Nuestra cultura occidental se formó con el concepto de amor cristiano. Gracias a que la causa del mundo es el amor, los hombres no han de tener miedo. Primero, porque saben que la severidad del juez no tiene la última palabra, pues antes que nada, Dios es padre que comprende y perdona. Y segundo, porque sólo el perdón puede darnos una segunda oportunidad. Esta idea de amor es la que nos libera de la rigidez moralista, tanto de los puritanos creyentes como de los ateos. Seremos juzgados por nuestro amor, no por nuestros éxitos.