• EL ATENTADO EN PARIS

    Navigare in cattive acque, dicen los italianos para referirse a una situación incómoda, riesgosa, dominada por corrientes poderosas que hay que atravesar; navegar en aguas peligrosas sorteando las fuerzas dominantes, las corriente traicioneras, el peligro del pensamiento único, medias verdades y manipulaciones. En realidad, la libertad de disentir. Yo tengo el derecho a disentir, los demás, no. O la inversa, los demás pueden disentir, yo, no.

    Y comencemos con un lanzamiento rápido; la imponente manifestación global fue para salvaguardar y poner más en alto la libertad de expresión, bastión de la democracia. La democracia y la libertad, los dogmas más sagrados (y profanados) de la actual convivencia humana, de nuestra cultura laica, de los sistemas políticos de los que Occidente es garante, han sido gravemente lesionados. El presupuesto de la democracia es la libertad. Tanto es su valor que se hizo una guerra en Irak para llevar a ese país la libertad y democracia. “Han atacado una vez más las libertades que son el alma de nuestra civilización”, escribe Ayaan Hirsi Ali (El País. 01.10.2015), miembro de la Escuela Kennedy de Harvard. A fin, pues, de salvaguardar la libertad de expresión, el temible barco de guerra, el Charles de Gaulle, ya está en aguas del Golfo Pérsico.

    La imponente manifestación de hace ocho días, ha sido para refrendar la fe en la libertad de expresión. Pero, cabe una pregunta, tal vez, ingenua: ¿libertad para expresarse o libertad para ofender? ¿No cabe diferencia alguna entre la acción de expresar una idea y la acción de emitir una ofensa? ¿Dónde termina una y dónde comienza la otra? En esta sociedad democrática, entonces, ¿dónde queda el respeto que se le debe al otro, su dignidad y su “igualdad”? Charlie Hebdo asumió el riesgo por cuenta propia, con plena conciencia del riesgo que corría, ¿por qué el mundo entero ha de hacer propia, acríticamente, esa causa? ¿Charlie Hebdo representa a Occidente a grado de lanzarlo a una guerra global? ¿O, es guerra de papel? ¿Existe, aún, la virtud natural de la prudencia? Vea, usted, la paradoja: “El humorista Dieudonné, detenido por bromear sobre los atentados de París. La fiscalía le acusa de apología del terrorismo por publicar: «Yo me siento Charlie Coulibaly»”. Calibre esta nota de El País: “Domingo 11 de enero. Más gente con Charlie que en misa”. (Cosa falsa, además). Vea esta otra de J.L. Pardo, también de El País: “La cuestión no es ser o no ser ‘Charlie Hebdo’, sino cómo hacernos merecedores de un derecho excepcional y raro en el mundo, como es la libertad de expresión. Solo la sabemos valorar cuando está amenazada”. Esto es una demasía.

    “A los periodistas de Charlie Hebdo se les aclama ahora justamente como mártires de la libertad de expresión, pero seamos francos: si hubiesen intentado publicar su periódico satírico en cualquier campus universitario estadounidense durante las dos últimas décadas, no habría durado ni treinta segundos. Los grupos de estudiantes y docentes los habrían acusado de incitación al odio. La Administración les habría retirado toda financiación y habría ordenado su cierre”. Esta cita pertenece a David Brooks, analista del N.Y. Times.

    Y añade: “La reacción pública al atentado en París ha puesto de manifiesto que hay mucha gente que se apresura a idolatrar a quienes arremeten contra las opiniones de los terroristas islámicos en Francia, pero que es mucho menos tolerante con quienes arremeten contra sus propias opiniones en su país.

    Fíjense si no en todas las personas que han reaccionado de manera exagerada a las microagresiones en los campus. La Universidad de Illinois despidió a un catedrático que explicaba la postura de la Iglesia católica respecto a la homosexualidad. La Universidad de Kansas expulsó a un catedrático por arremeter en Twitter contra la Asociación Nacional del Rifle. La Universidad de Vanderbilt retiró el reconocimiento a un grupo cristiano que insistía en que estuviese dirigida por cristianos”.

    Llegados a este punto, es necesario aclarar: un atentado de esa naturaleza es sencillamente condenable, inadmisible, cruel, salvaje, y todos los adjetivos que queramos ponerle, y nos quedamos cortos. Pero hay una realidad más profunda que no aparece en ningún artículo hasta hoy publicado: la fe necesita de la razón y la razón necesita de la fe. Sin la razón, el logos, la religión enferma, sin la fe, la razón se pierde en su hybris, en su loca embriaguez de poder. Eso es lo que hemos vivido; pero todo parece medirse solo con el rasero político.

    Añade el citado D. Brooks: “Es más, los expertos en provocación y ridiculización ponen de relieve la estupidez de los fundamentalistas. Los fundamentalistas son gente que se lo toma todo al pie de la letra. Son incapaces de adoptar puntos de vista diversos. Son incapaces de ver que, aunque su religión pueda ser digna de la más profunda veneración, también es cierto que la mayoría de las religiones son un tanto extrañas. Los humoristas señalan a quienes son incapaces de reírse de sí mismos y nos enseñan a los demás que probablemente deberíamos hacerlo también. En resumen, al pensar en quienes provocan y ofenden, deseamos mantener unas normas de civismo y respeto y, al mismo tiempo, dejar espacio a esos tipos creativos y desafiantes que no tienen las inhibiciones de los buenos modales y el buen gusto”.

    Pero en realidad, tenemos que ir a mayor profundidad. Cuando hay que tratar con las religiones podemos decir, en general, que la cultura moderna occidental no sabe cómo hacerlo. La nuestra es una cultura laica que consagra a la política, las fuerzas que antaño se consagraban a la religión. Dicho en pocas palabras, cuando se incide en el mundo religioso debe saberse que se entra a un universo extremadamente delicado y sensible. El creador genial de la nueva ciencia de las religiones, Mircea Eliade, que ha profundizado como nadie en el mundo de las religiones con una amplísima obra bibliográfica, afirma que ante una religión lo menos que debe hacerse, es burlase de ella. La razón es muy simple: para esa persona, ese mundo religioso es un universo sagrado sobre el que descansa todo. Puede leerse de este autor la obra “Morfología y dinámica de lo sagrado”. Entonces, hay una manera especial de abordar el universo de la religión. Desconocer el manejo de ese universo de significado es peligroso si se le quiere manipular.

    En la citada obra, el autor escribe lo siguiente: “La ciencia moderna ha rehabilitado un principio que ciertas confusiones del siglo XIX habían comprometido gravemente: es la escala la que crea el fenómeno. Henri Poincaré se preguntaba con cierta ironía: ‘Un naturalista que no hubiera estudiado nunca al elefante más que con microscopio, ¿creería conocer suficientemente este animal?’. El microscopio revela la estructura y el mecanismo de las células, estructura y mecanismo, que son idénticos en todos los organismos pluricelulares. El elefante es, en efecto, un organismo pluricelular. Pero ¿no es más que esto? A escala microscópica puede concebirse una respuesta vacilante. A escala visual humana, que tiene cuando menos el mérito de presentar al elefante como fenómeno zoológico, ya no cabe vacilación alguna. De igual modo, un fenómeno religioso no se nos revelará como tal más que a condición de ser aprehendido en su modalidad propia, es decir, de ser estudiado a escala religiosa. Pretender perfilar este fenómeno mediante la fisiología, la psicología, la sociología, la economía, la lingüística, el arte… es traicionarlo, es dejar escapar lo que precisamente hay en él de único e irreducible, es decir, su carácter sagrado.

    Es cierto que no hay un fenómeno religioso ‘puro’, no hay un fenómeno única y exclusivamente religioso. Por ser la religión algo humano, es al mismo tiempo algo social, algo lingüístico y algo económico (el hombre es inconcebible sin lenguaje y sin vida colectiva). Pero sería vano querer explicar la religión por una de esas funciones fundamentales que, en última instancia, definen al hombre”.

    Esto es lo sucede ahora mismo; Occidente no sabe lo que la religión es para un oriental, judío o musulmán o budista. El laicismo es propio de Occidente y francés de origen; y su lucha contra la religión es su razón de ser. Los hombres de la Ilustración pusieron la estatua de la diosa razón en altar mayor de Notre Dame. Y Napoleón llevó cautivo al papa con el fin de terminar, de una vez por todas, con esa farsa. Trasladar estos “valores” a Oriente es navigare in cattive acque. Debemos tener muy en cuenta lo que dice M. Eliade: “Por ser la religión algo humano, es al mismo tiempo algo social, algo lingüístico y algo económico”, y algo “político” que es peor; además, en Oriente, la tela que divide lo religioso de lo estrictamente político, no existe. Cualquier movimiento social fácilmente acaba convirtiéndose en movimiento político y viceversa. Esto lo sabían muy bien los romanos por lo cual dejaban a todos los dioses locales tranquilos y solo cobraban, eso sí, sin miramientos, como Videgaray, el tributo al César.

    Las guerras religiosas son las más temibles. (Napoleón) . Pero ninguna guerra es químicamente pura, siempre está contaminada. México vivió una de esas guerras en los 20s de siglo pasado. En la contraportada de La Cristiada ( J. Meyer. ed. Siglo XXI), se dice lo siguiente: “Todos los temas, a todos los niveles: historia política y diplomática en la que se ve a México, Washington y Roma ocupando los primeros planos: historia mexicana e internacional: la iglesia mexicana contra el estado mexicano, la iglesia mexicana contra el Vaticano, el Vaticano y Washington, el Vaticano y el estado mexicano, el estado mexicano y Washington. Todo se relaciona, «y el petróleo no anda lejos del agua bendita»”.

    Antonio Navalón ha aventurado la tesis fatídica: “Este combustible, (el petróleo), ha alimentado los atentados del 11-S y el ‘Charlie Hebdo’. La religión, presente desde siempre en las guerras entre árabes y cristianos, también ha impregnado las relaciones de Occidente con los países árabes productores de crudo. Las Torres Gemelas, los degollamientos del Estado Islámico y el atentado en París contra la revista Charlie Hebdo son parte de una misma historia, alimentada por el petróleo. Ahora, para América, para toda América, bien por acción (México, Argentina, Brasil), bien por reacción, debilitamiento o fortalecimiento de los grandes intereses estratégicos (chinos y rusos), este combustible vuelve a ser un factor determinante para configurar el mapa del nuevo mundo”.

    Mire usted, a una horas de presidir la manifestación en Paris, Frau Merkel admite que el islam “es parte de Alemania”. Merkel, que participó el domingo pasado en el magnífico y multitudinario acto de solidaridad con las víctimas de los atentados terroristas que enlutaron a Francia, anunció su cambio de posición en una rueda de prensa en la que estuvo acompañada por el primer ministro turco, Ahmet Davutoglu. “El expresidente Wulff dijo que el islam pertenece a Alemania. Es así y esa opinión yo la comparto”, dijo la canciller, en un gesto dirigido a la comunidad musulmana que vive en Alemania, pero también destinada a tranquilizar a las autoridades de Turquía. Bueno, por Turquía pasa un decisivo gasoducto que proviene de Oriente y de Rusia. ¿Verdad que no es blanco y negro y que todo es una locura?

    “El mundo anhela la paz, tiene urgente necesidad de paz. Y sin embargo, guerras, conflictos, violencia en aumento, situaciones de inestabilidad social y de pobreza endémica continúan cosechando víctimas inocentes y generando divisiones entre los individuos y los pueblos. ¡La paz parece, a veces, una meta verdaderamente inalcanzable! En un clima gélido a causa de la indiferencia y envenenado a veces por el odio, ¿cómo esperar que venga una era de paz, que sólo los sentimientos de solidaridad y amor pueden hacer posible? (JP. II)

    «La auténtica contraposición que caracteriza al mundo de hoy no es la que se produce entre las diferentes culturas religiosas, sino entre la radical emancipación del hombre de Dios, de las raíces de la vida, por una parte, y las grandes culturas religiosas, por otra. Si se llegase a un choque de culturas no será por el choque de las grandes religiones – que siempre han luchado una contra otra, pero que también han sabido convivir siempre juntas -, será más bien a causa del choque entre esa radical emancipación del hombre y las grandes culturas históricas» (J. Razinger. Europa y la crisis de la cultura. 01.04.2005).

    Mientras el mundo se mueve en la dinámica de la confrontación y la guerra, vemos la figura de papa Francisco que recorre el mundo anunciando el evangelio de la paz; no deja de ser llamativo que, mientras que la confrontación de las políticas de oriente y occidente se tensan, en Sri Lanka, donde el 70% es musulmán, papa Francisco haya sido recibido clamorosamente. ¿No será esto una señal de que lo que la gente quiere realmente es la paz, y que los intereses geopolíticos, económicos se oponen a ello con todas sus fuerzas?

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