• Domingo de Pentecostés

    DOMINGO DE PENTECOSTÉS

    Hech. 2, 1-11; Sal 103; 1 Cor. 12, 3-7. 12-13; Jn 20, 19-23

     

    Altíssimi donum Dei,

    fons vivus, ignis, cáritas

    et spiritalis unctio

     

    Hech. 2, 1-11 – Un cambio en la humanidad – La Pascua es la liberación de un pueblo; Pentecostés da a este pueblo las instituciones de la libertad, es como la fundación de la democracia. El Pentecostés hebreo era el aniversario de la promulgación de la ley, que había dado a los hebreos la posibilidad de conocer la libertad adquirida a un precio muy alto, a través del Éxodo. La fiesta cristiana conserva el aparato del Sinaí: el fragor, el viento, el fuego. Pero promulga una libertad más eficaz y duradera: la libertad del Espíritu que ha resucitado a Jesús. Continúa siendo una fiesta de la ley, pero de una ley escrita en el corazón del hombre por el mismo Dios.

     

    Sal. 103, 1.24.29-30.31-34 – Inspirado en un modelo egipcio de himno al Dios-Sol (del tiempo del faraón Akenaton), este himno canta la grandeza de Dios en la naturaleza. En lo grandioso y en lo sencillo. El gran descubrimiento de la belleza del mundo sucede alabando a Dios.

     

    Los versitos 29 y 30 de este salmo son centrales en la fiesta de hoy y requieren una traducción precisa y una interpretación en doble movimiento. Lo inmediato es que Dios da comida al hombre por medio de su trabajo; pero a los animales simplemente les echa la comida. El gran misterio de la vida, los animales que mueren y se corrompen, los que nacen y se multiplican. Es el misterio de una vida que Dios infunde con un alimento suyo: «aliento creador y vivificante y renovador».

     

    De aquí se pasa a una interpretación en sentido pleno. El aliento, el Soplo vivificador de Dios, el Soplo que originalmente convierte un muñeco de barro en un ser humano, es el Aliento-Espíritu de Dios. El culmen del misterio pascual, y por lo tanto el primer fruto de la muerte y resurrección de Cristo, es el don de ese Aliento Divino que renueva la faz de la tierra, que consuma la nueva creación.

     

    1 Cor. 12, 3-7.12-13 – Variedad de dones – El Espíritu rechaza la monotonía de las cosas prefabricadas y estandarizadas; él da a cada uno vocaciones y dones diferentes según la personalidad de cada quien. Esta diversidad puede conducir a los cristianos a catalogarse, a oponerse unos a otros, a enfrentarse. Es un peligro permanente, hoy como en los tiempos de Pablo. El Espíritu exige la unidad, la cual, sin embargo, se realiza, no en el alinearse, sino en el ser diversos, conservando cada uno la propia personalidad. Estas vocaciones y estos dones personales, deben ser para el beneficio de la comunidad. El test de validez de los dones recibidos es que han de ayudar a la edificación del “cuerpo”, que es la Iglesia. Todo lo que provoca división no viene del Espíritu. De ahí la importancia de «discernir los espíritus».

     

    Jn 20, 19-23 – El don de Cristo Resucitado – Jesús, apenas resucitado se aparece, inmediatamente a los discípulos, que lo habían abandonado, llevándoles un don. Es el don del Padre que por la alegría del Hijo llama a todos los amigos que había hecho durante su vida sobre la tierra, a ser amigos también de él y a gozar de todas las cosas que están en su casa. Es el don de la renovación, de la reconciliación, de la paz. Dando su Espíritu, Cristo repite el gesto creador de los orígenes (Gn. 2,7); dando a los apóstoles el poder de perdonar los pecados, hace a los hombres partícipes de su triunfo sobre el mal y sobre el pecado. Con su triunfo hace posible la paz; la paz será siempre un don del Resucitado. Y la comunidad se convierte en el lugar teológico de la reconciliación. A este texto bien podemos llamarlo “el acta fundacional de la Iglesia”. La iglesia, signo e instrumento de paz, sacramento de reconciliación y lugar de la nueva creación. Porque el Espíritu ha sido derramado sobre toda carne.

     

    1.- El Pentecostés es la plenitud de los dones de Dios al hombre. En Navidad, Dios nos dio a su Hijo unigénito, Cristo Jesús, el Mediador, El Puente que conecta la humanidad y la divinidad. Durante la Semana Santa, Jesús, por su pasión, se da El mismo enteramente a nosotros, hasta la muerte, y una muerte de cruz. En Pascua, Cristo resucita, y tanto su Resurrección como su Ascensión, son la prenda de nuestra glorificación.

     

    El va delante de nosotros a la casa del Padre a prepararnos un lugar, porque en El y con El nosotros hemos llegado a ser parte de la Familia Divina; nosotros hemos llegado a ser hijos de Dios destinados a la eterna felicidad. Pero el Don de Dios al hombre no termina aquí: habiendo ascendido a los Cielos, Jesús, en unión con el Padre, nos ha enviado su Espíritu, el Espíritu Santo, la Promesa del Padre.

     

    El Padre y el Espíritu Santo nos aman al grado de darnos la Palabra en la Encarnación; el Padre y la Palabra nos han amado tanto que nos han dado al Espíritu Santo. Así, las Tres Personas de la Trinidad se dan ellas mismas al hombre inclinándose hacia esta pobre nada que es el hombre para redimirlo del pecado, santificarlo y llevarlo hasta su propia intimidad.

     

    Tal es la excesiva calidad con la que Dios nos ha amado; y el Don Divino a nuestras almas alcanza su plenitud en el Don del Espíritu Santo que es el Don por excelencia. Altissimi Donum Dei, Don del Dios Altísimo. Lucas llama al Espíritu la Promesa del Padre, Fuerza de lo Alto con la que los discípulos serán revestidos (Cf. 24, 49; Hech. 1, 8).

     

    El Espíritu Santo, vínculo y garantía del amor mutuo entre el Padre y el Hijo, El que acepta, sella y corona su entrega mutua, es dado a nuestras almas por los méritos infinitos de Jesús, de tal manera que El será capaz de completar el trabajo de nuestra santificación. Por su venida sobre los discípulos bajo la forma de lenguas de fuego, el Espíritu Santo enseña cómo, él, Espíritu de Amor, nos es dado para transformarnos por su caridad, y habiendo transformado nos guía de regreso al Padre.

     

    2.- El Don del Espíritu Santo no es un regalo temporal, sino permanente. De hecho, para un alma que vive en la caridad, él es el dulce huésped que habita dentro de ella. Si alguien me ama, vendremos a el y haremos en el nuestra morada (Jn. 14, 23-31). Sin embargo, esta inhabitación de la Trinidad, – y por lo tanto del Espíritu Santo -, en el alma que vive en estado de gracia, es un Don que puede y debe acrecentarse; se trata de un Don continuo.

     

    La primer donación del Espíritu tuvo lugar cuando fuimos bautizados; fue renovada más tarde en nuestra Confirmación, de una manera especial, por el sacramento de la Confirmación, el Sacramento que es, por así decirlo, el Pentecostés de cada alma cristiana. Una renovación progresiva de este Don se realiza con el crecimiento de nuestra caridad.

     

    ¿Y qué sucede ahora, en nuestro presente? El Espíritu Santo, en unión con el Padre y el Hijo, continúa dándose él mismo al alma más completamente, más profunda y posesivamente. La Liturgia de este domingo, al igual que la Liturgia de los últimos quince días, habla con mucha fuerza acerca de la caridad, de la unidad y de la creación de la comunidad, y al mismo tiempo nos presenta las condiciones y los resultados de la inhabitación del Espíritu en nuestras almas y nuestras comunidades (2ª. lectura).

     

    La condición es el Amor. Esta es la condición, porque, de acuerdo con Jesús mismo, las Tres Divinas personas habitan solo en el alma que ama. Pero también, nuestra caridad es el resultado del Espíritu porque, el Amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones, por el Espíritu Santo que nos ha sido dado (Rom. 5,5). El Amor Divino nos ha precedido completamente en el Bautismo; sin méritos por nuestra parte, y sólo por los méritos de Cristo, el Espíritu Santo nos ha sido dado, y su amor fue gratuitamente derramado en nosotros. Por lo tanto, cada vez que correspondemos a sus divinas inspiraciones, haciendo generosos actos de caridad, él renueva su invisible visita a nuestras almas, dándonos siempre nueva gracia y caridad. Así, nuestra vida sobrenatural se desarrolla bajo la acción del Espíritu Santo; el alma es atrapada en esta corriente transformante de vida de su amor. De esta manera entendemos cómo la fiesta de Pentecostés puede y debe representar una nueva efusión del Espíritu Santo en nuestras almas, en nuestras comunidades, en nuestra Iglesia; una nueva efusión que transforme la faz de la tierra, una nueva visita en la que él nos llene con sus dones: Veni, Creator Spiritus – mentes tuorum visita, Imple superna gratia – quae tu creasti pectora.

     

    3.- Pero jamás debemos olvidar la dimensión eclesial del Pentecostés. El Pentecostés podemos titularlo también: EL NACIMIENTO DE LA IGLESIA.

     

    El Pentecostés Judío, que originalmente era una fiesta de la cosecha, poco antes de la era cristiana se había convertido en la conmemoración del Don de la ley de Dios en el Sinaí, por lo tanto, era una fiesta de la alianza, que recordaba como el pueblo liberado de la opresión se había convertido en el pueblo de Dios. Adivinamos ya el paralelismo con el Don del Espíritu Santo que forma al nuevo pueblo de Dios. Juan en el Evangelio de hoy, nos dice que el resucitado sopló sobre los discípulos, para formar al hombre nuevo, para comenzar la nueva creación, y Pablo gusta de hablar del Espíritu como la única ley del cristiano.

     

    La Pascua era el memorial de la gran liberación, y el Pentecostés completaba su contenido salvífico recordando la promulgación de la Ley, a través de la cual había sido dado al pueblo la posibilidad de vivir en la libertad de los Hijos de Dios. Como la Pascua, también este memorial no era un simple recuerdo del pasado, sino la ocasión para volver hacer presente el Don de Dios y renovar el compromiso de la alianza. Así, pues, Lucas “historiza” la liturgia judía de ese tiempo en el relato que extiende en los dos primeros capítulos de Hech. Historia y Liturgia, es el recurso de Lucas para hablarnos del Espíritu Santo que es derramado sobre toda carne en cumplimiento de las Escrituras. No ha de extrañarnos que Lucas llame al Espíritu simplemente “Promesa del Padre”.

     

    Ahora bien, Jeremías había anunciado que vendrían días en los que el Señor haría una Alianza Nueva, escribiendo su Ley en sus corazones (31, 31-33). La misma renovación profunda de la alianza había sido profetizada por Ezequiel en los siguientes términos: Pondré mi Espíritu dentro de vosotros y os haré vivir según mis mandatos (Ez. 36, 27). Todo este transfondo bíblico tiene un peso determinante en la elaboración de la pneumatología del NT.

     

     

    HOMILÍA.

    La Liturgia de hoy prevé una Misa de vigilia y otra del día. Ello nos da idea de la importancia de esta celebración de Pentecostés, a la vez que nos habla de la profundidad del Misterio. En el Evangelio del día se nos dice que Jesús exhaló su aliento sobre los discípulos infundiéndoles el Espíritu. Hay un paralelismo con el relato de la creación, cuando Dios sopló sobre un muñeco de barro para darle vida. Así, podemos hablar de la redención como de una nueva creación. San Pablo alude a ello señalando que toda la creación gime con dolores de parto. Asimismo, el Espíritu Santo que se nos ha dado intercede por nosotros con gemidos inefables.

     

    El mundo y los hombres sufren por la contradicción y el dolor que ha introducido el pecado. Pero no acabamos de ser conscientes de cuál es nuestra verdadera carencia y lo que deseamos en plenitud. El Espíritu Santo, que nos es comunicado a través de la humanidad de Jesús, dilata nuestro corazón por la comunicación de la gracia, haciéndonos conscientes de que estamos hechos para Dios. Es el Espíritu quien introduce en nosotros la vida divina que nos lleva a darnos cuenta de que el mundo y nuestra historia personal dependen, no de un poder ciego o de un destino impersonal, sino de Alguien que nos ama y que nos ha hecho hijos de adopción. Eso nos conduce a la confesión de que Jesús es Señor, afirmación que, como dice San Pablo, sólo podemos hacer bajo la acción del Espíritu.

     

    Nuestra relación con el Espíritu Santo no es algo abstracto que queda en el mundo de las ideas y que conlleva una religiosidad vaga en la que todo es posible. Esto me hace recordar el título de un libro de espiritualidad: «El Espíritu es concreto». El Espíritu Santo, con su acción transformante, nos vincula con Jesucristo. La primera acción renovadora que el Señor comunica a sus discípulos es el perdón de los pecados. Así se empieza a manifestar el señorío de Cristo. Su victoria pascual se muestra, por el bautismo, en la remisión de los pecados y en la nueva vocación que recibimos para vivir como hijos de Dios.

     

    Pero la acción del Espíritu también va constituyendo un cuerpo, la Iglesia, donde se puede percibir el encuentro con el Señor. De ello nos habla el texto de los Hechos de los Apóstoles. Siendo invisible, el Espíritu Santo realiza obras reconocibles tanto a nivel personal, en cada uno de nosotros, como en la Iglesia. En el signo de que todos entendían la predicación de los apóstoles en su lengua, se nos indica la desproporción entre la apariencia de la Iglesia, la fragilidad de los apóstoles, y los efectos de su acción.

     

    La Iglesia realiza una misión en el mundo guiada por el Espíritu Santo, pero también su vida y su crecimiento son conducidos por el Espíritu. A ello se refiere el apóstol en la carta a los Corintios. Aparecen en el seno de la Iglesia multitud de carismas, todos ellos dispuestos para el servicio común y para la edificación de la Iglesia. Frente a la fragmentación que introduce el pecado, (torre de babel), nos encontramos ahora en la unidad, fruto del Pentecostés, rica en dones diversos que nos vienen de lo alto y consuma la unidad.

     

    Para la oración personal puede ser muy útil leer pausadamente y meditar la secuencia de este día. En ella se nos recuerda la vaciedad que hay en nosotros sin Dios y cómo sólo el Señor, por su Espíritu, puede calmar nuestras ansias y colmar nuestros anhelos.

     

    UN MINUTO CON EL EVANGELIO.

    Marko Iván Rupnik, sj.

     

    En nuestro horizonte cultural, la verdad ya no está vinculada orgánicamente a la vida. Estamos acostumbrados a aislar la verdad en el mundo abstracto de los conceptos. Empezamos a pensar que, para conocer, lo debe hacer uno por sí mismo y se rechaza cualquier ayuda en el conocimiento, no admito lo que se conoce. Se establece, pues, una relación posesiva hacia el conocimiento y lo conocido, convirtiendo la verdad en un arma, principio del poder y de autoafirmación. Pentecostés, en cambio, revela exactamente lo contrario. Se nos ha dado el Espíritu Santo que nos hace partícipes de la comunión de las Santísimas Personas, que es la vida que permanece para siempre y por eso es verdadera. Por tanto, a la verdad se llega por medio del Espíritu Santo que hace que el conocer se convierta en un estilo de vida. El Espíritu procede en la comunión y la verdad se conoce en la comunión, más aún, la verdad es testimoniada por la caridad.

     

     

    Un poco de Teología.

    Del Espíritu Santo, ¿Desde dónde hablamos? ¿Desde qué perspectiva? ¿En qué condiciones? Seguimos las reglas clásicas de la fe que intentan comprender lo que ella tiene y lo que ella vive. Debe todo lo que tiene a un don recibido de las escrituras inspiradas, por las que Dios nos habla y comunica lo que necesitamos conocer para responder al designio de amor que él acaricia para nosotros. Pero el cristiano es un hombre precedido. Con anterioridad a nosotros, muchas generaciones de fieles han reflexionado y vivido del Espíritu. Por consiguiente, intentamos comprender la fe no como aventureros solitarios, si no acompañados por ellos. Acudiremos también a los testigos actuales de la experiencia cristiana, ya que el Espíritu sopla hoy igual que en épocas anteriores. Esto ha llevado a B.XVI a hablar mucho de los santos, no solo ahora como pontífice si no desde su trabajo como obispo y como predicador.

     

    Y es necesario apoyarnos en esa experiencia porque carecemos de un orden conceptual para hablar del Espíritu Santo. Para hablar del Padre y el Hijo disponemos de nociones bastante bien definidas y accesibles como la paternidad y la generación o filiación. Estos términos sirven para presentar propiamente la primera persona y la segunda; son términos relativos que caracterizan a estas personas por sus relaciones mutuas. Por el contario, «Espíritu» no dice nada de esto. Se nos ha hablado de la tercera Persona en términos comunes y absolutos: «Espíritu» conviene también al Padre y al Hijo; lo mismo podemos afirmar del término «Santo»: no son términos que signifique una persona. «Procesión» se aplica igualmente al Verbo-Hijo. No existe una revelación objetiva de la persona del Espíritu Santo como existe de la persona del Hijo-Verbo en Jesús y, por él, de la persona del Padre.

     

    De esta forma se nos revela y conocemos al Espíritu Santo no en él mismo, al menos no directamente, sino por lo que obra en nosotros. Por otra parte, mientras que las actividades de la inteligencia no solo son perceptibles, sino transparentes, y por consiguiente, definibles las de la afectividad y del amor no han sido analizadas de igual manera. De esta manera podemos muy bien hablar del Espíritu Santo desde los himnos hermosos como el Veni Creator Spiritus o bien, la hermosa secuencia del día de Pentecostés: Veni, Sancte spiritus/ et emite coelitus/ lucis tuae radium… Ahí vemos las acciones y los impulsos y las funciones que el Espíritu Santo realiza en nosotros. Lo mismo podemos hacer haciendo una meditación teológica sobre sus siete sagrados dones. (c.f. El Espíritu Santo. Yves M. – J. Congar. París 1980).

     

    La Secuencia puede ser un magnífico temario para la homilía; en ella `podemos ver la acción concreta del Espíritu, la forma cómo trabaja en nuestras almas. Según el A.T., quien renovará el mundo y la humanidad, ser el espíritu del Señor.

Los comentarios están cerrados.