Lo que Dios unió, que no lo separe el hombre.    (Mc.10,9).

Hay en una anécdota en la azarosa vida de Kissinger que revela el conocimiento que el célebre diplomático tenía de las situaciones más diversas. En una reunión con gran número de políticos, y rodeados de periodistas, les advirtió: “Señores políticos, no olviden que están entre periodistas; señores periodistas, no olviden que están entre políticos”. Sabia y prudente advertencia. También esto debió tener en cuenta el recién nombrado Secretario de Estado  Vaticano cuando aventuró el tema sobre el celibato sacerdotal afirmando que no era un dogma de fe.  Tal vez se le olvidó que estaba entre periodistas y mencionó la soga en casa del ahorcado. Sin necesidad. Se trata de un tema que no se despacha con simple y escueto aserto.

Pues bien,  en el vuelo de regreso a Roma, tras la JMJ en Río, entre otras casas, el papa comentó a los periodistas: “en la Iglesia de nuestros días, la situación de los divorciados y vueltos a casar civilmente se presenta con un verdadero desafío pastoral”.En esto no hay novedad alguna, como lo sabemos los curas que estamos en el frente y que sentimos y compartimos el inmenso dolor que el problema suscita en muchas familias. Mejor que los jurisconsultos lo sabemos nosotros que tratamos el problema diariamente. Las palabras del papa no son más que la constatación de una realidad que, él como obispo implicado con su pueblo, vivió en su natal Buenos Aires. Pero se nota que es un problema que le preocupa.Nótese que habla de “desafío pastoral”. Cierto, entre el tratamiento pastoral y el tratamiento meramente jurídico, hay una buena distancia. Y se ha privilegiado el aspecto jurídico lo que ha  provocado un sentimiento negativo,  alejamiento y cierta decepción. Incluso, puede darse la posibilidad de que algún fundador de sectas y negocios diga a los implicados: aquí no hay problemas. Vente con nosotros y todo arreglado. Y esto es más grave, aún, porque oscurece completamente el plan de Dios sobre el matrimonio y la familia, sobre el hombre, en última instancia. Se trata, entonces, de un falseamiento del dato revelado. Por otra parte esto urge a la iglesia hablar clara y pastoralmente sobre el problema. No podemos quedarnos en la instancia jurídica que sólo es negativa.

Da relevancia al tema el hecho de que en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz en Roma se está realizando esta semana el Curso de actualización en derecho matrimonial y procesal canónico. En su quinta edición, unos 250 trabajadores de tribunales eclesiástico procedentes de decenas de países se han dado cita en la universidad romana del 16 al 20 de septiembre. Ahí, uno de los profesores afirmó que, cuando el papa habló de “divorciados vueltos a casar y nulidad matrimonial”, “no proponía un cambio de praxis, sino la necesidad de profundizar la cuestión y la necesidad de ir al encuentro de estas personas que se encuentran en una situación, muchas veces de gran sufrimiento, y en la que no debemos dejarles solos”. Creo que este es el tema de fondo.

En la reunión con el clero de Roma, el 17 de los corrientes, el papa retomó el tema. Luego de varias consideraciones, se refirió explícitamente a la cuestión de los católicos divorciados vueltos a casar. Dijo: “No podemos reducir el problema a la simple cuestión de  quiénes pueden recibir la sagrada comunión y quiénes no; poner la cuestión en estos términos no permite comprender el problema real (….) Se trata de un problema serio que se refiere a la responsabilidad de la Iglesia hacia las familias que viven esa situación (…) La Iglesia, ahora, debe de hacer algo para resolver el problema de la nulidad matrimonial”. Reiteró, el papa, que tratará el asunto en la reunión con los cardenales a principios de octubre y que lo mismo hará en el próximo Sínodo de Obispos cuyo tema será «Las relaciones antropológicas del Evangelio con la persona y la familia», como un «acercamiento sinodal para estudiar este problema». Y enfatizó: «“this is a real existential periphery”. Situación que determina una “periferia existencial”; frase interesante, en verdad. En efecto, cuando se viven situaciones especiales sentimos que, existencialmente, habitamos en la periferia de la vida, de la existencia. Se da una especie de marginación existencial.

Muchas son las intervenciones del Magisterio de la Iglesia sobre este punto. Podríamos decir que, si existe, en verdad, un problema al que haya privilegiado siempre el pensamiento católico, en  el que haya profundizado, aún más, durante los últimos 70 años, es seguramente el de la familia. Pero, en nuestros días, cuando cunde la plaga del divorcio, la atención se centra principalmente sobre una de las situaciones irregulares que mayores problemas presenta en nuestro días en la acción pastoral de la Iglesia: la situación de los bautizados divorciados y unidos de nuevo civilmente.

Sin embargo, creo que el problema está ahí y que es muy grande, pero no creo que este dato puntual deba absorber la totalidad del problema. Me explico: al momento de solicitar el matrimonio por la iglesia, ¿revisamos a fondo la situación religiosa y de madurez de los solicitantes? El Derecho es minimalista: que sean hombre y mujer, bautizados  y no exista ninguno de los  impedimentos que marca el propio Derecho, por ejemplo la edad, el parentesco, etc. Eso es todo; de tal manera, que si llegan a mi parroquia un par de jovencitos que exudan inmadurez por todos lados y cuya experiencia religiosa es casi nula, pero cubren los requisitos elementales, pues no hay forma de impedirlo. Máxime si alguna o las dos mamás andan en el enjuague. En este caso, no hay cura ni Derecho Canónico que puedan  detener la boda.

Un colega, especialista en la materia, nos decía durante un ciclo de conferencias que, los curas, si tuviésemos  genio literario, sacaríamos un best seller por mes; y no lo dudo, pero no tenemos ni genio literario ni tiempo. Llegan a mi oficina un par de jovencitos que venían a que los casara. Eran de esos inmaduros en todos los aspectos que se catalogan como fluorescentes, porque hasta en lo oscuro se les nota. A ver, hijitos, ¿cómo está el problema? Verá usted, padre, me dijo ella, somos novios y  me fui de mi casa porque mis papás no me dejaban andar con él. Mientras, con el dedo gordo, señalaba al muchacho que tenía el gesto de quien trata de entender lo que está pasando. Ahora, ¿donde viven?, pregunté  a la muchacha, que llevaba la voz cantante. Vivimos en la casa de la familia de éste, dijo, apuntando con el dedo gordo al jovencito, que a estas alturas se sentía cada vez más incómodo. Y, ¿cuánto hace que te saliste de la casa de tus papás?, le pregunté; hace tres días; y mi mamá me anda molestado, porque quiere que regrese a la casa. La cosa era bien simple: ella quería presentar a la mamá el acta de matrimonio por la iglesia para ponerla ante el hecho consumado. Con esto, y con todas las variantes posibles, tratamos todos los días.  Una señora, más o menos a la mitad del camino de la vida, llegó un día, casi en estado de shock, para decirme: Padre, casi todas mis amigas se están divorciando. Así las cosas, ¿dónde está el problema? La situación de los divorciados vueltos a casar, son una parte del problema que, obviamente, ha de atenderse con todo lo que se tenga a mano. Pero es solo una parte; si no se atiende todo el proceso, sería tanto como estar poniendo clínicas para adictos sin atacar el problema de consumo de drogas. Unos venden droga y otros ponen centros de desintoxicación. Es el cuento de nunca acabar. Así nosotros, casando en plena inmadurez y sin práctica religiosa, y luego a atender el desastre.

Se trata de un verdadero reto pastoral; la preparación al matrimonio, – por aquello de que, vale más prevenir que remediar -, es en primer lugar remota, es decir, que inicia en la propia familia. Si los jóvenes no tienen un ejemplo, un punto de referencia fijo en su propia experiencia familiar, respecto al ente familiar, es muy probable que no logren reproducir en su propia vida la realidad matrimonial y familiar tal como aparecen en el plan de Dios. Tiene que darse después una preparación próxima; esta se refiere al momento cuando se comienza el noviazgo. El noviazgo tiene una razón de ser: que un hombre y una mujer se traten y se conozcan con la intención de formar una familia, de ser esposos y padres. Usted ya avizoró el problema. Tal vez tenga usted hijos e hijas de doce y trece años en adelante que ya viven tórridos romances que, ríase usted, de Cumbres Borrascosas. Estaba la parejita de jovencitos frente a mí con la firme intención de unir sus vidas con el “suave yugo del matrimonio”; y, al verlos tan decidíos, le dije a la jovencita, un tanto cuanto en broma, ¿ya sabes que este joven ronca espantosamente, desde que se acuesta hasta que se levanta, y que le hieden horriblemente los pies? La niña puso la cara de quien jamás pensó en semejante cosa. Ni en esta ni otras más importantes.

Y, por sobre todo esto, la formación cristiana. Es esencial, absolutamente esencial, entender que el matrimonio del que hablamos es un matrimonio entre bautizados, bautizados que viven su fe, aun trabajosamente, en su día a día y que asumen el nuevo estado matrimonial como un proyecto de Dios que ellos deben realizar. Tal vez, con sólo así juzgarlos tendríamos que declarar nulos muchos de los matrimonios que asistimos. Quien quiera convencerse de ello lea el discurso de BXVI a la Romana Rota, una especie de SCJN, (sólo que con mínimo sueldo,  mucho trabajo y resultados),  en enero pasado en donde asienta que el subdesarrollo religioso culpable o el pleno rechazo religioso de uno de los cónyuges puede ser causa, al menos concomitante de nulidad. Y no debemos olvidar, además, todo el veneno que la cultura vierte al respecto en nuestra sociedad.

En múltiples ocasiones el Magisterio de la Iglesia se ha ocupado del tema. Vamos a dejar clara la enseñanza de la iglesia para evitar confusión. Me referiré únicamente a la Exhortación Apostólica sobre el Matrimonio y la Familia firmada por J.P.II el 22.11.81. Este breve texto debería ser leído absolutamente por todos los que pretenden contraer matrimonio por la iglesia y debería constituir el texto fundamental de todo trabajo pastoral para antes y después de la boda.

El matrimonio y la familia son una institución divina, que Dios quiere y bendice.  Los esposos han de ser conscientes de que es Dios quien los ha unido para  hacer juntos el camino de la vida, abiertos siempre al amor y a la vida. Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre. Pero siempre existirá la posibilidad de preguntarnos: bueno, a esta pareja en concreto, ¿la habrá unido Dios? ¿No será el resultado de otras fuerzas o intenciones o simple capricho, la forma de colocarme en la sociedad o salirme de mi casa?

 

Cuando sobreviene la separación por los motivos más diversos, debemos tener presente lo siguiente: «Tratándose de una plaga (el divorcio) que, como otras invade cada vez más ampliamente incluso en los ambientes católicos, el problema debe afrontarse con atención impostergable. (…) La iglesia instituida para la salvación de todos, sobre todo para los bautizados, no puede abandonar a sí mismos a quienes han intentado pasar a nuevas nupcias, por lo tanto procurará infatigablemente poner a su disposición los medios de la salvación (…) Los pastores, por amor a la Verdad, están obligados a discernir bien las situaciones. En efecto, hay diferencia entre los que sinceramente se han esforzados por salvar el primer matrimonio y han sido abandonados del todo injustamente, y los que por culpa grave han destruido un matrimonio canónicamente válido. Finalmente están los que han contraído una segunda unión en vista de la educación de los hijos, y a veces están subjetivamente seguros en conciencia de que el precedente matrimonio, irreparablemente destruido, no había sido nunca válido». Lo que se afirma en estas últimas líneas es sencillamente fundamental. Se hace referencia a la última instancia posible en este mundo que es la propia conciencia, bien formada e iluminada. En este tribunal íntimo una pareja puede estar convencida, no obstante la ausencia de reconocimiento legal, que su unión actual es una unión santa delante de Dios.

«Exhorto vivamente a los pastores y a toda la comunidad de los fieles para que ayuden a los divorciados, procurando con solícita caridad que no se consideren separados de la iglesia, pudiendo y aun debiendo, en cuanto a bautizados, participar en la vida de la iglesia. Se les exhorte a escuchar la palabra de Dios, a frecuentar el santo sacrificio de la misa, a perseverar en la oración, a incrementar las obras de caridad y las iniciativas de la comunidad en favor de la justicia, a educar a sus hijos en la fe cristiana, a cultivar el espíritu y las obras de penitencia para implorar de este modo, día a día, la gracia de Dios. La iglesia rece por ellos, los anime, se presente como madre misericordiosa y así los sostenga en la fe y en la esperanza». Esta cita corresponde a la citada exhortación, firmada en 1981 por el Papa  JPII, (n.80), y que ningún católico casado o  que se prepare al matrimonio, ha leído.

En las palabras citadas está el pensamiento de la iglesia. De tal manera pues que, el papa Francisco, con su llamamiento a la atención pastoral de los bautizados divorciados vueltos a casar, no ha hecho más que ponerse en la línea de sus predecesores. Por mi parte, mi mensaje a quienes viven esta situación, no puede ser otro, añadiendo solo que Dios no tiene hijos de segunda, que todos somos hijos de Dios, objeto de su amor y destinatarios de su providencia amorosa. Nadie estamos excluidos de ello, salvo el que quiera hacerlo por su propia cuenta. Pero tampoco, – debe quedar muy claro -, se trata de un simple yo estoy bien, tú estás bien. No se trata de hacer baratas, especiales de evangelio. Más bien se trata de un reconocimiento humilde de una culpa que pudo haber habido y pedirle a Dios que nos ayude a subsanar las consecuencias del pecado. Y esperar en su misericordia. Además, preparar más gente y hacer más eficaces y expeditos los tribunales eclesiásticos.

En la entrevista que, ahora mismo está dando la vuelta al mundo, en determinado momento, dice el papa: “yo sueño con una Iglesia madre y pastora. Los ministros de la Iglesia tienen que ser misericordiosos, hacerse cargo de las personas, acompañándolas como el buen samaritano que lava, limpia y consuela a su prójimo. Esto es Evangelio puro. Dios es más grande que el pecado. Las reformas organizativas y estructurales son secundarias, es decir, vienen después. La primera reforma debe ser la de las actitudes”.