• EL CABO C. MÁRQUEZ

    EL CABO C. MÁRQUEZ

     

    El periodismo me

    ayudó a escribir.

    (Gabo)

     

    Recuerdos tenemos de la infancia ya lejana; recuerdos que nos regresan hasta la “dichosa edad de la inocencia”. Con ellos se fue tejiendo la esencia de la vida y, a la postre, todo se convirtió en sustancia vital pues el hombre es relación, encuentro, memoria. Y fantasía. Conviene, a veces, abandonar la realidad que sabemos ingrata y sombría, hecha de ambiciones y riñas, de ambiciones desmedidas y funestas, y dejar volar la imaginación a otro mundo ya ido y lejano, bello, con la belleza de la sencillez y dominado por la felicidad simple del vivir. Después de todo, las cosas no son como fueron sino como las recordamos, dijo el Gabo. Dichosa facultad de la memoria, de la imaginación y la fantasía; bastan ellas para crear un mundo mejor que el nuestro.

     

    Toda vida, dice Rubén Marín, es importante para quien tenga los ojos abiertos al espléndido fenómeno que es el hombre y su alma. En efecto, las vidas pasadas, la del príncipe y la del mendigo, por igual la del pícaro y la del santo, son comunes en cuanto a que cumplieron ya el afán trabajoso y difícil de ser. Las vidas inéditas, escondidas, humildes, guardan un secreto encanto y tienen su importancia. Las vidas demasiado ilustres, de tan sobadas, manoseadas y olisqueadas, llegan a perder brillo y consistencia. Tan ilustres las hay que, si el interesado resucitara, no se reconocería, ni en los honores ni el los denuestos ni en las biografías que le dedicaron. ¿Cree Ud. que el Benemérito se reconocería a sí mismo en los discursos de los políticos, en las obras de historiadores y biógrafos, oradores de ocasión, de nuestros días? Les diría …..

     

    Casimiro Márquez, cabo que fue en las fuerzas del Gral. Francisco Villa, según él mismo lo contaba, es una de esas vidas ocultas y sin brillo y con la sola importancia que deja la simple tarea de haber sido. Es él, uno de esos personajes ligados a mi infancia.

     

    Vivía el cabo C. Márquez en La Otra Banda, como llamábamos a la otra mitad, situada en la margen occidental del río que dividía en dos nuestro pueblo. Apacible, de caminar lento y esbozada siempre una sonrisa que, pensaba yo, tenía algo de sorna; o bien, la sonrisa del que sabe que ya la vida tiene bien poco que enseñarle. Yo sentía miedo de él, ese miedo infantil a los desconocidos; pero me daba confianza el haberlo visto varias veces en la casa bajando su preciada mercancía y los saludos y bromas que mi padre le gastaba.

     

    La riqueza del cabo C. Márquez eran sus burros, eternos compañeros, mustios y despreocupados, como él; eran, a la vez, su medio de subsistencia. Muy de mañana, cuando el sol aún no apagaba por completo las estrellas, salía el cabo Márquez con sus burros, rumbo al monte. Llevaba sólo su hacha afilada y el escaso condumio que cabía en la cacerola de peltre despostillada; frijoles, papas y, alguna vez, picadillo de carne constituía su pitanza. Tortillas de trigo y en una botella tapada con la punta de un olote llevaba el café negro. Todo iba en una red ixtle colocada en el fuste alguno de los jumentos.

     

    Cerro arriba, con los primeros fulgores del amanecer, iban, diariamente, el cabo C. Márquez y sus burros; el ascenso era escarpado y fragoso y, atrás, quedaba el pueblo envuelto en la mantilla vaporosa de la mañana que se levantaba del río. A lo lejos el pueblo se veía quieto, dormido, en su pequeñez, y destacaba – como en todos nuestros pueblos – la maciza construcción de la parroquia bien encalada. Y arriero y jumentos se perdían en el bosque. Ahí comenzaba la faena: buscar los árboles secos y leñosos para hacer la carga. Mientras el cabo Márquez golpeaba los árboles con su hacha, los burros pacían a sus anchas entre los pinos, los madroños, los tázcates, entre los encinos y chaparros. El eco de los golpes acompasados del hacha se paseaba cadenciosamente por las cañadas, por las quebradas y hondanadas de la sierra. El azul del cielo de esa región es único, su nitidez y profundidad, incomparables; la trementina de los pinos, agreste incienso litúrgico, invade el ambiente. el templo sublime de la creación.. Ahí, el cabo Márquez cumplía su rito: escogido el árbol, hacerlo leña, duro trabajo que le sacaba gruesos goterones de sudor. A media mañana suspendía la labor para tomar su bastimento, terminado el cual procedía a cargar los burros con la leña e iniciar el regreso al pueblo. Para entonces, gruesas nubes blancas se mecía en el cielo infinito presagiando la tormenta de la tarde.

     

    La leña era el único combustible que utilizábamos en el pueblo, por lo cual, en fin combustible, la mercancía del cabo Márquez era muy estimada. No pocas veces la carga era “entrega”, decía él. Todo estaba vendido; otras, recorría el pueblo buscando compradores. Por lo general, luego de descargar, junto con la paga recibía “un taco”, una ración de comida, lo que le permitía sentarse luego en el marco de alguna casa abandonada y fumarse tranquilamente su cigarro de hoja. Los burros se acogían a la sombre de algún árbol liberados de la carga. Era el momento en que nos acercábamos los niños para oír sus historias – siempre episodios de la revolución -, en las que él participó destacadamente. A veces eran historias de aparecidos y jinetes misteriosos que cruzaban el río, a la medianoche. Todo cautivaba nuestra imaginación infantil,

     

    Preparar el cigarro de hoja era un ritual complicado que nos mantenía atentos y en silencio. De la bolsa de la camisa sudada y sucia sacaba una hoja bien cortada, con medidas exactas; la hoja era de esas hojas secas del maíz en mazorca, de esas que se usan también para envolver los tamales. Luego, de una bolsita que colgaba del cinto, sacaba el tabaco, cultivado ahí mismo, en las márgenes del río, por Doña Cipriana Arana, en el jagüey, caprichoso brazo del río, que se recostaba en una peñas doradas de la que siempre estaba manando agua. Cuidadosamente, envolvía el tabaco en la hoja, humedecida previamente con saliva, y lo maravilloso venía cuando de una “piedra lumbre” hacía brotar chispas, golpeándola con un eslabón; la chispa encendía un trozo de yesca ingeniosamente sostenida cerca de la piedra lumbre, y con ésta encendía, por fin, el cigarro.

     

    “Bueno. Vamos a ver, muchachos, ¿qué quieren que les cuente hoy?”, nos decía luego de las primeras bocanadas de humo. Yo me fijaba en su rostro cobrizo, quemado por el sol, en su enorme nariz y en las huellas inmisericordes que la viruela loca había dejado en su rostro. Cacarizo, muy cacarizo era el cabo Márquez. Antes de empezar la historia, de la bolsa interior de su chamara sacaba una anforita con el infame licor del sotol. Apuraba unos tragos, para limpiar la garganta y humedecer las amígdalas, decía el, y su rostro se encendía más, y sus pequeños ojos azules, de un azul intenso, se hacían más pequeños, se entrecerraban más, como tratando de mirar en la lejanía del recuerdo.

     

    Platícanos, Casimiro, le decía yo, de la batalla del Puente de la Galera. Con un último trago, afinaba mejor la voz. Era el mes de julio, comenzaba. Nunca nos dijo el año, y si lo dijo no lo recuerdo. Tampoco sabía decirnos exactamente contra quién fue la batalla, pero él militaba bajo las órdenes del general Candelario Cervantes. Muy seguramente esto tuvo lugar, si es que lo tuvo fuera de la mente del cabo C. Márquez cuando la División del Norte se dispersó en gavillas que deambulaban por el noroeste del Estado en donde está asentado mi pueblo. Era, pues, una tarde de julio. Unos tres días hacía que habíamos salido de Namiquipa, cruzamos la sierra, esa que está ahí, enfrente, y apuntaba con el dedo y con un movimiento de cabeza, hasta bajar al municipio de Temósachic. Llovía mucho, las mangas no eran suficientes para cubrirnos y estabamos calados hasta los huesos. Los caballos estaban agotados; del sufrimiento de los caballos durante la revolución nadie habla, niños, peros ellos sufrieron también mucho, nos decía. La revolución la hicimos a lomo de caballo, decía orgullosamente el cabo Casimiro. Por las orillas de la sierra avanzamos hacia el sur y comenzamos a descender por el arrollo de la Galera rumbo al río. Llegó la noche e hicimos el campamento en las partes más altas, alertas siempre para evitar una emboscada. Cerca estaba el río. Iba muy crecido, recuerdo, y oíamos su ronco fragor. Nosotros íbamos rumbo a Madera, más allá, a la sierra, rumbo a la Boquilla donde nos dijeron que estaba escondido y herido el General Villa, para juntarnos con él. Los centinelas se apostaron, y el resto de la tropa –unos trescientos cincuenta soldados, mas los oficiales- nos dispusimos a descansar. Llovió toda la noche y el frío nos engarrotaba los güesos; – a este punto, como sintiendo nuevamente el frío de aquella noche, el cabo Márquez apuraba otro trago gordo de sotol -; de vez en cuando los caballos se inquietaban, continuó, por la presencia de los lobos. El arroyo bramaba con furia por el caudal y su estrépito se confundía con el ruido sordo y profundo de río en crecida.

     

    En la madrugada, uno de nuestras avanzadas llegó para informarnos que por las márgenes del arroyo venía una columna de federales. Federales se convirtió en el nombre genérico para designar a todos los enemigos. Ingenuamente, a juicio del cabo Márquez la columna enemiga avanzaba más bien por la falda del arroyo; lejos todavía, apenas salidos de la sierra, los echamos de ver. Inmediatamente se tomaron posiciones en las partes más altas, en espera de la indefensa columna. El combate se trabó al filo de las 11 de la mañana y duró hasta el atardecer. “No hicimos prisioneros”, decía el cabo Márquez, mientras se limpiaba los labios con la manga de la camisa. Todos los que no murieron en el combate “jueron jusilados.” Cuando afirmaba esto, una sonrisa aparecía en su rostro, leve y maliciosa, como si disfrutara todavía el fragor de aquella batalla y las emociones que le recordaba, y escrutaba nuestra emoción con su pequeños ojos azules. Por eso, chiquillos, hasta el día de hoy, cuando pasan por el arroyo de la Galera, si ponen atención, van a escuchar todavía ruidos de batalla, gritos de dolor, ayes lastimosos, y, si pasan de noche, van a oír el tropel de los caballos y van a ver las ánimas en pena. Todo esto excitaba nuestra curiosidad y no dejaba de infundir miedo.

     

    La historia de los aparecidos en el Puente de la Galera era avalada por mi abuela Paulina y por mi madre. Mi abuela afirmaba que, efectivamente, había ahí aparecidos, ánimas en pena que tenían su origen en aquella cruenta batalla en la que participó el cabo Casimiro. Razón esta por la cual mi abuela nos ponía a rezar Padres nuestros y responsos por aquellas ánimas en pena, siempre que pasábamos por el Arroyo de la Galera camino de Temósachic, para ir a visitar a la familia de Don Pedro Bencomo, compadre que lo fue de mis papás. “Por las ánimas benditas todos debemos rogar. Que Dios las saque de penas y las lleve a descansar”, se repetía. Y ahí estaba el puente del ferrocarril, sostenido por una ingeniosa trigonometría de gualdas, como todos los puentes del ferrocarril entonces. No pocas veces disfrutábamos la infantil aventura riesgosa de escalarlos. Y yo abría tamaños ojos por ver una de aquellas afamadas ánimas. ¿Cómo serían? ¿De qué están hechas? Mientras tanto, el cochero apuraba a las mulas, nunca supe si por miedo a las ánimas o porque le molestaban los rezos de la abuela.

     

    Era una mañana de enero, brillaba el sol en plenitud, pero el frío era atroz en mi pueblo; la nieve permanecía con su blancura ahí donde el sol no llegaba. Las montañas estaban blancas y sólo los pinos y chaparros, como puntos verdes, rompían la monotonía blanca del paisaje. El río se congelaba parcialmente. Para cruzarlo había un improvisado puente que consistía en tablones apuntalados con piedras y se requería buen equilibrio para transitarlo. Así, con frío y todo, nosotros teníamos que ir a la escuela llevando cada quien leña para mantener encendido el calentón del salón de clases. Allí, la maestra Tencha Miramontes, trataba de explicarnos los números y las letras. En realidad, nuestra fantasía vagaba por otros espacios. Esa mañana, los muchachos que venían de la Otra Banda nos dijeron que el cabo Casimiro Márquez estaba muerto, a unos veinte pasos del río. Hubo sobresalto en todos los que solíamos escuchar sus historias y, a la hora del recreo, nos fuimos todos a ver el cuerpo tendido, pegado al suelo por el hielo, ahí estaba el cabo Márquez, pálido, frío, inerte; envuelto en la helada sábana de escarcha que lo hacía verse más pálido; solo conservaba la sonrisa burlona, y el azul de su ojos aún abiertos, se había vuelto del color del acero. El sol brillaba en el río congelado. ¿Cómo fue que murió el cabo? Decían que la noche anterior había estado tomando en una taberna hasta entrada la noche, platicando sus historias, sus leyendas, sus recuerdos y picardías, que a nadie le interesaban, por un trago de sotol. A cierta hora tomó el rumbo de su casa; entró al agua, pero la sintió tan fría que decidió regresarse. Al salir del agua, su ropa y sus piernas comenzaron a congelarse y él cayó al suelo para no levantarse más.

     

    El subagente del ministerio público, que era mi padre, sombrero en mano por respeto al cuerpo, dio fe del hecho y, al no poder despegarlo del suelo por el hielo, esperaron a que el sol de la mañana lo descongelara lentamente para luego levantarlo.

     

    Así murió el cabo Casimiro Márquez, soldado que fue de la División del Norte. Al otro lado del río, bajo los álamos, estaban los burros, quietos, tristes y pensativos, filosóficos, como siempre, y, tal vez, sorprendidos porque no habían iniciado su viaje al monte.

     

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