Un grupo numeroso de familiares de chicas desaparecidas llegó a la catedral para celebrar la Eucaristía. Había un profundo dolor en el corazón de esas madres y padres, dolor lacerante que no tiene respuesta del Cielo. Jesús habla del Espíritu Santo que es como el viento, impetuoso y suave. Pedimos que ese viento del Espíritu venga como huracán sobre quienes secuestran mujeres, y derribe hasta el suelo sus egoísmos, atrayéndolos a la conversión. Pero también pedimos que venga el Espíritu como brisa ligera sobre los corazones de las familias lastimadas para que su lucha sea desde la Cruz, desde el perdón y desde el amor. Así como Jesús sopló sobre los Apóstoles y les dijo “Reciban el Espíritu Santo”, así sople nuevamente sobre las personas que viven desmoronadas y sin esperanza. Y de esa manera habite en sus almas el Dios de todo consuelo.