Las culturas orientales ven la historia como algo cíclico sin dirección ni meta, y por ello les va bien el creer en la reencarnación o transmigración de las almas. El cristianismo, en cambio, mira la historia como un camino lineal que marcha hacia la consumación del mundo. Las Sagradas Escrituras indican que al final “el lobo habitará con el cordero y el leopardo se recostará con el cabrito” (Is 11,6). Nuestra mentalidad occidental está marcada por la idea de que vamos todos en un viaje hacia un lugar más dulce y feliz que esta tierra. Son los cielos nuevos y la tierra nueva que esperamos los cristianos (Apoc 21). Tenemos la esperanza de “habitar en la Casa del Señor, por años sin término” (Sal 22). Creemos, por eso, en la resurrección del último día.