DOMINGO DE RESURRECCIÓN

Hech. 10,34.37-43; Sal. 117;  Col. 3,1-4; Jn. 20, 1-9 ò Lc. 24,1-12 ó Lc. 24, 13-35

 

En los Hechos leemos: En el grupo de los creyentes todos pensaban y sentían lo mismo (cf. 4,32). Aquí tenemos a la Iglesia que ya celebra y anuncia públicamente la fe en la resurrección. Parte de su testimonio radica en su unidad: la de los creyentes unidos en una misma fe y en el amor, es decir, en la dimensión comunional de la iglesia. Jamás reflexionaremos lo suficiente sobre la idea de comunión, de comunidad, la comunidad de los creyentes.

 

El siguiente comentario es a Jn. 20,1-9. Este paso consta de dos episodios independientes y de extraordinaria profundidad. El primero está constituido por el tema de la paz y que culmina con el «acta fundacional»  de la Iglesia. La paz es un don de Dios dado al mundo por medio de su Hijo; es posible sólo porque Jesús ha vencido el pecado y la muerte. Don y conquista, porque debemos ser trabajadores  y anunciadores del evangelio de la paz. Sobre el tema se han escrito libros al por mayor. Mucho hay que decir al respecto.

El segundo episodio nos habla de Tomás. En realidad es el final del evangelio y se nota la intención redaccional de Juan: un relato escrito para quienes no tuvieron la oportunidad de conocer, «de ver y tocar» a Jesús; ellos son bienaventurados por que han creído sin haber visto. Sin embargo, Tomás es un hombre muy moderno; es el primer cartesiano antes de Des Cartes, el primer positivista antes de Comnte. En el evangelio se nos habla de la duda de Tomás. Los demás apóstoles han visto al Señor, pero el día de la aparición él no estaba.  Tiene dudas y pide ver sus heridas.

 

Al respecto dice Benedicto XVI: “Tomás considera que los signos distintivos de la identidad de Jesús son ahora sobre todo las llagas, en las que se revela hasta qué  punto nos ha amado. En esto el apóstol no se equivoca”. El cuerpo marcado por la pasión de Jesús muestra la identidad entre quien murió en la Cruz y el que ahora se aparece. La resurrección es verdadera. Quien murió está vivo y conserva las señales de su sufrimiento redentor.  Las apariciones de Jesús confirman a los apóstoles. A través de ellas, estos adquieren la certeza de la victoria de Jesucristo y creen.  Pero el mismo Jesús anuncia; Dichosos los que crean sin haber visto. En la segunda lectura el apóstol san Juan indica algo parecido: ¬¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios? De esa fe brota también la vida nueva, anticipo de ese triunfo, que se nos describe en los Hechos en la vida de las comunidades de la primitiva Iglesia.

Para nosotros, el encuentro con el Resucitado se da a través de la fe. Para hacerla posible Jesús dispone a la Iglesia. Jesús dice a sus apóstoles: Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Y para que la Iglesia tenga la credibilidad necesaria y podamos reconocer su testimonio, el Señor les da el Espíritu Santo. Precisamente por el Espíritu Santo la Iglesia puede perdonar los pecados, y el hombre que recibe ese perdón experimenta el amor incondicional y liberador de Dios. La resurrección de Jesucristo nos alcanza haciendo de nosotros criaturas nuevas.

 

En nuestro encuentro con Jesucristo a través de la Iglesia a veces nos encontramos con vacilaciones e incluso dudas. Benedicto XVI señala, en ese sentido, el valor ejemplar que tiene la incredulidad de Tomás y su posterior confesión. Señala el Papa que la duda de Tomás es importante para nosotros al menos por tres motivos: “Primero, porque nos conforta en nuestras inseguridades; en segundo lugar, porque nos demuestra que toda duda puede tener un final luminoso más allá de toda incertidumbre; y, por último, porque las palabras que le dirigió Jesús nos recuerdan el auténtico sentido de la fe madura y nos alientan continuar, a pesar de las dificultades, por el camino de fidelidad a él”.

 

Al leer la descripción de la primera comunidad de Jerusalén pensamos que quizás algunos de sus miembros participaban de esas inseguridades. Pero la entrega que supone el poner las cosas en común y abrirse a una comunidad de afecto les llevaba a ir confirmando lo que habían oído por la predicación. No sólo sabían que el Señor había resucitado, sino que, al participar de su nueva vida en la Iglesia, podían reconocerlo en el rostro de los creyentes que tenían alrededor. El amor de las llagas de Cristo comenzaba a llegar a todos los hombres.

 

El epílogo, 20,30-31, da el para qué del relato que Juan ha extendido: para que crean que Jesús es el Mesías, Hijo de Dios, y creyendo, por medio de él tengáis vida. Vida, la palabra clave para comprender la revelación divina.

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H. Urs von Balthasar.

“Corrían los dos juntos. Pero el otro discípulo corrió más aprisa que Pedro y llegó primero al sepulcro porque era más joven. Los dos corren lo más aprisa que pueden, pero en la iglesia el amor es siempre más veloz que el ministerio. Se da cuenta más aprisa de lo que es necesario hacer, y se compromete siempre con generosidad. El ministerio, incluso cuando procede con la máxima rapidez, no puede alcanzar al amor. El ministerio debe hacerse cargo de todos, debe intentar llevar a todos adelante, debe tomar en cuenta a todos, debe esforzarse en actuar del modo más uniforme. No puede ir al Señor sólo con los que caminan más aprisa, debe preocuparse de toda la grey que le ha sido confiada, no debe abandonar a los lentos ni a los tullidos.

El amor consiste en la generosidad: en esto es más rápido. Se da sin reflexionar, quiere alcanzar aquello que está a su puerta y aquello que no lo está, porque lo quiere todo.

El ministerio debe verificar, debe darse cuenta del camino recorrido, para dar en la mejor forma posible los siguientes pasos.

El amor es personal, debe preocuparse solo de sí mismo…pero el amor no es un loco que corre de manera insensata. Ambos corren juntos. El amor permanece en contacto con el ministerio y a su disposición, pero al mismo tiempo lo arrastra”.