Domingo XVIII T. O. “C” (Ag.4.2013)

Eclesiastés 1,2; 2,21-23; Sal. 89; Col. 3, 1.-5.9-11; Lc. 12, 13-21

 

“Hay que tener cuidado

con las cosas que Dios

ha puesto en nuestras manos”.

Tema. Este domingo Lucas nos pone frente a un problema profundamente existencial: la posibilidad real de un error de perspectiva al momento de  trazar el proyecto de nuestra vida. Existe, entonces, la posibilidad de apoyarnos, no en Dios, origen y fundamento de toda existencia, en el Dios que llama  a la existencia las cosas que no son, sino en las riquezas, atraídos por su poder de seducción. Nuestra vida, entonce, antes que un proyecto que se apoya en Dios, se convierte en un proyecto humano apoyado en otros soportes, el económico, por ejemplo El pecado no es en definitiva, más que querer sacar de las criaturas la fuerza que sólo debemos esperar de Dios, dice R. Bultamnn. La alternativa  mas socorrida es el dinero.  Cuando nuestro Señor nos advierte sobre el peligro de las riquezas como de un peligro, debemos tomarlo enserio.

La tentación de la avaricia, de la codicia es de siempre, pero parece que hoy ha llegado a ser más aguda. Nos basta con echar una mirada a nuestro mundo en su lamentable condición para darnos cuenta de ello. No obstante todos los adelantos y posibilidades técnicas y científicas de que dispone el hombre moderno, la pobreza y la miseria están mas extendidas que nunca  en el mundo; la falta de trabajo, las migraciones humanas derivadas de la pobreza, la explotación, el abuso del poder, el tráfico de personas y drogas, la prostitución, y otras muchas plagas, nos revelan el desequilibrio que genera la ambición de riqueza. Para nadie es un secreto que la avaricia, la deshonestidad extrema, la falta de escrúpulos y la sed de tener más, están a la base de lo que conocemos como la última crisis económica que hundió a regiones enteras del planeta en la miseria.

La liturgia de la palabra de hoy nos dice que es una estulticia, una necedad, una insensatez apoyar la vida, el bien más precioso, en los bienes materiales tan precarios que la muerte puede arrebatárnoslos de la mano en cualquier momento. «Todo es vanidad», nos dice el Eclesiastés, vanidad de vanidades es el ritornelo de este libro del que tenemos todavía mucho que aprender. «Hay quien se agota trabajando toda su vida y pone en ello su talento, su ciencia, su habilidad, y luego tiene que dejárselo todo a otro que no trabajó. Esto también es vanidad y  una gran desventura».  Lo que este libro profundamente existencialista expresa, no es mas que la amarga experiencia que todos conocemos, que  vemos a diario y nadie procesamos. Cuántos pleitos por las herencias, cuántas familias separadas dolorosamente para siempre por la ambición, por la codicia. Se llega hasta la ventilación pública de las disputas sin respetar ninguna norma. Todo eso es vanidad y solo vanidad. Vanidad quiere decir vacío, vano, sin contenido.

A una cultura como la nuestra, fundada solidamente sobre la arena movediza del materialismo, la Palabra de hoy tiene mucho que decirnos. Oscar Wilde decía que lo único que esta cultura puede darnos es un poco de confort. Nosotros hemos hecho del confort un proyecto de vida.

Pero es necesaria una aclaración para evitar los mecanismos de defensa. Sobre todo el sofisma de la falsa generalización que nos llevaría a la conclusión de que, entonces los bienes que Dios ha creado y puesto en nuestras manos son malos. De ninguna manera;  los bienes, las cosas que Dios ha creado para sus hijos no pueden ser objeto de desprecio. El cristiano no desprecia nada de lo que ha salido de las manos de Dios y que refleja su belleza. Significa solamente que descubre su carácter relativo; que no confunde el don con el Dador. Comprende que las cosas son para el hombre y no el hombre para las cosas. Y luego que las cosas y los hombres, todo, son para Dios, el único absoluto, el único que fundamenta y sostiene nuestra existencia. El pecado, es la absolutización de las cosas al grado de confundirlas con Dios. Es, entonces, una idolatría. El pecado, decía S. Agustín, es la “conversión a las creaturas hasta llegar al desprecio de Dios”.

La máxima que nos puede ayudar en el discernimiento en el uso de las cosas creadas, son las palabras de San Ignacio de Loyola en la meditación «sobre las demás cosas», que se han de regir por el «tanto cuanto». Yo fui creado por Dios y para Dios, dice San Ignacio; Dios es el fin de mi existencia. Y todas las demás cosas son buenas tanto cuanto me ayudan a conseguir ese fin, y son malas tanto cuanto me impiden conseguir ese fin. Esa es la sabiduría insuperable de los santos

Transposición cristiana del salmo 89. Este salmo es una meditación sobre la brevedad de la vida humana, con una súplica esperanzada. Hay que leerlo, –  aparece con frecuencia en la liturgia de las horas -, hay que leerlo con calma y meditadamente. Pero todavía queda una respuesta más alta. La condición cristiana no ha cambiado la vida humana en su carácter temporal: El cristiano sigue «triste por la certeza de morir». Pero también Cristo ha entrado en esta finitud humana, ha pasado por la muerte, venciéndola, y con su resurrección ha inaugurado la vida nueva, que es plenitud sin término. Si nuestras obras participan de la resurrección de Cristo, quedan llenas para siempre.

 

“Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde esta Cristo sentado, a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. Porque habéis muerto; y vuestra vida esta con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también vosotros apareceréis, juntamente con El, en gloria”». (Col. 3,1-4). (L. A. Schökel).

 

Evangelio. Cuando el pueblo acude a Jesús con sus miserias del cuerpo y del alma, lo encuentra dispuesto a socorrerle. En cambio, el hombre que se presenta con su pleito hereditario tropieza con una repulsa. ¡Hombre! Aquí esta palabra suena áspera y dura. Jesús no quiere ser juez ni árbitro en los asuntos de los hombres.

El relato lucano tiene la finalidad de brindar la oportunidad de una enseñanza de Jesús sobre las riquezas. La comunidad destinataria, y las de todos los tiempos, tienen en la perícopa la lección de Jesús sobre el particular. Toda ansia de aumentar los bienes es enjuiciada como un peligro del que han de guardarse bien los discípulos. El ansia de poseer descubre la ilusión de creer que la vida se asegura con los bienes o con la abundancia de los mismos. La vida es un don de Dios, no es fruto de la posesión o de la abundancia de bienes de la tierra y de la riqueza. De hecho, no es el hombre el que dispone de la vida, sino Dios.

La narración de un ejemplo presenta gráficamente lo que se ha expresado con la sentencia: la vida no se asegura con los bienes. El rico labrador revela su ideal de vida en el diálogo que entabla consigo mismo: vivir es disfrutar de la vida: comer, beber y pasarla bien; vivir es disponer de una larga vida: para muchos años; vivir es tener una vida asegurada: ahora descansa. ¡Ética del bienestar! ¿Cómo puede alcanzarse este ideal de vida? Almacenaré: hay que asegurar el porvenir. Varían las formas de esta seguridad. El labrador edifica graneros. El hombre moderno, el hombre de negocios, ¿qué métodos de seguridad emplea? La economía de este labrador no tiene otro sentido que el de asegurar la propia vida. Los métodos pueden variar, la actitud es la misma. Aquel labrador afortunado le apuesta a la carta equivocada.

Vivimos la cultura del proyecto; todo está sometido a las leyes de la prospectiva. Y está muy bien; incluso, de lo que nos quejamos, en muchos casos, es de la falta de un verdadero proyecto de vida. Lo malo es que queremos proyectar más allá de donde podemos. O sobre cimientos falsos. Hablamos de futuro de la ciudad, hay multitud de grupos de estudio que buscan y trazan planes para el desarrollo de la Cciudad. Dios  no entra en el proyecto como parte decisiva. No es invitado. Entonces la entera forma humana de proyectar flaquea. El hombre no tiene en su mano la vida como dueño y señor.

No puede contentarse con hablar consigo mismo como el rico labrador: en el relato lucano, Dios interviene también en el diálogo. Este hombre debería también tratar con otros hombres, pero le importan tan poco como Dios mismo. El hombre es insensato si piensa de ese modo, como si la seguridad de su vida estuviera en su mano o en sus posesiones. El que no cuenta con Dios, prácticamente lo niega, y es insensato (Sal. 14,1). Que nuestra vida no se asegura con la propiedad y con los bienes lo pone al descubierto  la muerte. Te van a reclamar tu alma: los ángeles de la muerte, Satán, por encargo de Dios. ¡Esta misma noche! El rico había contado con muchos años…

La riqueza que el hombre acumula para sí, con la que quiere asegurarse la existencia terrena, no le aprovecha nada. Tiene que dejársela aquí, en manos de otros. «El hombre pasa como pura sombra,  por un soplo se afana; amontona sin saber para quién» (Sal. 38,7). Sólo el que se hace rico ante Dios, el que acumula tesoros que Dios reconoce como verdadera riqueza del hombre, saca provecho. El querer el hombre asegurar nerviosamente su vida por sí mismo lleva a perder la vida, sólo si la entrega a Dios y a su voluntad la preserva. ¿Cuáles son los tesoros que se acumulan con vistas a Dios? Peor aún, el que se deslumbra ante la riqueza y hace de vida un proyecto económico. Lo que verdaderamente tiene valor para mí, es aquello que lo conserva tres días después de mi muerte. Lo demás aquí se queda. ¿Qué tan ricos estamos de lo que vale en presencia de Dios?

Comparto contigo este número de Caritas in Veritate.

11. ……. El Concilio profundizó en lo que pertenece desde siempre a la verdad de la fe, es decir, que la Iglesia, estando al servicio de Dios, está al servicio del mundo en términos de amor y verdad. Pablo VI partía precisamente de esta visión para decirnos dos grandes verdades. La primera es que toda la Iglesia, en todo su ser y obrar, cuando anuncia, celebra y actúa en la caridad, tiende a promover el desarrollo integral del hombre. Tiene un papel público que no se agota en sus actividades de asistencia o educación, sino que manifiesta toda su propia capacidad de servicio a la promoción del hombre y la fraternidad universal cuando puede contar con un régimen de libertad. Dicha libertad se ve impedida en muchos casos por prohibiciones y persecuciones, o también limitada cuando se reduce la presencia pública de la Iglesia solamente a sus actividades caritativas. La segunda verdad es que el auténtico desarrollo del hombre concierne de manera unitaria a la totalidad de la persona en todas sus dimensiones [16]. Sin la perspectiva de una vida eterna, el progreso humano en este mundo se queda sin aliento. Encerrado dentro de la historia, queda expuesto al riesgo de reducirse sólo al incremento del tener; así, la humanidad pierde la valentía de estar disponible para los bienes más altos, para las iniciativas grandes y desinteresadas que la caridad universal exige. El hombre no se desarrolla únicamente con sus propias fuerzas, así como no se le puede dar sin más el desarrollo desde fuera. A lo largo de la historia, se ha creído con frecuencia que la creación de instituciones bastaba para garantizar a la humanidad el ejercicio del derecho al desarrollo. Desafortunadamente, se ha depositado una confianza excesiva en dichas instituciones, casi como si ellas pudieran conseguir el objetivo deseado de manera automática. En realidad, las instituciones por sí solas no bastan, porque el desarrollo humano integral es ante todo vocación y, por tanto, comporta que se asuman libre y solidariamente responsabilidades por parte de todos. Este desarrollo exige, además, una visión trascendente de la persona, necesita a Dios: sin Él, o se niega el desarrollo, o se le deja únicamente en manos del hombre, que cede a la presunción de la auto-salvación y termina por promover un desarrollo deshumanizado. Por lo demás, sólo el encuentro con Dios permite no «ver siempre en el prójimo solamente al otro»[17], sino reconocer en él la imagen divina, llegando así a descubrir verdaderamente al otro y a madurar un amor que «es ocuparse del otro y preocuparse por el otro»[18].

El papa Francisco está clamando por que la iglesia sea pobre; se trata de una condición de credibilidad.

Un minuto con el Evangelio.

Marko Iván Rupnik.

Confiar en las cosas materiales quiere decir tratar de garantizar  la vida acumulando haberes, como si tener mucho hiciera más segura la existencia.  La mentalidad del pecado intenta convencer al hombre de que se salvará teniendo mucho y que salvará también las cosas aferrándose a ellas. Pero esto es falso.

Cristo no desprecia las cosas. Incluso no dice que no haya que enriquecerse, sino que hay que enriquecerse ante Dios y no para uno mismo pero, ¿cómo se enriquece uno ante Dios? Precisamente mediante las mismas cosas que el pecado nos sugiere que acumulemos para nosotros, pero utilizándolas con amor.

La única realidad que devuelve al hombre una seguridad que no se corroe es el amor. Sin embargo, el amor no se realiza de manera abstracta, sino que necesita también  de las cosas materiales. Quien comparte con los demás, quien da a los demás – como dicen los Padres del desierto – permanece en Dios.

NB. Una magnífica reflexión sobre este particular es la lectura de una de las homilías de S. Basilio Magno que viene reportada este martes (XVII) en el Oficio de Lectura. De hecho voy a trascribirla y subirla al sitio Web de la Parroquia. www.jesusmaestro.tk    También pareciera que la oración colecta del domingo pasado viene más a tono con la liturgia de este domingo.

Para sitio web:

De las homilías de San Basilio Magno, Obispo.

SEMBRAD PARA VOSOTROS MISMOS EN JUSTICIA.

Oh hombre, imita a la tierra; produce fruto igual que ella, no sea que parezcas peor que ella, que es un ser inanimado. La tierra produce unos frutos de los que ella no ha de gozar, sino que están destinados a tu provecho. En cambio, los frutos de beneficencia que tú produces los recolectas en provecho propio, ya que la recompensa de las buenas obras revierte en beneficio de los que las hacen. Cuando das al necesitado, lo que le das se convierte en algo tuyo y se te devuelve acrecentado. Del mismo modo  que el grano de trigo, al caer en tierra, cede en provecho del que lo ha sembrado, así también el pan que tú das al pobre te proporcionará en el fruto una ganancia no pequeña. Procura, pues, que el fin de tus trabajos sea el comienzo de la siembra celestial; Sembrad para vosotros mismos en justicia, dice la Escritura.

Tus riquezas tendrás que dejarlas aquí, lo quieras o no; por el contrario, la gloria que hayas adquirido con tus buenas obras la llevarás hasta el Señor, cuando, rodeado de los elegidos, ante el juez universal, todos proclamarán tu generosidad, tu largueza y tus beneficios, atribuyéndote todos los apelativos indicadores de tu humanidad y benignidad. ¿Es que no ves cómo muchos dilapidan su dinero en los teatros, en los juegos atléticos, en las pantomimas, en las luchas entre hombres y fieras, cuyo solo espectáculo repugna, y todo por una gloria  momentánea, por el estrépito y aplauso del pueblo?

Y tú, ¿serás avaro, tratándose de gastar en algo que ha de redundar en tanta gloria para ti? Recibirás la aprobación del mismo Dios, los ángeles te alabarán, todos los hombres que existen desde el origen del mundo te proclamarán bienaventurado; en recompensa por haber administrado rectamente unos bienes corruptibles, recibirás la gloria eterna, la corona de justicia, el reino de los cielos. Y todo esto te tiene sin cuidado, y por el afán de los bienes presentes menosprecias aquellos bienes que son el objeto de nuestra esperanza. Ea, pues, reparte tus riquezas según convenga, sé liberal y espléndido en dar a los pobres. Ojalá pueda decirse también de ti: Reparte limosna a los pobres, su caridad es constante.

 

Deberías estar agradecido, contento y feliz por el honor que se te ha concedido, al no ser tú quien ha de importunar a la puerta de los demás, sino los demás quienes acuden a la tuya. Y en cambio te retraes y te haces casi inaccesible, rehúyes el encuentro con los demás, para no verte obligado a soltar ni una pequeña dádiva. Sólo sabes decir: “No tengo nada que dar, soy pobre”. En verdad eres pobre y privado de todo bien; pobre en amor, pobre en humanidad, pobre en confianza en Dios, pobre en esperanza eterna”.