• Domingo de Ramos

    DOMINGO DE RAMOS.

    Is. 50,4-7; Salmo 21; Fil. 2,6-11; Lc. 22,14-23,56

     

    Nos esperan días intensos, y hasta difíciles. Las lecturas abundantes limitarán necesariamente el tiempo dedicado a la homilía. En este caso, en mi opinión, debemos apoyarnos en la misma liturgia, en su ritmo, en la lectura de los textos sagrados, y destacando la naturaleza del tiempo litúrgico que nos disponemos a vivir, para hacer que sea la misma liturgia la que se explique a sí misma. La calidad de nuestros lectores será de gran ayuda.

     

    Procesión de ramos. Lectura de Lc. 19, 28-40.

    a) La liturgia no duda en acoger la tragedia, presentándonos la hora de Jesús, aquella hora de las tinieblas y de la gloria para la que él había venido. Lo seguiremos paso a paso, desde la entrada a Jerusalén entre aclamaciones de júbilo de la multitud y de los discípulos, hasta el calvario, a donde llegará solo, abandonado por aquellos que formaban su círculo íntimo, por los amigos más queridos que él había elegido y por los cuales estaba entregando su vida. Los acontecimientos se precipitan y todo parece hundirse en la oscuridad. Sin embargo, en el corazón de la soledad y de la angustia, atrae y reúne en sí a los hombres y al universo entero. Todo parece perdido, sin embargo, todo está por comenzar.

     

    b) Iniciamos con la procesión de Ramos cuya introducción, con una leve explicación pareciera suficiente: “queridos hermanos: después de habernos preparado desde el principio de la cuaresma….., hoy nos reunimos para iniciar unidos con toda la iglesia la celebración anual de los misterios….. Acompañemos con fe y devoción a nuestro Señor…. La procesión de ramos, bien organizada, expresa por sí mismo el misterio que nos aprestamos a celebrar.

     

    No se trata de una reconstrucción folclorista de la entrada de Jesús a Jerusalén, sino de una acción litúrgica que abre la celebración anual de la Pascua. Profesión de fe que se expresa a través del gesto antes, incluso, que a través de la palabra, esta procesión afirma que, yendo al encuentro de la muerte, Jesús inaugura su retorno a la gloria del Padre. En la celebración de las diversas etapas no debemos perder de vista esta globalidad del itinerario pascual.

     

    Lc. 19, 28-40 – Rey de paz – La entrada de Jesús en Jerusalén por el monte de los olivos (Zac. 14,4), aparece como una investidura real, que pone las premisas por el acto de acusación de un proceso que concluirá con la condena: ha querido proclamarse rey. Jesús es verdaderamente el rey de la paz, más que Salomón. Una paz que no se obtendrá con la muerte de los enemigos, como siempre sucede, sino con la muerte de aquel que la anuncia.

     

    Días intensos, pues, los que nos aguardan y los iniciamos con alegría confiando en la fuerza misma de los sacramentos, en la palabra de Dios, eficaz y poderosa, capaz de penetrar en el alma. Los relatos de la Pasión, ahora San Lucas y el Viernes siempre el relato de Juan, iluminados por los textos de Filipenses e Isaías nos ayudarán a hacer una opción de lectura.

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    Liturgia de la Palabra del Domingo de Ramos.

    Is. 50,4-7 – El camino de la no violencia – El profeta perseguido por sus compatriotas, aprende de Dios la forma de reaccionar: con la fuerza de la no violencia. Él confía su defensa a Dios mismo, porque es, precisamente, por Dios que está sufriendo. Así sucederá con Jesús, que aceptará las injurias y humillaciones, a fin de que el hombre sea purificado del odio.

     

    Salmo 21 – Súplica a Dios en un momento de sufrimiento y abandono. Salmo de gran intensidad, expresada en vigorosas imágenes, en instantes peticiones, y también en una esperanza triunfal.

    El límite del sufrimiento es sentir el abandono de Dios, que parece no escuchar la oración. La misericordia antigua de Dios es una razón para moverlo ahora: Dios tiene que mostrarse consecuente. La triple confianza de los padres no queda defraudada (vv.5-6).

    Las burlas de la gente redoblan el dolor del orante, un sentirse abandonado; pero también son un argumento para mover a Dios, a quien alcanzan los insultos (vv. 7-9).

    Los vv. 13-14 presentan a los enemigos en figura de animales feroces. Dolores corporales, el triunfo del enemigo y angustias interiores, hasta el terror extremo de la muerte acumulados trágicamente (vv.15-18).

    Del extremo del dolor pasa a la seguridad de la esperanza: la salvación es cierta, próxima, ya puede invitar a la comunidad a que se una con él en la alabanza a Dios (v.23). La alabanza se convierte en una profecía de un futuro gozoso, consecuencia de la salvación otorgada por Dios. En un israelita, (el salmista), Dios se ha revelado a todo el pueblo y a todo el orbe (v.16). En un crescendo van desapareciendo las fronteras: del espacio, porque el Señor es rey de todo el mundo; de la vida, porque extiende su dominio al reino de la muerte; del tiempo, porque la memoria prolongará todo lo que hizo el Señor.

    Así termina este salmo que comenzó con el supremo abatimiento, en un canto de triunfo; precisamente la intensidad del dolor ha revelado la grandeza de la salvación y ha producido la alegría suprema.

    Transposición Cristiana. Siendo este salmo una de las plegarias más intensas del justo afligido, no es extraño que lo tomara en sus labios Cristo en el momento extremo de sufrimiento corporal, de abandono, del triunfo de los enemigos, de la cercanía de la muerte. La paradoja es que el Padre no salvó aquella única vida de la muerte, sino que por la muerte la condujo a la suprema victoria: y en esa victoria estableció el reino universal de su Hijo, reveló la salvación a todos los pueblos. En los Evangelios leemos datos que responden exactamente a algunos versos de este salmo; pero todo el salmo, por sus imágenes acumuladas, por la intensidad tensa entre dos extremos, invita a una lectura simbólica. Al escucharlo de labios de Cristo, el cristiano perseguido aprende la paradoja del sufrimiento y la gloria y redobla su confianza rezando este salmo.

     

    Fil. 2,6-11 – Fracasar para llegar a la gloria – Pablo ilustra, en esta lectura, el tema central de la encarnación: Dios que se hace hombre, y alcanza la gloria a través de la humillación. Esto no es un «viaje de turismo a la tierra» de parte de Dios; no quiere decir que Dios se dé el lujo de hacer una experiencia ante los hombres, (al estilo de súperman). Es muy diferente el mensaje de este himno, tan querido a las primitivas comunidades cristianas: el evangelio concibe como éxito participar en la vida humillada hasta la opresión: un camino hecho en compañía de los pequeños, de los pobres, de los oprimidos. Es este el significado real de la historia de la salvación: Adán, queriendo hacerse igual a Dios, solo logra el fracaso; Jesús sigue el camino inverso.

     

    Lc. 22,14-23,56 – La Pasión según Lucas – Lucas es el evangelista del amor y de la misericordia de Dios, y bajo esta luz narra la Pasión. No subraya las culpas de los judíos o de los discípulos: ¿para qué buscar responsabilidades si la sangre de Jesús expía todo? Así, no dice que los discípulos se quedan dormidos y luego huyen; no reporta las imprecaciones del Sumo Sacerdote ni los sarcasmos de los soldados. No quiere ver a Jesús aislado en la cruz, y lo rodea de amigos que toman parte en sus sufrimientos. La Pasión es un milagro continuo de perdón: Pilatos aparece en este evangelio menos culpable que en los otros evangelios; el soldado herido en la oreja es curado; Jesús vuelve su mirada a Pedro que lo ha traicionado; en la cruz, tiene palabras de perdón para el ladrón, para los judíos que se burlan de él, para el centurión; incluso, dos enemigos, como Herodes y Pilato, recuperan su amistad y se estrechan la mano, como lo harán después, en la iglesia, el mundo pagano y el mundo hebreo. El amor del Padre se manifiesta cuando el Padre conforta al Hijo en la agonía. En fin, por muy desconcertante que pueda serlo, la prueba a la que es sometido Jesús es signo de la presencia de Dios, e instrumento de su amor y de su perdón.

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    La Pasión según Lucas.

    El relato de Lucas, según los especialistas, es un relato personal y parenético, es decir, tiene mucho de catequesis. En el fondo, y a su manera, esta característica pertenece, igualmente, a los demás evangelistas. El teólogo de escritorio es invención del siglo XIX. En varias ocasiones, Lucas manifiesta preocupaciones de historiador y de escritor, y esto en todo su evangelio. En su relato de la Pasión, busca dar cuenta del desarrollo de los hechos y de extender un relato estilísticamente bien conducido. Pero de ninguna manera, tiene como objetivo la fría objetividad de un narrador imparcial. Al contrario, el suyo es el relato de un discípulo que «revive» la historia de su Maestro. La fidelidad personal se manifiesta en la afirmación repetida de la inocencia de Jesús, en la omisión de detalles ofensivos y crueles. Para el discípulo, la Pasión es también una invitación: es necesario seguir a Jesús por el camino de la cruz. El relato es por lo tanto, personal y parenético, es decir, suscita y confirma el compromiso de cada uno de seguir a Cristo.

     

     

     

     

     

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