Francisco en Juárez (5).

La agencia Zenit reporta este martes, ante el inminente viaje del papa a México, la reunión del Embajador de México ante la Santa Sede, Mariano Palacios Alcocer, la periodista V. Alazraki y el rector del Colegio Mexicano, para dar sus puntos de vista sobre la visita del papa a México. Lo dejo con este texto ilustrativo:

“El embajador recordó que es el séptimo viaje de un Papa a México, seis de J.P. II y uno de B. XVI; aunque este de Francisco ha sido muy esperado, en particular porque se trata de un Pontífice latinoamericano. Añadió que cuando Francisco inició su pontificado, fue la primera vez que un Presidente mexicano, participó en la ceremonia, a la cual le invitó. Recordó, que el obstáculo que se planteaba para una visita del Santo Padre era que B. XVI había estado hacía poco, en marzo del 2012.

Aseguró que “el mensaje que lleva el Papa es esperanzador y de reconciliación”, en un “viaje durante el cual encontrará a las autoridades, pero que principalmente será pastoral. Además es un viaje para encontrar a un continente”, desde el cual es difícil venir a Roma a verlo.

El embajador señaló también que “es un viaje exclusivo a nuestro país, y el primero en el que un Pontífice será recibido en el Palacio Nacional”. Recorriendo las relaciones Iglesia-Estado, ilustró que “en los siglos XIX y XX no fueron lineales, tuvieron altibajos y momentos oscuros. Por no hablar del impasse terrible de la guerra cristera y de momentos radicales y jacobinos”.

El diplomático subrayó que en México es evidente la existencia de una cultura católica y profundamente popular, lo que tiene mucha importancia en este viaje, así como la posición geográfica y geopolítica del país. En este sentido tiene mucho peso la emigración de tantos ciudadanos mexicanos hacia Estados Unidos, debido a las diferencias salariales, si bien indicó que durante la presidencia de Obama más de 2 millones de inmigrantes de su país han sido repatriados. A esto se suma un flujo constante “de los hermanos de Honduras, Nicaragua y El Salvador”.

El embajador añadió que en cada uno de los encuentros, el mensaje del Santo Padre permitirá hacer público los problemas, aunque señaló que en México las dificultades ya son de conocimiento público, como la violencia en el país, y aunque “todos los índices estadísticos van a la baja” aseguró que “la percepción es que la violencia sigue aumentando”. Entre los datos positivos señaló que los actuales índices de desocupación son los más bajos de los últimos años, al punto que se ha logrado reabsorber a quienes han sido repatriados de EEUU.

También se señaló que el Papa eligió personalmente la agenda que quería realizar, aunque las autoridades hubieran preferido otro itinerario. El embajador consideró que más que prohibiciones hubo superposición de peticiones, porque incluso fue invitado al Congreso, invitación declinada”.

Van, ahora, las dos últimas razones por las que el papa debería visitar Juárez. Como lo tengo dicho, el Embajador solicitó esos ‘por qués’ para avalar la vista del papa:

Novena

Otra paradoja es la atracción natural de la frontera a la inversión extranjera, dada la vocación maquiladora de la región. Ergo, las oportunidades de empleo y desarrollo atraen a miles de migrantes pobres de casi todo el país, pero sin un proyecto público de prevención de los efectos negativos del crecimiento horizontal de la ciudad y del costo que representa la prestación de servicios públicos básicos.

Por otro lado, la inseguridad laboral se hace más patética en la proliferación de la industria maquiladora, que aparece y desaparece como un fantasma. Si por un lado da empleo a miles de personas (principalmente muchachas jóvenes ….), por el otro produce el riesgo de un mayor desempleo, precisamente por la facilidad con la que una maquiladora se instala en otra parte de México o del mundo. Los efectos negativos de la maquila, en el ámbito familiar, son, no pocas veces, negativos.

Sólo en los años recientes la industria se ha diversificado, pero estamos en los comienzos.

Décima

La visita del Papa a Ciudad Juárez posee una simbología nacional y mundial sobre la era migratoria que caracteriza nuestro tiempo. Por decirlo así, sería una visita redentora. Ciudad Juárez es el símbolo de la migración empobrecida y humillada. El mensaje del Papa desde C. Juárez sería en términos reales un mensaje universal para los gobiernos y las sociedades intolerantes, racistas y excluyentes y el consiguiente resurgimiento de los nacionalismos que cierran la mirada al dolor de los otros y se encierran en una identidad que los estados y las sociedades construyen como muros de defensa ante «los otros»”.

Los viajes papales.

Podemos decir que Pablo VI es quien ha inaugurado los tiempos modernos del papado. Con sus viajes al extranjero, inauguró una novedad absoluta en la historia del papado. Ha sido el primer sucesor de Pedro en girar alrededor del mundo como el jefe de la iglesia. Los viajes, que en su momento hicieron del papa Montini el papa más conocido de la historia, han sido, al mismo tiempo, uno de los puntos más discutidos de su pontificado en ese momento. Fue quien inauguró, también, lo que hoy conocemos y que reúne a millones de gentes al año, como las audiencias de los miércoles. Él se negaba a ello, en un principio, alegando que no era un artista, pero sus asesores lo convencieron diciéndole que los fieles querían ver al padre.

Mientras se desarrollaba el evento pentecostal del Concilio Vat. II, Pablo VI realizó sus primeros tres viajes de gran significado simbólico: uno a Tierra Santa (1964), durante el cual se estrecha en un abrazo con el Patriarca Atenágoras de Constantinopla, tratando de cerrar una herida, un cisma, que dura más de 1000 años; un segundo a la India (1964), en donde entra en contacto con multitudes de no cristianos, y otro a la Asamblea General de las Naciones Unidas (1965), en donde abraza simbólicamente a toda la humanidad. Los tres viajes manifiestan su voluntad de diálogo con el mundo. En agosto del 1968 visitó Colombia, uno de los viajes más importantes y emblemáticos para el mundo latinoamericano. Ahí, pronunció la frase lapidaria: “la iglesia quiere ser la voz de los que no tienen voz”. ¿Pero qué significan los viajes papales? El mismo papa, en un diálogo histórico con un pensador francés, nos dice qué significaban entonces y qué significan ahora dichos viajes.

En un diálogo con Jean Guitton, Pablo VI explica el significado de los tres viajes que inauguran el pontificado de nuestros días: «La Iglesia está encarnada en el tiempo. Es espiritual y temporal. No puede carecer de un rostro: es el rostro de un tiempo y de una nación. Sé que se le reprocha (a la Iglesia) de ser italiana, como antes, de ser francesa. ¡Habría que obligar al Papa a dejar de ser hombre! Lo que conviene es que el Papa elija un sitio, un lugar, un pueblo, una nación, un punto en el espacio; que se eleve sobre ese punto, y que lo visite como Cristo lo hubiera visitado. Las palabras de un Papa son diferentes a las de un jefe de Estado. Haga lo que haga, lo hace siempre como Padre universal. Y es eso lo que el pueblo que recibe sus palabras siente; es precisamente por eso que lo recibe. Usted subraya que en estos tres viajes nunca fuimos a una tierra propiamente católica. Se podría pensar que los primeros viajes del Santo Padre deberían ser reservados a los países de vieja tradición católica, a los grandes lugares de devoción católica. El Papa ha navegado mar adentro y se ha dejado llevar. Le fue necesaria fe, un poco de confianza, un poco de amor al riesgo. Ha sido recompensado». (J. Guitton, Dialogues avec Paul VI).

Estos son y significan los viajes papales; no son giras artísticas, no hay intereses políticos propiamente tales, y hablar de intereses económicos, es francamente ridículo. En dichos viajes solo comprobamos que la historia se repite. Un día, cuando comenzó todo, en las riberas del lago de Tiberiades, el Resucitado se enfrentó con Pedro para la requisitoria última. Por tres veces requirió la certeza de su amor como condición para confirmarlo como el pastor del rebaño. «Apacienta mis ovejas. Yo te aseguro que cuando eras joven tú mismo te vestías e ibas a donde querías; pero cuando seas viejo, extenderás las manos, y otro te vestirá y te llevará a donde no quieres. Dicho esto, le dijo: sígueme» (Jn.21,18-19). Aquí está el hondo secreto de lo que sucede. Pedro ha de ir a donde no quiere; es el Espíritu que lleva a Pedro y a la iglesia mar adentro, en el mar picado de nuestro tiempo y de nuestro mundo, para ser testigo, ahí, de un amor infinito que le es ofrecido al hombre.

Lo que Dios ha confiado a su iglesia no puede permanecer encerrado en el Vaticano ni en ninguna iglesia ni en ninguna parroquia. El bien es difusivo por sí mismo. Solo desde esta perspectiva podemos entender la mecánica y ese desbordarse multitudinario en torno a una figura religiosa físicamente, más bien, endeble. Cuando Pablo VI visitó Tierra Santa, la multitud rompió las vallas de seguridad y él tuvo la fortuna de abrazar y de tocar a la multitud. Su sufrimiento más grande fue siempre el cordón de seguridad que la diplomacia vaticana ponía en movimiento. El miedo de sus más íntimos colaboradores unido a un celo exagerado de la autoridad de los países que visitaba, le impedía tener un contacto más directo con la gente. Creo que esto se ha agravado en nuestros días. Existe un temor enfermizo, un miedo que va más allá de lo razonable y que se extiende a todos los ámbitos. A veces, solo parece despliegue vistoso de poder. Pablo VI sufrió un atentado en Manila, que no trascendió. Así las cosas, papa Francisco se apresta a visitar México. El solo hecho de decirlo, no deja de causar estupor: el sucesor de Pedro, el vicario de Cristo en la tierra, estará aquí, en Juárez, en nuestra ciudad dispersa, lastimada, para hablarnos sobre la necesidad «del encuentro», del encuentro con nosotros mismos, del encuentro entre nosotros y del encuentro de nosotros con Dios.

La pregunta recurrente de los medios, nacionales e internacionales, llama poderosamente la atención: ¿por qué Juárez? Como respuesta solo cabe otra pregunta: ¿no será una gracia especial del amor de Dios a nuestra lastimada ciudad? Francisco está en la línea de los profetas antiguos y modernos en los que Dios nos visita.

Desde los libros más antiguos de la biblia se ve claramente que los profetas son hombres libres, enraizados en Dios y en la humanidad. Pastores de la gran migración humana, viven bajo el cielo abierto y respiran el soplo del Espíritu.

Con su mirada encendida ven el fondo de su tiempo que a veces parece poner el futuro al desnudo. Su palabra quiebra los horizontes cerrados. Su insoportable lucidez molesta a los hombres superficiales que se mecen en sus sueños y en sus ilusiones, y a las instituciones que se encierran en sí mismas. Estos «portavoces de Dios», como los llamaba León Bloy, son también aquellos que ayudan al nacimiento de la humanidad futura. Los papas últimos pertenecen claramente a la raza ardiente e incómoda de los profetas. Con su vida y con su muerte. ¿Dejaremos que renueve nuestras almas, para abrirlas a la aurora de Dios?