El año litúrgico toma la recta final. Este año las fiestas de Todos los Santos y de los Fieles Difuntos, coinciden con el fin de semana, que correspondería al domingo XXXI del T.O.

 

Como toda realidad humana, el culto cristiano se despliega en el tiempo según los grandes ritmos del día, de la semana y del año. De esta manera comprendemos que el año litúrgico es, en realidad, el marco de una vida consagrada. Es la organización cristiana del tiempo. Por él, nos situamos religiosamente en el tiempo. De ahí la importancia de que sepamos orientarnos en él.

 

En la encíclica Mediator Dei, Pío XII definía así el año litúrgico: «El año litúrgico es Cristo mismo que persevera en su iglesia y que prosigue aquel camino de inmensa misericordia que inició en esta vida mortal cuando pasaba haciendo el bien, con el bondadosísimo fin de que las almas de los hombres se pongan en contacto con sus misterios, y por ellos en cierto modo vivan. Estos misterios están presentes y obran constantemente como nos lo enseña la doctrina católica…son fuentes de la divina gracia por los méritos y las  oraciones de Jesucristo, y perduran en nosotros por sus efectos….»

 

El ciclo de la espera.

El ciclo abierto por la efusión del Espíritu santo sobre la comunidad apostólica el día de pascua propiamente hablando no se cierra. Permanece abierto sobre el futuro. El año litúrgico termina en la espera de la gran epifanía del Señor cuando vuelva con gloria al fin de los tiempos (Mt. 24,15-30; Mc. 13, 24-32; evangelios del domingo XXXIII durante el año). «Entonces se habrá consumado el misterio de Dios» (Ap. 10,7). Este ciclo tiende hacia una epifanía de glorificación.

 

El último ciclo del año litúrgico, el más largo, es pues, un ciclo de esperanza, un ciclo profético, iluminado por la visión de «una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas» venidos de «la gran tribulación» a la Jerusalén celestial. «Y gritan con fuerte voz: La salvación es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero». (Ap. 7,9-10), lectura de todos los santos. El pueblo de Dios se encamina a través de los sufrimientos de esta vida hacia esta epifanía suprema del amor divino. Entonces, escribe todavía san Juan, «el Señor Dios los alumbrará y reinarán por los siglos de los siglos». (Ap. 22,5)

 

Esta suprema epifanía del Señor se prepara desde ahora en la iglesia. San Pablo nos muestra el cuerpo de Cristo «realizando el crecimiento del cuerpo para su edificación en el amor». (Ef. 4,16). San Juan, a su vez, habla del vestido de la esposa tejido con vistas a las bodas del Cordero: «La esposa se ha engalanado y se le ha concedido vestirse de lino deslumbrante de blancura». Y precisa san Juan: «El lino son las buenas acciones de los santos». (Ap. 19,7-9) Crecimiento del cuerpo en la caridad en vistas al «hombre perfecto, a la madurez de la plenitud de Cristo» (Ef. 4,13),  preparación del vestido de las bodas, tal es el contenido del tiempo de la iglesia. A través de los siglos, ella avanza y trabaja, fija la mirada en su Señor, del que, sea cual sea el tiempo de su historia, sabe que «pronto vendrá». (Ap. 22,20).

 

El itinerario inmenso que nos hace reconocer el año litúrgico va del proyecto eterno del amor divino y de la encarnación de Cristo hasta su venida gloriosa con la multitud innumerable de los elegidos. Sobre ese horizonte se proyecta nuestra vida y nuestra acción.

 

Todos los Santos.

Ap. 7,2-4.9-14; Salmo 23; 1Jn. 3,1-3; Mt. 5,1-12a

 

«Esos vestidos de blanco ¿quiénes son y de dónde vienen?». (Ap. 7,13) Es necesario responder a esta pregunta si queremos que la fiesta de Todos los Santos no sea un sueño desligado de la realidad de nuestra existencia, sino la celebración de aquello hacia lo cual nos dirigimos nosotros. Porque esta fiesta, es la fiesta del Santo en potencia que hay en cada uno de nosotros.

 

En efecto, hay muchos errores de prospectiva que debemos corregir a propósito de los Santos.  . El primero es el de imaginar solamente su condición final, con una aureola en la cabeza, colocados en un altar o en la gloria de su canonización. En realidad, los Santos están en medio de nosotros, aunque «aquello que seremos al final no ha sido revelado todavía» (1Jn. 3,2). Los Santos pertenecen en primer lugar a la tierra, a ese pueblo en camino que viene de la gran tribulación de la vida y sube, en un cortejo ininterrumpido a la ciudad definitiva.

 

Con frecuencia cometemos el error de considerar a los Santos como superhombres, que se elevan por encima del común de los mortales, con sus milagros y con su extraordinaria fuerza de ánimo. Aún en esto, si se ve con cuidado, se da uno cuenta que ni siquiera en ellos los defectos del carácter han sido vencidos o abolidos del todo.  Ningún Santo, por Santo que sea, supera del todo la condición humana. La suya, es una lucha de fidelidad continuada a la gracia que actúa.  San Agustín acuñó la frase que decimos en el prefacio de los santos: «Porque al coronar sus méritos, coronas lo que tú mismo has hecho, coronas tus dones». En efecto, la santidad no es más que el triunfo de la gracia en la debilidad humana.  La santidad, a fin de cuentas, no es más que una pasión convertida; adecuándose a nuestra vocación divina, la santidad llega a ser capaz de operar en nosotros profundas transformaciones, fruto de la gracia y de nuestra libertad.

 

San Bernardo describía a la iglesia, entre las dos venidas del Señor, como «ante et retro ocultata». Con la iglesia también nosotros debemos saber mirar hacia atrás, hacia el ideal de las bienaventuranzas, que al mismo tiempo dirigir la mirada hacia adelante, hacia la multitud del apocalipsis, a la que nos unimos cuando, con un gesto de hombres libres, nos arrodillamos delante de aquél Dios que quiere «ser todo en todos».  (A este propósito remito a un artículo que compartí con ustedes a propósito de Carlos de Foucauld)

 

Síntesis. Ap. 7,2-4.9-14

Una fiesta sin fin. Una inmensa fiesta popular en la que se aclama a Dios y se encuentran todos los hermanos: Es así como San Juan nos presenta el paraíso. Imágenes que evocan la plenitud después de la miseria, el reposo después del cansancio, la gloria después del martirio, la seguridad y el amor después de las penas y dificultades.  Es la paz que el hombre tendrá cuando haya encontrado aquél que es la vida misma. Imágenes elocuentes que expresan la gloria de todo hombre ante el Padre del cielo, al amor en persona. Entonces el tiempo, fuente de inquietud o de esperanza dudosa, desaparecerá. La alegría no conocerá más que un presente sin fin.

 

Salmo 23.  Pieza litúrgica en acción con dos grupos de participantes: un grupo se acerca en procesión a las puertas del templo; otro grupo los recibe y les abre. El P. Alonso hace la siguiente trasposición cristiana.

 

El templo de Jerusalén y sus ritos no eran más que sombra, preparación e imagen de Cristo, verdadero templo de Dios, verdadero rey de la gloria por su resurrección gloriosa. En Cristo, Dios se hace presente a los hombres, y en el acto litúrgico, en el sacrificio cotidiano, en el ritmo anual del adviento, Cristo vuelve a venir a su Iglesia: la iglesia lo trae como en una procesión, y él viene a los suyos. Pero también los suyos han de buscarlo sinceramente: bienaventurados los «puros de corazón», porque ellos verán a Dios. Todo el tiempo de la Iglesia es de nuevo preparación y símbolo de la consumación celeste: por eso el salmo puede ser proyectado hacia la parusía, cuando el Señor de la gloria se manifestará para instaurar su reino celeste; también entonces declarara las condiciones para entrar y él mismo guiará la procesión gozosa, final de todas las liturgias.

 

1Jn. 3,1-3.- Es un hecho realizado. Como la resurrección de Cristo no es una realidad clara, evidente para todos, sino que es un objeto de fe, así la vida nueva del cristiano no es para todos una realidad concreta y tangible.  Y aquellos que se rehúsan a reconocer a Cristo se cierran a la posibilidad de reconocer también la vida de Dios presente en los Santos y en todos los verdaderos creyentes. Mucho depende de nosotros: si verdaderamente vivimos como hijos de Dios, manifestemos el amor del Padre e invitemos a los hombres a reconocerlo.

 

Mt. 5,1-12a.- La revancha final.  He aquí la puerta de ingreso al Reino de Dios. Pasarán por ella solo los pobres, los pequeños, los humildes, los mansos, los oprimidos. Estas bienaventuranzas nos remiten directamente a la situación angustiosa de los hebreos en Egipto, los cuales, según el libro del Éxodo, eran pobres, esclavos, perseguidos, hambrientos, aplastados a grado de no poder más. Más, para estos desventurados, de ayer y de hoy, ha llegado el Libertador. Las bienaventuranzas son por lo tanto como otra Pascua, el anuncio de una novedad, de una esperanza realizada, de una liberación cumplida. Pero no ha desaparecido el largo cortejo de aquellos que están cerca de la desesperación.  Pensemos tan solo en el sonado caso de los jóvenes desaparecidos en Guerrero y que se multiplican por miles en la República; buscar a Cristo significa unirse a ellos, tomar su defensa y servir a su esperanza.

 

ORAR POR LOS DIFUNTOS.*

 

La fecha manda.

Día de difuntos. Hoy me ocupo de la oración  por los difuntos que, con matices y diferencias profundas, es común a todas las religiones, aun las más primitivas.  Tal práctica ha dado lugar a excesos tales como el animismo o la reencarnación. Monumentos mortuorios, pirámides egipcias, epitafios, hoy la congelación,  todos rebeldía ante la muerte. Algunos epitafios son celebres; él del tío de F. Cabral, dice: “Aquí sigue descansando el tío Facundo”. “Aquí yaces, y haces bien, descansas tú y yo también”, epitafio en la tumba de una otoñal señora.

 

Dentro del cristianismo la oración  por los difuntos  es una praxis que se está en sus mismos orígenes.   Oramos por los difuntos siempre; y la iglesia reserva un lugar especial en la estructura de la misa para orar por los difuntos, además, de un rito exequial  rico y amplio. Ninguna otra intención es tan solicitada; en un segundo lugar está la oración por los enfermos

 

Pero, ¿cómo es posible esto? ¿Qué expresa nuestra oración por los difuntos? En realidad, ¿podemos ayudarlos con nuestras oraciones? Y, ¿ayudarlos a qué?

 

Triste cuando  el finado queda completamente solo, porque sus deudos no son creyentes. Queda un vago recuerdo y sus cenizas se dispersan  en cualquier parte para decir que después de la muerte, ya no queda nada. No hay un signo, no hay un epitafio, no hay una tumba. Sabedora la iglesia que hay difuntos olvidados, – ánimas en pena -, ora por todos los difuntos en todas las eucaristías e, igual en sus devociones. Hay difuntos por los que nadie reza: los depositados en las tumbas clandestinas, los olvidados en las morgues. Pues bien, en la estructura  de la misa, la iglesia encomienda a Dios a esos  difuntos, “cuya fe solo Tú conociste”.

 

La esperanza.

Triste cosa es morir privado de toda esperanza. Nuestra vida, lo sabe el creyente, es un encaminarnos lleno de confianza al encuentro con el Juez que conocemos como nuestro Abogado. “Vivir es ese encuentro/ Tú por la luz/ el hombre por la muerte”. El escrito más a antiguo del cristianismo, la 1ª Carta a los Tesalonicenses, trae este resumen: “Hermanos, no queremos que ignoren lo que pasa con los que se duermen (mueren), para que no se aflijan como aquellos otros que no tienen esperanza. ¿No creemos que Jesús murió y resucitó? Pues también a los que han muerto, Dios, por medio de Jesús, los llevará con él. (4,13)  Tal es la profesión más antigua al respecto, llegada hasta nosotros, pero que resume la quintaesencia, el núcleo de nuestra fe. En el “Credo” profesamos: “Creo en la resurrección de los muertos y en la vida del mundo futuro”. Se trata, pues, de una esperanza cierta cuyo fundamento es la resurrección de Jesucristo. Si él no resucitó, tampoco nosotros ni los que nos precedieron; quedamos, entonces en el vacío y la obscuridad totales. Si ha asistido a un misa exequial se habrá fijado que todo gira en torno a la resurrección de Cristo. Sin ella, el cristianismo no aportaría absolutamente nada a la vida del hombre.

 

Tal esperanza cierta deja, sin embargo, en pie la pregunta: ¿Por qué orar por los difuntos? ¿Es esto posible? Todo parte de un dato que se remonta al antiguo testamento y que refleja, además, una intuición subyacente a todo el judaísmo anterior y, a la postre, a todo hombre. Es útil y conveniente rezar por los muertos.  Nuestros seres queridos siguen necesitando nuestra ayuda y, ¡nosotros la de ellos! Este dato se refiere a lo que hizo el líder judío Judas Macabeo, (año 100 a.C) cuando en medio de la cruenta  guerra que sostenía contra Antíoco Epífanes, defendiendo la pureza y la libertad de su religión, hizo una gran colecta y recogió la notable cantidad de 2 mil dracmas de plata, que envió a Jerusalén para que se ofreciesen sacrificios de expiación por los pecados de los que habían muerto en la batalla.  (2Mac 12,43-46) Sobre algunos de los soldados muertos recaían dudas de apostasía, por lo tanto, era necesario ofrecer oraciones para el perdón de los pecados. Y el autor del libro comenta así la acción de Judas Macabeo. «En efecto, orar por los difuntos para que se vean libres de los pecados es una acción santa y conveniente.  Acción elevada y noble, inspirada en el pensamiento de la resurrección. Puesto que si él no hubiera esperado que aquellos muertos hubieran  de resucitar, habría juzgado vano y superfluo orar por ellos. Pero, él creía en la gran recompensa reservada a los que mueren piadosamente».

 

El redactor del libro alaba a Judas Macabeo por tres cosas: su esperanza en la resurrección, su esperanza en el perdón de Dios a los que han muerto en una situación dudosa, y en fin, su convicción de que existe una comunión entre los vivos y los muertos, que permite a los primeros interceder por los segundos.  Si se piensa en esta dimensión de la fe, nos resulta fascinante el hecho de que los lazos con los seres queridos que nos han precedido con el signo de la fe, no quedan rotos. Existe una comunicación constante; siguen siendo nuestros seres queridos y se cumple la sentencia de Jesús, que constituye la oración de la iglesia: nuestro Dios no es un Dios de muertos, es un Dios de vivos; para él, todos estamos vivos.

 

Comentando este pasaje, escribe B.XVI: “Esta praxis, (de Judas Macabeo), ha sido adoptada por los cristianos con mucha naturalidad y es común tanto en la Iglesia oriental como en la occidental. Vista en esta perspectiva, ¡qué hermosa es nuestra fe, y qué consoladora! Se cumple el aserto bíblico según el cual el amor es más fuerte que la muerte. Se puede dar a las almas de los difuntos «consuelo y alivio» por medio de la Eucaristía, la oración y la limosna. Que el amor pueda llegar hasta el más allá, que sea posible un recíproco dar y recibir, en el que estamos unidos unos con otros con vínculos de afecto más allá del confín de la muerte, ha sido una convicción fundamental del cristianismo de todos los siglos y sigue siendo también hoy una experiencia consoladora. ¿Quién no siente la necesidad de hacer llegar a los propios seres queridos que ya se fueron un signo de bondad, de gratitud o también de petición de perdón?”

 

No pocas veces me he encontrado con personas que padecen síndromes depresivos por la muerte de sus seres queridos, convencidos de que no fueron buenos con ellos en vida. Lo sueño todas las noches, no se aparta de mi mente, ¿qué es lo que tengo que hacer?, se preguntan con claros signos de ansiedad. Y ¿quién no tenemos algún remordimiento por la forma en que nos comportamos y relacionamos con nuestros padres, nuestros seres queridos, fruto de la debilidad humana o de la culpa franca? Es entonces cuando esta verdad puede ayudarnos también a reparar nuestras propias deficiencias y ayudar a que los que han partido queden purificados de sus defectos.

 

Tal ha sido la milenaria praxis de la iglesia. Esta convicción la tuvo muy arraigada la iglesia antigua. Las misas se celebraban teniendo como altar las tumbas de los mártires. La liturgia deja constancia muy pronto de una oración por los difuntos. San Cipriano (+258) pensaba en los cristianos que habían apostatado por debilidad durante una persecución y a los que la muerte había sorprendido antes de que hubieran recibido la reconciliación. Son por ello objeto de la oración de la Iglesia. Cirilo de Jerusalén (+386) da un doble sentido a la conmemoración de los difuntos en la liturgia de la eucaristía: encomendarnos a su intercesión e interceder por ellos. Esto puede parecer contradictorio, pero esta contradicción es solamente fruto de nuestra ignorancia: no sabemos quién puede interceder por nosotros ni quién tiene necesidad de nuestra intercesión. Por eso hacemos memoria de ellos pensando en las dos situaciones en que pueden vivir. En ambos casos, la Iglesia vive de la «comunión de los santos» entre los vivos y los muertos.

 

Una purificación necesaria.

La imaginación de los siglos se ha empleado demasiado a propósito del purgatorio. Hablamos de las benditas almas del purgatorio y del deber de interceder por ellas. Y esto es completamente cierto a condición de que entendamos mejor lo que es el purgatorio. No es otra cosa que un proceso de purificación. Ni el cielo ni el infierno ni el purgatorio son «lugares», en todo caso, son «estados». Pero, ¿de qué purificación se trata?

 

La vuelta a la experiencia nos puede hacer entenderlo fácilmente. Nuestra conciencia contiene ciertas zonas opacas, no suficientemente iluminadas, debido a los acontecimientos dolorosos de nuestra vida o a que algunas de nuestras acciones pasadas nos hieren todavía, – las llamamos traumas -, y nos impiden encontrar la verdadera libertad. Todo no se ha resuelto en una caridad plena. Hay ciertos apegos no buenos o ciertos hábitos malos que mantenemos aunque quisiéramos deshacernos de ellos. Hay en la trama de nuestras relaciones toda una serie de dimensiones «no expresadas» que no son conformes al amor. El lenguaje tradicional habla aquí de orgullo, de egoísmo, de mentira, de violencia. Nuestro corazón sin duda está vuelto hacia Dios, pero sigue estando dividido. Ningún santo, por santo que haya sido, ha superado del toda es dimensión. Existen fuerzas poderosas, que llamamos pecado, y que llegan a condicionar nuestra vida. El mismo S. Pablo lo reconoce en forma dramática: “Querer el bien está en mí; realizarlo no, puesto que no hago el bien que quiero sino el mal que aborrezco”.   Estamos, en definitiva, lejos de la verdadera «transparencia», a la que no podemos llegar aquí abajo, pero que es necesaria para ver a Dios y reflejar su luz.

 

Nadie es perfecto.

No podríamos, sin duda, soportar el choque de los juicios que el conjunto de los que nos conocen tienen de nosotros. Porque cada uno de nosotros vive en una especie de «burbuja» protectora que le permite, en virtud de la «cortesía» necesaria a toda vida social, ignorar lo que los otros dicen y piensan de él, a menudo equivocadamente, pero a veces también con razón. Las famosas “máscaras” que solemos utilizar. Sabemos bien lo que pensamos de ciertas personas, lo que determina nuestro comportamiento respecto de ellas y que nunca les diremos. Decía Pascal que, si todos supiéramos lo que decimos unos de otros, no habría dos amigos en el mundo. Pesimista ese Pascal. Para entrar en la luz y la transparencia de Dios, tenemos que desembarazarnos de todo eso y considerarnos bajo una luz cruda, dolorosa al principio, pero purificadora porque tiene por objetivo poner de manifiesto la verdad sobre nosotros mismos, sin mentira, y conducirnos al amor pleno. Sea como sea, un día tendremos que salir de nuestra «burbuja». Esa purificación sería el purgatorio. Purgar es limpiar. Purgatorio es, pues, un proceso de purificación.

 

Culpa no expiada.

En la zona fronteriza del pensamiento católico está H Küng, hablando del purgatorio, dice que sigue en pie el hecho «de la culpa no expiada» en la historia universal, que no siempre es, desde luego, el juicio universal. Por eso se comprende la siguiente pregunta. ¿Ha de ser la muerte ante Dios, esa última realidad, la misma para todos?, ¿la misma para los criminales y las víctimas; la misma para los que han cometido múltiples asesinatos y para todos los asesinados?, ¿la misma para quienes se esforzaron toda la vida en cumplir la voluntad de Dios y fueron una auténtica ayuda para su prójimo, y para quienes impusieron su propia voluntad a lo largo de la vida, viviendo egoístamente y abusando de los demás?, ¿no habría que dudar de la justicia divina si todos accedieran de la misma manera a la divina bienaventuranza? No; un asesino, un ladrón, un delincuente o de un modo general, un impuro, un no iluminado, no pueden en absoluto encontrar el eterno descanso en Dios si no se ha purificado y acendrado antes. Es claro que no pueden estar sentados en la misma mesa del banquete celestial los sicarios y sus víctimas, no podemos sentar en la misma sala celestial a los que van saliendo de las tumbas clandestinas y a sus asesinos. No se puede correr la misma suerte. Anhelamos la justicia divina que consume el equilibrio roto. Es lo que expresamos cuando, decepcionados de la justicia humana, decimos: ya lo pagarás con Dios. Y en caso extremo, se perfila la hipótesis terrible del infierno que, sea dicho de paso, hay que entenderlo también mediante un lenguaje más dinámico y más de nuestro tiempo, como la frustración eterna, irreversible y absoluta. Lo que pudo haber sido y no fue, de forma eterna, radical e irreversible.

 

Ruéguele a Dios por mí.

Ahora nos podríamos hacer una pregunta más: si el «purgatorio» es simplemente el ser purificado ante el encuentro con el Señor, Juez y Salvador, ¿cómo puede intervenir una tercera persona, por más que sea cercana a la otra? Cuando planteamos una cuestión similar, deberíamos darnos cuenta que ningún ser humano es una mónada cerrada en sí misma. Nuestras existencias están en profunda comunión entre sí, entrelazadas unas con otras a través de múltiples interacciones. Nadie vive solo. Ninguno peca solo. Nadie se salva solo. Ni se condena solo. En mi vida entera está continuamente la de los otros: en lo que pienso, digo, me ocupo o hago. Y viceversa, mi vida entra en la vida de los demás, tanto en el bien como en el mal. Así, mi intercesión en modo alguno es algo ajeno para el otro, algo externo, ni siquiera después de la muerte. En el entramado del ser, mi gratitud para con él, mi oración por él, puede significar una pequeña etapa de su purificación. Y con esto no es necesario convertir el tiempo terrenal en el tiempo de Dios: en la comunión de las almas queda superado el simple tiempo terrenal. Nunca es demasiado tarde para tocar el corazón del otro y nunca es inútil. Así se aclara aún más un elemento importante del concepto cristiano de esperanza. Nuestra esperanza es siempre y esencialmente también esperanza para los otros; sólo así es realmente esperanza también para mí. Como cristianos, nunca deberíamos preguntarnos solamente: ¿Cómo puedo salvarme yo mismo? Deberíamos preguntarnos también: ¿Qué puedo hacer para que otros se salven y para que surja también para ellos la estrella de la esperanza? Entonces habré hecho el máximo también por mi salvación personal.

 

Una lágrima se evapora, una flor se marchita, solo la oración llega al cielo, (S. Agustín). Recordamos, hoy, con amor y gratitud, delante de Dios, a los que nos ha precedido con el signo de la fe.

*Para esta entrega me he basado en el libro de Bernard Sesboüe, sj: Creer. París 1999.