El verbo educar, del latín, significa “conducir, llevar hacia”, (e-ducere; de la misma raíz, in-ducere, inducir, per-ducere), de tal manera que educar hace referencia a la conducción de alguien a un buen objetivo. Queda, así,  rebasada la idea, según la cual, la acción de educar se reduce a transmitir solo conocimientos  prácticos, donde el educando es pensado como un recipiente a llenar. Más  bien, es llevar a alguien de la mano para enseñarle el supremo arte de la vida. “Cuando mi hijo salga de mis manos, no quiero que sea sacerdote, magistrado, soldado, será ante todo un hombre”, (J.J. Rousseau. El Emilio). De esta manera, el verbo “educar”,  implica una atención especial a los niños, a los muchachos y a los jóvenes, y pone de relieve la tarea que corresponde ante todo a la familia dado que se trata de la edad cuando el hombre es maleable, tiene por delante la vida, aprende con mayor facilidad, sobre todo con el ejemplo, y  es cuando se toman las grandes decisiones que habrán de configurar la vida. En este momento de la vida, la presencia educativa de la familia es, sencillamente, insustituible y vital. No cabe duda que el mayor servicio prestado por la familia a la Ciudad, no es tanto el formar ciudadanos cuanto formar hombres; pero, haciéndose cargo  del niño desde su nacimiento, cuando todavía no es más que egoísmo salvaje, formándolo, cultivándolo, y “educándolo”. Así, la familia también lo capacita para la vida social. En este sentido, la familia es insustituible. Y, si me permite una vueltecita más al torniquete, diré que en ese seno familiar, la tierna presencia adusta de la madre, es central.

Las grandes civilizaciones lo han sido por la importancia que dieron a la “educación”, y el éxito que alcanzaron llega hasta nosotros con valor permanente, cristalizado en maestros egregios como los filósofos griegos, los escritores grecolatinos o genios que se formaron en esas escuelas, como S. Agustín, S. Jerónimo o S. Ambrosio, por referir solo las bases de la civilización. Cierto, la nueva sensibilidad y el avance de la ciencias psicopedagógicas, nos persuaden de que, también los educadores han de dejarse “educar” por los educandos. Lo que los padres o el maestro tienen delante es una persona, no una cosa, no un animalito al que haya que domesticar. (Aunque a veces pareciera).

 

Así, pues, la suerte, el destino de un pueblo se juega, no en la bolsa de valores, sino en el buen funcionamiento del sistema educativo. Todo lo demás viene por añadidura. ¿A qué se llama, pues, “emergencia educativa”? Me encontraba dando una charla a unos 70 jóvenes (omito referencias más concretas), de secundaria y preparatoria, y les pregunté cuáles son las “estaciones del año”, para explicar el solsticio. ¡No supieron la respuesta! Una jovencita americana me dijo: yo las sé, pero en inglés. Bueno, dímelas en inglés. En efecto, me dijo en inglés el nombre de las cuatro estaciones del año. Concluí: bien, en El Paso todavía les enseñan a los jóvenes las cuatro estaciones del año; en México, no. Bueno, esto no es “emergencia educativa”, es desastre educativo. Tal vez la “emergencia” se eche de ver cuando nos demos cuenta que estos jóvenes nunca escucharán a Vivaldi y sus “Cuatro Estacones”; y, peor aún, que ni siquiera tenga ello la menor importancia.

Nos acercamos a lo que hoy se llama emergencia educativa. Hoy, el sistema educativo, tal vez, esté formando técnicos, robots, máquinas de trabajo, con las normas de la eficacia y la eficiencia, nada más que cerebros, pero no personas, hombres y mujeres con corazón, capaces de amarse a sí mismos y a los otros, de ser fieles, mejores ciudadanos, mejores padres y esposos. Mejores personas, pues. La “emergencia educativa”, no se refiere a la extensión, a la cantidad, a los presupuestos, sino a constatar si la educación tal como está diseñada hoy, esté formando personas. Oí, hace tiempo, una entrevista al secretario de educación francés; al final dijo: “No vamos a permitir que los ingenieros de Boeing tracen nuestro sistema de educación”. Sería la muerte del humanismo. Necesitamos ingenieros, técnicos; el sistema educativo tiene que avocarse a ello. Y está bien. Y, ¿no necesitamos mejores ciudadanos, mejores personas, capaces de entender su vida, también, como servicio, como entrega a los demás, capaces de responder a las preguntas esenciales del ser humano: el valor y sentido de la vida, el valor de la virtud, de la disciplina, de la familia, del respeto, de la honestidad? ¿Dónde se les enseñará esta asignatura?

Ha sido el papa emérito, BXVI, quien dio forma a la expresión “emergencia educativa”. Fue con ocasión de su intervención en la asamblea diocesana de Roma. El papa es el obispo de Roma y, como tal, presidió esa asamblea de pastoral en su diócesis (1.06.07). El tema era el siguiente: «Jesús es el Señor. Educar en la fe, en el seguimiento y en el testimonio». El papa despachó los otros elementos del programa y se centró en el tema «educar». Y le cedemos la palabra:

“Como nos enseña la experiencia diaria —lo sabemos todos—, educar en la fe hoy no es una empresa fácil. En realidad, hoy cualquier labor de educación parece cada vez más ardua y precaria. Por eso, se habla de una gran “emergencia educativa”, de la creciente dificultad que se encuentra para transmitir a las nuevas generaciones los valores fundamentales de la existencia y de un correcto comportamiento, dificultad que existe tanto en la escuela como en la familia, y se puede decir que en todos los demás organismos que tienen finalidades educativas.

Podemos añadir que se trata de una emergencia inevitable: en una sociedad y en una cultura que con demasiada frecuencia tienen el relativismo como su propio credo —el relativismo se ha convertido en una especie de dogma—, falta la luz de la verdad, más aún, se considera peligroso hablar de verdad, se considera “autoritario”, y se acaba por dudar de la bondad de la vida —¿es un bien ser hombre?, ¿es un bien vivir?— y de la validez de las relaciones y de los compromisos que constituyen la vida”. (A la luz del texto, lea los acontecimientos en París o Michoacán o Juárez).

“Entonces, ¿cómo proponer a los más jóvenes y transmitir de generación en generación algo válido y cierto, reglas de vida, un auténtico sentido y objetivos convincentes para la existencia humana, sea como personas sea como comunidades? Por eso, por lo general, la educación tiende a reducirse a la transmisión de determinadas habilidades o capacidades de hacer, mientras se busca satisfacer el deseo de felicidad de las nuevas generaciones colmándolas de objetos de consumo y de gratificaciones efímeras.

Así, tanto los padres como los profesores sienten fácilmente la tentación de abdicar de sus tareas educativas y de no comprender ya ni siquiera cuál es su papel, o mejor, la misión que les ha sido encomendada. Pero precisamente así no ofrecemos a los jóvenes, a las nuevas generaciones, lo que tenemos obligación de transmitirles. Con respecto a ellos somos deudores también de los verdaderos valores que dan fundamento a la vida.

Pero esta situación evidentemente no satisface, no puede satisfacer, porque deja de lado la finalidad esencial de la educación, que es la formación de la persona a fin de capacitarla para vivir con plenitud y aportar su contribución al bien de la comunidad. Por eso, en muchas partes se plantea la exigencia de una educación auténtica y el redescubrimiento de la necesidad de educadores que lo sean realmente. Lo reclaman los padres, preocupados y a menudo angustiados por el futuro de sus hijos; lo reclaman tantos profesores que viven la triste experiencia de la degradación de sus escuelas; lo reclama la sociedad en su conjunto, en Italia y en muchas otras naciones, porque ve cómo a causa de la crisis de la educación se ponen en peligro las bases mismas de la convivencia”.

Lo que significa la “emergencia educativa” se dispara en el consumo de estupefacientes y alcohol en las escuelas, en la  activación temprana de la sexualidad, en los asesinatos dentro de los centros educativos, como los que se ven frecuentemente es EE.UU; en la progresiva pérdida del sentido de familia, en los procesos de deshumanización, en el culto a la violencia y el armamentismo. Todo ello atasca el desarrollo de la sociedad.  La “emergencia educativa” se refiere, pues, al sistema educativo que no ayuda al crecimiento de la persona como tal. Esto,  que suena, raro, está, en última instancia detrás del desastre humanitario de nuestra cultura. Obvio, entre nosotros hablamos de otra cosa; no solo lo que refleja “De Panzazo”, realidad por demás conocida, sino lo que  está sucediendo es los estados mexicanos del Sur, y en general, en el sistema educativo nacional. La “emergencia” presupone una realidad positiva sobre la que se puede construir, que puede ser corregida, optimizada, que es susceptible de mejoramiento. Existen bases. Cuando no existe este presupuesto, no podemos hablar de emergencia sino de desastre.

Cuando he tenido oportunidad, muy escasas, por cierto, de cruzar un saludo con autoridades educativas, les digo que a nuestro sistema educativo le falta mística, o filosofía, amor, verdadera vocación. Y no puedo dejar de mencionarles a Vasconcelos. Al tomar posesión del Rectorado de la Universidad de México, V. escribe a don A. Reyes: “El dolor obliga a meditar; el pensamiento revela la inanidad del mundo y la belleza señala el camino de lo eterno. En los intervalos en que no es posible meditar y gozar la belleza, es preciso cumplir una obra; una obra terrena, una obra que prepare el camino para otros y nos permita seguir a nosotros mismos”. (16.09.1920).  El contemplativo de la belleza, el místico, el filósofo, pasa a la acción.

“La pobreza y la ignorancia son nuestros peores enemigos, continúa el nuevo Rector, y a nosotros nos toca resolver el problema de la ignorancia. Yo soy en estos instantes, más que un nuevo rector que sucede a los anteriores, un delegado de la revolución….en estos momentos yo no vengo a trabajar por la Universidad, sino a pedir a la Universidad que trabaje por el pueblo. El pueblo ha estado sosteniendo a la Universidad y ahora ha menester de ella, y por mi conducto, llega a pedirle consejo”. V. desea ante todo que la Universidad deje de funcionar en el vacío, que se abra al exterior y se convierta en cierto modo en fuente de ideas y sugerencias útiles para el país. Cuando piensa en el nuevo Ministerio de Educación Federal, en realidad piensa, no en un organigrama simple, sino en un “programa de regeneración nacional”. En su discurso, V. invita a los intelectuales a que “salgan de sus torres de marfil a sellar su alianza con la revolución”. Y a los empresarios los invita “a deshacerse de la ambición y de la codicia para enfrentar el problema condicionante de la pobreza”. “El arte y el conocimiento deberán servir para mejorar la condición de la gente. El artista y el pensador habrán de trabajar sin tener que adular al poder ni enajenar su libertad, y pondrán su talento al servicio de una «cruzada cultural y educativa» que movilice la totalidad del país. La tesis doctoral de Claude Fell, sobre la obra educativa de V., es una magnífica presentación del magno proyecto que concibió V. para regenerar el país. Después de él no hemos llegado ni a refritos.

Vasconcelos captó genialmente su época y la necesidad de un cambio acorde. Un gran acierto de V. fue valorar el papel principal del maestro en el quehacer educativo, quien era el centro y la raíz del mismo. En su modelo de trabajo y concepción de la educación, reconocía tres condiciones del maestro: a) el educador enseña con su ejemplo, es modelo para los discípulos, b) los maestros deben tener una verdadera vocación y amar su labor, caracterizada por valores espirituales, abnegación, humildad, ánimo y moral de servicio, c) la formación que los profesores deben recibir tiene que ser la mejor. Durante ese período, se crearon escuelas rurales con la finalidad de incorporar a las comunidades que hasta entonces estaban marginadas y se llevaron a cabo “misiones culturales”, porque para V. la cultura era «un factor de liberación y dignificación de la persona». V. lo decía expresamente: nuestra misión educativa tiene que realizarse a la manera de los grandes programas de evangelización y civilización de los misioneros católicos. Denominó “misiones educativas” a la cruzada alfabetizadora, y “maestros misioneros”, a los operadores del programa; así quería llegar al mundo indígena y campesino, alcanzar las bases amplias de la patria. V. vio con claridad que México, en ese momento, cuando salía del incendio de la revolución, estaba ante un cambio de época. En esa circunstancia, solo un programa de educación pública de gran calado hacia viable el camino de México hacia la modernidad. Pueden leerse sus discursos del momento.

La obra de V. estaba dominada por el espíritu. Por mi raza hablará el Espíritu. Primero en la Universidad y después en la flamante SEP se expresa a través de un vocabulario claramente inspirado en el discurso cristiano: sacrificio, prójimo, cruzada, humildad, rectitud, fervor apostólico, ardor evangélico, misión, misioneros, fe, caridad, abnegación, veneración; son términos que aparecen una y otra vez en las alocuciones a los maestros. «Seamos los iniciadores de una cruzada de educación pública, los inspiradores de un entusiasmo cultural semejante al fervor que ayer ponía a nuestra raza en las empresas de la religión y la conquista. La tarea, el sueño de V. siguen esperando su consumación. Nuestros sistemas educativos tienen necesidad de espíritu, de belleza, de anhelos de infinito, y no simple ganancia.

BXVI termina de la siguiente manera su discurso: “Hoy, más que en el pasado, la educación y la formación de la persona sufren la influencia de los mensajes y del clima generalizado que transmiten los grandes medios de comunicación y que se inspiran en una mentalidad y cultura caracterizadas por el relativismo, el consumismo y una falsa y destructora exaltación, o mejor, profanación del cuerpo y de la sexualidad. Por eso, precisamente por el gran “sí” que como creyentes en Cristo decimos al hombre amado por Dios, no podemos desinteresarnos de la orientación conjunta de la sociedad a la que pertenecemos, de las tendencias que la impulsan y de las influencias positivas o negativas que ejerce en la formación de las nuevas generaciones”.