• Había muchas viudas en Israel

    Señor, mi alma está desnuda y aterida; desea calentarse por el calor de tu amor… En la inmensidad del desierto de mi corazón, no puedo recoger ni unas pocas ramas, sino solamente estas briznas, para prepararme algo para comer con el puñado de harina y la orza de aceite, y luego, entrando en mi aposento, me moriré. (cf 1R 17,10ss) O mejor dicho: no moriré en seguida, no Señor,”no moriré, viviré para contar las proezas del Señor.” (Sl 117,17)

    Permanezco en mi soledad…y abro la boca hacia ti, Señor, buscando aliento. Y alguna vez, Señor, …. tú me metes alguna cosa en la boca del corazón; pero no permites que sepa qué es lo que metes. Ciertamente, saboreo algo muy dulce, tan suave y reconfortante que ya no busco nada más. Pero cuando lo recibo no me permites que conozco lo que me das… Cuando recibo tu don, lo quiero retener y rumiar, saborear, pero al instante desaparece…

    Por experiencia sé lo que tú dices del Espíritu en el evangelio: “…no sabes ni de dónde viene y a dónde va.” (Jn 3,8) En efecto, todo lo que he confiado con atención a mi memoria para poderlo recordar según mi voluntad y saborearlo de nuevo, lo encuentro muerto e insípido dentro de mí. Oigo la palabra: “El Espíritu sopla donde quiere” y descubro que dentro de mí sopla no cuando yo lo quiero sino cuando él lo quiere…

    “A ti levanto mis ojos, Señor” (Sl 122,1)… ¿Cuánto tiempo esperarás? ¿Cuánto tiempo mi alma dará vueltas cerca de ti, miserable, ansiosa, agotada? (cf Sl 12,2) Escóndeme, Señor, en el secreto de tu rostro, lejos de las intrigas humanas, protégeme en tu tienda, lejos de las lenguas pendencieras. (cf Sl 30,21)

    Guillermo de Saint -Thierry (hacia 1085-1148) monje benedictino /cisterciense. La Contemplación de Dios, 12

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