• Generación Perdida

    GENERACIÓN PERDIDA

    Hace tiempo acuñé este dictado; una generación perdida. Luego, hube de corregir: no es una, son varias. Ha habido un retroceso en el desarrollo humano. Acuñé también la expresión: déficit en humanidad, igual que: deterioro del tejido social, y cosas de esas que son ahora del dominio común para expresar eso, un déficit en la humanidad. Lo trágico es que ese déficit haya alcanzado a los niños. Cuando esto sucede, algo muy grave está pasando. Y no me vengan con el cuento que los padres no son responsables. Muchas de esas cosas pasan precisamente porque los padres no saben, no quieren, o no pueden serlo. Triste es que sepamos de ellos a la hora de las protestas y no antes de que pasen las cosas. Ahogado el niño, tapado el pozo, parece ser la lógica con la que se desarrollan tales hechos.

    La enfermedad de la violencia.

    El teólogo alemán Berhard Haering, que ha dado una gran propulsión a los movimientos pacifistas de todo el mundo, en uno de sus últimos libros (1989) afirma lo siguiente: “lo que necesitamos es una manera de pensar radicalmente nueva, una revolución cultural con un alcance totalmente distinto de la revolución de Mao Tse-Tung. El objetivo preciso ha de ser una cultura de la no violencia. Al movimiento pacifista contemporáneo le ha faltado hasta ahora una clara visión terapéutica”.

    La violencia diseminada por el mundo y que se escuda en motivos políticos, en motivos ideológicos o religiosos, muestra una escalada verdaderamente impresionante. Los medios, en esta “pequeña aldea” nos ponen en contacto con la realidad hiriente, y, querámoslo o no, hacen que nos sintamos impactados, con estos sucesos dramáticos que reflejan la gravísima enfermedad de la violencia. Incluso, como efecto no deseado, se rozan los límites de la apología; la cobertura, en las mentes débiles o infantiles provoca el mimetismo.

    Lo monstruoso de esta enfermedad, afirma Haering, aparece de forma aún más horripilante cuando pensamos que en nuestro siglo Dios ha abierto un proceso decisivo de salvación con perspectivas antiguas a la vez que totalmente nuevas mediante hombres como el Mahatma Gandhi, Martin Luther King, o los papas del s. XX, para mencionar sólo algunos de los grandes profetas y creadores de la paz. ¿Chocan estos nuevos métodos de liberación, salvación y amor a los enemigos con una resistencia enconada? ¿O la enfermedad mortal de la violencia, la mentira, la falta de autenticidad y la ceguera de los responsables, ha progresado tanto que ya estos no son capaces de hacer suya esa oferta liberadora?

    La violencia en cualquiera de sus formas constituye una de las más graves enfermedades morales de nuestro tiempo. Es impresionante el alto grado de violencia en que vivimos y que parece recrudecerse día a día sin que, como sociedad, como personas o grupos, nos detengamos a reflexionar en serio sobre esta realidad brutal. Cierto, se trata de un fenómeno mundial, de una agudísima enfermedad que se antoja incurable; nosotros la percibimos cercana, vecina a nuestro diario vivir en esta ajetreada y violenta ciudad de Juárez. El goteo de sangre no cesa.

    La enfermedad de la violencia con su rostro multiforme, está en ascenso constante. Con ello no nos referimos solamente a las ejecuciones, “a los ajustes de cuentas”, sino a la amplia gama de violencia que se manifiesta cotidianamente; es muy difícil captar en cifras la violencia que se genera al interno del hogar, en el seno mismo de la familia, la violencia física y verbal entre los padres y esposos, la violencia contra los niños, la violencia entre hermanos. Estos días se ventila en nuestra ciudad un juicio, – sin secreto de sumario -, del asesinato de mujeres en nuestra ciudad. “Juicio histórico”. El asesinato de mujeres nos ha estigmatizado mundialmente. Imagínese que un juicio semejante estuviera ventilándose en otros países más avanzados, ¿cuáles serían las reacciones sociales? Entre nosotros, nos ocupa más el chicharito y el aturdimiento de la vacua propaganda electoral, llevada con una buena dosis de violencia.

    La violencia alcanza a los niños.

    Una de estas semanas ha emergido del submundo un hecho escalofriante, pero no raro, más bien frecuente: un ‘padre’ ha matado de un puñetazo a su niño de tres meses, hundiéndole el cráneo. Gemelito, hijo de una niña de ¡16 años!, el ´supuesto´ agresor de ¡21 años! Esto, lo sabemos, no es raro entre nosotros. Cosas tan terribles revelan el fondo negro que las sustenta y el hecho llega a parecernos normal. Los sociólogos deberían tomar nota de las edades de los actores, las víctimas y su entorno, y ver que coinciden con la generación perdida que brota de la violencia terrible, como ninguna, que vivimos en Juárez. Son polvos de aquellos lodos. Es la generación que emerge de la violencia de hace unos años. Miles de muertos y miles de huérfanos, niños que vivieron la violencia, heridos, marcados de por vida. Y una sociedad desarticulada, que camina guiada solo por factores materiales.

    “Reynosa: ¿Y los niños?”, es un muy buen artículo de Riva Palacio. En esa ciudad, dice el autor, citando a un destacado doctor en piscología, los niños juegan al secuestrado, cobran derecho de piso por la tiendita de la escuela o por dejar entrar al baño; igual, amenazas a los maestros. Luego de las balaceras, los cadáveres quedan regados en torno a las escuelas. (El Diario 30.04.15). Nosotros sabemos de qué se está hablando. Sabemos que el virus de la violencia, aquí, no está muerto, está, en todo caso, aletargado. Si las condiciones se dan, se desarrollará con virulencia particular.

    Cristopher

    Es la última y más escalofriante versión. Desnuda nuestra sociedad, el discurso político-social queda deshecho. El quehacer religioso no se ve eficiente. La educación parece no influir. Reporte internacional. La infancia puede ser un espejo o un infierno. En la colonia Laderas de San Guillermo, un jueves, fue las dos cosas. Ahí, muy cerca de los muros de la prisión de Chihuahua, el pequeño Christopher, de 6 años, fue arrastrado a una pesadilla de la que México aún no ha despertado. Dos primos y tres amigos, de 11 a 15 años, le tomaron de la mano para “jugar a secuestradores” y acabaron matándole tras una larga e indescriptible tortura. Monstruosa, inconcebible, totalmente patológica. En un país donde a la muerte se le erigen altares, este crimen ha desbordado diques y, con su componente infantil, ha puesto a muchos ciudadanos ante el espejo enfermizo de la ultraviolencia. Un fenómeno que Chihuahua conoce bien.

    Ciudad Juárez, fue durante años la mayor tumba del planeta, registra después de Guerrero la tasa de homicidios de menores más alta de México: 38 por cada 100.000 habitantes. Casi 50 veces más que la española para todas las edades. En este aberrante contexto, la muerte del pequeño Christopher, conocido como El Negrito, podría haber pasado inadvertida, pero el pretendido juego que le acompañó puso el dedo en la llaga: niños emulando secuestradores y, a juzgar por las declaraciones de la policía, yendo mucho más lejos que ellos. Enseguida se apela a la gastada frase: pérdida de valores, cuando no se sabe ni qué son los valores. Aquí no se han perdido, no existen desde hace mucho.

    La reconstrucción de la procuraduría revela que, antes de llevarse a Christopher, los menores habían capturado y matado con saña a un perro callejero. Luego, comandados por un chico de 15 años, partieron en busca de otra presa. Eran las diez de la mañana y el pequeño, como tantas otras veces, jugaba en la calle. Fue entonces cuando se topó con la pandilla. Le pidieron que les acompañase a juntar leña. El niño les siguió. No eran desconocidos, sino sus primos, sus vecinos en ese arrabal de miseria y polvo. Al llegar a un arroyo cercano, lejos de las miradas de los adultos, le propusieron el juego del secuestro. Y tras atarle de pies y manos, cruzaron el espejo. Con un palo le asfixiaron hasta hacerle perder la conciencia. Acto seguido, vinieron los varazos, las pedradas, la navaja. Me dicen que le horadaron los ojos y le cortaron una mejilla. El cadáver fue arrastrado hasta un agujero que cubrieron con tierra y maleza. Encima colocaron al perro muerto. (cf. Jan Martínez Ahrens   20.05.15). Claro que es satanismo en cuanto el hombre, en este caso, niños, está, vive en el órbita del Malo. Los niños son actores y víctimas. En la última década han muerto por homicidio en México, 10.876 menores. Christopher es ahora es uno de ellos.

    Luego, la violencia no es, pues, una psicosis. Se trata, más bien, de un fenómeno grave y que obedece a factores múltiples, no fáciles de señalar; claro, los valores humanos y cristianos concretos, sobre los que descansaba la sociedad, han dejado de existir y todo ha sido dejado a merced de una idea perversa de la propia libertad. Y tenemos una sociedad herida, no reconciliada; que sigue siendo porosa, permeable.

    Una legislación nueva, ¿otra?

    ¿Por qué no aplicamos las que tenemos? Sabemos lo que es la falta calificada como omisión de cuidados y que es posible retirar la patria potestad a los padres omisos en el cumplimiento de sus deberes como tales. El fondo del problema es la ausencia de familia, de la familia impedida para serlo por las más diversas razones, incluida la pobreza, la injusticia, el deterioro social.

    Por otra parte, el tribunal como tal no está en condiciones de cambiar la interioridad de esos jóvenes; puede que de ahí salgan “doctorados”. Transcribo un fragmento de un artículo mío: “Nosotros los Jueces”, (01.02.15), que recomiendo ampliamente en esta circunstancia: “He querido transcribir este texto, dice el Magistrado Beria, no sólo porque tuvo ecos periodísticos, sino porque sirve para una profundización seria sobre la relación entre arrepentimiento, readaptación y reinserción social. En efecto, en él hay conciencia de que la reinserción está unida al ser distintos y transformados respecto del momento del pecado o de la culpa; y que la transformación en hombre distinto pasa a través de un arrepentimiento profundo, no superficial o, incluso, fingido. Para la justicia humana esta doble conciencia voluntariamente ha quedado abandonada, y no sólo para los “arrepentidos” del terrorismo que colaboran, sino para todos los jóvenes que pasan por nuestros tribunales; no queremos estigmatizarlos; no hacemos, pues, hincapié en el valor de su arrepentimiento; no hacemos entrar ninguna “pena” (dolor, arrepentimiento, penitencia, sanción) en la acción judicial; les concedemos el perdón (judicial) casi tratando de no dejar huella de nuestra intervención, a menos que sea amonestación educativa y social. Parece que regalamos el perdón de un pecado sin culpas voluntarias (y, por tanto, sin exigencias de cambio y transformación interior) en vez de administrar justicia; casi somos más misericordiosos que el Padre Eterno”. En pocas palabras, estos jóvenes delincuentes salen peor que como entraron, porque la ley mata, no transforma, no redime.

    En otras palabras, dice Beria, no creo, aunque pueda aparecer un poco contra corriente respecto de muchos colegas míos, que nosotros jueces podamos pasar por encima de dos elementos fundamentales: “la especificidad del comportamiento desviado y de su reconocimiento”; el comienzo de un “cambio sicológico y humano” del joven que mandamos absuelto y perdonado. Y esto no porque, como dice el cardenal, se requiera siempre una “confesión específica” por un buen examen de conciencia o por un verdadero camino penitencial, sino porque hay que educar al joven para que enfoque las motivaciones y las características de sus actitudes, sin la peligrosa sensación de poder permanecer en continua ambigüedad no sólo sobre el juicio de valor acerca de los propios comportamientos, sino inclusive sobre la concreta y específica configuración de los mismos.

    Lo que es absolutamente intolerable y, comenzando por el gobierno del estado y la sociedad chihuahuense, debemos oponernos frontalmente a que este caso se convierta en motivo de rating para espectáculos decadentes y degradantes.

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