• DOMINGO XV C

    Deut. 30,10-14;Sal. 68; Col. 1,15-20; Lc. 10,25-37

     El tema de hoy es el tema de la Alianza que el Señor ha hecho con su pueblo, y que ambas partes se comprometen a cumplir bajo pena de muerte. Los términos de la Alianza son de sencilla formulación: yo seré su Dios y ustedes serán mi pueblo. Para ello, el pueblo se compromete a cumplir las clausulas de la Ley que no es otra cosa que los mandamientos, y Dios ser hará cargo de su pueblo.

     “Mira: hoy te pongo delante la vida y el bien, la muerte y el mal” (Dt. 30,15).

    1ª lectura. Con cierto lirismo, el P. L. Alonso, introduce su comentario al Dt. “El Dt., dice, tiene algo de final de sinfonía, de conclusión solemne. Posee a la vez algo de roto, de violentamente interrumpido, como si el final no supiera llegar a su cadencia tonal”. En efecto, el gigante Moisés ha de morir antes de completar  su empresa y el pueblo que se queda en las puertas de la tierra prometida. Se anticipa la vida del pueblo en un código que prevé  y resuelve las situaciones más importantes  de la historia: monarquía, sacerdocio, profetismo, culto, justicia, guerra y paz, familia y sociedad”.

    El Dt es, de alguna manera una síntesis histórica de las relaciones de Dios y su pueblo; es el código de una alianza que se ratifica. Dios ha cumplido, el pueblo está en la línea fronteriza, a punto de tomar posesión de la tierra; ahora ha de ratificar su compromiso: cumplir los mandamientos. “Si cumples lo que yo te mando hoy vivirás, tú y tu descendencia en esta tierra que te doy; si no cumples lo que te ordeno hoy, no vivirás  mucho tiempo en esa tierra de la que vas a tomar posesión, y que mana leche y miel”. Puede leerse con sumo provecho el breve y formidable cap. 30 de este libro. Este capítulo, a mi juicio, es el centro del libro.

     El tema los mandamientos de Dios, constituyen un filón de teología bíblica de primera importancia; es mucho lo que se puede decir al respecto. El fragmento leído hoy enfatiza su cercanía; no se trata de normas que están en otra dimensión, no son cosa de otro mundo; por el contrario, todos mis mandamientos están muy a tu alcance, en tu boca y en tu corazón, para que puedas cumplirlos. Cercanía e interioridad.

    El gran juego de la libertad. El cumplimiento o desprecio de los mandamientos expresa el juego más radical, jamás expresado por ningún autor humano, de la libertad del hombre: «Mira: hoy te pongo delante la vida y el bien, la muerte y el mal. Si obedeces los mandatos del Señor tu Dios, que yo he promulgado hoy, vivirás y crecerás y el Señor te bendecirá. Pero si tu corazón se aparta y no obedeces, yo te anuncio hoy que morirás sin remedio. Hoy cito como testigos contra ustedes al cielo y la tierra, te pongo delante la bendición y la maldición. Elige la vida y vivirás» (cf. Dt 30,15-20). Tal es el problema radical y último del hombre: elegir entre la vida y la muerte; aquí es donde el hombre se juega el todo por el todo. Cuando se cumplan en ti todas estas palabras – la bendición y la maldición – y las medites viviendo entre los pueblos donde te expulsará el señor, […..], el Señor tu Dios cambiará tu suerte compadecido de ti…..(30,1ss). Olvidar los mandamientos es  maldición, acarrea la ruina.

     Como salmo responsorial puede usarse el Sal. 18,8-11. Queda mucho mejor.

     La parábola del buen samaritano, (=BS.), es una de esas joyas de literatura religiosa que ha llegado a convertirse en patrimonio de la humanidad porque su contenido y vigencia permanente, y la doctrina capaz de configurar  nuestra vida, e, incluso, una cultura.

    El mensaje de esta parábola es capaz de sostener una civilización.  Y es que el contexto de la parábola del BS., es una pregunta sobre la vida, sobre cómo heredar la vida; el problema de la vida es el problema central del hombre. Aún cuando su formulación sea negativa, como, cuando A. Camus decía que el “único problema importante  es el suicidio”, el problema que nos interesa es la vida. Y no cualquier clase de vida. La filosofía imperante es la equívoca idea fracasada del bienestar. No; aquí se trata de la Vida. Nadie queremos desaparecer.

    ¿Qué debo hacer para heredar la vida eterna? Todo inicia con esta pregunta que un “especialista” dirige a Jesús. Los escribas formaban el grupo de los estudiosos e intelectuales del judaísmo, también conocidos como maestros. Su saber era el conocimiento de la Ley, que ellos consideraban la esencia de la Sabiduría y cuyo conocimiento era la  única y   verdadera erudición. No quedaban, como buenos juristas, exentos del uso positivista y hasta utilitarista de la Ley, por cual eran afectos buscarles mamas a los ofidios. De hecho, la intención explícita del escriba que hace la pregunta era tender una trampa a Jesús. Pero al buen Jesús era, y sigue siendo, muy difícil ahorcarle la de seises.

    Jesús le responde, al más puro estilo judío, con otra pregunta, en dos tiempos, por aquello de que el pez por su boca muere: “¿Qué está escrito en la Ley?, ¿cómo lees lo que está escrito en ella?” Raudo, el escriba recita la Ley cuyo contenido se resume en el amor a Dios y al prójimo como a uno mismo. La respuesta de Jesús es conclusiva y contundente: “Has respondido muy bien;  haz eso y vivirás”. Jesús alude en su respuesta a Lev. 18,5 que a la letra dice: «cumplid mis leyes y mandatos que dan la vida al que los cumple”.  El asunto estaba zanjado con este simple recurso de lógica formal. Pero, sorprendido el escriba, y descubierta su intención,  sabe que ha hecho el ridículo; fue por lana y salió trasquilado. Y vuelve a la carga. ¡Era jurista! Y dirige a Jesús la pregunta que le permitirá definir lo que es la esencia y autenticidad de la religión revelada: “¿Y quién es mi prójimo?”, pregunta el escriba. El creía conocer a Dios y su Ley, de ello hablaba al pueblo; se creía intérprete acreditado, pero ¡no sabía quién era su prójimo! Es que es muy fácil saber de memoria los mandamientos, hablar de Dios, cuando en realidad nuestro corazón está muy lejos de Él. Estos grupos opositores a Jesús han pasado a la historia como los estereotipos de un doloroso falseamiento del hecho religioso; y no han desaparecido por completo del horizonte.

    Y queriendo justificarse, peguntó a Jesús: ¿y quién es mi prójimo?” Tal es el contexto en el que brota esta joya de la literatura cristiana primitiva. Y Jesús le propone la parábola de El Buen Samaritano. Lucas sitúa la escena que podría evocar un incidente real, en el camino que va de Jerusalén a Jericó. Es una pendiente prolongada  – unos 27 kms. -, que por la configuración del terreno facilitaba los asaltos.

    El héroe de la parábola es un hombre común y corriente; nada nos hace sospechar que se tratara de un hombre religioso. Más bien, podremos imaginarnos un hombre de negocios que hacía ese camino con frecuencia, provisto de vitualla  y maleta de primeros auxilios. En algún recoveco del camino, su cabalgadura se espanta al encontrarse con un cuerpo tirado a la vera del camino. En este hombre religiosamente despreocupado existía, sin embargo, un hombre de buen corazón, un hombre que era capaz de sentir “compasión”. Ahí en el suelo, está tendido un hombre, con el rostro ensangrentado, asesinado, tal vez,…. Respira todavía con el estertor de la agonía.  El viajero se acerca.  Se da cuenta entonces, de la maniobra de los dos viajeros que han pasado antes que él, pertenecientes a la casta sacerdotal: un sacerdote y un levita. Aquí está toda la carga de crítica religiosa hecha por Jesús.  Una religión que no da más que para leyes, no sirve para nada. Aquellos dos personajes,  un sacerdote y un levita, no encontraron en su religión ningún motivo para la compasión; su religión, por el contrario, les advertía que no debían tocar sangre ni tocar un cadáver so pena de quedar impuros. Tranquilamente, sosegada la conciencia mediante el paliativo religioso, se consideraban exentos de la caridad.  ¡Triste religión! No les daba para más.

    El otro hombre, por el contrario, detiene su camino, se apea y se acerca al herido. Para mayores datos era un samaritano,  gente despreciada, contaminada de paganismo y en franca oposición a la centralización político-religiosa de Israel. Cuando los judíos  querían insultar a alguien lo llamaban samaritano.  Así calificaban los judíos a Jesús. Con la fuerza de contraste, pues, Lucas deja el mensaje.

    El samaritano no tiene esos escrúpulos. Pero tiene compasión y acercándose, le venda las heridas; echa en ellas aceite y vino, receta del viejo Hipócrates. Le hace montar sobre su cabalgadura y él hace el resto del camino a pie cabestrando su mula y sosteniendo fraternalmente al herido. Lo lleva a la hospedería y lo cuida aquella noche. Al despedirse, al día siguiente, – hay que seguir el camino – saca dos denarios, se los da al mesonero y le dice: «cuida a este hombre, y lo que gastes de más, yo te lo pagaré a mi regreso».  La clave de esta parábola, el mensaje esencial, el que va hacer girar la concepción religiosa e inaugurar una forma nueva y definitiva de adorar a Dios, consiste en que la caridad, la compasión, el hacerse cercano, próximo, prójimo del pobre, del desvalido, del necesitado, es un acto religioso que en lo sucesivo estará colocado a la base de la santidad, o si prefiere, a la base de toda expresión auténticamente religiosa.

    El escriba no había entendido nunca el principio religioso profundo que une, que identifica casi, el amor a Dios y el amor al prójimo. San Juan dirá en otro contexto que el que dice que ama a Dios y no ama a su hermano es un mentiroso; porque si no ama al que ve, ¿cómo podrá amar al que no ve? Por eso, el hombre pobre necesitado, desvalido, el ser humano en necesidad, es el lugar privilegiado de la revelación de Dios.

    Al terminar su parábola, Jesús le pregunta al escriba: «¿Quién de los tres, el levita, el sacerdote, el samaritano, se portó como prójimo del que cayó en manos de  los bandidos? Contestó: el que lo trató con misericordia.  «Y Jesús le dijo: ve y haz tú lo mismo».  El samaritano se hizo cercano, se acercó, se hizo próximo, se hizo prójimo de aquél infeliz.  Y éste es un gesto auténticamente religioso; es más, el cristianismo no conoce otro camino para «heredar la vida», que fue la pregunta inicial.

    Y ¿qué relación guarda esta parábola con la política? Si somos capaces de rescatar el significado de la política de su devaluación actual, la relación es profunda y vital. A cualquiera que le interese el Reino de Dios ha de interesarle también la política, porque ésta es «cuidadora de la existencia», según la frase afortunada de la Arendt. La fe cristiana se sitúa en la línea profética que descubre la estrecha vinculación entre el cuidado del ser humano, especialmente en necesidad, con la voluntad de Dios. Lo primero que Dios pide es que cuidemos del otro, del pobre, del huérfano, de la viuda, del extranjero, lista que, en la tradición bíblica, sintetiza al ser humano desvalido, sin protección, a merced del abuso. Por esta razón, el verdadero culto a Dios se realiza en la misericordia con el hermano indigente. Estas indicaciones están llenas de consecuencias que pueden demostrarnos su dimensión política porque, como lo hemos dicho antes, la política ha de preocuparse en última instancia por el hombre mismo.

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    “Nuestro mundo se torna cada vez más complicado e incomprensible. Por esta circunstancia mucha gente busca una clara orientación e indicaciones certeras para alcanzar una vida plena. Los Diez Mandamientos pretenden ser estas indicaciones que orientan nuestras vidas y las enderezan cuando se tuercen. En la medida en que nos indican por donde ir, también nos suministran la fuerza para emprender el camino. Pues quien conoce el camino, descubre dentro de sí más fuerza y motivación que el que marcha sin rumbo. El desorientado malgasta mucha energía al probar varias direcciones, dar la vuelta una y otra vez para volver a hacer siempre el mismo tramo del camino. Quien conoce el camino, también conoce las fuentes de las que puede sacar fuerza para alcanzar su destino”.  El no saber a dónde ir, el no saber de dónde venimos, qué estamos haciendo aquí, ni por qué un día tenemos que marcharnos, es un sinsentido  intolerable. La vida se convierte en un absurdo, y en esas circunstancias pueden hacerse las opciones más devastadoras.

    Necesitamos movernos, pues, en otra dirección. La solución, lo sabemos, ya no es meramente policial o política. Desde la fe estamos llamados a realizar el amor en la verdad. Lo que pasa cuando no se cumplen los mandamientos se ve y se oye a diario en los medios de comunicación, dice Grün. Cuando las personas ya no saben lo que está bien y es correcto, cuando no se cumplen las reglas y normas preestablecidas, el mundo se deshumaniza. Entonces, un mundo sin reglas da miedo. Uno ya no se puede fiar de nada. Al negociar entre empresas,  ya no se puede garantizar la honestidad. El impedimento para matar se hace cada vez más débil. Uno siente que la sociedad se convierte en una amenaza. Ya no se puede estar seguro de nada. Incluso en la propia casa no se encuentra refugio. Cuando el asesinato y el robo se convierten en delitos menores, la vida se impregna de miedo. Cuando el matrimonio no es sagrado, dejan de nacer familias donde los hijos encuentren un hogar. Y la célula nuclear de la sociedad empieza a desvanecerse. Y con eso la sociedad pierde su fundamento constituyente”. (Lo entrecomillado está tomado de librito de A. Grün. Los diez mandamientos.).

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