Apareció en Zenit un artículo interesante por un señor Enrique Mujica, fechado en Roma el 18.05.14. El amplio título es: Facebook: una meditación sobre el cielo, el infierno y el sacramento de la reconciliación. Es obvio que se trate de una visión católica de esa interesante realidad que es Facebook. El autor no anda desencaminado cuando nos invita a reflexionar, participemos o no de la fe católica, sobre el impresionante fenómeno de este medio cibernético de comunicación.

Los datos son apabullantes. Era el 4 de octubre de 2012 cuando Facebook llegó a la estratosférica cantidad de 1,000 millones de usuarios registrados. El hecho no pasó desapercibido y no era para menos: ninguna otra red social puede jactarse de haber logrado un alcance como ese: «Esta mañana hay más de mil millones de personas usando Facebook activamente cada mes», escribió Mark Zuckerberg en su propio perfil. Y continuaba: «Si estás leyendo esto: gracias por darme a mí y a mi pequeño equipo el honor de servirlos. Ayudar a mil millones de personas a conectarse es increíble, me llena de humildad y es por mucho el logro del que estoy más orgulloso en toda mi vida. Estoy comprometido a trabajar cada día para hacer que Facebook sea mejor para ti y, con esperanza, algún día también podremos conectar al resto del mundo».

Sin embargo, no podemos soslayar algunas preguntas inquietantes: ¿por qué la soledad sigue siendo un mal endémico en nuestra sociedad? Y hablo de la soledad más negativa y destructiva. ¿Por qué mientras resulta más difícil la comunicación dentro del seno familiar, la comunicación entre padres e hijos, la comunicación entre los esposos, se está recurriendo en forma global a una comunicación anónima? Llenos de humildad, podemos preguntar: comunicación, ¿con quién y para qué? Existe la necesidad de estar comunicados; ya lo hemos dicho anteriormente, el ser no puede existir aislado, ni siquiera pensado en absoluto. La relación y más que una simple comunicación, mucho más, la vivencia de comunidad le es absolutamente necesaria al ser humano. ¿No será que estamos subsanando el déficit comunicativo real por una comunicación virtual y ante la imposibilidad de comunicarme con mi amigo de carne y hueso, con mi padre-madre, con mi cónyuge, recurro al anonimato de alguna manera descomprometido en la red? ¿Por qué confío a la red mis intenciones suicidas, mis graves problemas existenciales, mi soledad, mi sentimiento de frustración, mis anhelos más profundos y lanzo al aire los secretos más sagrados e íntimos de mi vida? ¿Quién es mi interlocutor? ¿No seremos soledades ante soledades? De mis soledades vengo, a mis soledades voy, decía Lope de Vega. Sí, la soledad es a veces la única compañera de la vida. El problema como todo problema del espíritu, no es que exista, sino cómo se enfrenta.

Veamos una nota de El Diario de Juárez publicaba en marzo pasado: “Sólo tienes una vida, haz lo que te dé la gana y sé feliz”, publicó el pasado 16 de diciembre de 2013, en su cuenta de Facebook, la joven estudiante de Odontología, la señorita x, de 19 años, quien murió en el accidente ocurrido el viernes por la noche en la carretera Chihuahua a Delicias, y en donde también falleció su compañera y amiga, la también estudiante de la Facultad de Odontología”.  ¿Cómo leer, después de los hechos esta nota? La nota tiene muchas implicaciones de orden ético, y por lo tanto, hay también una responsabilidad. Si solo tienes esta vida, qué triste manera de acabarla. ¿Podremos sostener ante los demás jóvenes que sólo tenemos esta vida y que hay que hacer lo que nos dé la gana?

Se está manejando, sobre todo en Europa con mucho empeño, la posibilidad de una legislación para fincar responsabilidades a quienes publican en la red, aún de forma anónima. Alegan los juristas que el anonimato no puede gozar de impunidad, de tal manera que aquellos que incitan, valiéndose de la red, a la violencia, al racismo, a la homofobia; aquellos que niegan o se burlan del dogma del holocausto, tienen que responder ante un juez. O sea, hay una responsabilidad legal y hay, por lo tanto, una responsabilidad moral. De sobra sabemos todo lo que se  publica en Facebook: suicidios, torturas, homicidios, crueldad, pornografía, etc., etc., ¿esto puede ser llamado sin más comunicación, comunicación en el sentido humano?

Nuestra ciudad ha vuelto a estremecerse con uno de esos crímenes que yo he calificado en otras ocasiones como crímenes que ponen a nuestra ciudad en las páginas más negras de la historia criminal. En Juárez hemos tenido en reiteradas ocasiones hechos terribles, no precisamente inéditos, pero terribles ante los cuales la misma imaginación se resiste, se rompen los cuadros referenciales, se destruye todo lo que pueda ser inteligible al hombre y a la vida. Es casi la negación del ser. ¿Cómo se puede llegar a un punto así? La respuesta es casi imposible desde el punto meramente social o psicológico. En realidad, la pregunta inquietante ha de ser ¿qué es lo que permite, hace posible, facilita, qué estos hechos tengan lugar? Podemos recorrer el resultado de todos los análisis posibles con la ayuda invaluable de las ciencias humanas. Pero al final, si somos honestos, si no intentamos ideologizar estos hechos, vamos a encontrar un dato: la profunda crisis antropológica que explota en forma devastadora en el ser familiar. El déficit familiar es descomunal y constituye el problema número uno en nuestra sociedad. JPII, el papa de la familia, acuñó frases imponentes: “Familia, sé lo que eres. Íntima comunión de vida y amor”. Esto es lo que ha dejado de existir. Haga usted la radiografía de estos fenómenos brutales y verá lo que encuentra al final. Cualquier análisis que no tenga en cuenta esto, está abocado al fracaso

Una escena como ésa no podemos oírla o verla en los medios cómodamente  sentados. Es estrujante, terrible el solo hecho de imaginarla. Cruel ironía. Esta madre, ahora muerta, había publicado en el Facebook una foto en la que aparece, ella al centro, flanqueada por sus hijos teniendo como trasfondo la palabra VIDA; en la foto de portada del Facebook escribe: “La imagen lo dice todo. Ellos son mi vida”.  La realidad nos deja en claro que el deseo de la vida, el tener la vida verdadera, el salvaguardar la vida, está en otro lugar. Esos testimonios, post mortem, siguen siendo una extraña advertencia, un mensaje muy valioso con tal de que sepamos leerlo y no nos quedemos al nivel de la crónica y aprendamos a llamar las cosas por su nombre. “La palabra vida era la que ella nos decía a todos sus hermanos, no puedo creer que esté muerta, confiesa un hermano; tampoco los niños, nunca lo hubiera imaginado… Con señales de haber llorado, el hombre asegura que «vida», como ambos se llamaban de cariño, fuera asesinada por su propio esposo”. (El Diario.22.05.14)

También hemos visto esta semana a una mujer de 25 años mostrando su rostro en Facebook, aparentemente sonriente, contenta y plena, mientras le es practicado un aborto, y alega en el texto, que “no está preparada para tener un hijo”, razón por la cual, si usamos la real nomenklatura, ha decidido asesinar al bebé. Al hecho en sí se agrega un elemento más: el comunicado. ¿Cómo influirá esto socialmente y cuál es la responsabilidad ética al respecto?, debería ser la pregunta profundamente personal. Facebook no se va a pronunciar sobre la moralidad de mis publicaciones, ¿será, esto, lo que lo convierte en un confidente cómodo?

El Diario de este jueves nos muestra a una menor de edad que es golpeada y humillada mientras le dicen: “¿para qué estás quemando algo que ni siquiera sabes, lo único que quieres es quemar a la gente, como ellos tienen vida social y tú no tienes, tú no le interesas a nadie? Esto se encuentra en youtube.com. En fin, ¿qué no se ve, qué no se encuentra, en las redes llamadas sociales? Una necesidad de comunicación que nos lleva a ese extremo.

Contrastantemente, resultó menos conocido un dato que no es para infravalorarse: según un informe realizado en marzo de 2013 por el fundador de Entrusted, Nate Lustig, en Facebook habría 30 millones de muertos. Se trata de «perfiles» de personas que se habían registrado como usuarios y que en diferentes momentos y por razones diversas fallecieron, dejando un patrimonio digital en esa red social.

Quien se registra en una red social como Facebook lo hace, en la inmensa mayoría de los casos, para compartir con sus amigos la propia vida por medio de fotos, comentarios, videos, enlaces, etc. De ese modo el muro personal de Facebook se convierte en una línea del tiempo de la propia existencia: una especie de baúl de recuerdos en el que se van acumulando las experiencias. Detrás de todo esto, ¿no estará, ante la ausencia de la fe cristiana, el rechazo, la inconformidad ante el hecho de la muerte tras el cual desaparecemos?

En no pocas ocasiones las personas acuden a los muros de otras para conocer un poco acerca de ellas o para actualizarse sobre lo que esa otra persona ha hecho y compartido en fechas recientes o remotas. En el caso de los perfiles de las personas fallecidas, estos se convierten en una especie de «película digital» que permite repasar la vida de los difuntos.

¿Qué tiene que ver esto con el cielo y el infierno? La enseñanza católica sostiene que al momento de la muerte nos presentamos ante Dios para nuestro juicio particular. Ese juicio versa sobre la propia vida y el resultado final son dos posibilidades: el cielo o el infierno; al hablar de cielo e infierno, hablamos de una verdad de fe revelada. Si bien, tenemos que ser parcos en la imaginación, no podemos esperar que sea la misma suerte para quienes han aceptado el amor ofrecido por Dios y tratado de hacer el bien, que aquellos que han actuado en sentido contrario. Ciñéndonos a las cifras manejadas, podemos decir que 30 millones de ex usuarios de Facebook han presentado como materia de su examen personal de vida, ante Dios, también los contenidos que libremente cargaron.

Siendo las redes sociales una realidad tan joven, los difuntos que las usaron son, por así decir, los que ahora están añadiendo a la materia de su propio juicio particular ante Dios aquellos buenos o malos contenidos colocados en su propio perfil personal. ¿Qué podremos opinar, por ejemplo de los sitios de pornografía que generan una ganancia de 2 mil quinientos millones de dólares? (JayDunlap) ¿No podemos ignorar que, ocultos en el submundo de la pornografía, se ocultan intereses inconfesables como la lobby pedofilia  que cuenta con 522 organizaciones y 500 agencias que se ocupan en defender en los tribunales a personas acusadas del delito de pedofilia y promover el menboyloveday a imitación del gay parade? (Walter Ong. Orality and literacy the technologizing of the Word. London 1982).

Que esto conduzca a un examen sobre aquello que los que todavía estamos en vida compartimos en Facebook no parece algo secundario para un católico que tenga la disponibilidad y convicción de querer vivir como tal (y la seguridad de que le llegará su propio turno ante el tribunal de Dios). ¡Cuántas palabras superficiales y obscenidades, chismes y calumnias, se dicen en las redes sociales; cuántos ataques disparados hay contra personas e instituciones en tantos muros de Facebook! Pensemos en aquellas fotografías donde se podría pensar en tantas cosas menos en que la persona que las comparte es un discípulo de Jesucristo. ¡Cuánta vanidad en ciertos materiales y cuánta envidia reflejada en otros! ¡Cuánta vulgaridad, cuánta basura!

No todo está perdido. Nuestro futuro es el Dios revelado por Jesús. Recordar todo aquello que desdice lo que afirmamos creer no es una ocasión para ir a borrarlo (acción por lo demás posible) sino para conducir nuestro pensamiento a otra realidad no menos importante de la enseñanza católica. Entre los sacramentos que Jesucristo instituyó se encuentra el de la penitencia. Por medio de la confesión y perdón de nuestros pecados –según la práctica de la Iglesia– quedamos limpios y en condiciones de seguir el camino hacia el cielo. Por así decir, por el sacramento de la reconciliación Dios no sólo borra aquellos contenidos moralmente reprobables que pusimos en Facebook sino que además olvida voluntariamente el que los hubiéramos puesto.

A mediados de mayo de 2014 una sentencia del Tribunal de Justicia Europeo falló a favor del derecho de los ciudadanos al así llamado «olvido digital». De esa manera webs como Google quedan obligadas a borrar todo rastro de datos de personas para que su derecho a la privacidad quede a salvo. En no pocos casos, las personas que apelan a este derecho lo hacen porque quieren desvincularse de una parte de sus vidas normalmente relacionadas con errores que les acarrearon desprestigio o el no querer quedar asociados a determinada manera de pensar que ya no es la suya. ¿No es maravilloso pensar que el primero que nos regala el don del olvido es Dios mismo cuando nos perdona en el sacramento que instituyó para ello? La sentencia europea es, por decirlo de alguna manera, algo que Dios ya hacía y no sólo en el ámbito digital.

El cura de Ars tiene un pensamiento aplicable a lo que estamos tratando: «El buen Dios lo sabe todo. Antes incluso de que se lo confeséis, sabe ya que pecaréis nuevamente y sin embargo os perdona. ¡Qué grande es el amor de nuestro Dios que le lleva incluso a olvidar voluntariamente el futuro, con tal de perdonarnos!». Seguramente el tiempo que nos quede de vida no supondrá un muro de Facebook inmaculado. Pero tal vez sí podremos tener más presente que al final de nuestra vida también deberemos dar cuenta de lo que ahí hicimos o dejamos de hacer. O en otras palabras: en cada publicación vamos mereciendo el cielo…o el infierno.  En el contexto de sus primeros 10 años de existencia, en diciembre de 2013,  Facebook regaló a sus usuarios la así llamada «TimelineMovieMaker»: la película de la propia vida que se podía conseguir con un simple «clic». Quizá será también lo que Dios querrá regalarnos para que junto a él miremos al final de nuestro paso por esta tierra y por Facebook. Que podamos disfrutarla y no sonrojarnos o apenarnos es algo que depende de nosotros pues, en definitiva, somos lo que publicamos.

Dicen que en la agonía, antes del último paso, veremos “la película de nuestra vida”. O dicho de otra manera. Dios nos hará ver nuestra vida a la manera de una película. ¿Para qué? Tal vez como última y definitiva oportunidad.

PD. Sucede con frecuencia que, terminado un artículo, aparece algo nuevo y relacionado con el tema: “Las publicaciones de los nuevos miembros de Facebook ya no serán públicas, sino restringidas a su círculo de amigos, anunció ayer la red social de internet. Los usuarios de Facebook pueden determinar para cada publicación en su perfil (estatuto, comentario, foto, etc.), con quién lo quieren compartir”.