Domingo de la Santísima Trinidad, C

Pro 8,22-31; Sal. 8; Rm 5,1-5; Jn 16,12-15

Nueva York pasará.
La Trinidad, no pasará.
M. Philipon. o.p.

Alguna vez habremos visto los vitrales de alguna catedral. Vistos por fuera no se parecía otra cosa que una superficie gris, polvosa, sin colores; pero cuando ese mismo vitral, golpeado por el sol, se mira desde dentro, ¡qué fiesta de color! Lo mismo sucede con el misterio de la Trinidad; muchas veces corremos el riesgo de reducir a una fría abstracción teológica lo que debería ser el centro luminoso del cual se desprende nuestra vida. Porque este misterio, ilumina nuestra existencia, debemos acercarnos a él junto con Jesús. ¡Somos tan pequeños y frágiles en la tierra, sobre este fragmento de arcilla, desde el cual la humanidad ve las estrellas inaccesibles! Pero un día, Alguien ha venido para abrirnos una ventana en el horizonte de los hombres. Su acción tenía la fuerza serena de la luz del alba, su palabra una fuerza que levantaba y ponía en camino, también para aquellos, para quienes todo parecía terminado. Jesús ha venido para revelarnos su intimidad con el Padre y el Espíritu. «Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso he dicho que tomará de lo mío y se lo comunicará a ustedes». El Padre nos da el Espíritu de su Hijo que nos hace hijos suyos de adopción.

 

Pro 8,22-31 – En el principio era la Sabiduría – Nos encontramos ante un gran fresco de una profunda densidad teológica. La sabiduría de Dios no está aislada en su reino celeste: ella trabaja dentro del universo al momento de la creación, en la organización del mundo creado y entre los hombres comprometidos en la historia; la Sabiduría da un sentido al mundo según el plan de Dios. Cuando el Hijo de Dios se hace hombre, esta Sabiduría recibe un nombre: Jesucristo (cf. Gal. 4,4-7).

 

Sal. 8 – El puesto del hombre en la creación: su pequeñez frente a la grandeza divina, su grandeza por el favor de Dios. El hombre se siente pequeño, como un niño, y  prorrumpe en un himno de reconocimiento. Leemos los versitos 4-9. v.4. El hombre se siente pequeño ante el cielo estrellado como «obra de Dios», como revelación de Dios. v.5. Dios atiende personalmente al hombre, y ésta es la grandeza fundamental del hombre: ser capaz de recibir las atenciones de Dios. vv.7-9. El hombre, como imagen de Dios, recibe el poder sobre la creación. Irá realizando poco a poco este dominio.

 

Transposición cristiana. La creación, sobre todo el cielo estrellado, revela a Dios y fuerza al hombre a preguntar sobre sí mismo. El hombre es precisamente esa tierra capaz de mirar y comprender el cielo, esa conciencia inquisitiva. El salmo, que nos presenta al hombre preguntando, deja abierta la pregunta «¿Qué es el hombre?».

 

El cristiano, que repite su alabanza en forma de pregunta, puede dar la respuesta: el hombre es imagen de Cristo, a quien se somete toda la creación, porque él la ha de someter al Padre. En una ocasión justificó Cristo con este salmo la alabanza de los chiquillos, reprimiendo así a sus adversarios, Mt. 21,27.

 

Rm 5,1-5 – Dios no nos abandona – El hombre no puede dejar de esperar por pequeñas que sean sus esperanzas e incluso, aunque la vida no sea propicia para el optimismo. Pero el fundamento de la esperanza cristiana es sólido; nosotros resistimos la angustia y las incertidumbres de la vida porque Dios nos ama. Esta convicción se basa en la prueba de amor que Cristo nos ha dado en la cruz.

 

Jn 16,12-15 – La voz de los profetas – La palabra de Dios no ha dejado de hacerse oír, aún después de la partida de Jesús: «Tengo aún muchas cosas que decirles». La cristiandad del medio evo había ciertamente oído hablar de la pobreza como bienaventuranza. Pero era una palabra muerta hasta que no tomó vida en el pobrecillo de Asís. Igualmente hoy, entre tanto odio y racismo, ha sido necesario el testimonio de hombres y mujeres como Madre Teresa, como Luther King, como Gandhi, como los papas que nos han acompañado, para que comprendamos la dimensión social del mandamiento del amor. A través de estos profetas, descubrimos que el evangelio no es algo para conservar, sino para vivirlo día a día.

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Nuestra vida es y se desenvuelve en el Nombre del Padre, de Hijo y del Espíritu Santo. En este misterio trinitario “nos movemos, existimos y somos”.

No cabe duda que en la confección del Año Litúrgico esta fiesta tiene el carácter de síntesis. Si mal no recuerdo, en la teología se llaman «Apropiaciones», a la obra atribuida a cada una de las Personas: al Padre, la creación, al Hijo, la redención y al Espíritu Santo, la santificación. Sin embargo, ad extra “omnia sunt comunia”.

En efecto, el dogma fundamental, del que todo fluye, y al que todo  se dirige, es él de la Santísima Trinidad. De ahí que, después de haber recordado uno tras otro en el curso del ciclo litúrgico a Dios Padre, autor de la creación, a Dios Hijo, autor de la redención, a Dios Espíritu Santo, autor de nuestra santificación, la Iglesia nos invita hoy a la consideración y rendida adoración del gran misterio que nos hace reconocer y adorar en Dios la «Unidad» de naturaleza y la «Trinidad» de Personas.

Existe por ahí un librito perdido en nuestras bibliotecas de extraña belleza y misticismo de M. Philipon, o.p. titulado “La Trinidad en mi vida”. Es una obra de rara belleza, publicado en N.Y. el 22 de octubre de 1956. Tal vez lo tengas, querido hermano, entre tus cosas perdidas; yo afortunadamente lo encontré esta mañana cuando me disponía a compartir contigo. Trascribo para ti el prólogo con el que el Padre Philipon presenta su obrita.

«La Trinidad es lo único necesario. El Valor Supremo que coloca a cada cosa en su lugar en el universo, la empresa de toda vida humana es la Trinidad lograda o perdida para siempre.

La historia del mundo es un drama de rendición; ¡todo concluirá para algunos en la visión de Dios, para otros en una eterna desesperanza! Lo había juzgado así San Juan, bajo su verdadera luz, en una reflexión trastornadora. Cristo ha muerto “no sólo por una nación”, sino “para congregar en la unidad a todos los hijos de Dios dispersos”. Jesús mismo nos ha dado la luz definitiva, en este punto capital, en su última oración: “Padre, que todos sean  nosotros como nosotros, yo en ti y tú en mí”.

¿Por qué esta verdad fundamental no llena de luz todos los instantes de nuestra vida? ¡Cómo cambiarían todas las cosas si nosotros supiésemos comprender que a través de nuestras menores acciones se continúa la ascensión de las almas hacia la Inmutable Trinidad! Sería necesario colocar junto a todas las encrucijadas de nuestras grandes ciudades un policía o una flecha indicadora recordándonos el por qué de nuestro mundo y nuestra vida. Un único sentido: la Trinidad. “One way: to the Trinity!”

¿Por qué providencial coincidencia he sido yo puesto para lanzar a Nueva York este mensaje trinitario? Hundido en este inmenso hormiguero humano, ¡cómo no cruzar con angustia todos estos rostros de hombres y mujeres que corren a sus trabajos o a sus placeres aplastados por los gigantescos edificios y rascacielos! Sin embargo toda alma humana, a ciertas horas, paladea esta nostalgia de lo absoluto, esta necesidad de evadirse hacia lo eterno y lo divino. ¿Cómo no ha de elevarse nuestra oración suplicante y fuerte como un clamor redentor por tantos hermanos nuestros que no tienen la luz? Se desearía hacer comprender a todas estas masas humanas la advertencia de Cristo: “El cielo y la tierra pasarán, mis palabras permanecerán eternamente”.

Pasarán todas nuestras grandes capitales modernas. ¡Nueva York pasará, pero la Trinidad jamás pasará! »

Siendo así, ¿Por qué constituye para nosotros un problema la homilía de este domingo? Porque la predicación de este domingo no nos resulta fácil. ¿Qué diremos de la Trinidad? ¿Qué punto destacaremos? ¿No querrá decir esto que nos hace falta “contemplar” el misterio de Dios y vivir en él? ¿Cómo explicarle a nuestra gente que nuestro destino, y el destino de la creación, es participar en esa altísima corriente de amor que es la vida trinitaria?

Con razón se quejaba el padre Rahner de que «somos demasiado monoteístas». Con ello quería decir el jesuita alemán que nuestra vida de fe, nuestra oración, nuestra predicación, se refieren siempre genéricamente “a Dios”, y que si, algún día, por absurdo, llegáramos a saber que el que se encarnó fue la primera persona de la Trinidad, en realidad, poco cambiaría en nuestra las cosas.

Pero basta asomarnos a las lecturas del N.T. para encontrar por doquier la dimensión trinitaria que campea en la revelación nueva testamentaria.

De hecho,  todo en esta liturgia festiva, subraya que existe un contacto misterioso entre la realidad trascendente que es Dios, y nuestra pobre experiencia. La Sabiduría de Dios es eterna, pero está implicada en  vicisitudes de nuestra vida diaria: se divierte con el globo terrestre y encuentra sus  delicias en estar con los hijos de los hombres (I Lectura). La vida íntima del Altísimo, que es amor, se ha derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu, nos dice San Pablo en la II lectura, y esto engendra la esperanza y una esperanza que no defrauda. La garantía, tanto de nuestra filiación como de nuestra esperanza, es el don del Espíritu que Dios nos ha dado. Este Espíritu, veíamos hace ocho días, es quien hace posible nuestra oración, quien consuma la unidad; es esa fuerza sin la cual no podemos ni siquiera hablar a Jesús como Señor; ese Espíritu es el que nos revela a Jesús y lo mantiene vivo en nuestro corazón y en nuestra historia. Él, el Espíritu, nos guía a la verdad plena, nos explica lo que va suceder y nos recuerda lo que Jesús nos ha dicho (Evangelio). Como se ve, no se trata de un contacto tangencial de la realidad infinita de Dios con nosotros, sino de un encuentro verdadero. Por la encarnación sabemos «que uno de los tres ha muerto por nosotros»; sabemos que es el Hijo porque él mismo  nos lo ha revelado. El fruto de su pascua – inmediato – en el don del Espíritu.

Un programa de vida trinitaria.

La cruz es el fondo del misterio de Cristo. “Se ofreció a Sí mismo a Dios en oblación y hostia” (Ef. 5,2). Este texto de San Pablo nos proporciona el secreto de la economía de la salvación; el contexto pone de relieve el móvil de esta redención: el amor. “Sed, pues, imitadores de Dios, como que sois sus hijos muy queridos; y proceded con amor, a ejemplo de Cristo que nos amó y se ofreció a Sí mismo a Dios en oblación y hostia de olor purísimo”. (Ef. 5,2)

La muerte de Cristo fue una inmolación de amor, para gloria del Padre y  para la salvación del mundo; y habrá para siempre en la Iglesia almas generosas, heroicas, perfectas  imitadoras de Cristo, que ofrezcan a Dios su vida en una incesante oblación de amor.

Por vocación, todo cristiano está consagrado a la cruz; pero procuremos no desviarnos de la simplicidad del Evangelio. No soñemos cosas extraordinarias. No tomemos una actitud e víctima demasiado rígida que nos singularice y nos dé a nosotros mismos la ilusión de que nos contamos ante Dios y los hombres entre las almas privilegiadas. Tracemos humildemente el surco de nuestra vida, día a día, con la conciencia de nuestra debilidad y con la convicción  de que el que siembra nada es  si no es apoyado por el dueño de la mies. A él toda la gloria.

Ser hostia (=vde la Trinidad consiste simplemente en tomar en serio los compromisos del Bautismo y vivir como hijo de Dios bajo el signo de la Cruz por la práctica de todas las virtudes cristianas. La fe nos introduce en la intimidad de las tres Personas divinas, la esperanza nos hace tender hacia Dios para encontrar en Él nuestra suprema felicidad en la posesión prefecta de la Trinidad, el amor nos empuja hacia Dios para su mayor gloria y para la extensión de su reinado en el universo. Mientras más se vive de amor puro, tanto más se glorifica a Dios, tanto más se salva a las almas en unión con el Crucificado.

La vida teologal constituye el clima espiritual, la atmósfera habitual de una Hostia de la Trinidad: la mirada constante sobre Dios, por la fe, orientado hacia Él el corazón, por la esperanza, resulta el alma transformada más y más en Dios, por el amor. “Sobrepasando todas las cosas visibles, el alma ha establecido en Dios su mirada, en sociedad de las Tres Personas Divinas, habitando con Ellas en una misma vida de luz, de amor y de alegría”. Esta fe contemplativa, eminentemente práctica, guía su acción y le descubre el sentido divino de todos los acontecimientos del mundo, de los más pequeños detalles de su vida. No se detiene en las causas segundas. Iluminada por el Espíritu Santo, por los dones de inteligencia, de ciencia y de sabiduría, todo lo juzga a la luz de Dios, con la mirada de la Trinidad.

El alma no mira a lo terreno. Todo pasa. Camina sí hacia lo eterno con el deseo único de perderse  en Dios y de gozar allí de la Trinidad en la unidad. Apoyada en la Omnipotencia protectora de Dios, avanza, con un alma de eternidad, “en un abandono total, sin inquietud ni pereza, deseosa de realizar, día a día, todo el bien, grande o pequeño, que está en su poder, ansiosa únicamente de la gloria del Padre, con la alegre libertad y la confianza sin límites de los verdaderos hijos de Dios”.

Por encima de todo, el alma vive de amor. No busca los éxtasis sino la voluntad de Dios, una perfecta conformidad a sus designios, el don total de sí y de sus bienes. Todo está en ella consagrado a Dios, a su myor gloria, a la extensión de su reinado. Va más allá de lo infinito. Vive de Dios, en el “amor puro, pero sobre la cruz”. El amor puro no es lo extraordinario sino “la intimidad de todos los instantes con Dios, sin que venga nada a distraer el alma de su oficio de amar”. No busca más, adhiere sin reservas a todos los quereres de Dios, sin más afán que el de darle amor y de trabajar a través de todas las cosas, como Cristo, por la gloria del Padre. “Su ideal es la hostia, el don de sí por amor”.

Querría ver que el amor abrasa a todo el verso y que todos los seres proclaman la “alabanza de gloria” de la Trinidad. (Ef. 1,12-14). “Sueña con participar en todos los sufrimientos de Cristo para salvar al mundo con Él, hostia por la iglesia con Cristo”.

Este ideal sublime debe realizarse en la práctica cotidiana de la vida. Si las virtudes teologales conservan al alma en la vida inmutable, en comunión con las Tres Divinas Personas, las virtudes morales quieren permitirle, a través de todas las cosas, obrar lo eterno.

Entramos en su misterio inefable y tremendo, y él entra en nuestra pobre y mísera vida. Se trata de una mutua inmanencia.

Por lo demás, toda la vida cristiana, que comienza con el santo bautismo, y  hasta el final con la unción de enfermos antes de nuestra partida de este mundo, igual que todo el culto que tributamos a Dios, será siempre en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

De allí que la Doxología mayor de la Eucaristía, sea la Gloria perfecta: Por Cristo, con él y en él, a ti Dios Padre Omnipotente, en la Unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria, por los siglos de los siglos.