EL LOGOS DE LA CRUZ.

 

El absurdo que predicamos.

Pablo afirma que “Dios quiso reconciliar consigo todas las cosas por medio de Cristo, estableciendo la paz por la «sangre de la cruz» entre todas las creaturas de la tierra y del cielo”, (Col.1,20). Cuando se toman en serio estas palabras no se puede menos que concluir con los judíos y los griegos que se trata de una “estupidez”. (ICor. 1,18.20). En efecto, Dios ha tenido a bien salvarnos a los creyentes por la “estupidez de la cruz”. (cf. 1,20).

 

“La historia de la pasión de la humanidad tiene su punto culminante y su símbolo en el recuerdo de la pasión, muerte y resurrección de Jesús, en el abandono de Jesús por Dios”. (H. Schürmann). A la luz de la resurrección, ese momento desgarrador, es la autodefinición de Dios. No es casual que la Teología haya vuelto con empeño al tema de la cruz en el último medio siglo girando sobre dos puntos polares: por una parte, el sufrimiento del mundo y la gloria de Dios entendida como amor que se entrega hasta la aniquilación; por otra, aquí esta el centro de mensaje de la cruz, el juicio de Dios, el pecado y la culpa de la humanidad, presentes en el abandono de Jesús por Dios. La pasión es ese abandono (Mc. 15, 34). “Al que no tenía pecado, Dios lo hizo pecado por nosotros, para que nosotros fuéramos salvados” (2Cor. 5,21). A esto nos referimos cuando hablamos de la pasión de Jesús; si no se comprende así, existe el peligro de que todo quede reducido a viacrucis para turistas.

 

“Desgraciadamente, continúa el autor, tal planteamiento no es captado aún fuera de los círculos de la teología especializada. Tal vez llegue la humanidad a ahondar en esa profundidad mediante el crisol de una experiencia de tinte apocalíptico”. Y nuestra época tiene intensos colores apocalípticos. El mérito de La Pasión, de Gibson, radica, precisamente en esto: ha hecho cercano al gran público, a nivel global, ese acontecimiento que tiene qué ver con todos nosotros, creyentes o no. Ha sacado del círculo de los especialistas el dato central de la fe.

 

El mensaje de la cruz.

El filme de Gibson ha caído con fuerza aturdidora en una cultura que promulga el consumo, el confort y el “buen vivir” como la razón última de la existencia; en una sociedad que no reconoce más éxito que el dinero, el poder, el dominio y que ha olvidado el servicio a los demás, sobre todo a los más desfavorecidos, como la dimensión más auténtica de lo humano. Que ha reducido a una experiencia privada y marginal el valor religioso, o, a lo sumo, se atiene a una experiencia light, minimalista, intrascendente, calculada de la fe. La cruz es el principio crítico de las personas, de las instituciones y de las doctrinas que han desertado de Cristo, pero siguen utilizándolo. Y es que la cruz no ha dejado de ser escándalo. Con razón J. Moltmann ha denunciado el olvido de la cruz en la Ética, en la economía, en la política, en las instituciones eclesiales y en la teología.

 

Pablo en Corinto.

El primer choque cultural entre la Cruz y la civilización tuvo lugar en Corinto, cuando el apóstol Pablo llegó con el desconcertante mensaje de la cruz. Llegaba a la cuna de la civilización griega, de la filosofía, del arte, de la cultura, de la política, de las extáticas religiones mistéricas, para afirmar que todos estos intentos no eran suficientes para salvar al hombre. En el corazón de la cultura helénica, afirma la radical impotencia del hombre para salvarse a sí mismo y les anuncia que la única posibilidad de salvación y de esperanza está en “la estupidez que predicamos”. “De hecho, el mensaje (logos) de la cruz para los que se pierden resulta una estupidez; en cambio para los que se salvan, para nosotros, es potencia de Dios….” (1Cor. 1,18).

 

De la misma manera, el mensaje de la cruz condena cualquier tipo de religión evasiva, triunfalista, que intente llevarnos a la beatitud y luminosidad de Dios sin pasar por la cruz; la búsqueda del milagro y la experiencia extática, están igualmente condenados en el mensaje de la cruz. “Dios tuvo a bien salvarnos, afirma el apóstol, mediante la estupidez de la cruz. Pues mientras que los judíos piden milagros y prodigios, y la exaltación de la experiencia religiosa, y los griegos piden filosofía y arte, nosotros predicamos a Cristo crucificado, estupidez para los griegos y escándalo para los judíos, pero causa de salvación para los que creen”. (cf. 1Cor. 1, 21-24).

 

Inversión de los valores.

Fue F. Nietzsche el primero en detectar, desde su oscura rebeldía, el auténtico significado de la cruz cuando la definió “como la inversión de todos los valores”. En efecto, tiene razón en cuanto afirma que la cruz es la condena de todo intento de autoafirmación y autosuficiencia humana a espaldas de Dios, de todo egoísmo y autonomía frente a Dios, es la afirmación de que toda esperanza brota de la cruz. El hombre solo puede serlo a imagen del “Hombre-Dios-Crucificado”. Jesús en la cruz revela y hace posible el amor. El que no ama permanece en la muerte. Viendo la cruz, el hombre comprende qué es el amor y descubre que él no conoce el amor. Esto era inadmisible para Nietzsche como lo era para los filósofos de Corinto, entonces se imagina “la voluntad de poder”. Es la Cruz, afirmaba, la venganza de la crueldad oriental frente al Águila Imperial de Roma.

 

Comunidades de amor.

El contexto histórico de la conquista cristiana es el de un inmenso Imperio que ha concluido sus conquistas: «Se había visto a Roma sojuzgar, durante doscientos años, a un pueblo tras otro; el círculo estaba descrito; todo porvenir parecía cerrado; todo parecía destinado a durar eternamente». Voluntad de eternización que es, sin embargo, el signo de un cansancio político y moral, y que engendra a su alrededor la aversión. Aversión externa suscitada en los enemigos de Roma por el espectáculo de su vacío interior; aversión interna en el hombre, que se ha vuelto «insensible al espectáculo de las luchas de bestias y de hombres y que aspira instintivamente a otra cosa».

 

A un mundo atormentado por el desorden, que se desploma bajo su inmensidad y la vaciedad de su proyecto político y cultural, esclerotizado en voluntad vacía para perdurar, el cristianismo le ofrece “llamas de humanidad” bajo la forma de pequeñas comunidades dispersas. En ellas todos encuentran, junto con el calor de pequeños grupos homogéneos, lo que el Imperio no puede ofrecer: «Ayuda recíproca, comprensión mutua, grandeza de ánimo, oculta y revestida con la piedad de los “elegidos”». Pues «es de las pequeñas comunidades judeocristianas de donde viene el principio del amor: es un alma “más apasionada” lo que resplandece aquí bajo las cenizas de la piedad y de la pobreza; esto no era ni griego, ni indio, ni germano. El himno al amor que creó Pablo (ICor.13.1-13), no tiene nada de cristiano, sino que es una combustión judía de esa llama eterna que es semita». Sí, Roma ofreció maravillas, el Derecho, pero nunca el amor, por eso se desplomó verticalmente, víctima del cansancio y de la depravación. Pablo en Rom. 1,19-32, ofrece un testimonio, que supera a los historiadores romanos, de esa sociedad decadente que guarda un inquietante parecido con la cultura actual.

 

Esta agrupación social en nombre del amor y en orden al amor constituye el lugar donde la debilidad va a tomar conciencia de sí, como “debilidad capaz de fuerza”, contra una fuerza (política) inepta para demostrar su fuerza, contra un imperio inmenso y vacío, una civilización desarrollada, pero sin alma. Además como esta debilidad no puede atribuirse a sí misma la fuerza del amor experimentado en común, traslada su origen a Dios, ve a Dios en el amor, porque ha transfigurado al prójimo en «causa que agudiza el sentimiento del poder». El amor se afirmará como algo divino, porque demuestra su poder sobrehumano de transfiguración. ¿Cómo expresar de otro modo el origen de lo que parodia y derriba a los imperios?

 

La más humilde de las ciencias.

El pensamiento de Nietzsche provoca vértigo, su grandilocuencia es avasalladora: «los disminuidos, social y psicológicamente, tiene así la experiencia “de que la vida más miserable pueda volverse rica e inapreciable con un aumento de temperatura”, que se obtiene por el amor. En efecto, ¿Acaso no dice Pablo: «Dios ha elegido a los locos del mundo para humillar a los sabios, Dios ha elegido a los débiles del mundo, para humillar a los fuertes, a los plebeyos y despreciados del mundo ha elegido Dios, a los que nada son, para anular a los que creen ser algo. Vean a quiénes a elegido Dios: no muchos sabios, no muchos poderosos, no muchos nobles» (ICor.1,26-29)? Eso es la inversión de los valores! Es la Cruz. Por ello, la cruz traza el camino del discípulo: 2el que quiera ser mi discípulo que se niegue a sí mismo, es decir, que renuncie a tener en sí mismo el centro de realización, que tome su cruz de cada día y que me siga”. Nada de triunfalismos, de inyecciones de psicologías y sociologías y mercadotecnias al cristianismo. No a la espectacularidad. Al contrario, hay que proclamar y poner muy en alto la Cruz. (L. Cerfeaux).

 

«La predicación del evangelio es la más humilde de todas las teorías intelectuales. Esta doctrina, desde el comienzo mismo, parece absurda, cuando predica que un hombre es Dios, que Dios muere, el escándalo de la cruz. Comparad esta doctrina con las enseñanzas de los filósofos y sus libros, con el brillo de su elocuencia y el oren perfecto de sus discursos, y veréis cómo la semilla del evangelio es la más pequeña de todas las simientes». (S. Jerónimo). El cristianismo ha de sostener la misma batalla siempre, también hoy, y ha de conservar su lucidez.

 

Cristianismo sin cruz

Pablo VI, en cierta ocasión, con acento profético, afirmó: “hoy queremos un cristianismo sin cruz”. Lo cual es imposible. La participación en la Pasión de Cristo es el camino a la Vida, es el lugar de donde brota la esperanza ante el sufrimiento de hoy y de siempre. El discurso social o político, filosófico o cultural, es insuficiente, cuando no contraproducente. La cruz puede ser entonces el centro arquitectónico de la teoría y de la praxis cristiana: el misterio de Dios se nos manifestará en la cruz como el misterio de un Dios muy distinto de aquél Dios perfecto, estático, inmutable e impasible, producto de la helenización del cristianismo, ajeno al dolor humano; la cruz será realmente el acontecimiento interno a la misma naturaleza Divina, en el que Dios participa, comulga y vive íntegramente el misterio del hombre, amigo suyo; en la cruz se nos mostrará el pathos (sensibilidad) de ese Dios Trinitario, por el que el Padre sufre la separación del Hijo, el Hijo sufre el abandono del Padre y el Espíritu es el amor mismo crucificado en esa muerte, de donde vuelve a manar la vida para el mundo; la cruz significará la salvación global del hombre, no sólo en la redención de su pecado, sino en su plena liberación de la muerte, del sufrimiento, de la injusticia, de la opresión, de la guerra, del terrorismo, del problema global del narcotráfico; la cruz nos ofrecerá el planteamiento definitivo y último de la cristología, al hablarnos, no ya de un Dios que baja a manifestarse a los hombres, sino de un hombre que se encuentra a sí mismo sacrificándose y recibe entonces la promesa de su resurrección.

 

Nostalgia.

«Este mensajero de la buena nueva murió como había vivido, según había enseñado, no para rescatar a los hombres, sino para mostrar cómo hay que vivir. Es la práctica lo que deja en herencia a la humanidad: su comportamiento ante los jueces, ante los esbirros, ante los acusadores y ante todo tipo de calumnias y escarnios, y su comportamiento en la cruz. No se resiste, no defiende su derecho, no da paso alguno para rechazar el mal gravísimo que le amenaza; más aún, lo provoca….Y suplica, y sufre y ama por quienes le hacen mal. Las palabras al ladrón en la cruz compendian todo el evangelio. ¡Este ha sido realmente un hombre divino, un hijo de Dios!, dice el ladrón. Y el redentor le responde: Si así lo sientes, estás ya en el paraíso, eres tú también un hijo de Dios. No defenderse, no irritarse, no buscar responsables…Y ni siquiera resistir al malvado, sino amarle…» (El Anticristo). Un texto bello que reduce lamentablemente la verdad.

 

«En toda la historia de la filosofía quizá no haya drama comparado a éste que vivió Nietzsche dentro de propia conciencia. Comenzó oponiéndose a s. Francisco de Asís y, llevado después de su pasión enfermiza, se sintió rival del propio Jesucristo, hasta que después de la blasfemia del “Ecce Homo”, cayó fulminado, según ocurre con los blasfemos» (J. Vasconcelos).

 

La crítica más demoledora a Nietzsche pertenece a J. Habermas: «Nietzsche le robó todo a Jesucristo y, luego, pasó por atrás de la cruz». Nunca quiso entender que la cruz es el camino de la resurrección. Su rebelión fue contra la belleza de la cruz!