• Domingo XXVII C

    Hab. 1,2-3; 2,2-4; Sal. 94; 2Tim. 1,6-8. 13.14; Lc.17,5-10

    ¿Cuál es el tema de este domingo?

    Entre los hechos que se suceden y dan rostro a nuestra historia, muchos se presentan bajo la forma de un enigma, que no resulta fácil descifrar. Muchas preguntas que no tienen respuesta van tejiendo nuestro día a día. En realidad tenemos más preguntas que respuestas. Lo maravilloso e inaudito de nuestra fe, don de Dios,  es que se presenta como la única respuesta. Y la fe no es una luz meridiana, algo completamente claro, es más bien  un claroscuro donde las cosas no se perfilan tan claramente como quisiéramos y que, por lo tanto, exige valentía y decisión. La fe es la consistencia de lo que se espera, la prueba de lo que no se ve (Heb.11,1-2.).Es como un salto en el vacío, decía Pablo VI.

     

    Uno se pregunta, ¿por qué campea y se prolonga la injusticia en el mundo? ¿Por qué tanta gente oprimida por la pobreza y la injusticia, en toda la tierra? O también, en clave personal: ¿por qué esta enfermedad, precisamente a mí y en este momento? ¿Qué cosa buena puede brotar de todo esto? ¿Para quién? Nuestra vida entonces se convierte en una aventura que puede desembocar, muchas veces, en la desilusión y en la desesperanza, en la rebeldía. (cf. Sal. 72, en especial los vv. 16-17).

     

    Y Dios no teme a nuestras preguntas; Dios no teme a esa rebeldía que bordea el precipicio de la blasfemia como las preguntas de Job. ¡Qué hermoso es pensar entonces en nuestra fe! La fe es la luz única que ilumina los problemas de la existencia. Y nosotros sabemos que el objeto de nuestra fe es Cristo que a través de su Misterio Pascual revela el hombre al hombre. Esto quiere decir que el misterio de la propia existencia, su origen, naturaleza y destino, solo se hace claro en Jesucristo. Nuestra fe en él revela el misterio de la historia, esa gran historia milenaria de los hombres y del mundo, pero también nuestra pequeña historia de personas afectadas, heridas, desilusionadas que experimentan el dolor de la existencia. Nuestro mundo secularizado que quiere excluir a Dios de lo público y relegarlo al ámbito de lo privado, (ver discursos del Papa en Inglaterra), y organizarse sin él, acaba por no encontrar las respuestas decisivas. Algunas veces se ilusiona con falsas seguridades que, luego, el tiempo desmantela inexorablemente: ideologías, la simple tecnología, la economía, la política, etc. La fe no ofrece una luz meridiana, como decía más arriba, sino, como los faros del automóvil, va iluminando  aquél tramo del camino que está inmediatamente enfrente. El resto se iluminará después.

     

    En nuestra propia ciudad tenemos demasiados interrogantes: ¿cómo hemos llegado a este punto? ¿Cómo entender la crueldad inusitada que no respeta ni siquiera a los niños? ¿Por qué el secuestro, uno de los lados más oscuros del psiquismo humano?,  ¿cuándo terminará todo esto? ¿Qué pensar de las viudas, las madres solas y destrozadas, de los huérfanos, de las familias desechas,  efectos directos de la violencia? Estas y muchas preguntas más se mueven en el ambiente. El mal en todas sus manifestaciones constituye el escándalo de este mundo, casi inevitable, del que habla Jesús en el evangelio (Lc. 17,1-2). La actitud del rico epulón constituye un escándalo. Y tenemos que admitirlo. Qué difícil tarea para nuestra fe, sobre todo cuando nuestra fe es endeble, débil, no suficientemente robusta porque no se alimenta con la palabra de Dios, porque se vive muy superficialmente.  ¿Tendremos el valor, nosotros, aquí y ahora, de decir con la convicción y fuerza del profeta: el malvado sucumbirá sin remedio; el justo, en cambio, vivirá por su fe?; se trata de la respuesta de Dios frente al mal. El mal que nos escandaliza será aniquilado por Dios. De su boca saldrá la sentencia final: Apártense de mí los que hacen el mal.

     

    Por lo demás,  aquí, fe significa confianza en Dios.  La fe en movimiento, la fe actuada, se llama confianza. El justo vive, pues, porque ha puesto su confianza en Dios.  ¿No es este el gran tema esencial de la piedad bíblica? Confiar, pues, en Dios, he ahí el problema.  Creo que este es el tema de este  domingo. Si ustedes tuvieran fe…..,  que es lo mismo que decir: si ustedes tuvieran confianza, si se fiaran de mí y no tanto de sus capacidades y proyectos, las cosas cambiarían.

     

    El profeta Habacuc nos presenta, de una manera vibrante la situación de injusticia en que está sumida la sociedad de su tiempo. Las preguntas retóricas, la impaciencia que se refleja en el texto, parecieran estar escritas para nosotros, hoy, en esta situación: ¿Hasta cuándo, Señor pediré auxilio sin que me escuches; te gritaré: ¡violencia, sin que me salves!? ¿Por qué me haces ver crímenes, me enseñas injusticias, me pones delante violencias y destrucción y surgen reyertas y se alzan contiendas? Pues la ley cae en desuso y el derecho no sale vencedor, los malvados cercan al inocente y el derecho sale conculcado. (1,2-4) Por lo general yo comienzo en mis homilías haciendo notar al pueblo que la palabra de Dios es más actual que los noticieros de mañana lunes, es más actual que nuestra actualidad. Es la palabra de Dios. Es oportuno leer el texto completo, Hab.1,1,-11, y luego la súplica y descripción vv.  12 – 17, y luego el fragmento 2,2-4 que leemos en la liturgia. No olvidemos que nuestra meditación sobre los textos sagrados, es la mejor preparación para la homilía.  El profeta se encuentra como en un debate apasionado con Dios, es, casi, un interrogatorio a Dios. Los diez primeros versos se podrían declamar como interrogaciones retóricas. ¿Dónde queda la justicia y la santidad de Dios? Es difícil no ver en esto nuestra propia actualidad. Muchos hay que deciden alejarse de Dios porque supuestamente él no atiende a las súplicas ni a las necesidades de un mundo desgarrado; se culpa de mal existente y de su pasividad.   El poeta B. L. Argensola tiene estos versos:

    Dime Padre común, pues eres justo,

    por qué ha de permitir tu providencia

    que, arrastrando prisión la inocencia,

     suba la fraude a tribunal augusto?

    ¿Quién da fuerza al brazo que robusto

    Pone a tus leyes firme resistencia?

    La respuesta de Dios es un mensaje que abrirá una nueva etapa de expectación y de esperanza. Ahora nosotros sabemos que en Jesucristo Dios ha abierto para la humanidad una nueva etapa, una etapa que continúa abierta y que marca el camino del regreso, del retorno del hombre a Dios y a sí mismo. Ese texto de Habacuc, que debe escribir en unas tablillas, esa visión lejana, que no fallará, aunque tarde en llegar, ahora lo sabemos, es Jesucristo, el Príncipe de la Paz; él es la alternativa que Dios da al hombre y a la historia. Pero hay que tener fe, hay que fiarse en él para vivir. Esto significa la frase el justo vivirá por la fe. El justo vivirá por su confianza depositada completamente en Dios. ¿Tendremos nosotros todavía hoy esa confianza en Dios? O simplemente, ¿confiamos en Dios o confiamos más en nosotros mismos?

     

    El salmo 94  nos invita a no cerrar el corazón ante ese “hoy” que se abre con Jesucristo. El Padre L. Alonso S., hace esta transposición cristiana del salmo.

     

    Un acto litúrgico: la primera parte es un himno clásico; la segunda parte es un oráculo, en boca de Dios, invitando a la observancia de la ley en relación con el don de la tierra.

     

    La carta a los Hebreos nos ofrece un comentario cristiano a este pasaje: 3,7-4,11. Todo el tiempo del A. T. es una repetida llamada y expectación del «hoy» en que podrá entrar el pueblo en el descanso de Dios. Con Cristo llega este «hoy», con su resurrección se inaugura en el mundo el reposo de Dios, que descansó cuando terminó su trabajo creador. Este «hoy» de Cristo se ofrece a todos: hay que escucharlo y entrar aprisa en su descanso. Pero la vida cristiana  es de nuevo un «comienzo» que hemos de mantener hasta el fin, para entrar en el reposo definitivo de Cristo y de Dios.

     

    Evangelio. La supresión de los primeros cuatro versitos del capítulo 17 impiden un comentario más adecuado de la perícopa de este domingo. La unidad mayor, Lc. 16,1, 17,11, culmina en los primeros 10 versitos del capítulo 17. Esta unidad a su vez tiene dos partes, los versitos 1-4 donde se habla del pecado de escándalo y de la necesidad de recuperar al hermano perdido, que ha pecado, mediante la corrección y el perdón fraternos. Como consecuencia de estas exigencias los discípulos le piden a Jesús un incremento en la fe en ellos. Este incremento obedece a las exigencias que Jesús ha planteado anteriormente, la fidelidad, el dinero y el amor fraternos. Advierte, luego, sobre el gravísimo pecado de escándalo y la necesidad del perdón y la recuperación del hermano que ha pecado. Ante este hecho, pues, ante tales exigencias, nada tiene de raro que los discípulos le digan al Señor, “auméntanos la fe”.

     

    Bienaventurado el pobre.  Así titula Alois Stöger el comentario a 17,5-10. Jesús pide lo imposible. Sus exigencias pasan con mucho nuestra capacidad de respuesta y de realización. El pecado del escándalo nos desimanta, nos deshace, nos desorienta, como víctimas o como actores; el perdón fraterno, la capacidad para corregir o para recibir la corrección, no son flores que se den en nuestro jardín. Más bien son el resentimiento, la venganza, la amargura las que crecen en nuestro corazón esterilizando nuestra vida. Jesús ha planteado la decisión radical entre Dios y el dinero. Si no contamos con la fe, con la confianza en Dios ¿cómo podremos enfrentar tales situaciones? Ya antes, ante tales exigencias los discípulos le preguntan ¿entonces, quién puede salvarse? pero él les explicó lo que es imposible al hombre es posible a Dios. (18,26) Ahora hablan los apóstoles. Han comprendido que a su fe hay que añadirle más fe si han de cumplir lo que Jesús exige. Ellos aguardan de Jesús la fuerza para cumplir lo que piden. ¿Cómo olvidar a San Agustín, el inmenso Agustín?: Da quod jubes et jube quod vis, dame lo que pides y pide lo que quieras. Jesús anuncia la salvación y también sus condiciones y da fuerza para cumplirlas. El es justo y no permitirá que seamos tentados por encima de nuestras fuerzas.

     

    El don salvífico es la fe, principio, raíz y fundamento de nuestra justificación. Sólo con la fe podemos dominar lo más difícil, todo pecado, toda caída es la ilustración de que la fe está enferma. Solo a la fe se le ha prometido la salvación. He insisto en algo fundamental: aquí fe es confianza, no es sólo una aceptación intelectual de determinadas verdades, sino sobre todo un principio dinámico de vida. Después de todo nadie llegamos a ser cristianos por una idea ética o por la belleza de una idea, sino por un encuentro con Alguien. El grano de mostaza es la mas pequeña de todas las cimientes. Sería muy bueno releer y meditar seriamente en estos momentos de escándalo, de duda, de temor ante el futuro mismo de la iglesia, la parábola de Mc. 4, 30-32, y en general las parábolas que hablan de la pequeñez del Reino. (Mc. 4,21-33)

     

    El sicomoro es un árbol que puede vivir 600 años porque hunde sus raíces profundamente y no le afecta las inclemencias del tiempo. En el lenguaje hiperbólico de Jesús nos dice, sin embargo, que una palabra proferida con el mínimo de verdadera confianza en Dios podría lograr que tal árbol se arrancara y se plantara en el mar. Jesús mismo, con sus parábolas de la humildad del reino defiende su propia política. El Reino ha salido y saldrá adelante no precisamente por nuestros esfuerzos, estrategias, proyectos y planes, sino por su propia fuerza; crece y se desarrolla a pesar nuestro, a pesar de nuestra debilidad. Jesús mismo ha enfrentado el fracaso con su predicación abierta, según Mc. por eso recurre al lenguaje cifrado de las parábolas. El que tenga oídos para oír que oiga.

     

    Cuando nosotros hayamos hecho lo que nos corresponde debemos decir: no somos más que siervos inútiles, sólo hemos hecho lo que teníamos que hacer. Somos servidores del reino, así tenemos que asumirnos, pero también somos tierra donde la palabra del reino ha sido sembrada. No somos más que servidores cuya única gloria, si podemos llamarla así, es descubrirnos como tales y asumir plenamente el papel de servidores de Dios y de servidores de nuestros hermanos.

     

    Roland Meynet lo comenta así: Si yo no tengo razón para enorgullecerme por haber cumplido mis obligaciones ante mis semejantes, cuán insensato sería enorgullecerme de mi obediencia a Dios. Lo que me ha sido mandado por Dios viene de la autoridad suprema que está sobre todos y del que dependemos todos. La ley divina a la que obedezco sobrepasa toda ley humana. Observar sus mandamientos no me libraría en ningún caso de mi deuda hacia aquél de quien yo he recibido todo lo que tengo y lo que soy.  Jamás estaría yo exento de cualquier deuda con Dios. Si a nuestros hermanos jamás les vamos a pagar la deuda de amor, de gratitud, de solidaridad, ¿cómo se la vamos a pagar al Padre? La única actitud justa del hombre es reconocerse siempre y verdaderamente que es un servidor del que Dios no tiene necesidad.

     

    Y comentando este autor lo del sicomoro profundamente enraizado que con la palabra de fe verdadera del discípulo puede arrancarse y arrojarse al mar dice: Los discípulos tienen razón en pedirle al Señor un aumento en ellos de la fe, porque las exigencias de Jesús pasan sobradamente las posibilidades del hombre. Sin la fe, es tan difícil llegar a ser servidor del prójimo como obtener por una simple palabra que un árbol inmenso se arranque y se arroje al mar. El orgullo y el pecado están profundamente enraizados en el corazón del hombre a grado que le es imposible, sin una total confianza en el poder de Dios arrancarlos de su corazón y arrojarlos al mar, el lugar de los poderes del mal.

     

    Entonces, el tema de este domingo sigue siendo la necesidad de la confianza en Dios. El Padre L. A. Schökel  traduce Hab. 2,4 de la manera siguiente: El ánimo ambicioso fracasará; el inocente, por fiarse, vivirá.

     

    Excursus sobre el escándalo.

    En el A.T. se sintió vivamente el problema de que al rico que no se cuida de la ley de Dios le va bien, mientras que el pobre que pone su esperanza en Dios lleva una existencia miserable. «Estaban ya deslizándose mis pies, casi me había resbalado. Porque miré  con envidia a los impíos, viendo la prosperidad de los malos. Pues no hay para ellos dolores: su vientre está  sano y pingüe….En vano, pues, he conservado limpio mi corazón y he lavado mis manos en la inocencia…Púseme a pensar para poder entender esto, pues era ciertamente cosa ardua a mis ojos; hasta que penetré en el secreto de Dios y puse atención a las postrimerías de éstos». (Sal. 73). Tampoco en la antigua Iglesia fueron siempre tratados los pobres como los elegidos de Dios, como los alabados en la predicación del Evangelio (cf.  Sant. 2,5.12ss). Pablo tuvo que escribir a la comunidad de Corinto: «Así pues, cuando os congregáis en común, eso no es comer la cena del Señor; pues cada cual se adelanta a comer su propia cena, y hay quien pasa hambre, y hay quien se embriaga….¿Tenéis en tan poco las asambleas del Señor, que avergonzáis a los que no tienen?» (1Cor 11,20-22). El rico sin piedad es un escándalo para los pobres. El discípulo de Jesús, el cristiano, debe ponerse en guardia para no dar escándalo.

     

    El escándalo se siente como un poder personal, que pone obstáculos a la fe e induce a la apostasía. Los escándalos son hijos del demonio (Mt. 13,38.41). El que se atiene firmemente a la fe en Cristo y cumple la voluntad de Dios proclamada por él, debe para ello resistir a los escándalos (Mt. 7,23). Es imposible que no vengan los escándalos, pues forman parte del plan de Dios, por lo cual son necesarios (Mt. 18,7)  La predicación del Evangelio acarrea también escándalos. Sólo el tiempo de la consumación los desarraigará. (Mt. 13,41)

     

    Los escándalos se sirven del hombre para lograr su fin. Vienen por él cuando él se les ofrece como instrumento. Sobre tal hombre se pronuncia el ¡ay!  De conminaciones proféticas. Su fin es la perdición eterna. El delito de que se hace reo el que se constituye en instrumento del escándalo, es enormemente grande. Su gravedad se muestra en el castigo excogitado para el seductor. Debe ser arrojado al mar con una rueda de molino al cuello. La profundidad tenebrosa y sin fondo es una imagen del infierno. Hay que impedir que el escándalo se insinúe entre los hombres, hay que cortarle el camino.

     

    Más conviene eliminar al escandaloso, que permitir que se escandalice a uno solo de los pequeñuelos. La salvación de estos pequeños está en peligro. Estos pequeños no son  los niños, sino los pobres, los desheredados, los despreciados, tal como se los representan en la figura del pobre Lázaro.  Precisamente a éstos ha elegido Dios y les ha preparado su reino (6,20ss). Ante Dios, cada uno de estos pequeños en particular tiene un valor supremo, puesto que su voluntad es que no se pierda ninguno de estos pequeños. (Mt. 18,14).

     

     

     

     

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