Is. 25,6-10; Sal. 22; Fil. 4,12-14. 19-20; Mt. 22,1-14.

 

Síntesis.

1ª lectura. (Is. 25,6-10). El banquete preparado. No más hambre, ni muerte, ni vergüenza: todo aquello que apaga y oscurece la mirada y desfigura los rostros se aclarará ante la luz  del  Dios que viene a salvar. Los invitados a la mesa del Señor son los rechazados de la sociedad, los miserables (Mt. 22,1-14), las víctimas del hambre de pan, de verdad, de perdón: Dios los saciará. Pero ésta esperanza tiene necesidad de un signo actual y concreto: es necesario un lugar donde se reencuentre el gusto por la fiesta, la noble dulzura de la amistad y la gloria de vivir.  Este lugar es la iglesia, o al menos debería serlo. Hagamos que lo sea. Y su punto culminante, la eucaristía.   

Salmo responsorial (22) Luis Alonso hace la siguiente trasposición cristiana. El contexto sacro del salmo facilita la transposición al contexto cristiano sacro. Esta transposición global se articula en esta serie de imágenes o símbolos arquetípicos: el agua, la comida, la unción, la copa, la morada. En este nivel de símbolos arquetípicos se encuentra nuestro salmo con los sacramentos de la nueva alianza, símbolos de salvación en la «pastoral» de Cristo: «fuentes tranquilas» del bautismo, «el reparar las fuerzas» en la confirmación, la «mesa y la copa» de la eucaristía, «la unción» del sacerdocio, acompañan y guían al cristiano por «el sendero justo» hacia la «casa del Señor, por años sin términos». (Cfr. Jn. 10)

 

2ª lectura. Fil. 4,12-14. El reconocimiento de Dios.  Pablo ha aprendido  a vivir en las privaciones  y en a la abundancia. Sin embargo, la privación presenta al menos una ventaja: permite comprender quiénes son los verdaderos amigos. Los filipenses, de hecho, se revelan como tales, enviando a Pablo prisionero todo lo que necesita. Él les agradece, anunciándoles la recompensa prometida por Cristo a aquellos que salen al encuentro de quien se encuentra en estrecheces por las necesidades de la vida.  S. Agustín, en su «Sermón sobre los pastores», se refiere a este pasaje con un equilibrio genial. (Martes de la semana XXIV). Lo que el pueblo nos da para nuestra manutención no ha de ser entendido como sórdida ganancia, sino como el gesto de comunión para el trabajo de la evangelización.

 

Evangelio. 19-20; Mt. 22,1-14. Una invitación a elegir. Dios tiene en mente una fiesta universal para la humanidad.  La invitación ha sido transmitida por los profetas, por los apóstoles: pero sabemos que ha habido una magra acogida. El creyente, salvo raras excepciones, prefiere su tranquilidad, su profesión que poco a poco ha construido, sus intereses por la alegría universal,  los gustos por cosas todavía de menor calado: dejar la misa, el banquete al que Dios nos invita, por el deporte, por simple flojera, por desidia. Por desprecio, en última instancia.  A fuerza de apegarse a las pequeñas cosas, los judíos y los fariseos han olvidado lo esencial y lo han perdido todo, incluso el símbolo de su gloria, el ser el pueblo invitado de honor.  Perdieron Jerusalén y el templo. También la obstinación de la iglesia en algunas cuestiones de detalle, en el pasado, ha tenido penosas consecuencias para su unidad. La iglesia tiene también que examinarse a la luz de esta parábola sobre su respuesta, tiene que preguntarse por su unidad.  Es necesario que el pueblo de Dios reencuentre su vocación universal y se lance sobre los caminos del mundo, llamando a todo hombre de buena voluntad.

«Dichoso el que coma en el banquete del Reino de Dios». (Lc. 14,15). 

 

El banquete del Reino.

El Reino de Dios constituye el motivo central del mensaje de Jesús, de toda su vida y su actuación. Aunque el N.T. nunca define en términos precisos lo que es el Reino, podemos hablar de “un nuevo ser otorgado por Dios como Señor de la vida y de la historia”. (W.Kasper). Jesús reinterpreta el reinado de Dios tal como era presentado en el A.T. Para él, el Reino de Dios, su venida y su proximididad, equivalen al advenimiento de la soberanía de su amor. Es en el apelativo de “Padre” dado por Jesús a Dios, donde se funden la idea del Reino de Dios y la de un «imperio», que no es otro que el de su amor. Una de las imágenes con las que es presentado este Reino, esta nueva realidad, es la imagen del banquete, de las comidas festivas; dichosos los que puedan participar en él. (cf. Lc. 14,6-24).

 

Para el judaísmo, como para todos los pueblos orientales, la comensalidad, «el acoger a una persona e invitarle a la propia mesa es una muestra de respeto. Y significa una oferta de paz, de confianza, de fraternidad y de perdón. En una palabra: la comunión de mesa es comunión de vida». Pero la comunión de mesa tenía en el judaísmo, además, cierto carácter religioso e implicaba una comunión también con la divinidad, porque todo comensal, al participar del pan, participaba asimismo de la bendición a Dios que el dueño de la casa pronunciaba al iniciarse la comida festiva.

 

Pues bien: frente a Juan el bautista, «que no comía ni bebía» (Mt. 11,18; cf. Mc 1,6) y cuyos discípulos ayunaban (Mc. 2,16-22) – en actitud coherente con el adusto mensaje del juicio divino que el Precursor proclamaba –, Jesús aparece en los evangelios participando con frecuencia en banquetes, hasta tal punto que sus adversarios llegan a acusarle de ser «un comilón y bebedor de vino, amigo de publicanos y pecadores» (Mt. 11,19; Lc. 7,34). Esta acusación, tan injuriosa para Jesús, que los evangelios nos conservan, responde sin duda a la realidad histórica ya que es impensable que pueda haber tenido su origen en el ámbito de la primera comunidad cristiana.

 

La razón de este comportamiento novedoso de Jesús (sin paralelo en otros clásicos fundadores de religiones) hay que buscarla en el espíritu del A.T, donde el reino de Dios se vislumbra, en los profetas, bajo la imagen de un banquete preparado «para todos los pueblos en el monte Sión: un festín de suculentos manjares, un festín de vinos generosos, de manjares grasos y tiernos, de vinos generosos clarificados» (Is. 25,6). Jesús utilizará en diversas parábolas este símil del convite escatológico, como expresión del reino de Dios, subrayando al máximo aquel universalismo destacado ya por Isaías. (Manuel Gesteira Garza. La Eucaristía, misterio de comunión. Salamanca 1992 p. 23-25). Ahora bien, resulta evidente  que la Eucaristía es el signo sacramental de nuestra participación en “banquete escatológico del reino”.    

 

Is. 25,6-10;

Luis Alonso S. (Profetas. Ad lc.), comenta de la siguiente manera esta alegoría, que titula: “El Banquete del Señor”.

6-8. El banquete real. Poder invitar a muchos es signo de poderío y riqueza. El Señor invita a su banquete a todos los pueblos. Será un banquete abundante y regio, y se celebrará en el Monte del Señor; adjetivos aliterados y rimados describen la abundancia.

 

7.- El rey hace regalos en su banquete. El primero es su presencia y manifestación; antes, los pueblos no veían al Señor porque estaban como ciegos; ahora, el Señor en persona les destapa los ojos para que puedan conocerlo.

 

8.- El anterior era, en cierto modo, un don negativo. Ahora se va a  exceder el rey; aniquila la muerte para siempre, la maldición original del hombre (Gen. 3) para que los convidados vivan siempre con él. Una vida sin dolor ni lágrimas. San Pablo (1Cor 15,54) aplica el verso 7 a la victoria de Cristo resucitado sobre la muerte; el Apocalipsis aplica los dos versos a la vida en el cielo (Ap. 21,4: e  njugará las lágrimas de sus ojos). «Lo ha dicho el Señor», y no  ha dicho promesa más grande en todo el A.T.

 

Evangelio Mt. 22,1-14.

Hay que leer esta parábola en continuidad con la anterior, la de los viñadores homicidas. En la lectura del Leccionario se omite el v. 45 que dice: Cuando los sumos sacerdotes y los fariseos oyeron sus parábolas, comprendieron que iban por ellos. Intentaron arrestarlo, pero tuvieron miedo a la gente, que lo tenía por profeta.  La parábola de El Banquete de Bodas, es una respuesta de Jesús. Redaccionalmente, Mateo introduce la parábola con estas palabras: Y respondiendo Jesús, otra vez les  habló en parábolas diciendo. (22,1); es muy importante notar que la parábola del banquete es una “respuesta” de Jesús a sus detractores. Si bien el tema dominante es el banquete, no debemos olvidar el motivo nupcial que tiene amplia resonancia en el N.T. Pensemos solamente en las “Bodas del Cordero” del Apocalipsis.

 

Alexander Sand nos da esta síntesis de su comentario a la parábola de modo siguiente: Son tres los temas que Mt. propone a su comunidad para que sean meditados.

1.- “En la primera parte (v. 2-8) se menciona a los hebreos como aquellos que han sido los primeros invitados. A ellos fueron enviados los mensajeros: profetas y justos, que llevaban el ofrecimiento de la salvación de Dios. Ellos, sin embargo, no aceptaron la oferta, y al contrario, maltrataron y asesinaron a los que les fueron enviados. Por este motivo, han sido excluidos de las bodas escatológicas. En la escena del castigo aniquilador, se pone ante los ojos de la comunidad de Mateo, como una advertencia, lo que espera a todos aquellos que rechazan el ofrecimiento salvífico de Dios.

 

2.- La segunda parte de la parábola (9-10) recuerda a la comunidad que Dios insiste en hacer que prevalezca su voluntad salvífica y, ahora, llama a otros: los que están afuera (outsiders), desconocidos, por lo tanto no israelitas, paganos. Aquí la comunidad entiende claramente la impostación teológica de su evangelista: el ofrecimiento de la salvación de Dios no permanece, de ninguna manera, restringida a Israel, como si estuviera ligada a él, sino que tiene una amplitud mayor, va hasta los confines (de la ciudad). La apertura al exterior: esto es lo que la comunidad debe sacar de la escucha de la parábola, pero que la comunidad misma debe también realizar.

 

3.- En fin, Mateo ha introducido una idea más de su teología (v.11-13). En el proyecto de Dios tienen, sin duda, valor el amor y la misericordia ilimitados que no excluyen a ninguno. En el plano (práctico y real) de la comunidad, vale, sin embargo, además de esto, también la exhortación que en cierto modo tiene el objetivo de hacer posible la oferta de salvación en toda su amplitud. Si una persona ha aceptado la invitación de Dios, entonces debe mostrarse digna de tal invitación. Si la salvación de Dios se pone como un vestido, como un traje que envuelve al hombre (cf. Is. 61,10), entonces quien es revestido en tal modo,  porta el traje adecuado para las bodas escatológicas. Pero, – y en ello consiste la exhortación culminante -, el vestido no puede ser viejo y miserable y no se le puede abaratar con un traje terreno. (Lo que nos dice Sand comentando el final un tanto cuanto desconcertante de la parábola, cuando el Rey entra a saludar a los convidados y ve que un individuo no trae el traje adecuado, y montando en cólera hace que lo arrojen a las tinieblas exteriores, concluyendo con la advertencia de que son muchos los llamados y pocos los escogidos, es que la invitación aún en esas circunstancias de última hora, hay que mostrarse dignos y agradecidos de la gratuidad imprevisible de la invitación y revestirse de humildad, de gratitud, de reconocimiento humilde y agradecido.  Para esta interpretación Sand se apoya en el Apocalipsis de Enoch.

 

Continúa Sand: Mateo subraya en el v. 14 la insistencia y la seriedad de su discurso de advertencia agregando una parábola de la predicación de Jesús que circulaba aislada: “porque muchos son los llamados y pocos los elegidos”. (De nuevo; según los estudiosos la última parte de la parábola que hemos leído hoy, v. 11-14, pertenece a una parábola independiente, o sea, que estamos frente a un fenómeno literario frecuente de pegar dos unidades que circulaban originalmente separadas para  lograr un efecto exhortativo especial.  Se trata de un trabajo redaccional del evangelista). Continúa Sand. La comunidad debe saber una cosa: muchos, quiere decir todos, oyen la llamada de Dios; pero pocos están dispuestos a ponerla en práctica en el momento en que es importante hacerlo, (en el kairós de las bodas escatológicas), de modo de poder ser acogidos en la fila de los elegids..

 

Un minuto con el evangelio.

Marko I. Rupnik, sj

El banquete entraba en el imaginario del Antiguo Testamento como escenografía de los tiempos mesiánicos. La venida del Mesías es el banquete: es lo que Israel estaba esperando.

 

Cristo relata la parábola, en alusión explícita a Dios Padre, que en su Hijo realiza la obra de la salvación, y por eso nos invita a todos a participar. La invitación al banquete es la invitación a participar en la salvación en la casa del Mesías.  Estar en el banquete del Hijo significa entrar en comunión con el Padre, que ha preparado el banquete; pero los poderosos de Israel tienen muchas objeciones sobre la venida de Cristo y, especialmente, sobre el hecho de que Cristo sea el Hijo de Dios. Por eso, con esta parábola, Cristo les responde que, dando prioridad a otras cosas y rechazándole, permanecerán fuera del banquete.

 

Cristo abre la salvación a todos los hombres, pero para ser salvado cada persona debe responder a la invitación al banquete y poner todo de su parte para hacer ver que desea y acoge al Hijo.

 

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“El Señor ha dejado a los suyos una garantía de esperanza y un viático para el camino en el sacramento de la fe,  cuyos elementos naturales, cultivados por el hombre, son transformados en el cuerpo y en la sangre gloriosa de Él, en un banquete de comunión fraterna que es pregustación del banquete del cielo (GS.38)”

 

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Como parábola de rompimiento, es fácil entenderla aplicada a los judíos obstinados en su rechazo a Jesús. Pero desde el momento en que Mateo la conserva, resulta significativa para la comunidad de Jesús, para el nuevo pueblo de Dios. También nosotros somos invitados al banquete del reino y, también nosotros, de muchas formas, podemos rechazarlo. La Eucaristía, signo sacramental del banquete del reino, concreta la invitación del Padre al banquete de bodas de su Hijo: a participar en la alegría del reino; pero, también, rechazando la invitación a participar en el banquete eucarístico, rechazamos, a la postre, la invitación a participar en el banquete del reino escatológico. La eucaristía es, no lo olvidemos, un banquete en el cual se nos brindan en abundancia el alimento, tanto de la Palabra como de la Pan que baja del cielo y da la vida al mundo. (cf. Jn. 6). Tal podría ser un tip para la homilía.