EL CUERPO Y LA SANGRE DE CRISTO, C

Gen 14,18-20; Sal 109; 1 Cor 11,23-26; Lc 9,11-17

 

Memoria, presencia y espera

 

¿Qué cosa hay más bella y más íntima, que sentarse a la mesa con los que amamos? Todos tenemos esta experiencia vital en la medida en que todos procedemos de una familia, en la medida en que todos conocemos el don de la amistad. Todos nos hemos sentado a la mesa como amigos alguna vez, y hemos departido y charlado y arreglado muchas cosas. A veces hasta queremos arreglar el mundo. Qué hermoso es ver a los hermanos reunidos entorno a la mesa, reza un salmo. Y la experiencia es todavía más rica si ésta comida sella un acontecimiento de familia presente o también pasado que permanece vivo en el recuerdo. Esto nos ayuda a entender la Eucaristía que rima todos los domingos, pero que éste día, día del Corpus, se celebra en un acentuado clima de fiesta y de alegría.

 

La iglesia, la comunidad de Jesús, los creyentes, se han reunido siempre, desde que la comunidad existe, hasta que exista, en torno a la mesa para dar cumplimiento al mandato de Jesús: “Hagan esto en memoria mía”. La Iglesia vive de la Eucaristía. La Eucaristía es la fuente y el cúlmen de toda la vida cristiana, lo sabemos bastante bien. En un retiro, que tuve la fortuna de presidir, hablé sobre la Eucaristía, como urgencia de misterio, en el que comenzaba acentuando la sucesión de documentos oficiales de la Iglesia en los que se encarece sobremanera la importancia de la Eucaristía en la vida de la Iglesia. Decía en esa ocasión que se trata de un acontecimiento sin precedentes en la historia de la iglesia. Nos urge, pues, revitalizar nuestra conciencia sobre el misterio eucarístico, comprenderlo, vivirlo y celebrarlo con amor encendido y con decoro. La doctrina neotestamentaria es muy importante, desde 1 Cor. Hasta el relato de los discípulos de Emaús. Sí, la Iglesia vive de la Eucaristía.

 

En una de sus Catequesis el Papa B.XVI traía a colación un viejo acontecimiento en la historia de la Iglesia. En un pequeño pueblito del norte de África, Abilene, no obstante la prohibición imperial, los cristianos se reunían a escondidas para celebrar la eucaristía dominical. Un día, setenta de ellos fueron sorprendidos por la policía imperial y llevados ante el juez. Ante la pregunta de porqué desobedecían al emperador, ellos respondieron, en su latín africano: «sine domenica, non póssumus», sin la celebración dominical, no podemos ser cristianos. Esta idea tendríamos que recalcarla,  urgirla con oportunidad o sin ella, ininterrumpidamente, en nuestra comunidad por todos los medios a nuestro alcance. En mi práctica sacramental de la penitencia, antes de que comiencen a recitar la lista de “pecadillos”, les pregunto ex abrupto, ¿asiste los domingos a misa? Si la respuesta es negativa, habrá que platicar más a fondo. El sacramento de la penitencia, les digo, no es un break.

 

La eucaristía es misterio, ella realiza la Iglesia. En la eucaristía se lleva a cabo esa intima unión, esa comunión inefable entre Dios que en su Hijo querido se hace no solamente cercano, sino alimento para nuestro camino. En la práctica del sacramento de la reconciliación tenemos indudablemente esta experiencia: el penitente se va a acusar de muchos pecados, reales o supuestos, la mayoría sin mayor importancia, hasta donde el pecado puede no tener importancia. Pero al momento de preguntarles sobre su misa dominical, la respuesta se dispara: “no siempre”, “de vez en cuando”, “por lo regular no asisto”, y también están los que asisten dominicalmente. Y aquí tenemos dos puntos de reflexión: el primero es que en nuestro pueblo ha dejado de percibirse como un pecado grave la falta sistemática y habitual a la eucaristía dominical; y el segundo es la urgencia de despertar la conciencia de la necesidad de asistir a la Santa Eucaristía como condición sine qua non para ser cristianos. Hoy nuestros católicos deben entender que sine dominica non possumus. De aquí deriva, igualmente, el valor evangelizador de la Eucaristía, ésta idea la desarrolló hermosamente B. Haering. En efecto, la Eucaristía, en cuanto que nos pone en contacto inmediato con Cristo, que nos enciende en el amor divino y nos explica las escrituras, abriendo nuestro entendimiento para comprenderlas, (cf. Lc 24.), tiene un valor evangelizador de primer orden, él nos ayuda a vivir el evangelio. Después de todo, evangelizar no es una acción externa realizada por nosotros, y no podemos más; la evangelización se lleva a cabo al interior de las almas y eso solamente lo puede realizar el Espíritu Santo, él, que nos guía a la verdad plena y nos recuerda lo que Jesús nos dijo y mandó que celebráramos siempre en memoria suya.

 

De aquí deriva también nuestro propio sentido ejemplar de celebración y adoración de la eucaristía. Nosotros no podemos olvidar que nuestro sacerdocio dice relación directa a la eucaristía.

 

A este propósito recomiendo leer un documento precioso de J.P. II sobre la eucaristía, que constituye una joya de su magisterio: Dominicae Coenae (Sobre el misterio y el culto de la Eucaristía). Comparto contigo dos parrafitos, pero te recomiendo su lectura, estos días.

 

El sacerdocio ministerial […] está en relación muy estrecha con la Eucaristía. Esta es la principal y central razón de ser del Sacramento del sacerdocio, nacido efectivamente en el momento de la institución de la Eucaristía y a la vez que ella. No sin razón las palabras «Haced esto en conmemoración mía» son pronunciadas inmediatamente después de las palabras de la consagración eucarística y nosotros las repetimos cada vez que celebramos el Santo Sacrificio.

 

Mediante nuestra ordenación —cuya celebración está vinculada a la Santa Misa desde el primer testimonio litúrgico—nosotros estamos unidos de manera singular y excepcional a la Eucaristía. Somos, en cierto sentido, «por ella» y «para ella». Somos, de modo particular, responsables «de ella», tanto cada sacerdote en su propia comunidad como cada obispo en virtud del cuidado que debe a todas las comunidades que le son encomendadas, por razón de la «sollicitudo omnium ecclesiarum» de la que habla San Pablo . Está pues encomendado a nosotros, obispos y sacerdotes, el gran «Sacramento de nuestra fe», y si él es entregado también a todo el Pueblo de Dios, a todos los creyentes en Cristo, sin embargo se nos confía a nosotros la Eucaristía también «para» los otros, que esperan de nosotros un particular testimonio de veneración y de amor hacia este Sacramento, para que ellos puedan igualmente ser edificados y vivificados «para ofrecer sacrificios espirituales». (2).

 

Este Jueves de Corpus, pues, hacemos una referencia explícita a aquél primer Jueves Santo, cuando Jesús, rodeado de sus íntimos, instituyó el Sacrificio de la Alianza nueva y eterna que había de sellarse con su sangre y nos mandó que la celebramos, siempre, sintiéndolo de nuevo presente entre nosotros, activo, con todo su poder salvífico desplegado a favor nuestro. Hoy, llenos de gratitud, celebramos, recordamos, volvemos a hacer presente con especial alegría y gozo, aquel primer jueves, cuando Cristo nos reveló el gesto supremo de su amor. Nadie tiene amor más grande por sus amigos, que el que da la vida por ellos, había dicho a los suyos; y él entendió su vida como donación hasta la muerte cuando dijo que “si el grano que cae en tierra no muere, permanece infecundo”; así el entendió su vida, cuya fecundidad estaba íntimamente ligada a su destino mortal. Él murió para reunir a todos los hijos de Dios dispersos por el pecado. A ese gesto de amor supremo, que ha encendido el corazón y el amor de los santos, hacemos referencia este jueves de Corpus.

 

Las posibilidades pastorales y celebrativas dependerán de la circunstancia de cada comunidad y de sus posibilidades; pero la adoración y el culto deberán hacerse presentes. Las horas santas tienen la función de desagravio y, bien sabemos, que necesitamos desagraviar a nuestro Señor por todos los pecados que en el mundo se cometen, por nuestro pecado sacerdotal que tanto daño ha causado a la iglesia, y para pedir en la línea que marca el año sacerdotal, un verdadero espíritu de conversión, de renovación interior de nosotros sacerdotes para que podamos ser fieles guías de nuestro pueblo, maestros de oración, testimonios vivientes de los valores del Reino.

 

Comparto contigo algunos pensamientos bellos, de exquisita mística, de Conchita Cabrera de Armida:

 

Durante la misa

Ahí, en la misa, más que en otros actos de devoción, me siento embargada, no sé cómo, ni puedo explicarlo. Una atracción divina que no está en mi mano, me arrastra hacia el Altar, sobre todo durante la Consagración. Siento, unas veces con más viveza que otras, la presencia real de Jesucristo, de una manera que me sería imposible dudarlo, y veo a parte la fe y separado el otro sentimiento.

 

¡Cómo es posible!

¿Cómo, Dios mío, comiendo diariamente aquella inmensa hoguera, sea posible que nos encontremos tibios, helados y duros como el granito? ¿En qué consiste semejante absurdo, enigma que no alcanzo a descifrar? ¿Cómo no estamos hechos cenizas? ¡Yo no lo puedo comprender!

 

Una tarde muy feliz

Ayer tuve una tarde muy feliz, cerca, muy cerquita de mi Jesús eucaristía y  alabándolo en medio de las almas consagradas a él en su Oasis. Anhelaba mi espíritu su compañía benditísima, y mi corazón me arrastraba al sagrario. Luego que lo expusieron en su trono, mi pecho se ahogaba en santas emociones de alabanza, gozo y gratitud, en el Trisagio que cantaron, no sé qué experimentaba mi interior de grande alborozo al oír alabar la benditísima Trinidad. En la procesión mi alma henchida de santo júbilo se regocijaba por ir tan cerquita de su adorada eucaristía. Mis ojos no podían, no, apartarse de ella, en el Te Deum… ¡Oh Dios mío qué cosas! Mis lágrimas corrían, el Señor hablaba comunicándose a mi corazón.