “Paz a vosotros”, dice a los apóstoles cuando se presenta a ellos en el Cenáculo. (Jn. 20,19.0.6). Jesús anuncia la paz tanto a los de “lejos” como “a los cercanos”. (Ef. ,13). Ahora ya no hay diferencia en nuestra situación respecto de Dios: hemos llegado a ser hijos iguales, podemos acercarnos al Padre en un solo Espíritu.

    Así somos reconciliados entre nosotros. “El muro de la separación que estaba en medio, es decir, la enemistad”, ha sido destruido en la carne crucificada de Cristo. (Ef. ,14). En él, entregado por nosotros, encontramos la comunión y la paz. Gracias a su sacrificio tenemos un lugar en la paz de Dios. Jesús dice a los apóstoles en la Última Cena: Voy a prepararos un sitio «junto al Padre». (Jn. 14,) Voy es el lenguaje misterioso con el que Jesús anuncia su pasión. Y dice también: No se turbe vuestro corazón. (Jn. 14,1)

    El Evangelio añade una frase que se aplica bien a la Misa: Cuando yo me vaya y os prepare sitio, volveré y os llevaré conmigo para que donde estoy yo estéis también vosotros. (Jn. 14,3). ¿No es esto acaso la Misa?: Jesús viene a llevarnos con él para conducirnos por el camino que él ha abierto: el camino de la paz, que es el de su ofrecimiento. En la Misa entramos por este camino.

    La paz será evocada de nuevo, antes de la comunión, con estas palabras de Jesús: La paz os dejo, mi paz os doy. (Jn. 14,7) Al comulgar en el Cuerpo entregado del Señor y en su Sangre derramada por todos, para el perdón de los pecados, recibimos la gracia y la paz. La Eucaristía nos hace don de ellas, nos muestra su camino. A nosotros nos toca compartir y difundir la paz. Intercambiad un signo de paz, ya ahora, aquí, enseguida. Y en el momento de la despedida, con esta gracia que proviene del sacrificio de Cristo, salimos de la iglesia: Podéis ir en paz. Esta es nuestra misión, ésta es la lógica misma de nuestra vocación por haber comulgado. Debemos ir a transformar todo en ocasión de crecimiento de nosotros mismos, de crecimiento de los hombres en la paz divina, que supera todo conocimiento. (Flp. 4,7). Los hombres están hechos para la paz.

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    ARTÍCULO 3
    EL SACRAMENTO DE LA EUCARISTÍA

    1322 La Sagrada Eucaristía culmina la iniciación cristiana. Los que han sido elevados a la dignidad del sacerdocio real por el Bautismo y configurados más profundamente con Cristo por la Confirmación, participan por medio de la Eucaristía con toda la comunidad en el sacrificio mismo del Señor.

    1323 “Nuestro Salvador, en la última Cena, la noche en que fue entregado, instituyó el sacrificio eucarístico de su cuerpo y su sangre para perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el sacrificio de la cruz y confiar así a su Esposa amada, la Iglesia, el memorial de su muerte y resurrección, sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de amor, banquete pascual en el que se recibe a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria futura” (SC 47).

    La Eucaristía, fuente y cumbre de la vida eclesial

    1324 La Eucaristía es “fuente y cima de toda la vida cristiana” (LG 11). “Los demás sacramentos, como también todos los ministerios eclesiales y las obras de apostolado, están unidos a la Eucaristía y a ella se ordenan. La sagrada Eucaristía, en efecto, contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua” (PO 5).

    1325 “La Eucaristía significa y realiza la comunión de vida con Dios y la unidad del Pueblo de Dios por las que la Igle sia es ella misma. En ella se encuentra a la vez la cumbre de la acción por la que, en Cristo, Dios santifica al mundo, y del culto que en el Espíritu Santo los hombres dan a Cristo y por él al Padre” (CdR, inst. “Eucharisticum mysterium” 6).

    1326 Finalmente, la celebración eucarística nos unimos ya a la liturgia del cielo y anticipamos la vida eterna cuando Dios será todo en todos (cf 1 Co 15,28).

    1327 En resumen, la Eucaristía es el compendio y la suma de nuestra fe: “Nuestra manera de pensar armoniza con la Eucaristía, y a su vez la Eucaristía confirma nuestra manera de pensar” (S. Ireneo, haer. 4, 18, 5).

    Distintos nombres.

    La institución de la Eucaristía

    1337 El Señor, habiendo amado a los suyos, los amó hasta el fin. Sabiendo que había llegado la hora de partir de este mundo para retornar a su Padre, en el transcurso de una cena, les lavó los pies y les dio el mandamiento del amor (Jn 13,1-17). Para dejarles una prenda de este amor, para no alejarse nunca de los suyos y hacerles partícipes de su Pascua, instituyó la Eucaristía como memorial de su muerte y de su resurrección y ordenó a sus apóstoles celebrarlo hasta su retorno, “constituyéndoles entonces sacerdotes del Nuevo Testamento” (Cc. de Trento: DS 1740).

    1338 Los tres evangelios sinópticos y S. Pablo nos han tran smitido el relato de la institución de la Eucaristía; por su parte, S. Juan relata las palabras de Jesús en la sinagoga de Cafarnaúm, palabras que preparan la institución de la Eucaristía: Cristo se designa a sí mismo como el pan de vida, bajado del cielo (cf Jn 6).

    1339 Jesús escogió el tiempo de la Pascua para realizar lo que había anunciado en Cafarnaúm: dar a sus discípulos su Cuerpo y su Sangre:

    Llegó el día de los Azimos, en el que se había de inmolar el cordero de Pascua; (Jesús) envió a Pedro y a Juan, diciendo: `Id y preparadnos la Pascua para que la comamos’…fueron… y prepararon la Pascua. Llegada la hora, se puso a la mesa con los apóstoles; y les dijo: `Con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer; porque os digo que ya no la comeré más hasta que halle su cumplimiento en el Reino de Dios’…Y tomó pan, dio gracias, lo partió y se lo dio diciendo: `Esto es mi cuerpo que va a ser entregado por vosotros; haced esto en recuerdo mío’. De igual modo, después de cenar, el cáliz, diciendo: `Este cáliz es la Nueva Alianza en mi sangre, que va a ser derramada por vosotros’ (Lc 22,7-20; cf Mt 26,17-29; Mc 14,12-25; 1 Co 11,23-26).

    1340 Al celebrar la última Cena con sus apóstoles en el transcurso del banquete pascual, Jesús dio su sentido definitivo a la pascua judía. En efecto, el paso de Jesús a su Padre por su muerte y su resurrección, la Pascua nueva, es anticipada en la Cena y celebrada en la Eucaristía que da cumplimiento a la pascua judía y anticipa la pascua final de la Iglesia en la gloria del Reino.

     

    “Haced esto en memoria mía”

    1341 El mandamiento de Jesús de repetir sus gestos y sus palabras “hasta que venga” (1 Co 11,26), no exige solamente acordarse de Jesús y de lo que hizo. Requiere la celebración litúrgica por los apóstoles y sus sucesores del memorial de Cristo, de su vida, de su muerte, de su resurrección y de su intercesión junto al Padre.

    1342 Desde el comienzo la Iglesia fue fiel a la orden del Señor. De la Iglesia de Jerusalén se dice: Acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, fieles a la comunión fraterna, a la fracción del pan y a las oraciones…Acudían al Templo todos los días con perseverancia y con un mismo espíritu, partían el pan por las casas y tomaban el alimento con alegría y con sencillez de corazón (Hch 2,42.46).

    1343 Era sobre todo “el primer día de la semana”, es decir, el domingo, el día de la resurrección de Jesús, cuando los cristianos se reunían para “partir el pan” (Hch 20,7). Desde entonces hasta nuestros días la celebración de la Eucaristía se ha perpetuado, de suerte que hoy la encontramos por todas partes en la Iglesia, con la misma estructura fundamental. Sigue siendo el centro de la vida de la Iglesia.

    1344 Así, de celebración en celebración, anunciando el misterio pascual de Jesús “hasta que venga” (1 Co 11,26), el pueblo de Dios peregrinante “camina por la senda estrecha de la cruz” (AG 1) hacia el banquete celestial, donde todos los elegidos se sentarán a la mesa del Reino.

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