1.- Los últimos domingos del tiempo ordinario de este año han corrido con mala suerte. Primero el domingo mundial de las misiones, luego el día de los difuntos y, por último, la dedicación de la basílica de San Juan. ¿Por qué no podemos mantener la secuencia de la liturgia de la Palabra? Hemos roto la secuencia final de la lectura de Mateo en el preciso momento cuando culmina el año litúrgico. No entiendo la razón para ello. Pero en fin, nuestra asamblea está presente y estas celebraciones nos permiten entablar un diálogo a partir del texto sagrado enmarcado en la fiesta.

 

Ciertamente, a mi juicio, el 99.99 por ciento de nuestros fieles no saben ni les interesa lo relativo a esa histórica y hermosa basílica cuya dedicación hoy conmemoramos. Luego no pueden ser un tú receptor, no están en el contexto cultural que hace inteligible el discurso. Para que se entendiera el sentido de la fiesta sería necesario hacer una tirada larga sobre la historia de esa basílica, cosa que una homilía no resiste. Ni la gente resiste. Ni nosotros resistimos, simplemente porque tampoco lo sabemos. En este contexto, modificar la liturgia es un “non sense”. Pero allá van leyes do quieren reyes.

 

Pero, también, la fiesta nos ofrecen la oportunidad de  reflexionar sobre el tema de “el templo”: Jesús es el templo donde reside la divinidad con plenitud, el “lugar del verdadero encuentro de Dios con el hombre”, y nosotros, a nuestra vez,  somos esas piedras vivas que entramos en la construcción de dicho templo. Y, todavía más, cada uno de nosotros somos templos del Espíritu. Nuestros templos son, entonces, imagen de lo que nosotros somos en realidad. “¿No saben ustedes que son templo del Espíritu Santo?, se pregunta admirado, Pablo.

 

El esquema de la liturgia de la palabra admite variaciones. Uno de ellos que me parece oportuno es el siguiente: 1Re.8,22-23.27-30; 1Pe.2,4-9; Jn.4,19-24. Este esquema guarda una gran coherencia con la fiesta. En cualquier caso la festividad nos ofrece la oportunidad de hablar del sentido del templo y de la naturaleza de la iglesia.

 

2.- El mínimo histórico, es el siguiente: San Juan de Letrán es la iglesia más antigua del mundo. Por eso recibe el título de Cabeza y Madre de todas las iglesias. Esta Basílica es la catedral del obispo de Roma que «preside en la caridad todas las iglesias» (Sn. Ireneo). Cuando cesaron las persecuciones, a comienzos del siglo IV, el emperador Constantino cedió al Papa el Palacio de Letrán (preexistente a la iglesia), para que fuera su residencia oficial. Letrán fue la sede central de la Iglesia Católica durante más de 1.000 años, hasta el siglo XIV, cuando  los Papas se trasladaron al Vaticano. La fiesta nos brinda, también, la oportunidad de afianzar nuestra comunión con el papa.

 

3.- El cenáculo de Jerusalén, «la iglesia doméstica», la basílica paleocristiana, las catedrales medievales, las iglesias renacentistas o barrocas, las modernas arquitecturas sacras, al estilo de Jesús Maestro, como, en el A.T el templo, son símbolos permanentes de la «presencia de Dios en el espacio», realidad que envuelve y domina al hombre. A través de este símbolo se realiza el diálogo entre el finito y el infinito. No por nada, el arca de la Alianza era llamada en el A.T «la tienda del encuentro», es decir la casa del encuentro entre dos personas, entre dos voluntades, entre dos libertades, la divina y la humana. Si optamos por la lectura de 1Re.8 veremos cómo es bella y aguda la oración de Salomón: Dios permanece en su trascendencia, no puede ser aprisionado mágicamente en un espacio sacro, él nos escucha «desde el lugar de su morada»; sin embargo, su infinitud le permite  condescender con el hombre, ser limitado y espacial, entrando en contacto con él, en el arca del Templo.

 

Esta dualidad que se compone en la unidad de la tienda del Templo, lugar del encuentro, debe ayudarnos a superar toda concepción mágica o materialista del templo pero también ayudarnos a descubrir su función y su valor. Contra la tentación de lo meramente exterior devocional, debemos recordar con Salomón que “los cielos de los cielos no pueden contener, tanto menos esta casa que yo he construido”. Contra la tentación espiritualista que niega toda presencia divina en la corporeidad, en la espacialidad, debemos recordar que Dios fecunda, bendice y santifica toda realidad humana y cósmica: «que estén abiertos tus ojos noche y día sobre esta casa, hacia el lugar del cual has dicho: ahí estará mi Nombre» (1Re.8,29).

 

4.- El nuevo testamento nos invita, a su vez, a dar un paso más. Al lado del Templo material, ciertamente secundario, hay un templo de la presencia divina, «el cuerpo de Cristo y el cuerpo de los cristianos». Sabemos que el concepto de cuerpo en el mundo hebreo, es mucho más complejo que nuestras características somáticas occidentales: el cuerpo es el principio de manifestación y de comunicación del ser personal del hombre. Pedro, en su carta, de las dimensiones bautismales y pascuales, extrae el concepto de la «piedra viva» y fundamental que es Cristo resucitado y de las piedras vivas que son los cristianos. De estas dos existencias santas brota «el edificio espiritual» donde se reúne «la nación santa y sacerdotal», capaz de ofrecer sacrificios espirituales y agradables a Dios. Nuestras iglesias, o para mejor entendernos, nuestros templos, desde la gran dignidad de la Basílica lateranense, sede del Obispo de Roma, hasta las más modestas capillas de los territorios de misión son signos vivos de la presencia divina; entorno a la eucaristía se reúne la Iglesia, hecha de fieles que viven la misma fe, la misma esperanza, y a quienes une el mismo amor. El espíritu es el alma de estas iglesias.

 

5.- “Los verdaderos adoradores del Padre, lo adoraron es Espíritu y en Verdad”. Sabemos que en el léxico de San Juan, la verdad es el evangelio, es Cristo mismo, y el Espíritu es el alma de la iglesia y de los sacramentos de la salvación. Entrando en comunión con Cristo y con su palabra nos acercamos al infinito y al eterno, iniciamos, ya desde ahora, la gran liturgia celestial. Entrando en comunión con el Espíritu que actúa en el bautismo y en la Eucaristía, nosotros hacemos que Dios more y permanezca en nosotros. Este es el vértice de todo encuentro nuestro que se lleva a cabo en nuestros templos.

 

Sírvanos estas ideas generales para animar a estas comunidades a valorar también estos espacios, que por humildes que sean, son el lugar del encuentro, de todos nosotros con Dios y de nosotros todos como comunidad.

 

Síntesis.

Ez. 47,1-2.8-9.12. Como los otros profetas, Ezequiel sabe que el Dios viviente no se dejará encerrar en una casa hecha por manos de hombre. Leyendo este  texto se tiene la impresión que el templo no puede contener la vida secreta que se encerraba en él: esta fuerza vital brota en forma de torrentes manan de dentro; estas aguas purifican y vivifican todo a su paso. Un día, Jesús, “en templo”, prometerá torrentes de agua viva que brotarán de interior del creyente.

 

ICor.3,9-11.16-17. Con Pablo, nosotros ya no podemos dudar: la casa y el tempo son imágenes que nos orientan hacia una realidad espiritual: el cimiento es Cristo; el arquitecto, el Apóstol; el templo somos nosotros y la presencia de Dios, el Espíritu.

 

Jn. 2,13-22. Jesús realiza un gesto que tendrá un peso determinante cuando los jefes del pueblo lo acusen durante el proceso: ha dicho que destruirá el templo! Para Jesús, los templo, también el de Jerusalén, podrán ser destruidos. El cuerpo del Señor resucitado permanece eternamente. Jesús da la razón, de manera definitiva, a la intuición de los profetas. (cf. Jer.7).