Hech. 10,34.37-43; Sal. 117;  Col. 3,1-4; Jn. 20, 1-9 ó Lc. 24,1-12 ó Lc. 24, 13-35

¡Dentro de tus llagas:

escóndeme!

La comunidad cristiana debe siempre esforzarse en tomar conciencia de la “centralidad del misterio Pascual” liberándolo de lecturas reductivas meramente apologéticas o espiritualistas. En la Pascua la historia y el mundo están implicados en un nuevo proceso de transformación que los proyecta hacia Dios.  Cristo ha roto la prisión de los límites y de la muerte, del pecado y del fin, y ha inaugurado el reino de la redención y de la gracia. Es necesario devolver la fe cristiana a su matriz radical impidiendo, así, la reducción a un modelo vagamente ritual, filosófico, social o pietista.  El misterio Pascual es lo único que celebra el cristianismo, es el Sol de un nuevo sistema estelar. Todo gira en torno a Cristo Resucitado.  Todo lo que él se acerca participa de su luz, de su vida; todo lo que de él se aleja es oscuridad y muerte.

En los Hechos leemos: En el grupo de los creyentes todos pensaban y sentían lo mismo (cf. 4,32). Aquí tenemos a la Iglesia que ya celebra y anuncia públicamente la fe en la resurrección. Parte de su testimonio radica en su unidad: la de los creyentes unidos en una misma fe y en el amor, es decir, en la dimensión comunional de la iglesia. Jamás reflexionaremos lo suficiente sobre la idea de comunión, de comunidad; la comunidad de los creyentes.

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Hech. 10,34.37-43.- Nosotros somos testigos – El mensaje central de la predicación apostólica esta sintetizado en la afirmación que Jesús de Nazaret, que los judíos habían crucificado, Dios lo ha resucitado, y los discípulos son testigo de ello. Esto afirma Pedro ante la familia pagana de Cornelio, para conducirla  a la conversión y al bautismo. Desde el momento que Cristo ha resucitado, no es ya el Mesías de un pequeño pueblo, sino de toda la humanidad; y los cristianos como los profetas y los apóstoles han de dar testimonio de ellos a través de una vida renovada y abierta al mundo.

Sal. 117.-  Liturgia de Acción de gracias. – Un individuo importante, tal vez el rey, viene a dar gracias. Lo recibe el coro entonando por grupos la fórmula clásica del género «Eterna es su misericordia». El personaje cuenta su liberación, que el coro interrumpe con un estribillo de canto de victoria. El personaje llega a la puerta, donde se desarrolla un breve diálogo. El coro canta y avanza en procesión hacia el altar.

Esta magnífica liturgia de acción de gracia ha sido genérica en sus explicaciones: habla de peligros, de ataque enemigos, de liberación de la muerte. Pero es muy clara en su tema central: victoria de Dios, día en que actúa Dios, milagro patente. Y también es explícita la participación gozosa de toda la asamblea. Si queremos llenar de sentido este salmo, tenemos que pensar con la liturgia cristiana en la gran victoria sobre los enemigos y la muerte, en el gran día en que actuó el Señor: en la Resurrección de Cristo. Este es el milagro de los milagros, y la victoria de las victorias, cuando Cristo desechado se convierte en piedra angular (Mt. 21,42; Hech 4,1). Este es el día de los días que ordena todo el ciclo del año, y conmemoramos cada semana como «día del Señor» o «dies dominica» (domingo). Por eso se reza este salmo en el oficio dominical, como salmo de resurrección. Cristo resucitado encabeza la procesión de la humanidad para dar gracias al Padre, para hacer a todos partícipes de su gozo y de su propia victoria. Salmo pascual, pues, que lo leeremos con mucha frecuencia durante este tiempo.  Este salmo domina la Octava de Pascua.

Col. 3,1-4.-  Siempre es Pascua – «Reconoce, oh! hombre tu dignidad».  Tú vales más de lo que te imaginas. Tu vocación  a la felicidad tendrá su culminación en el último día; pero ya desde ahora Cristo la va realizando en ti: vives con el Resucitado. La Pascua nos compromete constantemente a dar pruebas de esta alegría, signo de la nueva vida que Jesús nos ha dado.

Jn. 20, 1-9.- El descubrimiento del Resucitado – La esperanza de María, de Juan y de Pedro, es sometida a la dura prueba del sepulcro vacío. Ellos buscan la presencia pero tienen la dolorosa experiencia de la ausencia. Su fe en el Resucitado nace inicialmente de un sobresalto, de una desilusión, de un hecho inesperado. Muchos hombres de hoy vuelven a hacer, con estupor y emoción, el mismo camino; porque la idea de Dios, poco a poco se disuelve en ellos, exclaman: Dios ha muerto. Los cristianos contemplan la tumba de Cristo; pero con María, Juan y Pedro, reconociendo que el sepulcro está vacío, comprenden que Dios está más allá de toda expectativa, imprevisible y desconcertante.  Si bien estuvo en la tumba, Jesús, nuestra cabeza, está más allá de la tumba.

 

Un minuto con el Evangelio

Marko I. Rupnik, SJ

La piedra que la Magdalena, muy de mañana, encontró removida de la tumba del Señor libera nuestra vida de la banalidad. Una vida vivida desde la perspectiva de una tumba cerrada por una pesada piedra y un cadáver dentro es una vida banal. Poco importa cómo se viva. Quien es honesto, manso, bueno y misericordioso termina en la misma tumba; se pudrirá como quien fue ladrón, violento, posesivo e injusto. Y esto hace inútil la vida del hombre. La piedra que cierra definitivamente la tumba anula todo sentido de la vida, anula los esfuerzos del bien y, de hecho, hace triunfar el mal y la nada. La piedra removida, en cambio, arroja una luz de verdad al otro lado de la tumba. El Cristo que vuelve de la muerte hace ver de forma indiscutible que la verdad de la vida antes de la tumba es el amor, porque sólo el amor supera la muerte. Desde el anuncio de la Magdalena de que la piedra fue removida, cada uno tiene la certeza de que se puede vivir para resucitar.

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  1. Urs von Balthasar.

“Corrían los dos juntos. Pero el otro discípulo corrió más aprisa que Pedro y llegó primero al sepulcro porque era más joven. Los dos corren lo más aprisa que pueden, pero en la iglesia el amor es siempre más veloz que el ministerio. Se da cuenta más aprisa de lo que es necesario hacer, y se compromete siempre con generosidad. El ministerio, incluso cuando procede con la máxima rapidez, no puede alcanzar al amor. El ministerio debe hacerse cargo de todos, debe intentar llevar a todos adelante, debe tomar en cuenta a todos, debe esforzarse en actuar del modo más uniforme. No puede ir al Señor sólo con los que caminan más aprisa, debe preocuparse de toda la grey que le ha sido confiada, no debe abandonar a los lentos ni a los tullidos.

El amor consiste en la generosidad: en esto es más rápido. Se da sin reflexionar, quiere alcanzar aquello que está a su puerta y aquello que no lo está, porque lo quiere todo.

El ministerio debe verificar, debe darse cuenta del camino recorrido, para dar en la mejor forma posible los siguientes pasos.

El amor es personal, debe preocuparse solo de sí mismo…pero el amor no es un loco que corre de manera insensata. Ambos corren juntos. El amor permanece en contacto con el ministerio y a su disposición, pero al mismo tiempo lo arrastra”.

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