Episcopum Habemus

 

Bienvenido, Don José Guadalupe!

No solo la comunidad católica, sino toda nuestra ciudad ha mostrado interés y alegría por la llegada de un nuevo obispo. Este viernes ha tomado posesión como nuevo obispo local Don José Guadalupe Torres Campos. En este interregno pudimos descubrir gran interés sobre el tema del obispo. Flotaban en el ambiente muchas preguntas sobre la forma de selección y elección, quién los elige, cómo, bajo qué dinámicas, etc. El mundo mediático mostró interés y cubrió el evento con profesionalismo. Todo ello rebela que la designación de un obispo tiene un hondo significado para la comunidad toda, máxime una comunidad como la de Juárez que experimenta corrientes fuertes de pensamiento y de acción, tensiones, carencias, graves problemas, – grupos religiosos emergentes y la grave problemática familiar, por ejemplo -, pero también grandes posibilidades, grandes cualidades y enormes potencialidades en todos los ámbitos.

Nuevas sensibilidades.

No cabe duda que vivimos tiempos nuevos, tiempos con una nueva sensibilidad, dominados por nuevas circunstancias, nuevas luchas, nuevas aspiraciones. Cierto, la iglesia no es democrática. Su constitución es jerárquica. Pero los laicos saben y les interesa cada vez más su iglesia y lo que sucede en ella, ya no son menores de edad y no pueden ser tratados como tales; tampoco son peones de ajedrez; tienen, con pleno derecho, una misión específica y propia en su iglesia. El mundo de los medios también está atento al ser y quehacer de la iglesia; ésta es objeto de un tratamiento mediático especial. La iglesia tiene historia y el mundo también la tiene. ¿Cómo compaginar esta visión de fe con la nueva sensibilidad, tan sentida en nuestros días? La iglesia no es una entidad democrática, al menos no en el sentido que se le da a éste término en el ámbito político, que es donde lo conocemos y experimentamos. Y no siempre positivamente. El último obispo que fue elegido por aclamación, fue Agustín de Hipona. De haber estado vigente el derecho actual, Agustín nunca hubiera sido obispo.

Con ustedes soy cristiano, para ustedes soy obispo.

En un memorable sermón “sobre los pastores” (n. 46. CCL 41), san Agustín, vierte un pensamiento inigualable sobre la altísima misión y la gran responsabilidad del obispo. Sin ambages, el Santo, advierte “que no faltan pastores a quienes les guste el nombre de pastor, pero no cumplen, en cambio, con las obligaciones del pastor”. Comentando para su pueblo un texto de Ezequiel, pide a Dios que lo ilumine, “Porque si os propusiera mis ideas, también yo sería de aquellos pastores que, en lugar de apacentar las ovejas, se apacientan a sí mismos”. El obispo no tiene palabra propia, dice Agustín, debe ser la misma palabra de Dios la que brote con abundancia de su corazón para enseñar, guiar y santificar al pueblo. “Si, en cambio, hablo no de mis pensamientos, sino exponiendo la palabra del Señor, es el Señor quien os apacienta por mediación mía”. Me parece que al inicio de su pontificado, B. XVI, expresaba una idea semejante, lo mismo hacía Pablo VI al inicio de la primera sesión del Concilio que él presidió.

A raíz del Concilio Vaticano II, sobre todo en el documento titulado Constitución Dogmática sobre la Iglesia, su pieza maestra, se ha ampliado la reflexión sobre la naturaleza y misión del obispo. Pero en reflexiones como la de Agustín, encontramos encarnados, meditados, vividos en lo duro del combate, los temas que después veremos reflejados en multitud de documentos del siglo XX. Y es que la presencia y misión del obispo es simple y sencillamente esencial en la vivencia histórica de la fe evangélica. Es un ministerio de institución divina, sucesor de los Apóstoles, posee la plenitud del orden sacerdotal. “Con el obispo todo, sin el obispo nada”; “donde está el obispo, está Cristo” (S. Ignacio de Antioquía, obispo. + 110). El obispo es el testigo fiel y garante de la Verdad revelada. Esta conciencia hacía temblar a Agustín, modelo de obispo, y se expresaba así ante sus fieles apiñados en la Catedral para escucharlo: «el Señor, no según mis merecimientos, sino según su infinita misericordia, ha querido que yo ocupara este lugar y me dedicara al ministerio pastoral; por ello, debo tener presentes dos cosas, distinguiéndolas bien, a saber: que por una parte soy cristiano y por otra soy obispo. El ser cristiano se me ha dado como don propio; el ser obispo, en cambio, lo he recibido para vuestro bien. Consiguientemente, por mi condición de cristiano debo pensar en mi salvación, en cambio, por mi condición de obispo debo ocuparme de la vuestra. Lo que soy con ustedes me consuela, lo que soy para ustedes me preocupa». ¿Se puede definir de forma más clara, dramática y existencial, la responsabilidad del oficio episcopal? El solo pensar que mi salvación eterna pende de la salvación de aquellos que Dios ha puesto bajo mi cuidado, vista desde la fe, única perspectiva posible, es para hacer temblar.

Servidor del evangelio.

Muy joven era yo cuando se erigió la Prelatura de Ciudad Madera, en los primeros 60’s del siglo pasado. Allí estábamos en el estadio de beisbol, bajo un cielo azul intenso, surcado por grandes nubes que amenazaban tormenta. El viento arrancaba una suave melodía a los pinos. Recuerdo unas palabras de la homilía del querido obispo Talamás: “No es un simple ir y venir de dignidades, se trata de anunciar, de acercar a todos el Evangelio”. La segmentación de la Diócesis Madre no tenía otro objetivo. El obispo solo existe para anunciar el Evangelio, es “servidor del Evangelio de Jesucristo para la esperanza del mundo”. Esa es su misión. El, « ¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!», ha de ser la máxima del obispo, de forma especial, si bien ha de serlo de todo bautizado.

Compromiso, no promoción.

Como siempre en el catolicismo, el problema crucial es teológico y doctrinal. Cuando un hombre recibe la consagración episcopal, no está en primer lugar, recibiendo una promoción. Está aceptando ante Cristo y ante la Iglesia una responsabilidad. Él se compromete a ser el pastor de su iglesia local, el primer maestro y guardián de la fe católica en su diócesis, y el padre de sus sacerdotes (que colocaron sus manos en las suyas el día de su ordenación y le prometieron obediencia y respeto). Esta es la razón por la que se pone sobre los hombros del obispo, durante el rito de la consagración episcopal, el Libro de los Evangelios. El Evangelio es el yugo que ha aceptado libremente cuando aceptó el oficio de obispo.

Nadie puede subestimar la gravedad de la tarea del obispo, o el peso de la responsabilidad que asume. Él es responsable ante Dios de las almas de aquellos cuyo cuidado le ha sido confiado, así como de su propia alma. De hecho, su propia salvación está íntimamente ligada a la salvación de su pueblo. El Ángel de cada una de las siete iglesias, a quien el Espíritu dirige su carta, en el Apocalipsis, es el obispo. Esta es la razón por la que al obispo se le entrega un anillo el día de su ordenación. Este anillo episcopal no es el adorno de un señor medieval; el anillo episcopal es un anillo de bodas, un signo de la alianza matrimonial del obispo con su pueblo, con los buenos y los malos, con los ricos y los pobres, los enfermos y los sanos, los encarcelados, los que yerran, a riesgo, incluso, de su propia vida. Para ello lleva visiblemente la cruz de Cristo sobre su pecho, como única armadura; y el báculo no simboliza otra cosa que el bastón, el varejón o cayado del pastor que camina delante de su rebaño para defenderlo de las amenazas, de las alimañas, de los peligros. Símbolos sagrados, pues, no adornos.

Testigos de la esperanza.

Nuestro obispo llega a una ciudad que necesita ser reanimada en su fe, en su esperanza, en su caridad; donde hace falta reavivar la conciencia cristiana en las estructuras sociales; una comunidad con una crisis familiar muy grave. Una ciudad que ha vivido un periodo terrible de guerra, una ciudad cuyo suelo está manchado con la sangre de miles de hermanos, víctimas de una violencia irracional, sangre que sigue “clamando al cielo”. Es la sangre de Abel derramada que hace maldita la tierra e infecunda; no hemos pedido perdón a Dios. Corazones heridos, familias destrozadas, oscurecimiento de los valores cristianos, pérdida del rumbo. El denominador común a todas estas realidades, es el pecado, el alejamiento de Dios, la falsa ilusión de querer hacer nuestra vida y todos nuestros proyectos “como si Dios no existiese”.

El documento sobre los obispos no se hace ilusiones cuando delinea la misión del obispo. El Sínodo hizo oír su voz para condenar toda forma de violencia e indicar en el pecado del hombre sus últimas raíces. Ante el fracaso de las esperanzas humanas que, basándose en ideologías materialistas, inmanentistas, y economicistas, pretenden medir todo en términos de eficacia y relaciones de fuerza o de mercado. Ante estos hechos hay que reafirmar la convicción de que sólo a la luz del Resucitado y el impulso del Espíritu Santo ayudan al hombre a poner sus propias expectativas en la esperanza que no defrauda. No podemos dejarnos intimidar por las diversas formas de negación del Dios vivo que, con mayor o menor autosuficiencia, buscan minar la esperanza cristiana, parodiarla o ridiculizarla.

La certeza de esta profesión de fe ha de ser capaz de hacer cada día más firme la esperanza del obispo, llevándole a confiar en la bondad misericordiosa de Dios que nunca dejará de abrir caminos de salvación y de ofrecerlos la libertad de cada hombre. Sí, claro, D. José Guadalupe encontrará, también, un laicado vigoroso y comprometido que será su gran aliado.

El obispo, Vicario de Cristo.

Algo han cambiado las cosas. Muchos laicos, muy bien preparados, hombres y mujeres, están asumiendo posiciones cada vez más importantes en la iglesia. Muchos de ellos ostentan doctorados en ciencias religiosas. Uno de estos hombres es el norteamericano George Weigel. En el año 2002 escribió un libro valiente y dolorido, The Courage to be Catholic. (N. York 2002); acababa de explotar en Estados Unidos el escándalo de la pederastia sacerdotal que sacudió a la iglesia en una forma inusitada, desató las pasiones, los odios adormecidos, creció la desconfianza, la sospecha; la increencia, en fin; pero también, el dolor, el arrepentimiento, el deseo y la necesidad de conversión y renovación. La humildad.

Weigel habla de una identidad episcopal, de la misma manera que hay una identidad sacerdotal. “Los obispos han de saber una vez más que ellos son genuinos vicarios de Cristo en sus propias diócesis, no vicarios del papa o vicarios de la conferencia nacional. Los obispos tienen que llegar a pensar en sí mismos, de nuevo, como hombres a quienes el Espíritu Santo ha conferido la plenitud del sacramento del orden y no una promoción de una estructura corporativa. La palabra ‘obispo’ deriva de una palabra griega (epi-scopeo, el que mira por sobre…), el vigilante; el obispo jamás debe olvidar sus responsabilidades apostólicas básicas, que son ser maestro y pastor. Las tres funciones no son independientes entre sí. Un obispo, tal como la iglesia lo entiende, es un sucesor de los apóstoles. Una lectura superficial del libro de los Hechos basta para demostrar que los apóstoles no eran managers de sucursales locales de una organización religiosa (up and coming religious organizations = sectas), buscando hasta encontrar nichos de mercado. Ellos se entendieron a sí mismos como testigos de la verdad de Dios revelada en Jesús Cristo, hasta los ‘confines de la tierra’ y hasta la muerte” (p. 200)

Íntima comunión con su pueblo.

Así pues, todo obispo debe estar atento a los deseos legítimos de sus fieles, conocer sus circunstancias, – debemos hablar de inculturación del Evangelio -, para conocer sus necesidades y posibilidades reales y para saber adaptar a ellos su actividad de gobierno, de enseñanza y su función santificadora; la Constitución LG. anima, por otra parte, a los laicos a exponer a sus pastores, con una filial confianza sus necesidades y deseos. En efecto, “los seglares, como todos los fieles cristianos, tienen el derecho de recibir con abundancia de los sagrados pastores, dentro de los bienes espirituales de la iglesia, ante todo, los auxilios de la Palabra de Dios y de los sacramentos; y han de hacerles saber, con aquella libertad y confianza digna de los hijos de Dios y de los hermanos en Cristo sus necesidades y deseos. En la medida de los conocimientos, de la competencia y el prestigio que poseen, tienen el derecho y, en algún caso, la obligación de manifestar su parecer sobre aquello que dice relación al bien de la iglesia (n. 37).

De esta manera, juntos, rebaño y pastor, recorreremos con seguridad el camino de la salvación.

Orar por nuestro Obispo

Tal misión se antoja difícil ante la debilidad humana. ¿Qué obispo no comienza pidiendo oración por él? Así lo ha hecho desde el primer día papa Francisco. La comunidad cristiana debemos orar incesantemente por nuestro obispo, como la comunidad primitiva oraba por Pedro encarcelado.

Nuestro Obispo cuenta con la oración y el cariño de su pueblo. En la conferencia de prensa de este viernes, D. José Guadalupe apuntaba como característica de su trabajo evangelizador, la alegría. Estad siempre alegres. No podemos anunciar el Evangelio con caras de funeral, dice papa Francisco.

¡Felicidades y… más que bienvenido, Sr. Obispo!