DOMINGO III DE ADVIENTO. A.

Is. 35, 1-6.8-10; Salmo 145; Sant. 7,10; Mt. 11,2-11

El salmo responsorial (145) nos sitúa en el corazón del adviento. Se presenta como un himno: la alabanza que revela una actitud afectiva, – Alaba alma mía, al Señor: alabaré al Señor mientras viva -; se abre paso a la confianza como una experiencia propia y como una invitación a la comunidad como fruto de la propia experiencia. La salvación no se encuentra en el hombre porque es mortal. “No confiéis en los príncipes, seres de polvo que no pueden salvar: exhalan el espíritu y vuelven al polvo, ese día perecen sus planes”.

 

Por ello, es dichoso, bienaventurado, aquél a quien Dios auxilia. Dios sí puede y quiere salvar, porque esa es su manera de actuar. Por eso la confianza en el Señor es la gran bienaventuranza.  El P. Alonso transpone al sentido cristiano el Sal. 145, de la manera siguiente: La misericordia de Dios se fue revelando en el A.T. preparando la gran revelación de la misericordia divina en Cristo. En la Sinagoga de Nazaret leyó un día Cristo un pasaje de Isaías que expone el mismo tema que nuestro salmo, y comentó: «Hoy se ha cumplido delante de vosotros esta escritura que habéis oído. (Lc. 4,21)  Es conveniente leer y meditar el salmo completo.

 

La primera lectura de hoy tomada de Isaías es una clara invitación a la alegría. Oigamos el comentario del P. Alonso: «De repente comienza la segunda escena como reverso total. Es el himno de la alegría de Isaías II; podemos contar diez menciones de cuatro sinónimos: alegría, gozo, júbilo, alborozo. (hay una alta densidad de significado: alegría). Un himno con algo de marcha, acompañando el retorno de los «rescatados»: el movimiento es muy regular, dominado por cuaternas formales y sinónimos. Desierto-yermo-páramo-erial, aguas-torrentes-estanque-manantial; ciegos-sordos-cojos-mudos, gloria-belleza-Gloria-Belleza; o bien ternas con un complemento formal: Líbano-Carmelo-Sarión, manos-rodillas-corazones. (Es muy importante leer el fragmento completo 35,1-10)

 

Tonalidad de gozo mayor: la renovación afecta las debilidades del cuerpo mutilado, a la debilidad del ánimo apocado, a la debilidad de la naturaleza yerma. Una corriente de gozo atraviesa y riega y vivifica todo; y la razón del gozo es la Gloria del Señor, su recompensa, su redención.

 

El  poeta se complace en el desierto. Ya están redimidos, rescatados, y todavía marcha camino de Sión. Pero la esperanza es tan segura, la presencia del Señor tan patente, que el desierto se transfigura en tierra prometida y en paraíso reencontrado.  Es difícil, aunque no se lo proponga el P. Alonso, definir mejor el espíritu del adviento.

 

También nosotros estamos cansados, secos, también nosotros podemos escucharlo como dicho para nosotros; también nosotros tenemos la sensación de ir atravesando un desierto ingrato, también oímos como dichas a nosotros las palabras de aliento: fortalecer las manos débiles, robustecer las rodillas vacilantes, decid a los cobardes: sed fuertes, no temáis; mirad a vuestro Dios, que trae el desquite.  Nos unimos al tema del salmo y a las palabras de Jesús en la Sinagoga de Nazaret.  ¿Qué es el adviento? El tiempo de renovar nuestra esperanza, de renovarnos nosotros mismos, con la certeza de la presencia del Señor en la dureza de nuestro camino, aún en las situaciones más adversas.  

 

En la adversidad, en el duro y largo camino que hemos de recorrer en la fe, el apóstol Santiago nos aconseja la paciencia. Debemos observar la actitud del labrador que aguarda pacientemente las lluvias tempranas y tardías, a fin de recoger el fruto.  En forma sencilla, y muy pastoral, Santiago nos anima en el camino de adviento, que a la postre es toda nuestra vida: aguarden también ustedes con paciencia y mantengan firme el ánimo porque la venida del Señor está cerca. De aquí derivan ciertas actitudes conductuales en la comunidad: no murmurar unos contra otros, no condenar, y tomar ejemplo de los profetas para soportar con paciencia la adversidad.

 

“Maqueronte (forma tradicional en español de Machaerus, del griego Μαχαιρούς y derivado de μάχαιρα; en árabe ِقلة المشناقى Qalat el-Mishnaqa; en hebreo מכוור) es el nombre de una antigua fortaleza ubicada en la cumbre de una colina en la antigua Perea, en la actual Jordania. Se localiza en las montañas de Moab, al este del Mar Muerto y a unos 25 km al sudeste de la desembocadura del río Jordán. En ella tuvo lugar el encarcelamiento y la posterior ejecución de Juan el Bautista.

 

A la muerte de Herodes, la fortaleza pasó a manos de su hijo Herodes Antipas, que gobernó Perea y Galilea desde el 4 a. C. hasta el 39 d. C. Fue durante esta etapa cuando el predicador Juan el Bautista fue encarcelado y posteriormente decapitado por instigación de Salomé, hija de Herodías. Tras la muerte de Herodes Antipas, Maqueronte pasó a manos de Herodes Agripa I hasta su muerte en el año 44, a partir del cual la fortaleza fue defendida por una guarnición romana”. Así refiere la historia la fortaleza desde donde el Bautista envía su embajada a Jesús.

 

Era este temible edificio, además guarnición y prisión militar,  residencia ocasional del gobernante, por lo que disponía de cómodas estancias para fiestas e invitados. Quien caía en ella, como  enemigo del régimen, debía dejar afuera la esperanza. Como toda prisión, no era un lugar propicio para la esperanza; en la cárcel, “donde toda incomodidad tiene su asiento”, (Cervantes), el Bautista vive su propia crisis de fe.    

 

En esa prisión dominada por las sombras y oscuros presentimientos, donde Herodes lo ha encerrado, el Bautista es asaltado por la duda, por una sensación muy incómoda de frustración; tal vez se siente defraudado. ¡Qué momento tan terrible! Ese Jesús, ¿será realmente el Mesías que yo anuncié? Es algo desolador.  El Mesías, que ha creído reconocer en Jesús, no se comporta como un juez soberano, como un inflexible ejecutor de las sentencias divinas contra los malvados. Más bien, acoge a los pecadores, habla de perdón, de amor, y afirma que no ha venido a condenar sino a salvar, que no ha vendido a apagar la mecha que aún humea ni a acabar de romper la caña cuarteada. ¿Dónde quedó aquello de que el hacha está puesta al tronco del árbol? Desconcertado, confundido, Juan envía una embajada a Jesús para preguntarle: «¿Eres tú el Mesías que esperábamos?». Tú eres tú el no violento, el paciente, el misericordioso, eso no lo anuncié yo.

 

Su pregunta atraviesa los siglos y resuena más viva que nunca en una época en la que nos encontramos desorientados ante el aparente silencio de Dios en nuestra sociedad descristianizada. Esperábamos del evangelio las respuestas y éste, más bien, nos pone preguntas; buscábamos soluciones prontas, y el evangelio nos invita a inventarlas; pensábamos asistir a manifestaciones espectaculares y el evangelio nos impone la ley de toda lenta germinación.  ¡Cuánta fatiga experimentamos para aceptar que el cristianismo es una cuestión de libertad y de amor, y por lo tanto de fe y de riesgo! Como Juan, debemos entrar en el adviento de nuestra fe y reconocer el rostro que Dios ha querido asumir en Jesucristo, humilde, paciente, misericordioso, liberador.

 

P. Bonnard comenta acertadamente la respuesta de Jesús: la respuesta de Jesús es decepcionante. Remite a Juan y a sus discípulos a las «obras» que ya conocen; pero la interpretación de estas obras están en suspenso. Juan sabía bien que el Mesías no se manifestaría más que por sus obras. Pero ¿de qué sirven las obras, aun cuando correspondan a las profecías, si el que las cumple no se impone inmediatamente a la fe de los hombres? Tampoco para el precursor, ni siquiera para el precursor en prisión, hace Jesús una excepción en la terrible discreción de que se rodea. (Evangelio Sn. Mateo.1970)

 

Los signos de su venida están en medio de nosotros, tenues pero vivos. Hay cristianos que encuentran con fe la palabra de Dios en nuestro tiempo. Así lo destacaba en mi artículo del domingo pasado publicado en El Diario. Esos caminantes que buscan la fe, una salida a la crisis existencial y psíquica, son ellos mismos un testimonio; buscan también salir de la prisión donde padecen y viven sus crisis profundas. Ese caminar hacia Dios, ese pedir el don de la fe, es el comienzo para cambiar el mundo, para derribar los muros de nuestras prisiones, de nuestros egoísmos.

 

La respuesta de Jesús a los emisarios del Bautista se sitúa en la línea, tanto de la primera lectura como del salmo. Vayan y díganle a Juan lo que están viendo y oyendo: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios de la lepra, los sordos oyen, los muertos resucitan, y a los pobres se es anuncia la buena nueva.  Jesús se sitúa en el centro de la promesa para cumplirla.  Luego advierte con severidad: y bienaventurado, dichoso, el que no se siente defraudado por mí.  Podemos dejar el verbo original, que no se escandaliza por causa mía. Y es que el amor y la misericordia de Dios, sus caminos, a veces nos causan escándalo.  Jesús termina esta perícopa con una alabanza inaudita al Bautista, el más grande entre los nacidos de mujer, única en labios de Jesús.

 

El tema de la alegría domina el leccionario de este domingo y la liturgia toda del adviento. Es una alegría que permea la creación entera. Con este motivo teológico quiere proponerse al creyente la confianza en la vida y en historia porque han sido atravesadas por la salvación, también ellas. Contra los pesimismos radicales, la falta de confianza en sí mismos y en la humanidad, contra el victimismo, el evangelio resuena como «buena noticia» de liberación y esperanza. Los cristianos, con la bella esperanza que brota del evangelio, deberían responder a la trágica pregunta del poeta ruso, Pushkin, «!Oh don vano y casual, vida, ¿por qué me has sido dada?