• Descubriendo a María en la Sagrada Escritura

    Hagamos un recorrido por las Sagradas Escrituras para descubrir lo que Dios nos ha revelado acerca de la Mujer que ha elegido para venir al mundo hecho carne: la Santísima Virgen María

    Prefigurada en el Antiguo Testamento

    Cuando se habla del Antiguo Testamento no se puede ignorar que contiene promesas y figuras que cobran cabal cumplimiento y pleno sentido a la luz del acontecimiento de Jesucristo.

    La figura de María se hace presente en la Sagrada Escritura desde el principio en el libro del Génesis; en forma de promesa, Dios prepara nuestra Redención desde la caída de Adán y Eva.

    «Enemistad pondré entre ti y la mujer, entre tu linaje y su linaje: él te pisará la cabeza  mientras acechas tú su calcañar.» (Gén 3,15).

    Los judíos vieron aquí la promesa del Mesías, por eso en la traducción griega resaltaron que la simiente de la mujer aplastaría la cabeza de Satanás.

    Otra promesa donde está figurada María es en el libro de Isaías:

    «Pues bien, el Señor mismo va a daros una señal: He aquí que una doncella está en cinta y va a dar a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel» (Is 7,14).

    La conciencia del Mesías en los Judíos que tradujeron las escrituras al griego nos revela que se hablaba de una virgen, por eso cuando los discípulos de Cristo citan las escrituras, se refieren a la traducción griega donde ven cumplida en Jesús esta profecía:

    «Por esto dará el Señor mismo a vosotros una señal: He aquí la virgen en vientre concebirá y parirá hijo, y llamará su nombre Emmanuel» (Is 7,14).[1]

    María llena del Espíritu y Bendita entre todas las mujeres

    Cuando María visitó a su prima Isabel fue suficiente un simple saludo para que el niño de Isabel saltara de gozo y ella quedase llena del Espíritu Santo:

    y ¿de dónde a mí que venga a verme la madre de mi Señor? Porque apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno (Lc 1,43-44).

    Esta es la reacción de quien ama a María y la recibe en su casa, como el discípulo amado: salta de gozo y se llena del Espíritu Santo apenas ella saluda.

    En el Antiguo Testamento está también prefigurada como la Bendita del Dios Altísimo, en el libro de Judith:

    «Ozías dijo a Judit: “¡Bendita seas, hija del Dios Altísimo más que todas las mujeres de la tierra! Y bendito sea Dios, el Señor, Creador del cielo y de la tierra, que te ha guiado para cortar la cabeza del jefe de nuestros enemigos»  (Judith 13,18).

    En la pedagogía divina todo esto tenía un significado para el tiempo de la Redención. Esas palabras serían aplicadas a María, quien es bendita más que todas las mujeres de la tierra, hija de Dios altísimo y, de cierta forma, ha cortado la cabeza del enemigo (Satanás) porque ha dado a luz al Redentor, nuestro Señor Jesucristo, quien pisoteará la cabeza de la serpiente, como lo dice claramente el Génesis y el Apocalipsis (leer todo el capítulo 12):

    «Enemistad pondré entre ti y la mujer, entre tu linaje y su linaje: él te pisará la cabeza  mientras acechas tú su calcañar.» (Gén 3,15).

    María está presente desde el inicio de la historia de la salvación y es parte fundamental para llevar acabo el gran plan salvífico de Dios. La carne y la sangre de aquél que nos iba a redimir, es decir, la carne y la sangre de nuestro Señor Jesucristo, fueron dadas por una mujer que con amor y gran valentía dijo “sí”:  María.

    María Intercesora

    La Escritura nos revela que María intercede en bien de los hombres y el ejemplo tradicional es el de las bodas de Caná donde intercede ante Jesús por falta de vino que, en el oriente antiguo, simbolizaba la alegría. De tal manera que el mensaje bíblico es contundente: María intercede ante Dios a favor de la alegría de los hombres.

    «Tres días después se celebraba una boda en Caná de Galilea y estaba allí la madre de Jesús. Fue invitado también a la boda Jesús con sus discípulos. Y no tenían vino, porque se había acabado el vino de la boda. Le dice a Jesús su madre: “No tienen vino.” Jesús le responde: “¿Qué tengo yo contigo, mujer? Todavía no ha llegado mi hora.” Dice su madre a los sirvientes: “Haced lo que él os diga.”» (Juan 2,1-5).

    Esas palabras de Jesús, ¿qué tengo yo contigo mujer?, corresponden a un modismo hebreo que significa “a ti y a mí, ¿qué nos importa?”, por eso, la Nueva Biblia Española traduce:

    «Al tercer día hubo una boda en Cana de Galilea, y estaba allí la madre de Jesús; pero además fue invitado Jesús, y sus discípulos, a la boda. Faltó el vino, y le dijo a Jesús su madre: No tienen vino. Jesús le contestó: ¿Qué nos importa a mí y a ti, mujer? Todavía no ha llegado mi hora. Su madre les dijo a los sirvientes: Cualquier cosa que les diga, háganla» (Juan 2,1-5).

    Este pasaje de la escritura nos da luz sobre varias cosas acerca de María.

    • Primeramente era ella la invitada, Jesús y sus discípulos fueron invitados por “compromiso”.
    • También, María intercede por los invitados y por los novios.
    • Otro detalle interesante es que Jesús dice firmemente que no ha llegado su hora.
    • E increíblemente, nuestro Señor llama a su madre “mujer” haciendo alusión a Eva, que era llamada mujer antes del pecado original. Sí, antes del pecado original.
    • Y, ¿qué es lo que María pide a los que confiamos en ella? Hacer la voluntad de su Hijo.

    Por lo tanto, vemos que María influye en la manifestación de Cristo, ¡todavía no era su hora! Pero la intercesión de María adelantó los planes. Por eso al final de este pasaje dice San Juan:

    «Tal comienzo de los signos hizo Jesús, en Caná de Galilea, y manifestó su gloria, y creyeron en él sus discípulos» (Juan 2,11).

    Los discípulos creyeron en él, manifestó su gloria, comenzaron los signos… ¡Y todo porque María se lo pidió por adelantado! El poder de la oración de María sobrepasa al de todos los santos, por el amor de Madre e Hijo que se dan el uno al otro. “La oración ferviente del justo tiene mucho poder” (Cf. Santiago 5,16).

    La intercesión de María también está figurada en el Antiguo Testamento en el libro de Ester:

    y, durante el banquete, dijo el rey a Ester: “¿Qué quieres pedir?, pues se te dará. ¿Qué deseas? Hasta la mitad del reino te será concedida” (Ester 5,6).

     Y Ester contestó:

    «Respondió la reina Ester: “Si cuento con tu benevolencia, ¡oh rey!, y si al rey le place, concédeme la vida – éste es mi deseo – y la de mi pueblo – ésta es mi petición-. Pues yo y mi pueblo hemos sido vendidos, para ser exterminados, muertos y aniquilados. Si hubiéramos sido vendidos para esclavos y esclavas, aún hubiera callado; mas ahora, el enemigo no podrá compensar al rey por tal pérdida”» (Ester 7,3-4).

    En honor a este acto de intercesión de la Reina Ester, los judíos empezaron a celebrar la fiesta de los Purim o suertes[2] y, cada año, en el templo se leía el libro de Ester para honrar el acto de intercesión por su pueblo. Así, se prefigura la que sería la Reina, Hija de Dios Padre, Madre de Dios Hijo, Esposa de Dios Espíritu Santo: María Santísima.

    María, Arca de la Nueva Alianza

    En el Nuevo Testamento el evangelista San Lucas quiere mostrarnos a María como Arca de la Nueva Alianza, es decir, la que lleva en su seno la presencia real de Dios. Dice Lucas sobre la visitación de María a Isabel:

    María se quedó con ella unos tres meses, y luego se volvió a su casa.” (Lucas 1,56).

    Esto quiere remitirnos al segundo libro de Samuel, donde se narra que el Arca de la Alianza de Yahvé permaneció tres meses  en casa de Obededón, así como su traslado desde el santuario provisional al Templo de Jerusalén construido por David.

    El arca de Yahvé estuvo en casa de Obededón, el de Gat, tres meses y Yahvé bendijo a Obededón y a toda su casa” (2 Samuel 6,11).

    En efecto, el evangelista San Lucas está identificando el traslado del Arca de la Alianza a Jerusalén con el viaje de María a Judea[3]. Al llegar a su destino, María provoca que el niño en el seno de Isabel salte de gozo. Esto también nos remite al Arca de la Alianza; de hecho, saltar no debe tomarse literalmente, como bien afirma el sacerdote jesuita Carlos I. González, sino que el griego skirtáo -y ésto no lo dice González- usado en Lucas 1,41, significa “moverse de gozo” o “danzar”. Y según la Escritura, David recibió el Arca de Yahvé saltando y danzando de gozo:

    Cuando el arca de Yahvé entró en la Ciudad de David, Mical, hija de Saúl, que estaba mirando por la ventana, vio al rey David saltando y danzando ante Yahvé y le despreció en su corazón.  (2 Samuel 6,16)

    Este saltar de gozo o danzar de alegría, ha dicho Max Thurian[4], teólogo ex protestante convertido al catolicismo y ordenado sacerdote, corresponde al verbo griego “Skirtan, Saltar, dos veces empleado en la narración de la visitación, y que en la versión griega del Antiguo Testamento sirve para indicar tres veces la alegría exultante [llena de gozo] ante el Señor salvador.

    San Lucas emplea una vez más esta palabra después de las Bienaventuranzas: Regocijaos y saltad de alegría en aquel día, porque entonces será grande vuestra recompensa en el cielo (Lucas 6,23). Por tanto, el sentido expresado por este verbo, saltar, es ante todo la alegría escatológica ante el Señor liberador” [5]. Y comenta Max Thurian al pie de página: “la versión de Sinmaco utiliza también Skirtan en 2 Sam. 6,16”.[6].

    De tal manera que San Lucas, al decir que Juan Bautista “saltó de gozo en el seno de Isabel” lo que hace es hablar de la alegría por la salvación que nos viene del Señor ante el Arca de la Nueva Alianza: María -quien lleva la presencia de Dios en su interior-, como David lo hizo ante el Arca de Yahvé.

    Otro detalle iluminador que leemos en la Palabra de Dios, se encuentra en Lucas 1,43, cuando Isabel exclama ¿De dónde a mí que la Madre de mi Señor venga a verme? Esto hace alusión a David, quien tuvo temor de recibir el Arca de la Alianza en su casa, y exclamó:

    Aquel día David temió al Señor, y dijo: ¿Cómo va a venir a mi casa el arca del Señor? (2 Samuel 6,9, NBE)

    Esto no lo es todo, observa que el Arca de la Alianza contenía el maná, la vara de Aarón, y las tablas de la alianza (Heb. 9,4). Y María, el Arca de la nueva alianza, llevaba en su seno a Cristo, a quien prefiguraban el maná, la vara y las tablas de la ley. Escribe el Dr. Domínguez:

    «El maná era símbolo de la Eucaristía, donde está, no el maná, sino el mismo Cuerpo de Cristo, con el Sacerdote, simbolizado por la vara del Sacerdote Aarón; y la ley, simbolizando que se debe tomar en gracia bajo la Ley del Señor. Ex. 16,25; Is. 3:3» (cf. Diccionario del Dr. Domínguez).

    Reflexiona detenidamente. El Arca de la Alianza contenía la presencia de Dios por lo que figuraba dentro de ella. Pero María, Arca de la Nueva alianza, llevó en su seno la presencia real y palpable de Dios, porque era el cumplimiento de lo que antes fue figura.

    Continuará…

     


    [1] “La Sagrada Biblia”. De la Septuaginta al español. Pbro. G. Jünemann Beckchaefer

    [2] Cf. “Madre del Señor y madre nuestra”, Carlos I. González, S.J. p. 42. © Buena Prensa.

    [3] Cf. Ibíd. p. 62. Esta idea la maneja también González, pero él yerra al identificar el Arca con Jesús, pues la escritura revela claramente que es María.

    [4] Max Thurian murió a los 75 años, el 15 de Agosto de 1996, en Ginebra, su ciudad natal. Se convirtió al catolicismo en 1987. Sus estudios bíblicos le llevaron a descubrir el papel de María en la Iglesia. (Revista ECCLESIA, 2805 (7-IX-96) 17)

    [5] Cf. “María, Madre del Señor, figura de la Iglesia”,  Max Thurian, pág. 75. Zaragoza © Hechos y dichos 1966.

    [6] Ibíd.

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