Quien le enseña al hombre a morir,

le enseña a vivir. 

(Montaigne 1533 – 1592)

 ¿De qué vas a morir?,  preguntó  en cierta ocasión una de sus hermanas de religión   a Teresita de Lisieux; ella respondió: «de muerte»; así de simple. ¿Se trata de una perogrullada o de una suprema lucidez que sabe distinguir el misterio de la muerte de sus circunstancias – enfermedad, infarto, accidente, fuego cruzado, explosión en la maquila, etc. -, que la acompañan siempre, sin abandonarla jamás? Existe una frase de S. Agustín que me ha impresionado hondamente: «La muerte es la enfermedad mortal que contraemos al nacer».

 Hay otra expresión también de esta santa excepcional, Teresita de Lisieux, que sobrepasa e ilumina la expresión anterior.  Momentos antes de su muerte podía exclamar con plena conciencia: «Yo no muero, entro en la vida». Esta es la suprema, difícil e inaudita verdad de nuestra fe. Y por lo mismo, realidad que no puede improvisarse. Para decir semejantes palabras en el momento supremo de nuestra vida terrenal, ha hecho falta toda una vida de la que la muerte formó parte. En la línea más tradicional de nuestra fe se nos enseñó siempre a pedir el «don» de una buena muerte lo cual no se refería principalmente a las circunstancias, sino al hecho de asumirla plenamente, cristianamente. Existe al arte de amar, el arte de vivir; también el arte de morir. Y el arte se aprende.

El miedo.

Quién más, quién menos, – ha escrito I. Cabodevilla -, todos tememos este último momento de ruptura. De radical ruptura con nosotros mismos, con los demás, con el mundo. Ruptura con lo que somos y con lo que hemos sido. Ruptura con lo que conocemos y con lo que amamos, es un paso hacia lo desconocido. Ese momento que necesariamente nos aguarda a todos y al que un día deberemos responder sana o insanamente, es una situación de crisis que abordaremos con nuestra desnuda existencia, con nuestro Yo desnudo. El santo Job dice en el paroxismo de su dolor: «desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré a él». (1,21). Esa desnudez es nuestro ser creaturas, sin adornos, sin títulos, sin riquezas, sin honores, sin ninguna de esas máscaras con las que solemos atravesar la vida. Solos, con nuestra total desnudez, con nuestra culpa, con nuestra radical impotencia frente a la eternidad. Ese momento nos revela realmente lo que somos: seres contingentes y desvalidos.   Esta certeza determina que los seres humanos seamos seres tristes porque somos los únicos que sabemos que vamos a morir, que nuestra existencia tiene un límite infranqueable.

Ante lo desconocido.

Existe una pintura de Van der Weyden, La Sala de los Pobres, que muestra algo así como un hospital público de nuestros días, pero en el siglo XV. Un enorme galerón en donde los enfermos se encuentran hacinados, desvalidos, con la impotencia reflejada en sus ojos, víctimas de la desesperación última. El autor no quiere pintarnos propiamente los cuidados intensivos de su tiempo, sino el estado del hombre ante el misterio de la muerte. Llama poderosamente la atención una figura del Arcángel Miguel, con una mirada implacable y sosteniendo en su mano una balanza, símbolo del juicio. No sólo es la muerte, entonces; es que sigue el juicio de todo lo que hemos hecho. Esto infunde terror. Pero esa presencia amenazante del Arcángel es superada por otra más próxima y misteriosa a la vez: la de Cristo en su gloria, «Sol que alumbra a los que yacen en tinieblas y en sombra de muerte». (Lc.1,7-9). Hacia él se dirigen todos los rostros: los de los Santos que lo rodean en su gloria y los de los pobres hijos de Adán que luchan todavía en este mundo atascados en el barro de sus cuerpos doloridos. La pintura nos habla de ambas realidades.

En las dos frases arriba citadas de Teresa de Lisieux encontramos esta doble perspectiva de Van der Weyden: ciertamente habremos de experimentar la muerte y enfrentar el juicio, pero no es menos cierto, siempre desde nuestra fe, que, “no morimos, entraremos en la vida”. Cierto autor, especialista en el tema, llama  a Santa Teresita, «la Santa de la muerte para nuestro tiempo», esto porque ella, muerta tras una penosa enfermedad y dolorosísima agonía, a la edad de 24 años, constituye para el hombre posmoderno una enseñanza suprema en el aprendizaje del difícil arte de morir.  En efecto, la muerte es el único tabú que nos queda, todo ha sido derribado, todo se puede y todo se hace. Una de las trampas de nuestra cultura ante la muerte, es haber despertado en nosotros la psicosis de la seguridad; quisiéramos estar seguros de todo y contra todo. Sentimos horror de la inseguridad. Compramos seguros para la vida, para la muerte; seguros para todo, deseamos estar seguros. Incluso, pagamos por adelantado nuestro entierro. Caso único en la creación.  La seguridad total es, sin embargo, una ilusión. La vida es un proceso de cambio y la vulnerabilidad y riesgo  son inherentes a nuestra existencia. Aferrarse a la seguridad o perseguirla crea más inseguridad y miedo. En la medida que nuestra cultura occidental ha hecho hincapié en controlar la naturaleza, la muerte se ha convertido en el enemigo incontrolable; hemos cedido a los médicos la responsabilidad de combatir a ese enemigo y así la muerte se ha tornado más y más “en un problema médico” que se resuelve con un certificado de defunción por insuficiencia cardiaco-respiratoria, en vez de un suceso natural. Ahora nos morimos de algo mientras que Teresita decía que iba a morir de muerte. Sabia y dificilísima virtud de distinguir la muerte de sus circunstancias. Recuerdo un refrán de mi abuela: “pretextos quiere la muerte”. La muerte es la muerte y los pretextos para la muerte son otros, múltiples y variados.

Entrar en la vida.

Je ne meurs pas, j´entre dans la vie”. Pero, durante su penosa agonía, y en repetidas ocasiones, como una especie de jaculatoria, repetía la Santa: “Mon Dieu….je vous aime!….”, “Dios mío, yo te amo”.  Considerar la muerte como un paso a la vida supone que este paso se ha vivido a lo largo de la vida; este paso no es propio de los «muertos vivientes», (tan en boga los muertos vivientes! ¿No seremos una sociedad de muertos vivientes, muertos para la vida y muertos para la muerte?), sino de seres plenamente despiertos a la vida. Lo que ha facilitado la violencia fratricida y escalofriante en nuestra cultura, en nuestro País y en nuestra ciudad, ha sido precisamente el desprecio de la vida y de la muerte. En un nihilismo devastador: ya no importa ni vivir ni morir. Recomiendo ampliamente, a este respecto, la columna de Riva Palacio del lunes pasado. (Lectura obligada). Es una entrevista, real o ficticia, a alguien que no teme a la muerte ni ama a la vida. Le da lo mismo. Y esto es lo que hace posible  las peores atrocidades, la crueldad más deshumanizada y escalofriante.  Le recomiendo esa entrevista para entender lo que venimos diciendo.  Vivir de esa manera hace ininteligible el valor de la vida y el significado de la muerte. Camus y compañeros empalidecerían ante semejante confesión. No existe ya la fe, no hay esperanza, el amor se ha extinguido. Se trata de muertos vivientes que van a matar hasta que los maten. Me parece que ese es el tema de fondo de las películas tan en boga con la temática de los muertos vivientes. Esto nos pone ante la gravedad del problema cultural de nuestra época. No podemos hablar con sentido ni de la vida ni de la muerte. Solo queda el miedo ante la vida y ante la muerte. El delincuente entrevistado dice con toda verdad: nosotros no tenemos miedo; ustedes tienen miedo. “está delante de usted, una especie de posmiseria que genera una nueva cultura asesina, ayudada por la tecnología, los satélites, celulares, internet, armas modernas. Es la mierda de los chips con megabytes…”. En efecto, somos nosotros, los “normales”, quien tenemos que cerrar fraccionamientos, reforzar nuestras viviendas, experimentar la amenaza y la incertidumbre. Ellos no tienen miedo.

A una cultura así le resulta difícil entender el testimonio de Teresa de Lisieux: “no muero, entro a la vida”, porque sencillamente no importa ya la cuestión. La cuestión más importante de vivir o morir también queda anulada en el mundo de nuestros días, lo mismo en Siria, en Irak que en Michoacán.

Morir lúcidamente.                                                                             

Sobre esto habría mucho que decir. Triste cosa es que tengamos que llegar a la muerte sedados,  a veces hasta la inconciencia total, muertos antes de morir. No nos damos cuenta que vamos a morir. No vivimos la muerte como un hecho personal, libre, consciente. No podemos, entonces, ser conscientes de que dejamos esta vida para entrar en la Vida. La mayoría de las veces, cuando  los sacerdotes somos requeridos para atender un enfermo, es poco lo que podemos hacer en realidad, porque él se encuentra sedado, dormido, inconsciente. Más aun,  los que rodean al enfermo observan la conducta extrañamente paradójica: “no llamen al sacerdote porque el enfermo se asusta”.  Lo llaman cuando el enfermo ha entrado en el cuadro de inconsciencia total. Vivimos en una sociedad que nos aleja de pensar sobre la muerte, una cultura que esconde la enfermedad y silencia la muerte. Hoy la muerte es algo vergonzoso y es el único tabú vigente, como antes ocurrió con la sexualidad. Pero la muerte con todo su significado, está ahí a pesar de nuestras estrategias de ocultamiento cobrando siempre nuevas víctimas.

Paul Claudel ha escrito un hermoso pasaje inspirado en la agonía y la muerte de Teresita de Lisieux. O, mejor, dicho, en la vida de Teresita cuya culminación fue su agonía y su “entrada en la  Vida”. Lo comparto con ustedes: «Nadie, creyente o no, puede evitar la pregunta: ¿por qué el mal? Si yo tuviera que resumir lo que mejor mide mi vida y mi fe, respondería a esta cuestión preguntándome: «¿Qué has hecho tú de la muerte?, y ¿qué has hecho del amor?». Y si ahora debiera confesar que es lo que más me ha ayudado,  después de los evangelios, a continuar el viaje hasta el final de estas preguntas, sin duda respondería: Teresa de Lisieux.

Bajo los castaños del Carmelo de Lisieux una pequeña joven se enfrenta a la misma pregunta que Dostoievski, Pascal, Lutero, San Agustín, San Pablo o San Juan.  Lo mismo que estos gigantes de la historia, gracias a su fe, hace explotar la pregunta,  transmitida a lo largo de nuestra historia, como un grito del que no se libera jamás.

Muy pronto ella descubre que «la verdadera vida comienza más allá de la desesperación». Ahora, ella no nos dice, solamente,  a cada uno de nosotros: «¿Qué dices del mal?», sino «¿Qué dices tú de la muerte?, ¿qué dices tú del amor?».

Es por esto que ella me fascina: Ella no me da un catecismo sobre Dios, ella me habla de mi vida y de Dios al mismo tiempo. Ella conoce la búsqueda desesperada de un sentido para la vida. Sabe que no hay respuestas hechas, pero ella no rechaza las preguntas.

Ella me recuerda que ahora, en la hora de las máquinas, (de las computadoras, diríamos hoy), ante la muerte, no somos más que seres primitivos, simples artesanos. Sí, todos, tenemos que vencer el miedo: del porvenir, del pasado, de los otros, del sufrimiento, de todos los límites y finalmente, el miedo a nosotros mismos. Teresa, entonces, llega a ser igual a los más grandes revolucionarios: Sí, nosotros tenemos en nosotros una fuerza infinita, una fuerza explosiva, loca, que permitiría a todo hombre trascenderse. Aquél que dice: más Dios y, por lo tanto, más límites y más miedo. Teresa le responde: la única oportunidad, es que Dios me ama hasta la locura; vengan, todos nosotros estamos invitados; para beneficiarnos de esta fuerza, victoriosa de todos los miedos, basta una sola cosa: haberla escogido, (en el sentido de una opción); ciertamente, tienes que pagar un precio, terrible y cercano: renunciar a ti mismo, cotidianamente, a causa de Cristo.

Vencer el miedo por su «pequeño camino», decía ella, de la confianza absoluta, desarmada, loca: «vengan, en paz, soy yo», es la solución. Teresa sabe que ahí está la victoria. Pero también sabe que hay telarañas mentales que no te van a permitir entender esta cuestión.  «¿Qué has hecho de la muerte?». «¿Qué has hecho del amor?» Cristo ha ido hasta el final; Teresa también fue hasta el final para invitarnos a ello”. En  realidad, lo que nosotros hemos hecho de la vida, de la muerte y del amor, es una banalidad.

El amor y la muerte.

“Apenas hojeo el Santo Evangelio, enseguida respiro el perfume de la vida de Jesús y sé hacia donde correr… No es al primer lugar, sino al último al que me dirijo… Sí, lo siento, incluso si tuviese sobre la conciencia todos los pecados que se pueden cometer, iría con el corazón destrozado por el arrepentimiento, a lanzarme en los brazos de Jesús, porque sé cuánto ama al hijo pródigo que vuelve a Él” (Ms C, 36v-37r).

“Confianza y Amor” son por tanto el punto final del relato de su vida, dos palabras que como faros, han iluminado todo su camino de santidad, para poder guiar a otros sobre su mismo “pequeño camino de confianza y amor”, de la infancia espiritual (cf Ms C, 2v-3r; LT 226). Confianza como la del niño que se abandona en las manos de Dios, inseparable por el compromiso fuerte, radical del verdadero amor, que es el don total de sí mismo, para siempre, como dice la santa contemplando a María: “Amar es dar todo, y darse a sí mismo”. Así, Teresa nos indica a todos nosotros que la vida cristiana consiste en vivir plenamente la gracia la fe bautismal en el don total de sí al Amor del Padre, y con el mismo amor por los demás”. (B.XVI).

Confianza y amor. También Teresa de Ávila expresó la misma paradójica verdad: «Nosotros no morimos de muerte, morimos de amor». Estamos en el núcleo más íntimo de cristianismo.

 

 

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