Fray Junípero!

Hace dos semanas iniciaba mi entrega con la cita de H. Belloc: “el escritor concienzudo de la historia es aquel que consigue desligarse de todo factor afectivo como para poder decir: esto sucedió y sucedió así. Lo describiré como si nada me importara su resultado, fuere el que fuere”. Sin negar la parte de verdad del aserto del famoso historiador inglés, su concepción de la historia, por lo menos, es flemática. La historia no puede escribirse con la frialdad de un proceso químico. Pensaba escribir, entonces, sobre Fray Junípero, pero la corriente me llevó a otro lado. Ahora digo algo sobre un fraile que me cautivó.

Hace muchos años leí la conquista espiritual de la Alta California. Ni siquiera recuerdo el autor; el texto, bien documentado, es el resultado de una investigación auspiciada por la Universidad de S. Diego, Cal. Lo leí ávidamente, a la manera de un libro de aventuras que ya lo quisiera Salgari. Lo leí como había leído en mi niñez los Hechos de los Apóstoles, como un libro fabuloso de aventuras, dominado por la figura de un héroe en acción ininterrumpida y fecunda, que recorrió los caminos, valles, montañas y los mares ignotos, en medio de increíbles peripecias y siempre expuesto a mil peligros.

Ahí estaba la aventura de fray Junípero y los suyos, detallada hasta el dolor, desde su llegada a la Villa Rica de La Vera Cruz y su travesía a pie hasta México. De familia campesina, Junípero realizó sus primeros estudios en el convento de San Bernardino, en Petra (Mallorca). Posteriormente estudió en el convento de San Francisco y de Jesús en Palma de Mallorca. En 1730 ingresó en la orden franciscana y recibió el nombre de fray Junípero. Obtuvo el doctorado en Filosofía y Teología en la Universidad Lluliana de Palma de Mallorca. Ocupó la Cátedra de Teología entre 1743 y 1754. Pero no era un hombre para la cómoda paz de la cátedra; Dios llama a cada quien a una misión en la vida. La vida deja de ser inútil esfuerzo disperso cuando se vive según un llamado.

En 1749, junto con veinte frailes franciscanos, decide alistarse como misionero a la Nueva España. Llegan a Veracruz el 7 de diciembre. Mientras sus acompañantes siguen su camino hacia la ciudad de México a lomo de mula, fray Junípero y un acompañante deciden hacer el camino a pie. Siempre será así. En el trayecto un animal muy venenoso le hirió y esa llaga incurable y dolorosa lo acompañó hasta su muerte.

La fundación del Colegio de La Santa Cruz, en Querétaro, es de capital importancia para la evangelización del norte de México y las Californias. El franciscano Antonio Linaz, tomó la iniciativa y el 12 de marzo de 1682, consiguió de los superiores las letras para levantar tal colegio-convento, y el 8 de mayo del mismo año el Papa Inocencio Xl promulgó el Breve Apostólico Sacrosancti apostolatus officium, con el que autorizaba la fundación del «primer Colegio de Propaganda Fide en el Nuevo Mundo». Los misioneros habían fundado, también en estas tierras, la primera Universidad del Continente. Del convento de S. Fernando, fray Junípero se trasladó al colegio de la Santa Cruz, convento de triste memoria para Maximiliano y los suyos, el tiempo andando. Hermoso, imponente, misterioso, hasta hoy, presidido por una estatua de fray Junípero. Este convento está al lado opuesto al Cerro de las Campanas.

Una vez en Santiago de Querétaro, fray Junípero fue destinado a la Sierra Gorda en compañía de nueve frailes, a donde nunca antes habían arribado las misiones anteriores. A base de amor y de paciencia, y con el lema “no pedir nada y darlo todo”, fue cristianizando a aquellos indígenas pames y jonaces conocidos por su fiereza. También les inculcó el amor por el trabajo y, junto con maestros traídos de otras partes, les enseñó las artes de la construcción y la carpintería.

Así, los indígenas construyeron las cinco maravillas que son las misiones de Jalpan, Landa, Tancoyol, Concá y Tilaco. No contento con esto, Junípero siguió su peregrinar, siempre a pie, hacia las Altas Californias, evangelizando y fundando misiones, hasta completar 21, además de 5 en Querétaro y 3 en Nayarit. Trabajó 9 años en ese lugar y dejó el patrimonio espiritual más grande: el evangelio, y las misiones que ahora son “patrimonio de la humanidad”.

Pero no nos adelantemos. Luego de su labor en la Sierra Gorda, los superiores creyeron oportuno destinar a fray Junípero a las misiones de Texas entonces muy desprotegidas. A este propósito recuerdo la crítica que hace J.V. a la guerra de independencia cuando dice que, si en vez de las confusas y peregrinas ideas de Hidalgo al iniciar aquella lucha, se hubieran destinado esos esfuerzos a enviar misioneros y refuerzos para colonizar y asegurar la frontera norte, tal vez no hubiéramos perdido tan tristemente ese territorio, entonces desolado. De hecho, en 1730, misioneros franciscanos establecieron tres misiones temporales en la zona, para entonces ocupada por población autóctona de los grupos comanche, tonkawa y lipán. En 1838, un siglo después, ya se habían asentado ahí las primeras colonias encabezadas por Austin y Houston que determinarían el futuro triste, de todos conocido. Bueno, no de todos.

No llegó a realizarse este proyecto y se destinó a fray Junípero, por el mismo propósito, a la Alta California. Aquí influyeron dos factores. Uno fue la supresión de los jesuitas. En efecto, en 1767, Carlos III decretó la expulsión de todos los jesuitas que radicaban en los dominios españoles. Golpe brutal a la civilización y a la evangelización. Esto afectó a los misioneros Jesuitas que atendían la población indígena y europea de las Californias (y de la Tarahumara), y en todo el Continente; para remediar tamaña estupidez, no quedó más remedio que echar mano de los misioneros francisanos. 16 misioneros de la orden franciscana encabezados por fray Junípero asumieron el encargo en California. La comitiva salió de la ciudad de México el 14 de julio de 1767, embarcó por el puerto de San Blas (Nayarit) rumbo a la Misión de Nuestra Señora de Loreto, que es considerada la madre de las misiones de la Alta y Baja California.

Otro factor fue que, transcurrido un año en este ministerio, llegan noticias de que los rusos, partiendo de Alaska, pretenden ocupar la costa oeste del Norteamérica, llegando hasta el Oregon. Junípero alertó al Virrey, pero las comunicaciones lentas y la burocracia retardaban la respuesta. Junípero hubo de hacer un penoso viaje a México. No olvidemos que era el Rey quien aprobaba las misiones. Para adelantárseles a los rusos, el Virrey Marqués de Croix encarga al gobernador D. José de Gálvez que organice una expedición para la conquista de aquellas tierras. Muchas barcazas, con soldados, familias, misioneros y provisiones, partieron de S. Blas hacia esas tierras; muchas fueron devoradas por el mar. Pero los frailes no eran gente a los que asustaran estas tormentas.

En 1768 los frailes se embarcaron en N. Señora de Loreto, en la nave San Carlos, hacia Alta California para llevar el Evangelio a los indígenas. Al mismo tiempo, salió Junípero Serra con otro grupo por tierra, con ganado para las nuevas fundaciones. La primera misión en la Alta California fue San Diego de Alcalá en 1769. Esta misión sería el cuartel general de fray Junípero. No deja de ser alentador que, después de un año de trabajo, diga en sus cartas que “ha bautizado a 6 indios”. (A la manera de César o Crotés, Junípero nos heredó un tesoro invaluable en su correspondencia, verdaderas “Cartas de Relación”).

Luego de la fundación de San Diego, siguieron las misiones de San Carlos, en Carmelo, San Antonio, San Gabriel y San Luis Obispo; seguirían, después, las de San Francisco, San Juan de Capistrano, Santa Clara y San Buenaventura. Además, se inicia la fundación de Santa Bárbara, que el P. Serra no llegará a ver coronada porque le visitará antes la hermana muerte. Todavía hoy, si visita Napa, encontrará los cimientos de la última misión que intentó fundar fray Junípero. El descubrimiento de la bahía de San Francisco por los marinos españoles y los frailes es digna de ser contada por un Jenofonte. Envuelta en espesa niebla, al girar a estribor, creyeron que daban la vuelta al continente. Asustados, se devolvieron y esperaron unos días a que la niebla levantara. Junípero iba por tierra y les había dicho: “nuestro padre San Francisco quería una misión con su nombre”. Levantada la niebla, recorrieron la inmensa y hermosa bahía. Así se fundó San Francisco, Calif. A nuestros jóvenes lectores habrá que recordarles que, entonces, todo eso era dominio del Virreinato, es decir, de México. Antes de la Independencia, después lo perdimos todo.

Su celo por las almas y su dinamismo por levantar más obras, lo espoleaban continuamente para trasladarse de cerro en cerro, entre valles y montañas, y así poder congregar al indio disperso y desprovisto de todo, dándole cobijo y sustento junto a la acogedora misión, como lo había hecho Kino en lo que ahora es el territorio de Arizona y Sonora. Miles y miles de kilómetros pisó en su fecunda vida. Cojeando y valiéndose de un bastón, cruza repetidas veces los floridos campos californianos para visitar las misiones y estar con sus hermanos los misioneros como un nuevo Pablo. A todos escucha y atiende. Se hace cargo de cada situación concreta. Busca y presenta acertadas soluciones. Da nuevas orientaciones y consejos acertados. Predica, bautiza, confirma, confiesa y aún le queda tiempo, para él el más precioso, en el que se ocupa de los problemas y necesidades de sus queridos indios.

Aquel hombre de temperamento fuerte y de carácter firme, pero afable, de dotes singulares y de ambiciosas iniciativas, jamás retrocedió. Pero al fin cayó, rendido, en el encuentro con la hermana muerte. Su entrada en la vida ocurrió el 28 de Agosto de 1784, en la Misión de San Carlos Borromeo, junto al río Carmelo, cerca de Monterrey. Fueron 35 años de agotador trabajo misionero, pero con la satisfacción de ver que su obra echaba raíces y florecía. Se reconocen 130 dialectos que se hablaban entonces en la región, por lo que hubo necesidad, como en la India o en Sudáfrica, de unificar la comunicación mediante la enseñanza de una lengua común, fue la española. En esas tierras, “todavía se habla español y se alaba a Jesucristo”, (R. Darío. Oda a Roosevelt). Este domingo pasado, su misión y su estatua fueron insultadas. Esto no es anti-Junípero, es anticristiano.

Se ha llegado al extremo de acusar a fray Junípero de genocida. En esto simplemente hay que ver el ancestral odio inglés a España y al catolicismo. La conclusión de los historiadores es la siguiente, dando cifras muy cercanas a la realidad: el genocidio contra los indios se llevó a cabo, no en el periodo de las misiones franciscanas, sino cuando estas ya no existían como tales, y el “genocidio” contra los habitantes de ese lugar se realizó cuando «la fiebre del oro» invadió California. El dato lo corroboran los historiadores con pruebas contundentes, entre otras, Sylvia Hilton, Doctora en Historia y profesora de la Facultad de Historia de América de la Universidad Complutense. Ya entonces, California era tierra norteamericana.

“En México, 50 años después de la muerte de Serra, el gobierno desamortizó las misiones. Los padres y los indios fueron expulsados del terreno que fue vendido a los partidarios de la revolución. Igual, las misiones se derrumbaron, los nativos sufrieron malos tratos bajo el yugo de rancheros y mineros hambrientos de oro. Igual que hoy, entre 1845 y 1880, la población india de California descendió de 150 mil a 20,400. A pesar de este trágico desenlace, las misiones finalmente fueron reconstruidas y hoy son testimonio, no de los que deseaban la tierra y el oro, sino de los frutos de la fe que llevó a California un pequeño grupo de frailes encabezados por Serra”, escribe Michel Morris, profesor de historia en Berkeley.

E.S. Morison y H.S. Commager en su Historia de los EE.UU., escribe: «en los anales del género humano no se encuentra otra conquista semejante a la española. Nuestros antecesores de Virginia y Nueva Inglaterra, que se abrieron camino a través del Gran Oeste, y los exploradores francocanadienses, fueron, ciertamente, hombres duros y resistentes; pero sus hazañas no pueden compararse con las de los conquistadores y religiosos españoles. Los resultados de sus conquistas fueron sorprendentes y maravillosas, así en lo material como en lo espiritual».

Las cosas, simplemente, como dice Belloc, así fueron.

Pd.1: También Matachí es pueblo mágico; sobrevive por arte de magia. Un brazo de solo 17 Km de carretera, al occidente, le daría oxígeno al municipio. Ojala lo sepa doña Rosario ya que trae tantos millones pa’los pobres.

2: Con Samalayuca ha de hacerse lo que se ha hecho con las Arenas Blancas; el desastre del “turismo”, solo es superado por el saqueo de arena. Samalayuca debe ser zona absolutamente protegida.

3: “Iba pidiendo a sus víctimas que se pusieran de pie y dijeran cuál era su religión. Si decían que eran cristianos, los ejecutaba”. El asesino de Roseburg. Cerca de 300 hechos como éste.

4: ¿Por qué tanto ruido con Sicario? Veamos solo lo noticieros locales y nacionales.