• Domingo de Pentecostés, C

    Domingo de Pentecostés, C 

    Hech 2,1-11; Sal. 103; Rom 8,8-17; Jn 20,19-23

     

    Hech 2,1-11 – Un cambio para la humanidad – La Pascua es la liberación de un pueblo; Pentecostés da a este pueblo las instituciones de la libertad, sería como la fundación de la democracia en nuestras sociedades modernas. El Pentecostés hebreo era el aniversario de la promulgación de la ley que había dado a los hebreos la posibilidad de conocer la libertad conquistada a un precio muy alto, desde la salida de Egipto y la travesía del desierto, hasta llegar a la tierra. La fiesta cristiana conserva el aparato del Sinaí: fragor, viento, fuego. Pero promulga una libertad más eficaz y duradera: la libertad del Espíritu que ha resucitado a Jesús. Permanece como una fiesta de la ley, pero de una ley escrita por el mismo Dios en el corazón del hombre.

     

    Sal. 103 – (Leemos los versitos 1ab.24ac.29bc.30.31.34). Inspirado en un modelo egipcio de himno al Dios-Sol (en tiempos de Akenaton), este himno canta la grandeza de Dios en la naturaleza. En lo grandioso y en lo sencillo. El gran descubrimiento de la belleza del mundo sucede alabando a Dios. En nuestra privilegiamos el versito 30: «envías tu aliento (Espíritu) y los recreas/, y repueblas la faz de la tierra». v.1ab. El comienzo del himno está en singular. v.24ac. Vuelve el tema de los animales que pueblan la tierra. vv.29-30. El gran misterio de la vida, los animales que mueren y se corrompen, los que nacen y se multiplican. Es el misterio de una vida que Dios infunde como un aliento suyo: aliento creador y vivificante y renovador. v.31. Nueva introducción de himno. v.34. Final de himno con dedicatoria. El poema ha sabido reflejar la belleza de la creación: como Dios se complacía en sus obras, ahora aceptará el canto, y el salmista también se complacerá con el Señor.

     

    Rom 8,8-17 – La acción del Espíritu – Gracias al Espíritu, la resurrección de Cristo ya está en acción: nos hace morir a las obras del pecado y nos concede la audacia de creer que formamos parte de la familia de Dios, hijos en el Hijo, capaces, junto con él, de pronunciar aquél nombre de íntima confianza que solamente un niño puede dar a su padre: ¡Abbá!

     

    Jn. 20,19-23 – El don de Cristo resucitado – Jesús apenas ha resucitado, y se presenta súbitamente con un Don a los discípulos que lo habían abandonado: es el Don del Padre que, para alegría del Hijo, llama a todos los amigos que él había hecho durante su estancia en la tierra, para hacerlos sus amigos junto con él y a gozar de todas las cosas que hay en su casa de Padre. Es el Don de la renovación, de la reconciliación, de la paz. Dando el Espíritu, Cristo repite el gesto creador de los orígenes (cf. Gn. 2,7); dando a los apóstoles el poder de perdonar los pecados, hace partícipes a los hombres de su triunfo sobre el mal y sobre el pecado. Este texto puede muy bien ser leído “como el acta fundacional de la iglesia”.

     

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    El Resucitado anima la historia. Muchas fiestas religiosas han sido invadidas por el folklore; me refiero a Navidad, la Semana Santa, el mismo miércoles de ceniza que no es asumido en su valor litúrgico. Esto, con frecuencia, comporta una inversión de significado, de tal manera que los elementos exteriores se sobreponen a los valores internos y divinos de la liturgia de la fiesta. Esto no ha sucedido con Pentecostés: con la ventaja de que esta fiesta conserva intacta su fisonomía espiritual, pero con la desventaja de que puede pasar, y de hecho pasa, inadvertida para la gran mayoría de los  creyentes. Esto no deja de ser paradójico. Pentecostés es, en sentido estricto, la culminación del Año Litúrgico; el primer fruto de la pascua de Cristo, es el don escatológico del Espíritu. Hemos leído estos días finales de pascua lo textos pneumatológicos de Juan. Los tiempos mesiánicos están determinados por el don del Espíritu, es el Espíritu que aporta el Mesías quien renueva la creación. El  Espíritu Santo sigue siendo el alma de la Iglesia, quien renueva la faz de la tierra, quien potencia la historia y, al mismo tiempo, sigue siendo el gran desconocido.

     

    Muchos de nuestros creyentes están en la situación de los cristianos de Éfeso que le dicen a Pablo: “ni siquiera habíamos oído hablar del Espíritu Santo” (sed neque, si Spiritus Sanctus esset, audivimus). Y nosotros no andamos muy lejos cuando actuamos, como si el Espíritu Santo no existiera ni fuera él, el agente principal de la evangelización, el maestro interior de nuestras almas, el que mueve los corazones y las voluntades, el que defiende a Jesús de nuestra incredulidad y de las deformaciones a que la fe queda sometida en nuestra vida.

     

    En realidad, el Pentecostés marca el cenit de la economía salvífica, es decir, del proyecto divino que se realiza en la historia, en cuanto que la Pascua de Cristo, que es el corazón de la historia, tiene en el Espíritu Santo su fruto supremo. Esto quiere decir que el primer fruto de la Pascua de Cristo es la donación  del Espíritu tal como nos lo insinúa san Juan cuando dice, luego del “todo está cumplido”: “e inclinando la cabeza, entregó el Espíritu” (19,30).

     

    Es como si, con la muerte de Cristo en la cruz, se hubiese roto un dique, y así la vida divina, antes encerrada en su humanidad, invadiese el mundo. ¿No nos dice, a caso, Pablo, que Cristo con la resurrección se ha convertido en «Espíritu que da vida», es decir, capaz de comunicar a todos su propio espíritu, su propio principio vital? La tarde de la pascua, él se aparece a los apóstoles reunidos en el cenáculo con un gesto profético «sopló sobre ellos diciendo: reciban Espíritu Santo» (Jn 20,19). Imposible no pensar en el “principio” cuando Dios creó todas las cosas, y sopló en la nariz de aquél muñeco de barro, que él había creado, infundiéndole, así, su propia vida. Entonces el hombre se convirtió en un ser viviente (cf. Gn 2,7). Ahora el resucitado es quien sopla sobre los suyos para dar cumplimiento a la promesa de la restauración universal.  El soplo del resucitado es el Espíritu Santo. Después de cincuenta días el mismo Espíritu llena a los apóstoles presentándose bajo la forma de lenguas de fuego y los convierte en iniciadores del nuevo pueblo (I Lectura).

     

    Cierto, la pascua es el vértice de la vida de Cristo, pero sin Pentecostés, ésta, sería un acontecimiento lejano, incapaz de incidir en nuestra vida. Si la pascua es «un hoy», y no el simple recuerdo de un acontecimiento pasado, es gracias al Espíritu. Es él quien actualiza a Cristo, lo hace contemporáneo a todos en todos los tiempos. Lo hace perennemente actual también en su obra. Atenágoras, obispo ortodoxo, lo expresaba un día con su vivacidad oriental: «sin el Espíritu Santo, Dios es un ser lejano, el Cristo permanece en el pasado, el evangelio es letra muerta, la iglesia una simple organización, y el culto un arcaísmo. Pero en el Espíritu Santo, el cosmos es movilizado por la generación del Reino, el Cristo resucitado se hace presente, el evangelio se vuelve potencia y vida, la Iglesia realiza la comunión trinitaria, la Liturgia es memorial y anticipación». Sin el Espíritu, nada de esto es posible.

     

    La acción del Espíritu se desarrolla, sobre todo, en cada creyente: él se presenta, entonces, como el principio de interiorización. Recomiendo leer y orar con la Secuencia de Pentecostés. Penetrando en el corazón, enciende allí el fuego de su amor (aleluya. Altissimi donum Dei.  Fons vivus, ignis, caritas). Se convierte en el principio vital que actúa interiormente, y con potencia, en el cristiano y lo modela a la imagen de Cristo. De esta manera, la historia sacra continúa en los miembros de Cristo: pero a una historia hecha de eventos exteriores, le corresponde otra hecha de eventos interiores, de los cuales el Espíritu es el agente. “Mira el vacío del hombre, / si tú le faltas por dentro; / mira el poder del pecado, / cuando no envías tu aliento”. (Secuencia).

     

    La acción del Espíritu se despliega, después, en toda la Iglesia. Mediante un influjo múltiple que se puede resumir en tres títulos con los que se expresa su acción:

    a). Vivifica y rejuvenece a la Iglesia. La teología oriental lo ha repetido incansablemente: el Espíritu hace nuevas todas las cosas. Es bello ver que, después de veinte siglos de historia, esta Iglesia continúa siempre viva, siempre signo de contradicción, siempre presente. En ciertas zonas parece estancada pero en muchas otras demuestra una vitalidad sorprendente. Es la misma barca endeble en el lago de Tiberiades, sacudida por las olas  y el viento contrario, pero siempre llegando a buen puerto. Existen zonas en las que se advierte una decadencia, no solamente cristiana sino espiritual, cultural y humana, como dicen que es el caso europeo, sin embargo, cuántos signos positivos y esperanzadores, cuántas iniciativas suscita el Espíritu. Bendito Espíritu Santo que nos dio un Benedicto XVI y a Francisco.

     

    El Espíritu rejuvenece el Evangelio y la Palabra, y nos ayuda a redescubrirla, a leerla con ojos nuevos. Entonces tenemos la impresión de descubrir «un quinto evangelio» (M. Pomilio). Es así como el Espíritu, «abre al conocimiento de la verdad toda entera», según la promesa en el evangelio de Juan. Con mucha razón y chispa, el cardenal Suenens, decía: «creo en las sorpresas del Espíritu Santo». Creamos también nosotros en la sorpresa del Espíritu Santo, oremos para que así sea y veremos también muchas sorpresas. Pero nunca intentemos ponerlo ante “hechos consumados”. Ojalá, con toda verdad, pudiéramos decir también nosotros: «el Espíritu Santo y nosotros…».

     

    b) El Espíritu es, además, para la iglesia una fuerza de cohesión. El, “llena el universo y todo lo reduce a la unidad”, así canta hoy la liturgia. Con el multiplicarse de las tensiones, mientras tanta diversidad tiende a degenerar en contrastes, insolubles algunos, mientras vemos que los egoísmos, las disensiones y los odios dividen al mundo – y en nuestra cultura sabemos mucho de esto, lo vivimos, incluso, internamente -, ¿de quién, si no, del Espíritu de Cristo que ha venido a «reunir los hijos de Dios que estaban dispersos», esperamos la armonía y la recomposición en la caridad de todas las diferencias. Es, precisamente, mostrándonos capaces de unidad, como podemos dar testimonio del Espíritu. El Espíritu es quien puede unir la diversidad de las lenguas en un sola y única alabanza al Dios revelado por Jesús. Pentecostés es la antípoda de Babel.

     

    c) Y finalmente, fuerza de expansión, que abre la Iglesia a los horizontes del mundo. Si por un absurdo, la Iglesia primitiva se hubiese cerrado en el gueto como quería Israel, hubiera sido su fin. Por el contrario, el Espíritu hace salir a los apóstoles del cenáculo y los pone en contacto con una población cosmopolita, con todas las razas y naciones que estaban esa mañana en Jerusalén y que son el símbolo de la universalidad. Desde entonces la Iglesia se lanza por los caminos del mundo mostrándose capaz de asumir todas las culturas. Es esa Iglesia para el mundo que el Concilio nos ha presentado en la GS.

     

    N.B. Como referencia bíblica, cabe notar que, mientras que la Pascua hace referencia al Éxodo, la fiesta de Pentecostés en el calendario litúrgico de Israel, hace alusión al “don de la ley”, que Dios da a su pueblo en el Sinaí. Esto está en perfecta consonancia con la idea cristiana del Espíritu: el Espíritu, la ley del Espíritu, es el que nos guía y nos permite interiorizar las palabras de Jesús. Téngase en cuenta todo lo que a lo largo de estas dos últimas semanas de Pascua hemos leído en los textos litúrgicos diarios y en la lectura de los Padres en el Oficio de Lectura. Compartimos de nuevo una traducción nueva de la Secuencia:

     

     

     

    Ven, Espíritu divino,

    manda tu luz desde el cielo.

     

    Padre amoroso del pobre;

    don, en tus dones espléndido;

    luz que penetra las almas;

    fuente del mayor consuelo.

     

    Ven, dulce huésped del alma,

    descanso de nuestro esfuerzo,

    tregua en el duro trabajo,

    brisa en las horas de fuego,

    gozo que enjuga las lágrimas

    y reconforta en los duelos.

     

    Entra hasta el fondo del alma,

    Divina luz, y enriquécenos.

     

    Mira el vacío del hombre,

    si tu le faltas por dentro;

    mira el poder del pecado,

    cuando no envías tu aliento.

     

    Riega la tierra en sequía,

    sana el corazón enfermo,

    lava las manchas, infunde

    calor de vida en el hielo,

    doma el espíritu rebelde,

    guía al que tuerce el sendero.

     

    Reparte tus siete dones,

    según la fe de tus siervos;

    por tu bondad y tu gracia,

    dale al esfuerzo su mérito;

    salva al que busca salvarse

    y danos tu gozo eterno.

     

     

    Veni Creator

     

    Ven Espíritu Creador;

    Visita las almas de tus fieles

    Llena de la divina gracia los corazones,

    que Tú mismo creaste.

     

    Tú eres nuestro Consolador,

    Don del Dios Altísimo,

    Fuente viva, fuego, caridad y espiritual unción.

     

    Tú derramas sobre nosotros tus siete dones;

    Tú, el dedo de la mano de Dios;

    Tú el Prometido del Padre;

    Tú quien pones en nuestros labios

    los tesoros de tu palabra.

     

    Enciende con tu luz nuestros sentidos;

    Infunde tu amor en nuestros corazones;

    Y, con tu perpetuo auxilio, fortalece

    Nuestra frágil carne.

     

    Aleja de nosotros al enemigo,

    Danos pronto la paz,

    Sé tú  mismo nuestro guía

    Y puestos  bajo tu dirección,

    Evitaremos todo mal.

     

    Por Ti conoceremos al Padre,

    Y también al Hijo,

    Y que en Ti, Espíritu de entrambos,

    Creamos en todo tiempo.

     

    Gloria a Dios Padre,

    Y al Hijo que resucitó de entre los muertos,

    Y al Espíritu Consolador,

    Por los siglos infinitos, Amén.

     

    (La traducción es completamente insatisfactoria).

     

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