LA PASIÓN SEGÚN S. MARCOS. (14, 32 – 15,41).

 

Te envío un ensayo teológico sobre la Pasión según san Marcos con la esperanza que sirva como un punto de meditación para estos días santos. Como sabes, el próximo domingo leeremos el relato de la Pasión transmitido por Marcos. Ante todo, estamos llamados a una meditación-contemplación del misterio de la Pasión. Santa Bernardita decía que entendía mejor el relato de la Pasión cuando lo leía que cuando se lo explicaban. En medio del trabajo agobiante de estos días, debemos buscar un espacio para la lectura meditada de los textos que conforman la liturgia intensa de todos estos días.

 

Buon laboro!

 

La proclamación de los hechos.

En el relato de la Pasión, Marcos proclama la realización desconcertante del proyecto de Dios. Expone los hechos en su realidad objetiva, en un estilo que pareciera una improvisación oral, lo que da al relato mayor vivacidad. Es el relato de un testigo. Marcos no teme sorprendernos, al contrario, busca hacerlo. Pone de relieve los contrastes, subraya las paradojas: la cruz se revela escandalosa, pero al mismo tiempo en ella se manifiesta el Hijo de Dios. En Marcos, el misterio de la Pasión se nos impone y nos impresiona como desde el exterior. El resultado es un acto de fe, de sumisión al misterio. (15,39)

 

El Arresto de Jesús. El shock de los hechos (Mc. 14,43.52).

Marcos relata los hechos en su cruda realidad. El estilo es directo, incluso, brusco: Llegó Judas, uno de los doce, y con él una turba con espadas y palos. (14,43) Jesús es capturado; uno de los presentes desenvaina la espada y golpea. Una frase de Jesús revela la anomalía de la situación: «Como contra un bandido, con espadas y palos habéis venido a aprendedme. A diario me tenías en el templo enseñando y no me detuvisteis. Pero que se cumpla la escritura». (14,48) Jesús es abandonado por todos. Un joven que lo seguía desde lejos, envuelto en una sábana, fue detenido y logra escapar desnudo.

 

No hay mayores explicaciones. Marcos no refiere las palabras que dirige Jesús a Judas, o al discípulo que ha golpeado con la espada. La frase dicha a sus aprensores no intenta explicar el hecho, sino subrayar el aspecto paradójico y chocante de la escena. Se indica, claro, la clave de la paradoja, pero en una construcción estilística. (14,39) Se queda uno con una impresión de desconcierto.

 

El proceso ante los judíos.

Después del arresto, Jesús es consignado a la autoridad de su pueblo y conducido ante el Sumo Sacerdote. Tiene lugar un proceso judicial. Evidentemente, los evangelios sinópticos no pretenden narrarnos el desarrollo completo de tal proceso.

 

Descuidan muchos detalles y dejan, con frecuencia, al historiador en la incertidumbre. Eligen algunos elementos que, a la luz de al Resurrección, han sido considerados como más importantes por la tradición primitiva y, por lo tanto, han sido incluidos en la catequesis. Estos elementos nos son presentados en tres composiciones diferentes, Marcos, Mateo y Lucas. (Sinópticos).

 

Jesús en la casa del Sumo Sacerdote.

Marcos distingue dos momentos: la instrucción del caso que él narra inmediatamente, (14,53-64), y la reunión del consejo que se desarrolla en las primeras horas de la mañana. (15,1). Esta reunión en y del consejo, (después de haberse reunido en consejo), le confiere un carácter más formalmente jurídico. Marcos, sin embargo, no espera este momento para presentar las acusaciones formuladas contra Jesús. Él las refiere durante la instrucción, es decir en la casa del Sumo Sacerdote, por lo cual esta sección (14,53-64), es la parte principal de todo el relato. Literariamente, la alusión a la reunión del consejo está ligado a la sección siguiente: consta de un simple participio y se encuentra en la frase de transición que introduce al proceso romano. “Atándolo, lo condujeron ante Pilatos y se lo entregaron”. (15,1)

 

La composición del relato en su conjunto.

Ningún evangelista se limita a referir los elementos del proceso. Todos agregan detalles particulares y significativos. Jesús no ha sido solamente interrogado, sino también maltratado y escarnecido.

 

Marcos: la dignidad mesiánica y los maltratos. (14,53-72). Marcos teje el relato en base a una serie de contrastes vivamente acentuados. Luego de haber situado el episodio y presentado los personajes, (14,53-54), habla de la instrucción del caso. El resultado está determinado desde el principio: Jesús debe ser llevado a la muerte. (14,55)

 

Pero esta perspectiva choca con los hechos: Jesús no ha hecho algo que amerite esa sentencia: de las numerosas acusaciones, Marcos recuerda sólo una frase referente a la destrucción del templo, pero se apresura a decir que sobre esto, como sobre otros puntos, los testimonios no concordaban. (14,56) Finalmente el Sumo Sacerdote interroga a Jesús sobre su función en el proyecto de Dios: «¿Eres tú el Mesías, el Hijo del Bendito?» La respuesta de Jesús constituye una solemne proclamación de su mesianidad trascendente. (14, 61-62). Parece, pues, que la instrucción desemboca en un resultado opuesto al que se buscaba: en vez de establecer la culpabilidad del imputado, se revela su suprema dignidad.

 

Pero, – segunda paradoja -, la revelación de la personalidad de Jesús no encuentra ningún eco positivo. No suscita el más pequeño reconocimiento, no encuentra, ni siquiera, una mínima adhesión. Por el contrario, su única consecuencia es desencadenar todas las reacciones en sentido opuesto: se grita ante la blasfemia, se afirma que Jesús es «reo de muerte». (14,64; conclusión de la instrucción que corresponde al inicio: 14,55); luego vienen los maltratos y el escarnio. (14,65); el más decidido de sus discípulos reniega de él, (14,66-72); sus enemigos lo atan como a un malhechor para consignarlo ante Pilatos. (15,1)

 

A juzgar por lo que se ve, los hechos desmienten cruelmente las palabras de Jesús. El orden adoptado por Marcos pone a plena luz el contraste paradójico que existe entre la afirmación hecha por Jesús acerca de su dignidad y el trato indigno que ésta provoca inmediatamente.

 

El proceso ante los romanos.

El interrogatorio a Jesús por Pilatos, Marcos lo cuenta en pocos renglones. Más que en otras ocasiones, nos damos cuenta que el evangelista no tiene la intención de hacer un relato detallado. El interrogatorio es por lo tanto escaso hasta el punto de parecer oscuro. Marcos transmite una pregunta intempestiva de Pilatos: «¿Eres tú el rey de los judíos.» (15,2) Jesús responde: «Tú lo dices». Ninguna explicación.

 

El conjunto de la composición. Los judíos contra el rey de los judíos. (15,1-20).

Sin ninguna preparación, la pregunta de Pilatos resalta mejor en Marcos. El proceso romano es un proceso contra el «rey de los judíos». Este título volverá más de una vez en labios de Pilatos, (15,9.12); será tomado de nuevo también por los soldados romanos; (15,18) y, será la ocasión para sus crueles diversiones a costa del prisionero.

 

Se trata de un extraño proceso: los judíos se encarnizan contra el «rey de los judíos» y éste no responde nada. (15,3-5) Se suceden dos escenas: la primera es la del interrogatorio. Luego de la pregunta inicial, los Sumos Sacerdotes ponen sus acusaciones. Pilatos intenta ver claro. Jesús calla. Pilatos no comprende.

 

La segunda escena no es menos desconcertante. El «rey de los judíos» es puesto frente a un sedicioso homicida. ¿Cuál de los dos debe ser liberado? ¿Cuál castigado? El Procurador romano propone liberar al rey de los judíos (15,9), que no ha cometido ningún delito (15,14), más la multitud de los judíos, instigada por los Sumos Sacerdotes, quiere que le sea aplicada a su rey el suplicio romano de la cruz, (15,13.14); al fin, Pilatos cede.

 

El calvario.

Condenado al suplicio de la cruz, Jesús es maltratado por los soldados, después conducido al calvario y ejecutado. (15,20) Su muerte constituye el acontecimiento capital de la historia de la salvación. La estructura de los evangelios nos invita a una reflexión extremadamente profunda.

 

Marcos: de las tinieblas brota la luz. (15,21-41).

 

Estructura del relato. Pilatos, queriendo dar satisfacción a la gente, les entregó a Barrabás y les entregó Jesús para que lo azotaran y crucificaran. (15,15). La escena de las burlas se presenta como el preludio de la ejecución del condenado. (15,16-20) Los soldados se apresuran a ejecutar el veredicto del proceso romano con una farsa apropiada: «el rey de los judíos» recibe un manto de púrpura, una corona y homenajes; Pero el manto es una burla cruel, la corona es de espina y los homenajes son palabras de escarnios acompañadas de golpes. Una vez más, el proyecto de Dios se manifiesta en los hechos a través de imágenes invertidas. Luego viene presentada la ejecución propiamente dicha. En el relato de Marcos, podemos distinguir seis momentos sucesivos: 1) Simón de Cirene, obligado a cargar la cruz (15,21); 2) crucifixión (15,22-27); 3) escarnios (15,29-32); 4) Las tinieblas (33-36) 5) muerte de Jesús y sus repercusiones, (15,37-39); 6) mención de las mujeres piadosas al pié de la cruz, (15,40-41).

 

El cuadro del relato podría sugerir la idea de una cierta participación en los sufrimientos de Jesús, más las precisaciones dadas por Marcos nos orientan hacia otros significados. Marcos da algunos nombres, el de Simón y el de algunas mujeres que garantizan la autenticidad de los hechos y se entienden como testigos que pueden ser interrogados. Marcos proclama los acontecimientos de la salvación: acontecimientos desconcertantes, pero objetivamente inscritos en la historia humana.

 

El resto del relato no avanza a ciegas. Marcos se preocupa de disponer convenientemente los elementos significativos proporcionados por la tradición evangélica. No es casualidad que coloque el título de “rey de los judíos” (15,26) entre dos alusiones de la crucifixión (15,25.27) Como habíamos dicho, este título ha dominado el proceso romano, (15,2.9.12), y el verbo crucificar es una especie de estribillo (15,13.14.15). El hecho de que Jesús sea colocado entre dos malhechores (15,27), es tal vez, una alusión al episodio de Barrabás (15,6-15).

 

El proceso romano logra aquí su vértice. La paradoja que en un primer tiempo afloraba solo en las palabras, ahora adquiere plena consistencia. Jesús es reconocido como «rey de los judíos» pero en un contexto opuesto a esta dignidad: despojado de sus vestiduras (15,24); humillación suprema, cuando su cohorte está constituida por dos bandidos; impotencia del ajusticiado que debe de morir.

 

La serie de desprecios se une sin dificultad a la escena de la crucifixión, pero su orientación es completamente diversa. No se refiere al proceso romano sino al proceso judío de donde toma casi todos sus elementos.

 

Un primer grupo de los que lo insultan, los que pasan por ahí (15,29), corresponde a los falsos testigos en el juicio ante los judíos. Ellos toman de nuevo la acusación lanzada contra Jesús delante a los Sumos Sacerdotes (14,58): Jesús ha pretendido destruir el templo y reconstruirlo en tres días. Un segundo grupo es el de los judíos, los Sumos Sacerdotes y los escribas, (15,31; cf. 14,53), que hacen relación a la pregunta hecha durante el proceso y a la declaración mesiánica de Jesús: «El Cristo, el rey de Israel». (15,32; cf. 14,61-62). Marcos, sin embargo, no hace alusión a la filiación divina; ha reservado este elemento decisivo hasta el momento del colapso final (15,39).

 

El contexto es un contexto de burla, porque los hechos no cuadran con las pretensiones atribuidas a Jesús; humanamente hablando, sería necesario que Jesús «bajase de la cruz». (15,30.32). Para dar un fundamento a su pretensión de restaurarlo todo (reconstruyendo un nuevo templo), él debería huir ahora de la muerte que le amenaza. Para manifestar su poder mesiánico, debería confundir ahora a sus adversarios. Entonces sería posible creer en él. (15,32)

 

El evangelista sabe que este modo de ver las cosas es falso, pero permite que se exprese cruelmente. Nosotros sufrimos con él el shock de la realidad y nos hundimos en la oscuridad del misterio.

El juicio de Dios.

Y he aquí que llega la hora del juicio de Dios. En un primer tiempo, esta hora no se presenta como una hora de liberación, sino como la hora de la opresión extrema. Las tinieblas se hacen más densas. En esta atmósfera opresora, el grito de Jesús, citando el salmo 22, parece dar la razón a los verdugos. No es el templo de Jerusalén el que ha sido abandonado por Dios y condenado a la destrucción, sino Jesús que ha hablado contra el templo.

 

La humanidad de Jesús sufre una especie de «execración», en el sentido etimológico de la palabra que se opone a «consagración». Es el misterio del paroxismo de la prueba que condiciona la perfección del don. De hecho, esta execración desemboca en la plena revelación del Hijo de Dios, como sugiere la totalidad del salmo 22 y como lo pondrá de relieve el evangelio. Aceptando hasta el fondo la voluntad del Padre, Jesús se manifiesta como aquél que forma una cosa sola con el Padre, en el amor. Don de Jesús al Padre, don del Padre a Jesús, don de Dios a los hombres: todo se activa en este acontecimiento tenebroso.

 

Dios «ha querido habitar en una nube oscura» (cf. 1Re 8,12; 2Crónicas 6,1). Por ahora, todo permanece enigmático y los que asisten a la escena no entienden nada. La última posibilidad de salvación para Jesús que ellos toman en consideración de un modo irónico, no se realiza: Elías: quien debería aplacar la ira de Dios, (Sirácide 48,10) no interviene de ningún modo. Jesús ha de beber el cáliz hasta la última gota.

 

Jesús expira. Parece que todo ha terminado en el sentido negativo del término, es decir, que todo ha sido destruido. En realidad, todo ha terminado en el sentido positivo del término: todo se ha cumplido.

 

Dos signos atestiguan inmediatamente este cumplimiento: el primero, se refiere al templo cuyo velo se parte por la mitad (15,38); el segundo consiste, en una profesión de fe que la muerte de Jesús arranca de los labios del centurión: «verdaderamente éste hombre era Hijo de Dios». (15,39. esta confesión es la cúspide de todo el evangelio).   Estos signos pueden parecer poca cosa: en realidad tienen en sí el valor decisivo de una conclusión. De una manera completamente inesperada, fijan el significado del acontecimiento, a través de una última y paradójica destrucción.

 

La revelación de Cristo.

Para captar plenamente el significado de los hechos narrados, según la mente del evangelista, es necesario atender las relaciones que la estructura del relato establece entre los signos y algunos elementos precedentes. Es el relato en su conjunto el que nos revela a Cristo. Sin la conclusión, los elementos anteriores permanecerían como en suspenso y no podríamos obtener ninguna certeza en su interpretación. Por otra parte, la conclusión, necesita estos elementos para que se ponga de manifiesto su contenido auténtico. Dos son los elementos a los que debemos atender: la persona de Jesús y la obra de Jesús.

 

La persona de Jesús. Comenzamos por analizar el último signo, el más definitivo el que concierne a la persona de Jesús. El centurión “había visto” en qué modo murió Jesús; por lo tanto, su profesión de fe que lo proclama Hijo de Dios (15,39) corresponde a las burlas de los Sumos Sacerdotes que exigían para creer ver a Jesús descender de la cruz. (15,32), y al mismo tiempo, valora la solemne declaración que ellos habían ridiculizado, en la que Jesús se había proclamado Hijo de Dios, añadiendo: Y veréis a éste hombre venir sobre las nubes del cielo. (14,62)

 

La declaración solemne. Ya, advertida en el momento del proceso, la importancia fundamental de esta declaración solemne viene así confirmada por los últimos episodios del drama. Debemos ahora analizarla en su contenido doctrinal.

 

Interrogado Jesús si era «el Cristo, el Hijo de Dios bendito» el Sumo Sacerdote hacía referencia a las promesas mesiánicas. Cristo y mesías, son títulos sinónimos; y la filiación divina del Mesías había sido anunciada por el oráculo de Nataan (2Sam.7,14) y proclamada por el salmo 12.

 

Jesús responde afirmativamente a la pregunta pero se apresura a añadir a algunas precisaciones que aclare el sentido del término. La interrogación del Sumo Sacerdote ameritaba, cierto, una respuesta afirmativa en perfecta armonía con la ortodoxia judía, pero Jesús afirma ser Mesías, Hijo de Dios en un sentido que el sanedrín considera blasfemo (Mc. 14,64; Mt. 26,65; Jn. 19,7; 10,33) Uniendo en una misma frase las expresiones del salmo 110 referentes al Mesías, y la de Daniel, que evocan un «Hijo del hombre» la respuesta de Jesús alcanza una plenitud inaudita, que no se encuentra en las expresiones tomadas separadamente.

 

La tradición Mesiánica. El salmo 110 se sitúa en la línea del mesianismo davídico. Invita al rey de Sión a sentarse a la derecha de Dios, pero nada nos permite afirmar que se trate de una sesión celeste. La expresión podría ser entendida en el sentido de una participación terrena en el poder de Dios: El rey de Sión ocupaba el trono del reino del Señor sobre Israel. Cierto, la tradición mesiánica era proclive a favorecer el acercamiento entre el rey-Mesías-y Dios mismo, y atribuirle títulos divinos, pero ningún texto del A.T. confería al Mesías una real igualdad a Dios en el plano celeste.

 

Tradición Apocalísptica. En cuanto a la visión de Daniel, esta se sitúa en la línea de la tradición apocalíptica, es decir, de las teofanías impresionantes en las que se revela «la gloria del Señor». En particular podemos compararla a las páginas en las que Ezequiel describe la aparición divina como una figura con la apariencia de hombre, semejante al fuego o a un brillo incandescente. (Ez. 1,26-28) Respecto a las teofanías, la visión de Daniel presenta algunos elementos de notable importancia:

 

  1. No se trata de una manifestación gloriosa de Dios sobre la tierra, sino de una escena que se desarrolla en el plano divino: «sobre las nubes del cielo». (Daniel 7,15)
  2. En este plano, aparecen dos personajes, no uno solo: en primer lugar él «Anciano de muchos días», es decir, Dios mismo, sentado en su trono. (7,9) Como en las visiones de Ezequias y Daniel 1,26: después, un ser que es «como un hijo de hombre» (7,13) que avanza hacia el Anciano.
  3. Mientras en otras teofanías, uno se acerca a Dios con temor y temblor, nada parecido se dice aquí del Hijo del hombre; podemos decir que él se encuentra al mismo nivel de Dios. Avanza hacia él y recibe de él el poder divino. (7,14)

 

Pero la profecía permanece confusa. Daniel no dice quién sea este que es «como un hijo de hombre»: ¿persona concreta o abstracción?, ¿hombre o ser divino?, ¿individuo o colectividad? En el v. 18, vemos que él representa «los Santos del Altísimo»; ¿pero cómo los representa? ¿Cómo su ángel? ¿Cómo su jefe? ¿Cómo un símbolo? Por lo demás, Daniel no dice que éste personaje sea admitido a compartir el trono de dios.

 

Fusión de las tradiciones. Anunciando que se verá «el Hijo del hombre sentado a la derecha de la Potencia y venir en las nubes del cielo» (Mc. 14,62), la declaración de Jesús hace una fusión de dos textos. Esta fusión de dos tradiciones representa una revelación nueva, porque excluye el resultado metafórico de ambas.

 

Por una parte, «el Hijo del hombre» Daniel 13, no es una aparición misteriosa, sino un hombre real, el descendiente de David en el que se realizan las profecías mesiánicas (Salmo 110) Por otra parte, sentarse a la derecha (salmo 110,1) no indica solamente una dignidad real, imagen terrena del poder divino, sino éste mismo poder divino, porque se ejercita en el plano celeste. (Daniel 7,13)

 

Jesús se inserta en esta prospectiva cuando responde al Sumo Sacerdote afirmando que es el Hijo de Dios». En un sentido que supera totalmente las ideas del tiempo y anuncia que su filiación se manifestará a través del ejercicio de la autoridad específicamente divina. He aquí lo que provoca la acusación de blasfemia, de la que brota todo lo demás: veredicto del Sanedrín, la crueldad del castigo, la entrega a Pilato, en fin, la muerte en la cruz.