“Hay conciencias ciegas para lo sobrenatural; pretender convencerlas es tan estéril como hablarle del color a un ciego de nacimiento. Para el que tiene el sentido de lo divino, es obvio que existen sus manifestaciones. Y lo que en cada caso interesa es averiguar la categoría, el significado de cada particular revelado”. Así introducía don J.V. un ensayo sobre la V. de Guadalupe.

 

El hecho guadalupano. En efecto, el hecho guadalupano, – apariciones, imagen e historia -, está cargado de un contenido de significado que hace de él un evento profético, un hecho que sigue interpelando sucesivamente a los mexicanos  llamándolos a asumir con  responsabilidad su destino y su vocación en el concierto general de las naciones. Pero también revela lo que nos falta por hacer. Es por ello que “interesa averiguar su significado”. Nos toca vivir un momento difícil, de confusión; pareciera que las instituciones, cuya función es garantizar la paz y la seguridad, se ha postrado, y no precisamente ante la Guadalupana, sino ante presiones que tienen nombre y apellido. Mientras que Guadalupe es llamada a la unidad, a la concordia, a la superación de injustas e inadmisibles desigualdades, al amor, el México actual exhibe una realidad opuesta.

 

Articulistas de talla mundial se ocupan de México. Me quedo con este resumen de J. F. Hernández.: “Ante la negra noche de la que parece amanecer México desde hace dos meses, muchos escritores hemos decidido iniciar nuestras intervenciones en la FIL de Guadalajara contando hasta 43, la cifra que en realidad suma miles de muertos y desaparecidos en este enrevesado otoño que parece primavera: contra quienes son soberbios, corruptos, mentirosos y asesinos, estamos siendo pensantes, propositivos y sí, pacíficamente provocadores, pues ante quien decide mantenerse dormido en un letargo imbécil de fantasías y mentiras habrá que despertarlo con gerundios: leyendo los libros que no ha leído, escribiendo las ideas que es incapaz de pensar y hablando en voz alta las propuestas que es incapaz de imaginar. Cuarenta y tres segundos para exigir justicia y para honrar la memoria de todo desaparecido, todo muerto y todo agredido en las negras páginas de un capítulo de nuestra memoria que preferimos dar por cerrado y pasar a las siguientes páginas, intactas, que están ya escribiendo nuestros hijos en las aulas, en las calles y en sus aspiraciones que no merecen represión absolutista ni la absurda imbecilidad de los pretextos”. (El País   02.12.14).

 

Los especialistas ya dicen que un ambiente de pesimismo comienza a apoderarse de los mexicanos. “El espanto por la barbarie de Iguala ha catalizado una inesperada crisis emocional. La idea de que la impunidad y la corrupción siguen imperando ha abonado en este país de 120 millones de habitantes la sensación de que, al final de la travesía, espera el mismo punto de partida. “Hay un clima de pesimismo que puede afectar a la economía. El papel presidencial se ha desdibujado y eso tiene efectos en cadena. Se aprecia una pérdida de confianza”, señala Raúl Feliz, profesor del (CIDE)”. (Jan Martínez Ahrens. El País).   Cierto, “si vemos solo las cosas de este mundo, nos entristecemos” (S. Agustín). Sí; sabemos que los tiempos que corren son malos. Sin embargo, un bello pensamiento de S. Agustín, nos ayuda a repensar la precepción: «! Los tiempos son malos! ¡Los tiempos se han vuelto angustiosos! Es lo que los hombres dicen. Pero, nosotros somos nuestro tiempo. Vivamos bien (moralmente) y nuestro tiempo será bueno. Como seamos nosotros, así será nuestro tiempo».   Se trata de una síntesis asombrosa de filosofía y teología de la historia. ¿Es Juárez una ciudad fea o los feos somos los juarenses? Decía el mismo Agustín: «la ciudad  no es los muros (paredes), sino es los ciudadanos». ¿Quién está mal, quién anda mal: México o los mexicanos? En este contexto, el hecho guadalupano, sigue siendo interpelación y exigencia; en una situación como la presente,  el mensaje de Guadalupe es más actual y constituye una propuesta de vida en cuanto es un hecho esencialmente evangelizador.

 

Acontecimiento evangelizador. En efecto, la Virgen del Tepeyac no viene por sí sola; no es una estrella errante, no trae un mensaje propiamente personal; al contrario, como en el Evangelio, ella está al servicio del Hijo, el evangelio viviente. Ella es la primera evangelizada y la primera evangelizadora; viene, eso sí, a hablarnos como lo que ella es “la Madre del verdaderísimo  Dios por quien se vive, el Creador de las personas, el Dueño de la cercanía y de la inmediación, el Dueño de cielo, el Dueño de la tierra”, según sus palabras al indio Juan Diego. Además, se presenta como “la perfecta siempre virgen  Santa María, Madre del verdaderísimo Dios …”, o sea, presenta su identidad, quién es ella, la Madre del Dios encarnado, y la misión que viene a cumplir. Tal vez, una devoción poco iluminada impida ver la naturaleza del hecho, su contenido y propósito, y esto hace que nuestra rica e inmensa devoción a la Guadalupana  no rinda sus mejores frutos y se convierta en algo sentimental y pasajero.  Olvidamos que Guadalupe es un llamado directo a nuestro pueblo, en el  momento de su nacimiento, una invitación a hacer del evangelio el código de nuestra vida, de nuestras relaciones, la base de nuestra convivencia, el camino para realizar el destino que la historia nos depara, superando las adversidades. Pero, ¡qué lejos estamos de esa realidad! El hecho guadalupano no es curiosidad histórica, caja de sorpresas; es interpelación y ha de ser leído por cada generación, en cada momento y cada particular circunstancia. Los mexicanos hemos de leerlo en nuestra dolorosa situación desesperada de desaliento, de miedo, de parálisis. ¿Qué nos dice la Virgen de Guadalupe en nuestra circunstancia? ¿Qué nos pide? Ella declara un amor formidable “por los moradores de estas tierras”; los que manejan la res pública, ¿los aman igual? ¿No es, acaso, la corrupción el mal endémico que sume en la desesperación al pueblo, lo que lo ha sumido en la violencia?.

 

Guadalupe expresa la solidaridad, el compromiso sobre todo con el desposeído; constituye una invitación a la unidad. “La ciencia necesaria para vencer la heterogeneidad racial de un pueblo, el secreto de la paz y la dicha en un destino nacional, todo esto se haya contenido en el mensaje del Tepeyac, que es un mensaje de amor, no simple humanismo, sino sobrenatural amor en Cristo”. (J.V. ibid). Y, a 500 años de distancia, tal parece que los mexicanos no lo hemos entendido. Soberbia, egoísmo, avaricia, estupidez, parecen la norma. Millones de católicos devotos desfilarán por las calles del D.F., sin recordar a los cerca de 200 mil niños legalmente asesinados en la ciudad. “Creo que si los países ricos permiten el aborto, son los más pobres y necesitan que recemos por ellos porque han legalizado el homicidio”. (Teresa de Calcuta). (Descanse en paz Sergio Valls, ministro de la SCJN).

 

Compromiso Evangelizador. Clodomiro L. Siller anota muy acertadamente en su obra “Flor y canto del Tepeyac”, lo siguiente: “La Virgen de Guadalupe, como evento y como mensaje, se encarnó en el conjunto de los valores culturales indios fundamentales y los propuso como carne y cuerpo del mensaje en su tarea evangelizadora. Guadalupe es un evento Náhuatl, pero más ampliamente era un suceso evangelizador desde el indio y para el indio. De indio a indio, de comunidad a comunidad, se empezó a pasar, se empezó a contar y a narrar lo que en el cerro del Tepeyac le había sucedido a Juan Diego, sus aventuras en la Ciudad de México, cómo la Virgen había curado a su tío, y las demás cosas maravillosas que acontecían en torno a la Virgen de Guadalupe. Rápidamente el hecho comenzó a entrar por el cause de la tradición de un pueblo”. Y así llega hasta nosotros. Y nosotros estamos llamados, en la medida en la que nuestra devoción guadalupana sea auténtica, a recibir esa tradición que forma parte de la historia religiosa de nuestro pueblo, de nuestra historia e idiosincrasia, a actualizar y transmitir su significado. La verdadera devoción a la Virgen exige una respuesta de nuestra parte. Nosotros vivimos nuestra historia hoy, y debemos manifestar nuestra aceptación de la acción evangelizadora de María de Guadalupe. Esta aceptación significa acrecentar nuestra devoción y convertirla en inspiración y fuerza para realizar el compromiso evangelizador hoy. De lo contrario nos quedaremos en intentonas, en empresas y esfuerzos fallidos.

 

En concreto. En un célebre documento de los Obispos Mexicanos, que he citado en varias ocasiones (1978), hablan, los obispos, de la devoción guadalupana como de una exigencia de cambio de mentalidad y de de actitudes. A la manera como los indios se abrieron a aquél nuevo mensaje cifrado en la imagen de Guadalupe, nosotros estamos invitados, hoy, a abrir nuestra interioridad, nuestra libertad, nuestras estructuras, a lo dicho en el mensaje y vaciarlo en nuestras instituciones e iluminar con él nuestras dificultades aunque parezcan insuperables.

 

En dicho documento los Obispos nos invitan a analizar una serie de «virtudes personales» que debemos  reactivar en nuestra vida. Estas virtudes no se reducen a simples acciones externas, a ciertas obligaciones sociales o a tácticas políticas, sino que deben ser fruto espontáneo y manifestación del Espíritu que habita en nosotros; sólo esta unión o valor sobrenatural, puede producir frutos de salvación. Ponen en primer lugar la honestidad. La honradez mira a la rectitud en el obrar, al proceder como se exige y conviene, y los demás tienen derecho de esperar. Honradez excluye todo lo que llamamos “corrupción”, como el aprovecharse de la posición para el medro personal, el abuso de confianza, trafico de influencias, sobornos y amenazas, el exigir dádivas por lo que hay obligación de hacer. Honestidad es proceder con verdad de persona a persona, condición indispensable en las relaciones humanas. Honestidad es ser decente en las costumbres, en una época en que pareciera que nada es pecado y todo nos está permitido; es vivir la fidelidad al hogar y la atención a los hijos. Honestidad es probidad, que el Señor alaba cuando gratifica al “siervo” que sabe ser fiel “en lo poco”.

 

La Responsabilidad. Esta es otra virtud que nos exige el hecho guadalupano. La madurez cristiana está llena de responsabilidades. Somos responsables cuando nos entregamos a la vocación y al deber, y cumplimos a conciencia nuestras obligaciones, y no buscamos sólo salvar las apariencias. El hombre que cumple con sus compromisos, a pesar de los sacrificios y renuncias que ello implica, es responsable. Cristo nos enseñó a ser responsables cuando asumió y fue fiel a su misión hasta la muerte. En todo el espectro social es una exigencia esta virtud, pero es especialmente sentida en ámbito político.

 

La autenticidad. En nuestro tiempo se habla demasiado de autenticidad, y la palabra se ha convertido en un término verdaderamente equívoco. Llegamos a confundirla con la verdad. Ser auténticos, según el evangelio, es ser transparentes y verdaderos en nuestro ser y conducta, cuando eliminamos la duplicidad entre lo que somos y lo que aparentamos, entre lo que creemos y lo que vivimos, entre lo que decimos y lo que hacemos. Virtud importantísima, si queremos evitar toda hipocresía y escándalo.

 

Laboriosidad.  Es laborioso el que toma el trabajo como medio legítimo para obtener lo necesario para la vida. Laborioso es el que quiere el éxito, y pone el esfuerzo necesario; el que exige su justa renumeración, pero cumple con su compromiso; el que no sueña con el dinero fácil, con el dinero sucio, manchado con la sangre o la miseria del hermano, o como resultado de  influencias  y compadrazgos; el que no despilfarra el salario sino que piensa en las necesidades de su familia.

 

Y entre las virtudes sociales que destaca este documento es la conciencia social. Y es que no somos individuos que accidentalmente se encontraron juntos y resultó la comunidad humana; tampoco somos células cuya única razón de ser sea la existencia y bienestar de ese impersonal llamado ESTADO. Somos personas con derechos y obligaciones fundamentales, pero somos “personas sociables” cuya realización y bienestar se obtienen en la sociedad por la armónica interrelación de los derechos y obligaciones de todos, y por la cooperación al bien de los demás.  Esta relación intrínseca y vital entre la sociedad y la persona es lo que ha sido destruido por la violencia en nuestra Ciudad; por la incertidumbre y el miedo hemos llegado a ser células dispersas.

 

La conciencia social debe llevarnos a reconocer en la práctica la trascendencia del individuo, y hacer rendir para la comunidad los talentos, dones y habilidades. A todos se nos han dado manifestaciones especiales del Espíritu para el bien común, según Pablo. Y Jesús condena al siervo malo y perezoso que no ha hecho fructificar sus talentos. “Nuestra fe, por su parte, nos enseña que es Cristo a quien aliviamos o perseguimos, cuantas veces lo hacemos con nuestros hermanos los hombres. Por eso el Papa Pablo VI nos exhorta a “dar a nuestra vida cristiana un marcado sentido social. Nadie puede estar tranquilo mientras haya un hombre que sufra, que sea tratado injustamente, que no tenga lo necesario para vivir”. (Mensaje radiofónico en vivo, 12.10.70; fue el primer mensaje papal en vivo que el Gobierno mexicano permitió).

 

En fin, concluyen los obispos, hacemos un llamado a los medios de comunicación, a las escuelas, a la comunidad familiar, para que se preocupen por impartir información verídica, instrucción seria, valores culturales recios y sanos. Pero, sobretodo, que impartan educación de la persona, que forme en los principios morales de la conducta privada y social, que enseñen los valores y virtudes que forman al hombre en la comunidad. Con este espíritu, con esta disposición, nuestras celebraciones y devoción guadalupanas serán auténticas y darán frutos. De lo contrario, serán una más.