Introducción.

El filme de M. Gibson, constituye un hito en la historia del cine en general y del cine religioso en particular. Mucha gente apática o indiferente, desconocedora del tema o agnóstica, incluso atea, ha visto renacer su interés religioso. “I just knew I have to make it. I wanted to help people understand and experience the suffering of Christ”, dice el autor.

 

La lectura de la Pasión de Gibson, responde, no sólo a la investigación histórica de los hechos, sino, sobre todo, a la consideración mística de los mismos. ¿Por qué fueron las cosas así? ¿Por qué la intensidad y crueldad de los sufrimientos? Tales son las preguntas definitivas. The Passion es la lectura de su autor  y requiere exégesis propia.

 

No solo por el bien logrado filme de Mel Gibson, sino por la temporada misma, el tema de La Pasión de Jesús suele abordarse desde los más distintos ángulos: histórico, jurídico, teológico y, sobre todo, lo que no debe faltar nunca, una lectura actualizada del acontecimiento. 

 

En realidad, la cruz es el punto arquitectónico sobre el que está  construido el cristianismo y no puede ser de otro modo.  Ya San Pablo afirmaba que el cimiento sobre el cual se construye el edificio cristiano ya está puesto y es Cristo crucificado, y no ha de ponerse otro.  No es raro que esta verdad se olvide en determinadas épocas y que se intente construir sobre otras bases, que bien puede ser la religión misma, siendo así que es la cruz el principio crítico desde el cual habremos de juzgar la autenticidad de personas, instituciones y doctrinas que se honran con el nombre de cristianas. 

 

Otto Hermann Pesch ha escrito a popósito: en una reseña de la película «La última tentación de Cristo», de  M. Scorsese, el conocido articulista de temas culturales Ulrich Greiner, hace elucubraciones «sobre el simbolismo, verdaderamente estremecedor, del cristianismo». «¿Qué otra religión clava en la pared de toda aula escolar y de todo kínder garten la imagen de un cuerpo bañado en sangre y torturado? (Zeit, 46. 1988. p 58). En efecto, el Crucificado preside las salas de los jueces, las salas de  los hospitales, la cama de los moribundos, nuestros hogares; toda nuestra vida, pues.

 

Tenemos que confesarlo sin ambages: si bien la reflexión teológica en torno al misterio de la cruz se intensificó en el último cuarto del siglo pasado con estudios altamente especializados, ha sido la película de Mel Gibson – y esto porque somos producto de la cultura  de la imagen – el que nos ha vuelto a la realidad. Las palabras, los relatos, los hechos descritos, toman forma visual dramáticamente en la película de Gibson.  Tengo ante mis ojos, mientras dicto éste artículo, una obra escrita en colaboración por los que fueron sin duda los más grandes teólogos del siglo XX:   Chr. Duquoc., K. Rahner., J. Moltmann., W. Kasper., H. Urs von Balthasar, H. Schürmann y otros muchos y eminentes hombres del pensamiento religioso que iluminó el siglo pasado.  La obra se llama precisamente “Teología de la Cruz”, editada en Munich en 1973.  .  El mérito de Gibson es haber sacado de esos cerrados círculos especializados el tema y ponerlo al alcance del gran público. Ciertamente «La Pasión» “es un manifiesto lleno de símbolos que solo un ojo competente es capaz de discernir del todo.  Haría falta un libro (varios libros, de hecho, han sido ya editados.), para ayudar al espectador a comprender” (Messori). Nos limitaremos, ante la bastedad del tema, a reflexionar sobre la Oración de Huerto, tal como la interpreta Mel Gibson.

 

 

Capítulo 1.

 

EL COMBATE EN EL HUERTO DE LOS OLIVOS.

 

Primera aparición de Jesús.

La película inicia en el Jardín, (o Monte), de los Olivos, envuelto en la fosforescente luz  de la luna llena. La escena fue filmada en los estudios de Cinecittá, Italia(se trasplantaron temporalmente veinte árboles de olivos maduros, en el estudio); se trata, sin embargo, de una representación del huerto de Getsemaní, lugar que puede todavía visitarse hoy, todavía. Exactamente al Este de las murallas que rodean la vieja Jerusalén; llegar ahí, viniendo desde el Cenáculo, lugar donde Jesús y los suyos comieron la Última Cena, toma unos 20 minutos. Los evangelios narran que Jesús y sus apóstoles conocían Getsemaní muy bien, que con frecuencia pasaban allí sus noches en oración o durmiendo. Se trata de un lugar famoso, familiar para todo cristiano, pues fue el lugar donde comenzó la Pasión de Cristo.

 

La primera escena es desconcertante para el espectador cuando presenta a Jesús, (protagonizado por el actor Jim Caviezel), de espaldas, bañado por la luz de la luna llena.  Igual, porque los rasgos de Jesús no se aprecian con claridad. Todos tenemos ya una imagen mental de Jesús. Inconscientemente, los espectadores se preguntan si ese Jesús estará a la altura de las circunstancias. ¡Tan débil y tambaleante se ve! La cámara no permite ver la cara de Cristo en un primer momento, sólo su espalda envuelta en la oscuridad. Las ideas preconcebidas acerca de Jesús, son suprimidas; una nueva experiencia está a punto de comenzar.

 

La Agonía de Cristo.

La oración de Cristo en Getsemaní, al inicio de su Pasión, es uno de los acontecimientos más misteriosos transmitidos por los evangelios. Los cristianos han meditado y reflexionado en ello por siglos, pero su riqueza espiritual es inagotable.

 

La palabra Getsemaní literalmente significa “prensa de aceitunas”, el lugar donde las aceitunas cosechadas eran prensadas para extraer su aceite, uno de los artículos básicos más usados e importantes en el mundo antiguo.  En el jardín de Getsemaní, Cristo va a ser aplastado por una profunda crisis espiritual y emocional. Los evangelios describen este estrujante momento como el momento de “una tristeza mortal…como una agonía”, (Mt. 26,38; Mc. 14,34; Lc. 22,43), no debemos entender “agonía” en el sentido habitual; significa, más bien, en el sentido griego, la tensión y esfuerzo extremo, con sudor, con el que el atleta cubre su ruta). Fue tan horrendo su mortal sufrimiento, que su sudor se convirtió en lágrimas de sangre que rodaban hasta el suelo (Lc. 22,44). La medicina moderna confirma esta descripción como ejemplo de  estrés severo que abre los vasos capilares de la epidermis mezclando la sangre con el sudor de la ansiedad. En ninguna parte  en los evangelios, Jesús se ve en un estado tal de debilidad y confusión; en ningún otro momento pidió a sus apóstoles velar y orar con él, como si estuviera pidiendo apoyo.

 

La película capta la paradoja en un hiriente contrate. La fuerza y la viril presencia física de Jesús, en su agonía, en ese  estado emocional de indefensión, se hace evidente en la intensidad vibrante que caracteriza su oración. El contraste introducido al inicio del episodio, recurre a un motivo  visual. Viendo la robusta y dominante figura de Jesús reducida a la importancia por el hombre, (o fuerzas), que, obviamente, son más débiles moral y psicológicamente, intensifica la tragedia de sus sufrimientos. Sin embargo, el contraste también contiene cierta lógica. Sorprendentemente, también desde el principio, el espectador sabe que Jesús permite que esto suceda. Tiene que haber una razón para ello.

 

El relato de los dos jardines.

Pero, ¿cuál es esta razón? ¿Cuál es la causa para que Jesús soporte esos sufrimientos, y para que él lo permita? Esta pregunta resuena en la mente de los espectadores, como un silencio contenido, a lo largo de toda la película. Aflora a la superficie solamente una vez, durante la flagelación. María aparta la mirada de su Hijo sufriente, levanta los ojos al cielo y se pregunta, con un lamento que parece un suspiro: “Hijo mío…¿cuándo, dónde, y cómo escogiste entregarte a esto? En este momento, María (y el espectador), cuestionan en voz alta la razón por la cual éste extremo sufrimiento físico de Jesús ha de tener lugar. El sufrimiento que comienza en Getsemaní es diferente, es devastador. Jesús ha comenzado a ser triturado por un sufrimiento moral y espiritual, – la tortura física no ha comenzado aún. Pero la pregunta permanece: ¿Por qué?

 

Los evangelios mismos, no dan explicaciones detalladas. Describen los hechos: Jesús sufre; sufre más de lo que un hombre normal puede imaginarse; sufre interiormente y también sufre física y violentamente, más violentamente de lo que la película presenta. La doctrina cristiana explica que Jesús sufrió por los pecadores, por cada pecador. Esto es cierto. El por qué el sufrimiento ha de ser tan intenso, es menos claro. La carta de los hebreos dice: «Así, por la  gracia de Dios, padeció la muerte por todos..»(cf. 2,2b-10).

 

La película funde las ricas corrientes de la reflexión cristiana sobre el sufrimiento de Cristo en Getsemaní en dos evocativas imágenes, ambas comparten un denominador común: el combate. El Huerto o Jardín de Getsemaní, es el nuevo jardín del Edén, el lugar bíblico de la prueba y la tentación, el lugar de la batalla espiritual descrita en el Génesis. (Gn.3). En el Jardín del Edén, Adán (el padre bíblico de la raza humana) falló en la prueba; ante el Tentador, y desconcertado ante la amenazante voz del Maligno, permitió que la confianza en su Creador muriera en su corazón. Arrogante, abusó de su libertad; Adán desobedeció a Dios. Fue una crisis de fe, de esperanza, y de amor lo que llevó, a la familia humana, a la rebelión contra Dios; esto es lo que la tradición judeocristiana suele llamar “pecado original”, “la caída”. Este pecado, como falta de fe, de esperanza y amor, introduce el mal y el sufrimiento en la historia humana; de una manera misteriosa el pecado sometió a la familia humana al poder del orgullo y del pecado, la sometió al poder del maligno. (ver: Rom. 5).

 

Después de la rebelión, Dios prometió enviar un Redentor, un salvador que liberara a la caída humanidad de la opresión del mal.  Para hacer esto, el salvador tendría que revertir la desobediencia de Adán. Ante la tentación, en presencia del Tentador, ante su atrevida y amenazante propuesta, Jesús, conservó su confianza plena en Dios. Él obedeció amorosamente a su Padre, sin importar lo que pidiera.

 

Jesús, según los cristianos, es el Redentor. Su Pasión ese el clímax de este misterioso combate contra el antiguo enemigo que derrotó a Adán y esclavizó a la raza humana en el pecado. La Pasión de Jesús es el momento definitivo en la dramática e histórica batalla entre el bien y el mal.

 

Naturaleza de este combate.

A lo largo de la Pasión, el combate toma la forma de una disyuntiva entre sufrimiento y la desobediencia,  entre la fidelidad y duda, entre la confianza y la desconfianza. El “poder de las tinieblas” lanza un primer asalto a la interioridad de Jesús, – aquí en el Monte de los Olivos -, y después, en su vida física y relacional: tortura física, burlas, incomprensión, y abandono en las manos de aquellos que él ha venido a salvar. Estos sufrimientos intentan quebrar la confianza de Cristo, lograr que él de la espalda a su Padre, como Adán lo había hecho en el Edén. Sus verdugos, crueles, aumentan progresivamente la intensidad de los tormentos: el poder del mal hizo todo lo posible para lograr que Cristo dijera: “¡Padre, tu voluntad no puede realizarse, es demasiado dura; deja que se haga, mejor, mi voluntad!” La Biblia nos recuerda que todos los descendientes de Adán hemos tomado la palabra en esa rebelión, siguiendo los pasos de nuestro primer padre. Si Jesús pudo enfrentar la peor tentación y el sufrimiento mejor que la humanidad y permanecer fiel a la voluntad de su Padre, confiar en Dios, demostraba, entonces, ser más fuerte que el Príncipe de las Tinieblas. Él inicia la nueva creación, una nueva era de reconciliación con Dios. (En él y con él, el hombre puede sobreponerse al mal.)

 

En el filme, “La Pasión de Cristo”, es esto, precisamente, lo que ha de quedar claro. Por esta razón, el Nuevo Testamento, y Cristo mismo  hablan    de la pasión como la hora de los enemigos de Dios: «pero ésta es la hora del Mal y del poder de las tinieblas (cf. Lc. 22,53) En el evangelio de Juan, Jesús es más explícito, al hablar, directamente de Satanás, como aquél que, desde el desastre en el Edén, mantiene bajo el sufrimiento y el pecado a la raza humanal: “Ya no les diré muchas cosas”, dice a sus Apóstoles hacia el final de la última cena, “el Príncipe de este mundo ha llegado, pero él no tiene poder sobre mí”. (Jn. 14,30)

 

Una Batalla cósmica.

La película expone este combate, sugestivamente, mediante una doble secuencia de imágenes. La primera imagen es sutil, subliminal. Hay una extraña tensión que fusiona los elementos de la naturaleza en cuanto aparece el Jardín de los Olivos. El filme abre con un  relámpago y el estallido del trueno. Es de Noche. Se oye el perturbador graznido de un ave nocturna, pero no se ve. Se escuchan los ruidos de la noche. Se ve la luna cubierta por las nubes; después brillar intensa, luego parcialmente oscurecida y, por último, oscurecida del todo; con toda intención, la coreografía está hecha para reflejar la batalla interior mientras hace oración; de pronto, una serpiente deslizándose,  silenciosa, seductora, va hacia Jesús, tratando de entrar en su espacio vital; en la tradición judeocristiana es el símbolo de Satanás, el Príncipe de las tinieblas. (La serpiente usada en la película, en realidad no trabajó mucho. Ella se alejaba serpenteando del actor Caviezel, saliéndose de cámara Después de muchas tomas, la serpiente toca finalmente la mano del autor). El Apocalipsis habla de la “serpiente primordial”, que es el demonio.

 

La batalla se convierte en una encarnación, en miniatura, de la inmensa batalla entre el bien y el mal; se recurre a un pequeño truco para lograrlo. ¿Cómo podría representarse esta descomunal batalla en el pequeño espacio cinematográfico, y hacerla creíble? Una posibilidad era poner una rápida sucesión de las horribles imágenes de nuestro mundo; la aniquilación atómica de Hiroshima, el terrorismo, el narcotráfico, los campos de concentración, 400 mil fetos humanos congelados; los asesinatos y secuestros, la trata de personas, en fin, todas las atrocidades cometidas a consecuencia del pecado humano. Tal acercamiento documental hubiera quebrado la tensión dramática  haciendo que se perdiera la emoción. En cierto sentido, hubiera sido tanto como empobrecer la escena, haciéndola perder emoción.

 

Esta escena dramática, tenía que comunicar la trascendencia del conflicto, e introducir la más grande batalla sin romper la intimidad personal del momento en el espectador. Cuando Cristo llama desesperadamente a Dios, su Padre, su grito se convierte en parte de una misteriosa conversación con los fenómenos naturales que están sucediendo a su alrededor; todo entra en el combate interno de Jesús: la luna, las nubes, la tierra bajo él. Es una vasta e insondable batalla en la que Jesús está atrapado, sudando gotas de sangre sobre la tierra.

 

Los elementos cósmicos insinúan que la agonía va directamente al alma de Jesús. Teólogos y escritores espirituales están de acuerdo en que, en esta batalla, existieron tres dimensiones esenciales, tres causas principales del sufrimiento de Jesús en Getsemaní.

 

El amargo sabor del pecado.

En primer lugar, el sufrimiento de Cristo en Getsemaní fue una única e interna experiencia del pecado humano. Jesús estaba libre de pecado. No entre, aquí, en el tema de la ausencia de pecado en Jesús. Él jamás cayó en la tentación, en el orgullo de la autosuficiencia; él permaneció fiel a la ley natural y a la voluntad de Dios a lo largo de toda su vida. Esta ausencia de pecado es una característica especial del Salvador, prefigurado por el requisito de los sacrificios ofrecidos en el Antiguo Testamento en reparación por los pecados, según el cual, los animales a sacrificar “serían animales sin defecto” (Ex. 29,1) En Getsemaní, sin embargo, el mal del pecado se ha derramado en el alma de Jesús. Él se ha convertido en “el chivo expiatorio”, (en el sentido estricto que esta imagen tiene en el Antiguo Testamento), de todos los pecados  cometidos por el hombre y la mujer, y de todos los pecados que habrían de cometer en el futuro. Isaías habla de un personaje misterioso, al que llama mi siervo; de él dice: «Mi siervo justificará a muchos, porque cargó sobre sí los pecados de ellos, [….] Porque se entregó a sí mismo a la muerte y fue contado entre los malhechores; el tomó sobre sí los pecados de la muchedumbre e intercedió por los pecadores». (53,11b-12) En efecto, Él tomó sobre sí la responsabilidad de cada traición e infidelidad, de cada injusticia, de desobediencia de cada hombre y de toda la raza humana, a la voluntad de Dios. Incluso la gente que está acostumbrada a la vida de pecado, siente el remordimiento de la agonía cuando se enfrenta con la verdadera naturaleza y consecuencias de sus acciones pecaminosas. El asumir el peso de la culpa, del dolor, se intensificó más allá de lo imaginable, en el alma pura del Salvador, primero por su perfecto amor a Dios, despreciado por el pecado y, segundo, sencillamente, por la multitud y atrocidad de los pecados que él asumía como propios. El N. T. intenta describir ésta verdad, en sí misma indescriptible, mediante una paradoja: “El, Cristo, no conoció pecado, Dios lo hizo pecado por nosotros: para que nosotros seamos justicia de Dios en él”. (II Cor. 5,21)

 

Más tarde, San Pablo explica esta paradoja con mayor amplitud, uniendo lo que sucedió en Getsemaní con la totalidad de la pasión de Cristo. «Y a vosotros, que estabais muertos en vuestros delitos y en vuestra carne incircuncisa, os vivificó juntamente con él y nos perdonó todos nuestros delitos. Canceló la nota de cargo que había contra nosotros, la de las prescripciones con sus cláusulas desfavorables, y la quitó de en medio clavándola en la cruz». (Col. 2,13-14) En su pasión, que comienza en Getsemaní, Cristo tomó sobre sí la responsabilidad y consecuencias del pecado humano.

 

Para nosotros, pobre raza caída, el pecado es un hecho común y un compañero familiar de viaje, pero, para Cristo, el pecado es “la esencia y la ponzoña de la muerte”. (Card. J. H. Newman) La sola idea de pecado era absolutamente rechazada por Jesús. Pero no se trata de una simple idea; se trata, más bien, de una solidaridad, o de una identificación espiritual con la responsabilidad de los culpables de todos estos pecados. Consecuentemente, para Jesús, esto significó un cruel y profundo tormento. Por ello, lo santos hablan de cobrar horror al pecado.

 

A través de los siglos, otras representaciones artísticas de esta escena bíblica, han pintado el insondable peso del pecado más explícitamente. Algunos muestran demonios y diablos burlándose de Jesús, como un desfile grotesco del pecado ante sus ojos. Algunos pintan llamativamente imágenes del significado teológico de ese momento, pero crean la aureola de un mundo irreal en torno a esta batalla de Cristo. (Véase, por ejemplo, la pintura clásica renacentista. Y no es que ello esté mal, sino que Gibson ha preferido otra manera representar) Esto puede convertir la lucha de Jesús, debido a unas imágenes irreales, en un cuento. Para mantener la batalla como una visión real hasta donde es posible, y tal vez más de lo posible, la película opta por acentuar  los elementos cósmicos. La luna, las nubes, la luz, la oscuridad, la noche, la tierra, todo atrapado en una tensión sobrenatural.

 

Esta elección artística nos recuerda a los escritores del N. T.  Ellos no describen los detalles del por qué Cristo sufrió así, en el Monte de los Olivos, pero hacen alusión a los símbolos cósmicos. Uno de ellos, San Juan, por ejemplo, subraya la gravedad del momento, al comienzo de la Pasión, con tres simples, pero densas palabras: “era de noche”. (Jn. 13,30).

 

 

 

El tormento de un amor no correspondido.

La segunda fuente del sufrimiento de Cristo en Getsemaní fue su viva y delicada conciencia. El evangelista Juan lo hace notar al inicio del relato de la última cena, cuando dice que “Jesús sabiendo que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre…y sabiendo que el Padre  había puesto en sus manos todas las cosas”,  habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo”. (cf. Jn. 1,3). Jesús sabía cuan inútil habría de ser su sacrificio para muchos que conscientemente rechazarían su ofrecimiento de salvación. Pero él lo hizo sólo por amor, un amor a su Padre, que veía con inmenso amor al género humano caído. Un amor por cada persona atrapada en el círculo vicioso del egoísmo. Jesús sabía que el pecado encerraba al hombre en una profunda frustración existencial. Lo que cada corazón humano necesita, por sobre todas las cosas, – una íntima relación con Dios -, resultaba imposible.

 

El ser humano fue creado para encontrar sentido y plenitud en esa relación, pero el pecado original deshizo esta posibilidad. Si Dios no renovaba su ofrecimiento de amistad y extendía la mano  para curar los corazones mortalmente heridos por su complacencia en el mal, no había esperanza. Cristo encarnó esta renovada oferta de amistad divina con la humanidad. Su mano podía curar porque ella no tuvo ningún contacto con el mal. Él hizo esto de forma intensa, consiente y movido por un amor personal a cada uno. Incluso, durante aquellas horas de agonía en el Huerto, muchos escritores espirituales están de acuerdo, Dios mostró a Jesús la multitud de gente que a través de los siglos rechazarían su ofrecimiento y persistirían en su ilusoria autosuficiencia. Esta verdad, añadía el inconsolable dolor de un amor no correspondido, a la tortura de un cruel sufrimiento.

 

La descripción visual que la película hace de esta agonía es cautivadora, pero, en realidad, es solamente una señal de los sufrimientos que realmente tuvieron lugar. La Biblia describe el sufrimiento de Cristo como “una tristeza mortal”. ¿Qué significa esto? ¿Cuál es ese sentimiento? ¿Con qué compararlo? Los artistas, incluidos los directores cinematográficos, suelen tener una sensibilidad muy desarrollada que potencia su propio sufrimiento y hace crecer su capacidad de empatía; sin embargo, sus peores sufrimientos palidecen en comparación con lo que Cristo debió experimentar.

 

 

 

Conversación con el maligno.

Si los elementos cósmicos aluden a la magnitud del combate que se está desarrollando, la segunda serie de imágenes, – la representación física de Satanás -, se concentra más en la dimensión personal de la batalla interior de Cristo: su enfrentamiento cara a cara con el demonio.  En el Jardín del Edén, de acuerdo con la tradición judeocristiana, el demonio indujo a Adán y a Eva a la rebelión contra Dios, atrapándolos en una simple conversación. Sus palabras los hicieron dudar de la bondad de Dios, despertaron la envidia e hicieron que la salvación y la humilde obediencia al Creador, aparecieran como una esclavitud tiránica.

 

El N. T. menciona muchas veces a Satanás (en los cuatro evangelios lo nombra exactamente 48 veces), pero, los evangelios  no lo mencionan presente en Getsemaní. Sin embargo, los escritores espirituales, siempre, han interpretado la Pasión de Cristo, según las palabras de Lucas. “pero esta es vuestra hora, y el  dominio de las tinieblas”; de esta manera nos situamos ante una clara referencia a la acción del diablo en el sufrimiento y la muerte del Salvador. La película toma este detalle y reconstruye imaginativamente lo que la estrategia del diablo busca en estas circunstancias.

 

Igual que en el Jardín del Edén, el demonio había provocado una conversación sembrando pequeñas semillas de duda y confusión, haciendo alusiones a la bondad de Dios y provocando cinismo y rebelión, ahora lo intenta de nuevo: “«¿Realmente crees que un hombre puede cargar  con el peso de todos los pecados?…ningún hombre puede pagar ese precio, te lo digo yo. Es muy pesado…ni ahora, ni nunca…¿Quién es tu Padre? ¿Quién eres tú?» En otras palabras, se trata de desmoralizar a Jesús; todos estos sufrimientos, en realidad, no van a servir para nada. Es casual, no grotesca, la personificación del mal en ese ser andrógino; otra táctica más para comunicar que, la más grande batalla, estaba teniendo lugar.

 

Rechaza el primer ataque. Pero, hay una gran diferencia entre lo sucedido de Getsemaní y el Edén. Lo que pasó en el Edén no tiene lugar en Getsemaní. En Getsemaní, Jesús no responde a Satán, no traba conversación con él. Él sabe que está allí pero él simplemente lo ignora. Lo oye, pero no lo escucha. De hecho, Jesús no se da cuenta de la presencia de Satán hasta el intempestivo movimiento cinematográfico, cuando Jesús aplasta la cabeza de la serpiente.

 

En lugar de jugar con la tentación, Jesús refuerza su esperanza. Él concentra  todos los poderes de su alma para estar firmemente anclado en su fe en la bondad de Dios. Así, él puede resistir el primer embate del maligno y adherirse a la voluntad de su Padre: “Señor, tú eres mi refugio, yo me pongo bajo tus alas, yo pongo mi confianza en ti”, según rezan muchos salmos. La fe y la esperanza de Cristo le dan la victoria sobre el mal.

 

(Es necesario hacer notar, aquí, el recurso de Jesús a los salmos. Los salmos son la oración del pueblo de Dios; en ellos está contenida toda le existencia humana, su grandeza y su miseria, su gloria y su caída, su gracia y su pecado. Todo el sufrimiento y todas las situaciones de la vida, están contenidas en los salmos convertidos en oración. Con el background de experiencia en el Huerto, veamos solo estos salmos: 68; 93,1.16ss.; 140,1.8-10; 128; 139; 12, entre otros muchos).

 

Benedict Fitzgerarld, colaborador de Gibson, trae a cuento una antigua tradición cristiana que presenta a Cristo usando las palabras de los salmos, el libro de oración del antiguo Israel (todavía incluido en las Biblias cristianas y judías), a los que Cristo se abraza para la batalla final. Es más, todas las fibras de su naturaleza repelen lo que el Padre le pide que haga (“Padre, si es posible, que pase de mí este cáliz”)  Los evangelios sugieren que la agonía en el Huerto duró por lo menos una hora, o probablemente dos o tres. Jesús se levanta victorioso del primer ataque. Su victoria se muestra gráficamente en la película cuando Cristo se levanta, decidido, al final de su oración, pisando la cabeza de la serpiente, con un golpe firme de su pie. Es una imagen que cumple la primera profecía del A.T. sobre un Salvador. «Uno de su descendencia, te aplastará la cabeza». (Gn. 3,15: Él te aplastará la cabeza mientras tú buscas su talón,  dice Dios a la serpiente primordial).

 

La fragilidad de la naturaleza humana.

Tomando el pecado humano sobre si y sabiendo que, no obstante, muchos rechazarían su oferta de salvación, fue, según muchos escritores espirituales lo atestiguan, la primera de las dos causas del sufrimiento  de Cristo en el jardín. La tercera causa fue la conciencia con la que Jesús asume  su pasión, tal como nos queda reportado al inicio de Jn. 13 (es muy importante notar en el cuarto evangelio, la conciencia de Jesús, su conocimiento de los sucesos; y debemos tener en cuenta también lo que Jesús dice en ese evangelio: yo doy mi vida porque quiero; tengo poder para darla y poder para recuperarla). Jesús conocía de antemano, vívida  e intensamente, lo que iba a suceder en las próximas 12 horas; la humillación, la traición el rechazo, la injusticia, la aflicción, los golpes, la flagelación, la tortura, la burla, la  crucifixión y la muerte.

 

Considerando la inmensidad de los dos primeros fardos, el tercero parecería casi sin consecuencias, algo menor. Sin embargo, Jesús era realmente un hombre, un hombre en sus treinta años, en la plenitud de la vida. Lejos el intento de amortiguar  el indescriptible dolor y la ansiedad que cualquier hombre puede sentir ante el dolor del fracaso (al menos, naturalmente hablando, la pasión y muerte de Jesús fueron un fracaso), su divinidad solamente aumentó esta sensación. Su humanidad era perfecta y por lo tanto totalmente sensitiva.

 

Precisamente por esta tercera razón, mucha gente cree que el combate en Getsemaní fue algo fácil para Jesús. Piensan que, después de todo, él era el Hijo de Dios; no era débil ni ignorante ni egoísta como el común de los mortales; él sabía que su sufrimiento duraría solamente un rato y, lego,  se levantaría de la muerte y reinaría para siempre. Cierto, él sufrió, pero no como nosotros; él no sufrió realmente la agonía de la duda, de la desesperanza, de la soledad, todo aquello que es realmente el flagelo de la precaria existencia de la humanidad. Así puede llegar a pensarse. En realidad, la Pasión, tal como la narran los evangelios, no convence del todo. Sin embargo, la mente humana tiene dificultad para comprender exactamente como el Hijo de Dios pudo combinar sus especiales prerrogativas divinas con una auténtica experiencia de absoluta miseria humana, es claro que él lo hizo; los escritores de los evangelios usan las palabras más fuertes para describir esta experiencia. La película sigue este camino. Todo elemento en la escenografía está orquestado para comunicar la tensión de la agonía mortal. A Cristo le es dada una plena conciencia de lo que tiene que enfrentar, por qué, y para quiénes; Cristo ve las victorias y las derrotas; él ve el drama completo; él ve la eternidad.

 

Contemplando con atención y en un contexto de oración las razones para su sufrimiento, puede ayudar a su corazón humano aceptar esta verdad y su inconmensurable inmensidad. Esta es la común experiencia de santos y pecadores a lo largo de los siglos.

 

Aceptación libre.

Una última consideración acerca del sufrimiento de Cristo, aquella que lo une indudablemente a su amor, con frecuencia no se tiene presente: Jesús tenía el poder para detener sus sufrimientos en cualquier momento. Como Hijo de Dios, él podía haber llamado legiones de ángeles en su defensa, (cf. Mt. 26,53-54), pero no lo hizo. Fue hasta el final. De hecho, con la aceptación voluntaria de sus sufrimientos, demuestra es una razón poderosa. Si él sufrió tan intensa, tan profundamente, fue sólo porque él amó con la misma intensidad y profundidad. Por eso, sus heridas pueden curar. Por eso, [en sus llagas hemos sido curados].

 

Si Cristo no hubiera sufrido realmente, en  forma tan terrible, en todas las formas, entonces él no habría sido el salvador. Solamente porque él caminó por el valle tenebroso donde la oveja perdida estaba acobardada y atrapada en la desesperanza, pudo ser el Buen Pastor de la caída raza humana. El N. T. describe esta misteriosa realidad en la epístola a los hebreos, en un pasaje que se refiere especialmente al combate de Cristo en Getsemani: “El cual, habiendo ofrecido en los días de su vida mortal ruegos y súplicas  con poderoso clamor y lágrimas al que podía salvarlo de la muerte, fue escuchado por su actitud reverente”(Heb. 5,7)

 

Getsemaní: el microcosmos de la Pasión.

En cierto sentido, el resto de la pasión de Cristo, simplemente desarrolla lo que ya había sucedido en Getsemaní. Las diferentes formas de sufrimiento externo que acompañan el resto de su pasión ilustran la profunda agonía de Jesús en el Huerto. El los enfrenta, dominando completamente la resistencia instintiva de su naturaleza  humana (“haz que este cáliz pase de mí sin que yo  lo beba”),, sus acciones, reiteran, una y otra vez, las palabras con las que había orado en el Huerto, “yo pongo mi confianza en ti,…Padre que se haga tu voluntad, no la mía”.

 

 

¿Por qué tanto sufrimiento?

Él  fue el precio que el amor tuvo que pagar por el rescate de los hijos perdidos. Solamente una heroica obediencia podía romper el  nudo trenzado por la trágica y orgullosa desobediencia de Adán. Romper este nudo es todo lo que hace la Pasión de Cristo, desde el combate en el monte de los Olivos, hasta su  muerte en la Cruz. Solamente a la luz de esta dimensión cósmica se puede entender  por qué la película se concentra en la fe, la esperanza, el amor, y el perdón. Fe en la bondad de Dios, esperanza en la posibilidad de encontrar significado en el sufrimiento; amor que derrota la muerte y al mal; y perdón que brota de los sufrimiento que Jesús  enfrenta. Se trata de la única fuente de la paz en un mundo destrozado  por la violencia del pecado.

 

Los Ángeles.

El N. Testamento añade un curioso elemento a la profunda agonía de Getsemaní El evangelio de Lucas refiere cómo en medio de la agonía “se le apareció un ángel del cielo que le daba fuerzas” (Lc. 22,43). Jesús simplemente no puede sólo; el apoyo divino parecía agotado, y su vulnerabilidad humana estaba tensionada hasta el punto de fractura. Él lo sabía, y él le pidió a Pedro, a Santiago y a Juan, que estuvieran cerca y lo ayudaran para velar con él mientras oraba y luchaba. Pero lo dejaron solo. Ellos no pudieron velar, los cuatro evangelios recuerdan este punto trágico. Así pues, Dios envió un ángel para confortarlo.

 

Los cristianos familiarizados con el Nuevo Testamento, preguntan por qué los ángeles no aparecen en la escena de Getsemaní. Se trata de otro ejemplo de las miles de opciones que los artistas cristianos tienen que hacer para seguir más de cerca el relato evangélico. En este caso, como en otros muchos, la opción refleja una sutil prudencia cinematográfica. Porque el común de los mortales no ha visto a los ángeles, resulta muy difícil hacerlos aparecer como una realidad. La realidad y la credibilidad eran absolutamente esenciales. Una antigua creencia cristiana explica exactamente como el Ángel conforta a Jesús en ese momento crítico. Jesús ve en aquél momento no solamente a todos aquellos que habrían de rechazar su ofrecimiento de salvación, sino también a aquellos que lo aceptarían y que corresponderían a su amor con amor. La consideración común cristiana de Getsemaní, admite que estaba ahí el pecado de todos, atormentando al Señor, pero los pecadores arrepentidos también estaban, ahí confortando a Cristo con sus acciones y esfuerzos de fidelidad.

 

Poder confortar el corazón de Jesús, mediante el arrepentimiento combatiendo el orgullo y la autosuficiencia, permaneciendo fiel a la amistad  con Dios, ha sido una gran motivación para los cristianos desde los primeros días de la Iglesia. En cierto  sentido, todos los cristianos se asemejan a los Apóstoles  somnolientos, cuando toleran sus tendencias a la autocompasión, a la pereza, al confort y al egoísmo los aleja de la simpatía por el amor de Cristo sufriente. Ellos pueden perfectamente “velar con él” mediante sus esfuerzos por seguirlo, amándolo desinteresadamente como él lo hizo.

 

En este sentido, la Pasión de Cristo es también un modelo de vida cristiana propuesto a todos para seguirlo. Los cristianos no creen que Cristo salva al mundo eliminando al mal, el pecado, el sufrimiento (esto lo vemos en los noticieros de todos los días). Más bien, él los conquista desde dentro; él ama y confía, espera y cree a pesar de ellos. La amistad con Cristo hace que el corazón humano regrese a la fuente de la gracia divina y que puede ayudar a todos s hacer lo mismo. Él hace posible que los individuos crezcan espiritual y moralmente, de tal manera que ellos puedan extender la conquista de Cristo a sus propias vidas. La destructiva desobediencia humana y el pecado, tanto a escala personal como social, puede ser revertido exactamente como Cristo revirtió la desobediencia del pecado original de Adán. Ésta es una razón por la que la quintaesencia de la oración cristiana, el Padre Nuestro compuesta por Cristo mismo, resuena en la oración pronunciada por Cristo en el momento más intenso de su batalla contra el mal: “que venga tu Reino, que tu voluntad sea hecha, en el cielo como en la tierra”. (Tu voluntad, no la mía, manchada por el orgullo)

 

 

 

 

Capítulo II

Traición y arresto.

 

Los motivos de Judas.

Mientras Jesús sudaba sangre en Getsemaní, sus enemigos arreglaban su arresto. Judas, el traidor, acepta el pago de su traición y guía a los captores a donde está su Maestro.

 

¿Por qué Judas traicionó a Jesús? Los evangelios tratan discretamente estos motivos; el IV evangelio, sólo alude a la codicia de Judas. Una semana antes de la Pasión, Jesús estaba de visita con una familia cerca de Jerusalén, y durante la comida una mujer ungió sus pies con un expansivo y aromático ungüento. Judas se molestó por la extravagancia de este gesto, “¿por qué  razón no se ha vendido este perfume en 300 denarios, (el equivalente a un año de salario), y no se ha dado el dinero a los pobres”. Juan agrega este comentario: “Dijo esto no porque le importaran los pobres, sino porque era un ladrón y, como tenía la bolsa, cogía de lo que echaban”. (Jn. 12,5-6)

 

Una visión  más espiritual ve la codicia de Judas como el síntoma de algo más profundo. Él, como otros muchos de sus contemporáneos (y otros Apóstoles), veían al Salvador prometido como alguien que restablecería la gloria terrena del Reino de David, haciendo de Israel, una vez más, una potencia política reconocida en la escena internacional, colocada, quizá, entre las más poderosas naciones. Jesús habló frecuentemente de la venida de su Reino lo cual podía ser entendido como el regreso del reino de Israel donde lo habían dejado David y Salomón 20 siglos atrás.

 

Siendo un miembro del círculo íntimo de Jesús, esta posibilidad resultaba atractiva y real para Judas. Judas creyó ver más rápido que los otros apóstoles que Jesús tenía algo más en mente. Tal vez, Judas entendió  que el Reino de Cristo  “no era de este mundo”, (Jn. 18,36),  tal como Jesús lo explicaría más tarde a Pilatos durante  el juicio. Pero cuando esto quedó claro, Judas tuvo forzosamente que tomar una decisión: ¿Podría él adherirse a Jesús y a su Reino de otro mundo, o tendría que iniciar por su cuenta la realización, a escala mundial, de la riqueza y la influencia de este reino? Tal vez, Judas intentó un juego político de alto riesgo que ponía en claro que no había entendido al Maestro.

 

El Judas real.

Resulta fácil descalificar a Judas como alguien completamente malo, como el paradigma absoluto de la corrupción. Pero, en realidad, toda persona tiene que enfrentar, muchas veces, disyuntivas  en su vida; se trata de una opción real, y Judas era una persona muy real. (La vida misma es una disyuntiva). Muchas veces no es tan clara la dimensión religiosa de una opción; así, por ejemplo, cuando la conciencia de uno  aconseja resistir al placer fácil o al éxito brillante. Es el impulso en nuestro corazón a permanecer fiel a las cosas que realmente importan, las cosas que duran: la amistad, la familia, la fe, la justicia. Con frecuencia, la opción parece vulgar, insignificante, mientras que para Judas fue algo dramático, de enorme alcance, al menos vista a toro pasado. Por estas razones, considerar a Judas como el paradigma de la corrupción, puede ser una táctica astuta para engañarnos a nosotros mismos, quitando peso de las decisiones morales que tenemos que hacer todos los días y tranquilizar nuestra conciencia.

 

El film opta por un Judas diferente. Incluso cuando aparece ante los líderes de Jerusalén  para cerrar el despreciable trato, aparece inseguro de él mismo y visiblemente ansioso. Los sacerdotes judíos, Caifás y Anás, no muestran ninguna compasión; están convencidos, sólo, de que Jesús ha de ser aprendido, aunque reconocen que la traición de Judas es un hecho poco honorable. Consumada la traición, el traidor estorba. Ellos no dan el dinero en la mano a Judas; se lo tiran como el hueso a un perro. Un movimiento lento de la cámara capta  en el aire las monedas de plata, símbolo de todo el glamur mundano, el placer, y la influencia que el dinero hace posible; las monedas que se estrellan contra Judas que no puede agarrarlas, como acosado por ellas, manifiestan, tanto la atracción de la gloria terrena como su insustancialidad. Las monedas brillan  centellean pero son frías, duras; usted puede oír el golpe del metal rebotando en las piedras del piso y desparramarse por el suelo. Cuando Judas se precipita a juntar las monedas, se hacen evidentes su ambición y su ansiedad. Pero también su inseguridad. Al ser rodeado por los guardias, Judas se detiene momentáneamente y los mira preocupado, es la imagen perfecta del remordimiento de conciencia. Él no es un arquetipo del mal, es exactamente como usted y como yo.

 

Judas es un personaje complejo. Por una parte, reconoce que Jesús está allí por una confrontación con los líderes políticos y religiosos de Israel, una confrontación que puede ganar o perder. Pero Judas no estaba preparado para quemar los puentes con la elite del poder. Si Jesús perdía la confrontación, sus fieles seguidores se dispersarían ante el fracaso de Jesús. Por otra parte, aún cuando Judas jugase sus cartas con los enemigos de Jesús, si éste ganaba el enfrentamiento, él aceptaría siempre el regreso de Judas a su círculo, después de todo, el Señor era el ejemplo perfecto de perdón. Así jugó Judas sus cartas.

 

Él arregló la traición secreta a un buen precio, de tal manera que, perdiera o ganara, él podría volver con alguien a la barca. Esto aunque él no estuviera muy orgulloso de sí mismo. Él no quería dejar huella de lo que estaba haciendo. No le gustaba la idea de ser  visto como un traidor por sus amigos. Todas estas emociones y motivaciones encontradas están presentes en el retrato de Judas que nos presenta la película; precisamente porque era un personaje muy complejo, era un personaje real. Un personaje trágico con el que los espectadores pueden identificarse. Éste es, precisamente el punto.

 

Una tragedia muy conocida.

El Antiguo Testamento habló de la traición de que fue objeto el Salvador (ver Zac. 11). En tiempos de los patriarcas hebreos (hacia 1800 a.C), la envidia hizo que los diez hijos mayores de Jacob vendieran a su onceavo hijo (su medio hermano), José como esclavo. Ellos también  lo hicieron por veinte monedas de plata. Pero Dios en su providencia usó esta traición para bien de la familia  de Jacob; José terminó como gobernante de Egipto y salvó  a sus hermanos y a todo el clan cuando hubo una hambruna en Israel. Los hermanos  se reconciliaron y llegaron a ser las cabezas de las Doce Tribus de Israel, pueblo elegido de Dios.  De manera semejante, así lo creen los cristianos, la providencia de Dios convirtió la traición de Judas en una fuente de salvación para todos los pueblos; con su sacrificio, Cristo, nos dio “el pan de la vida” (ver Jn. 6,35) que habría de librar del hambre espiritual generada por el pecado original.

 

Los cristianos ven también la traición de Judas anunciada en el libro de los Salmos. (Entre otros podemos ver el Salmo 142,1-11; 37; 68) Muchos escritores espirituales ven, igualmente, en estos pasajes una indicación de que el más grande sufrimiento que Cristo enfrentó durante su pasión, fue, de hecho, la traición de Judas. Un pasaje del Salmo 54 es citado con frecuencia como una especialmente conmovedora prefiguración de los sentimientos en relación con este aspecto de su pasión: [Si mi enemigo me injuriase, lo aguantaría; si mi adversario se alzase contra mí, me escondería de él, pero eres tú, mi compañero, mi amigo confidente, a quien me unía una dulce intimidad; juntos íbamos entre el bullicio a la casa de Dios]. (Sal. 54,13-15)

 

El salmo 40 expresa el mismo sentimiento: Mis adversarios se reúnen a murmurar contra mí, hacen cálculos siniestros: parece un mal sin remedio, se acostó para no levantarse. Incluso mi amigo, de quien yo me fiaba, y que compartía mi pan, es el primero en traicionarme.

 

Estas descripciones son apenas un resumen de la monstruosidad  del mal; la película traduce bien la Santa Escritura cuando retrata a Judas como un personaje muy complejo.

 

El Nuevo Testamento discretamente, presenta la profunda herida que la traición de Judas causó en el corazón de Cristo. Durante la última cena, en la comida de Pascua que Jesús celebraba con sus apóstoles la víspera de su pasión, Jesús habló de ello explícitamente: Dicho esto, Jesús se entristeció por dentro y declaró: Os aseguro que uno de vosotros me entregará. (Jn. 13,21)

 

Lo que Jesús pensó de Judas.

Con todo, hasta el final Jesús le tendió la mano de la amistad al que lo había traicionado. La película, primero, presenta esto en la manera en que Jesús ve a Judas en el Monte de los Olivos. Cuando los soldados entraron a Getsemaní, Jesús está de pie, listo para cumplir la voluntad de su Padre. Judas había arreglado identificar a Jesús dándole un beso, una manera común de saludar y signo de amistad en el primer siglo en Palestina. Esta señal era necesaria, además, porque en el jardín, siendo de noche, tenían dificultad para identificar a Jesús; o también, porque alguno de los discípulos de Jesús podría hacerse pasar por Jesús mismo para lograr que Jesús escapara. Cuando Judas ve a Jesús y a los otros apóstoles su primera reacción es huir. Judas estaba obviamente avergonzado de él mismo ante sus amigos, ante los otros apóstoles que conocía muy bien. Pero los guardias obligan a Judas a seguir adelante con el plan.

 

Conforme se mueve hacia Jesús, usted puede ver close ups de Juan y Pedro, representantes de los otros apóstoles, viendo a Judas con total desprecio. En contraste, el rostro de Jesús es de bienvenida, cálido, y sincero hasta el fin. Su respuesta a la traición, cuando él dice tristemente: Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del Hombre? (Lc. 22,48), o, “Amigo, ¿a esto has venido?, según Mateo. Es más una amorosa llamada al arrepentimiento que una punzante acusación. La película enfatiza la misericordia y el amor de Jesús en la siguiente escena: Jesús y Judas se encuentran otra vez, de una manera sorprendente, después del arresto. Judas está escondido en una cueva bajo un puente. Cuando Jesús es conducido a la ciudad, encadenado, los soldados lo arrojan del puente, y su cara herida y contorsionada se dirige a Judas que está temblando en la cueva. Incluso entonces, Jesús da, no un signo de condenación, no una indicación de coraje o resentimiento. Incluso ahí, él está abierto, invitando a Judas al arrepentimiento.

 

Es probable que en el camino de regreso a Jerusalén, cuando Jesús estaba cargado de cadenas y herido, los guardias estuvieran abofeteándolo y golpeándolo. En sus meditaciones sobre la Pasión del Señor, publicada después de su muerte como La dolorosa Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, de la religiosa Ana Catalina Emerich, una religiosa y mística alemana del siglo XIX, habla  de ese pasaje en el que Jesús fue arrojado hacia abajo en este puente. La película agrega el encuentro con Judas escondido bajo el puente. Judas tomo las monedas,  volvió a él  entregándole con un beso y después huyó. Corre a esconderse porque siente asco de lo que ha hecho. Está herido; ha hecho algo verdaderamente malo; ha traicionado a su mejor amigo. Así  está él bajo el puente, tratando de esconderse de la verdad de su horrible acción.

 

Pero nadie puede huir de la verdad; no puede escapar de ella. Judas termina yendo precisamente al lugar donde él había estado cara a cara con Jesús. Jesús es la verdad. Cuando Jesús es arrojado por el puente y Judas lo ve, por un momento se ve cómo Judas trata de decir algo, como pidiendo perdón, tratando de  explicarse. Su boca intenta decir unas palabras pero éstas no salen. Él se niega a admitir su error, se niega a aceptar la verdad. De esa manera, la oportunidad del arrepentimiento pasa, los soldados levantan a Jesús que colgaba puente abajo.

 

Después de esto, de repente, Judas ve un demonio, una criatura monstruosa, es una manifestación del remordimiento de su conciencia y el tormento del demonio que se vuelca sobre él. Él no puede ver de nuevo esa criatura monstruosa. Desaparece de repente. Desde este momento, el espectador sospecha que el demonio ya no se apartará de Judas. Él ha abandonado la libertad que brota de una vida en armonía con la verdad; la libertad lo ha abandonado. Está en poder del demonio.

 

El fin trágico de Judas.

La siguiente vez que Judas aparece en escena es durante el juicio de Jesús ante los líderes judíos en Jerusalén; mirando de tras de la multitud. Judas se siente cada vez más perturbado por lo que le está sucediendo a Jesús. Cobijado por la oscuridad, busca al Sumo Sacerdote Caifás para devolverle las treinta monedas de sangre y exigir la libertad de Jesús. Pero, ni en este momento Judas acepta su responsabilidad. Judas pudo volver a Jesús en cualquier momento, pudo llorar su pecado y Jesús lo hubiere perdonado. Pero él no volvió.

 

Se trata de algo muy importante en relación con la libertad humana. Dios no quiere imponer su amor; Judas pudo haberse sentido orgulloso de aceptar sus faltas y el perdón que necesitaba. Dejarse amar, incluso cuando uno es indigno de ese amor, exige humildad. Mucha gente, como Judas, simplemente rehúsa dar este paso. Tal es la tragedia real de Judas, no tanto haber traicionado a Cristo, cuanto no haber confiado en el perdón de Cristo.

 

Las fuerzas del mal, guiadas por Satanás, atormentan a Judas impidiendo su arrepentimiento a través de una humilde y madura penitencia. El uso de unos niños demoníacos es otra forma, otra técnica de la película para manifestar la concepción del mal  como algo bueno que se va a convertir en una terrible equivocación. Los niños connotan fidelidad, docilidad, inocencia; el giro demoníaco connota la pérdida de inocencia, de la fidelidad y de la docilidad, pérdida que Satán usa para llevar a Judas al borde de la desesperación. Cuando llega el momento de la decisión, sin embargo, el demonio desaparece, los niños desaparecen, y Judas se queda solo, libre también, para dar el último paso en su frenética e inútil huida de la verdad, o bien, a su absoluta desconfianza en la misericordia de Dios. Lo único que él ve es el cadáver de un burro infestado de gusanos, sus dientes blancos brillan con el sol de la mañana, (es una alusión explícita al infierno, al que el N. T. se refiere como el lugar “de rechinar de dientes, y donde los gusanos no mueren”. (Mt. 13,50; Mc. 9.47). La visión empuja a Judas al final. Él comienza a sollozar y luego se aferra a la desesperación. Esta es una de las escenas más cautivantes de la película. Tal vez todas las escenas mejor logradas comparten las características de esta escena: hay escenas donde todo es comunicado mediante una mirada, una visión, donde usted olvida los diálogos y los conceptos abstractos y es confrontado con la cruda experiencia humana. Cuando usted ve que Judas comienza a sollozar luego de la toma sucesiva del rostro angustiado de Judas y la cabeza agusanada del burro, usted ya sabe que Judas se ha alejado definitivamente de la esperanza.

 

Tomó muy poco tiempo presentar el drama exacto en esta escena. Al final, Luca Leonello (el autor que caracteriza a Judas) recibe la señal de mirar el cadáver agusanado del burro, con gusanos y moscas que llenan su nariz e imagina que la bestia agusanada ha tenido más suerte que él. Él es dirigido a pensar que hubiera preferido ser aquél burro mejor que lo que es ahora. Solamente entonces el autor interpreta la escena. En la siguiente toma Judas comienza a gritar y las lágrimas comienzan a correr.

 

En su carrera frenética termina ahorcándose con la soga de tenía el burro muerto.