DOMINGO DE RAMOS. A. (Ab.17.2011)

Is.50,4-7; Salm 21; Filip 2,6-11; Mt.  26,14-27,66

 

Nos esperan días intensos, y hasta difíciles. Las lecturas abundantes limitarán necesariamente el tiempo dedicado a la homilía.  En este caso, en mi opinión, debemos apoyarnos en la misma liturgia, en su naturaleza y ritmo; debemos confiar más ella, en su eficacia representativa. La lectura misma de los textos sagrados, bien lograda, con la debida entonación, y destacando la naturaleza del tiempo litúrgico que nos disponemos a vivir, nos ayudará a  que sea la misma liturgia la que se explique así misma.  La calidad de nuestros lectores será de gran ayuda. No olvidemos, tampoco, la naturaleza expresiva y simbólica de los gestos y actitudes, de la ambientación externa, de los espacios celebrativos, elementos todos ellos que por sí mismos son ya mensaje. Aquí vale, también, aquello de que “el medio es el mensaje” (MecLuhan). Todo debe invitar, más que al exceso de palabras, a la oración y a la contemplación.

 

Iniciamos con la procesión de Ramos cuya introducción, con una leve explicación pareciera suficiente: “queridos hermanos: después de habernos preparado desde el principio de la cuaresma….., hoy nos reunimos para iniciar unidos con toda la iglesia la celebración anual de los misterios….. Acompañemos con fe y devoción a nuestro Señor….  La procesión de ramos, bien organizada, expresa por sí mismo el misterio que nos aprestamos a celebrar: acompañar a Jesús, desde su entrada a la Ciudad Santa, en su pasión y muerte, hasta la mañana radiante de la resurrección. La liturgia se convierte entonces, como lo es en realidad, don de Dios para su pueblo a fin de que éste reviva las «magnalia Dei», las maravillas que Dios ha hecho a favor de los suyos.

 

Días intensos, pues, los que nos aguardan y los iniciamos con alegría confiando en la fuerza misma de los sacramentos, en la palabra de Dios, eficaz y poderosa, capaz de penetrar en el alma. Los relatos de la Pasión, ahora San Mateo y el Viernes, siempre, el relato de Juan, iluminados por los textos de Filipenses e Isaías nos ayudarán a hacer una opción de lectura.

 

Ante la imposibilidad de una explicación detallada a los relatos de la Pasión, según San Mateo, valgan unas palabras en forma general en torno a los relatos de la Pasión.   R. Brown, refiriéndose a  los relatos de la infancia, decía que en nuestros seminarios hace falta dedicar tiempo específicamente a estos relatos porque a lo largo del trabajo pastoral en la vida de un sacerdote, en forma recurrente, cada año, por navidad, tendrá que explicar al pueblo la doctrina de dichos relatos. Lo mismo diría yo de los relatos de la Pasión. En efecto, cada año celebramos con especial intensidad el Misterio Pascual; cada año, en el tiempo, considerado como el más intenso, meditamos los relatos de la Pasión, Muerte y Resurrección de nuestro Señor Jesucristo; haría falta que desde los seminarios se dedicara un tiempo específico a este bloque de la escritura.

 

Así pues, compartiré con ustedes solamente unos aspectos generales de los relatos de la Pasión y algo en especial de Mateo. Quien explica la historia de la Pasión, se ve fuertemente tentado a considerar los varios relatos evangélicos como simples fuentes de información de donde es posible sacar detalles a placer.  Se toma un dato de Mateo, uno de Lucas, otro de Marcos, otro de Juan, creyendo obtener, de esta forma, un relato más completo y más rico. En realidad, procediendo de este modo, es mucho más fácil que la parte más preciosa de la sustancia evangélica pase inadvertida. Para una auténtica predicación cristiana, la materialidad de los hechos es menos importante que su significado religioso.  Ahora bien, tal significado aflora claramente en el conjunto de la composición.  Aislar una parte de su contexto para inserirlo  en otro relato, significa impedir que exprese lo que quería decir y,  al mismo tiempo, trastornar la prospectiva del otro relato; es decir, que no podemos hacer un cóctel tomando elementos de cada uno de los relatos. Y es que cada uno de los relatos responde a la intención de su autor, aún manteniendo el esquema fundamentalmente idéntico del relato.

 

Es tan importante el relato de la Pasión que el exegeta alemán M. Kähler ha escrito: «los evangelios son la narración de la Pasión con una extensa introducción». Es  por lo tanto preferible respetar la orientación particular de cada uno de los evangelios que un análisis atento de la composición literaria pondrá claramente de relieve.

 

 

 

Sufrimiento y gloria.

Una observación general se impone desde el principio: el relato de la Pasión ocupa un puesto importante y en cierto modo, también desproporcionado en cada evangelio. Pero estamos acostumbrados a ello y no nos damos cuenta. Pero la cosa no es tan obvia.  Se nos olvida que los evangelios han sido escritos después de la resurrección de Cristo y por personas que, viviendo en la luz de este evento triunfal, tenían conciencia de ser ante todo, testigos de la resurrección. (Hech. 1,22; 2,32; 3,13; passim. 1Cor. 15,14; Rom.10,9).

 

No nos esperaríamos, por lo tanto, una insistencia tan acentuada en las escenas dolorosas de la Pasión.  Estas deberían haber desaparecido para dar lugar a los aspectos «positivos» de la existencia de Jesús.  En la vida pública, la acción del taumaturgo que había pronunciado el triunfo sobre la muerte, el éxito con las multitudes, la enseñanza luminosa impartida con autoridad, el modo de organizar a sus discípulos, y, después, las apariciones del resucitado y los poderes confiados a la iglesia:  he aquí, lo que a nuestro juicio, debería aparecer importante y definitivo.  La Pasión, al contrario, debía mantenerse en la sombra como un episodio desafortunado que, gracias a Dios, no había tenido consecuencias permanentes.

 

Abandonado a su inclinación natural el corazón humano, – siempre pronto a eludir la dureza de la realidad para refugiarse en un mundo ideal -,  se habría indudablemente orientado en este sentido. En cambio, la luz de la resurrección no ha favorecido este punto de vista. No ha llevado a una religión de evasión. De ningún modo ha distraído  a los cristianos de los aspectos dolorosos de la vida de Jesús, por el contrario, los ha inducido a valorar toda la existencia de su salvador y en particular los aspectos más desconcertantes: la contradicción,  el sufrimiento y la muerte. Ulrich Greiner, comentarista de temas culturales en Die Zeit, comentaba a propósito de la “La última tentación de Cristo”, de M. Scorsese, «sobre el simbolismo verdaderamente estremecedor del cristianismo.  ¿Qué otra religión clava en la pared de toda aula escolar y de todo kínder garten la imagen de un cuerpo bañado en sangre y torturado?». Y la imagen de eso hombre colgado, sangrante y torturado, preside las salas de los jueces, las celdas de los prisioneros y las cabeceras de los moribundos. ¿Qué otra religión pone la salvación del hombre en semejante despojo humano? ¿Cómo es posible descubrir en esa imagen la revelación suprema de amor redentor de Dios por nosotros? Tenemos que volver a leer de forma existencial, de nuevo, los dos primeros capítulos de la primera carta a los corintios. Se trata de la estupidez de lo que predicamos. La cruz no puede seguir siendo en el cristianismo un signo domeñado, ha de conservar todo su sentido, tal como lo que intuyó Nietzsche, “la inversión de todos los valores”.

 

En un primer tiempo entre la Pasión y la Resurrección, la inteligencia humana descubre un contraste: la Pasión es una derrota, la Resurrección una victoria que repara esta derrota. La Pasión humilla, la Resurrección glorifica. Pero la fe cristiana no se detiene en este contraste.  La luz de la resurrección invade irresistiblemente a la misma pasión y las dos realidades, vienen a constituir una sola unidad indisoluble.  Entre ellas, aflora, por lo tanto, no una ruptura sino una relación estrecha: fruto de la Pasión, la gloria de la resurrección revela el valor del sacrificio y manifiesta que, de hecho, la Pasión no es una derrota, sino un combate victorioso, cumplimiento auténtico del proyecto de Dios.

 

Los cristianos, por lo tanto, han considerado también la Pasión como una luz y una riqueza.  No sólo no la han dejado desaparecer sino que la han conservado celosamente y habrán profundizado en su significado a lo largo de los siglos, y han sabido leerla en cada momento, en cada tiempo en cada generación, como lo atestiguan elocuentemente la amplitud y la calidad literaria de estos relatos. Los relatos de la Pasión son los mejor logrados literariamente, los más amplios, los mejor estructurados de todos los relatos evangélicos.

 

En nuestra situación, ciudadanos de esta ciudad herida, mutilada, deprimida, con una depresión no principalmente económica, sino con una opresión del alma, regada por la sangre de muchos hermanos, inocentes o no, sangre derramada que hace maldita la tierra e infecunda, (cf. Gen. 4-9-11), debemos leer desde aquí, desde  nuestra ciudad, la Pasión de Jesús. Indiscutiblemente  la pasión de nuestro Señor tiene mucho que decirnos; es más, es el mensaje esencial si queremos revertir el proceso degenerativo de nuestras almas, de nuestras vidas, del completo tejido social.  Si queremos vaciar todo el odio que llena nuestro corazón, toda la amargura, toda la desesperanza, todo el materialismo, debemos postrarnos ante el Crucificado. Desde la cruz, el Crucificado nos muestra el camino de la redención: el amor.

 

Más tarde, los primeros cristianos acuñarán una frase lapidaria: Si uno (Cristo) murió por nosotros, también nosotros debemos estar dispuestos a dar la vida por nuestros hermanos. El que odia a su hermano es un homicida y el amor de Dios no está en él, porque Dios es amor.  (San Juan). Es el amor lo que hemos asesinado, lo que hemos liquidado en nuestro mundo, en nuestra cultura. Por eso tememos a la vida, por eso matamos a los niños en el seno de las madres o se los echamos a los perros o los tiramos a la basura, por eso matamos a los enfermos terminales, por eso nos embrutecemos en las adicciones, por eso nos llenamos de odio y anulamos todo rasgo humano; solo así podemos asesinar al hermano. Desde la cruz, el Crucificado nos dice que la única posibilidad es el amor, un amor tan grande como para dar la vida por los hermanos. Desde la cruz hace crítica y acusa al poder. Así entendió él su muerte: Nadie tiene amor tan grande que el que da la vida por sus amigos. Y ustedes son mis amigos.

 

Mateo ha escrito su relato para los cristianos, para personas que están ya en la fe y quieren profundizarla. Busca desvelar el sentido de la muerte de Cristo y nos invita a entrar junto a él, en su misterio.

 

Mateo escribe para cristianos de origen judío: muestra cómo Dios realiza en Jesús la promesa hecha a su pueblo, cómo Jesús ha cumplido las escrituras. Mediante sus líderes, el pueblo judío ha rechazado a Jesús: ahora la promesa pasa a un pueblo nuevo, la iglesia. Pero ésta a su vez, debe estar vigilante: también ella puede rechazar el seguimiento de Jesús.

 

Jesús es el Hijo de Dios; sabe lo que está por acontecer en su historia personal; lo acepta, es más, los acontecimientos suceden precisamente porque él los prevé.

 

Jesús es constituido como Señor del mundo y de la historia: me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra…., dirá a los discípulos reunidos el día de la Ascensión. El Padre le ha dado todo el poder a Jesús y podría servirse de el para evitar la muerte. Pero su muerte marca el fin de los tiempos e inaugura la venida de un mundo nuevo, el Reino de Dios: a la muerte de Jesús, los muertos resucitan ya y entran en la Ciudad (celeste).

 

Mateo nos invita a entrar en la Pasión de Jesús con fe: es el momento, doloroso, en el que Dios inaugura en él el mundo nuevo en el cual nosotros vivimos ya, ahora, mediante la gracia de la fe y los sacramentos de la Pascua.

 

Un minuto con el Evangelio

Marko I. Rupnik.

La liturgia del domingo de Ramos une la entrada de Cristo en Jerusalén entre los gritos de «hosanna» de la gente y la lectura del relato de la Pasión de N. Señor. La gente lo aclama como rey, pero él, de hecho, cabalga sobre un burrito. En la realeza de Cristo no hay nada que pudiera ser identificado con cualquier poder de este mundo. En efecto, su trono, en el cual está  escrito el título de rey, es la cruz.

La pasión que sigue a la gloriosa entrada desmiente cualquier malentendido de gloria y de poder. Jesucristo es enviado por el Padre para manifestar su amor a los hombres, pero ese amor se realiza en el don de Cristo en nuestras manos, mientras que los gritos de «hosanna» no consideran que la Pascua sea la forma del amor de Dios en la historia. Precisamente en esto consiste la tentación más grave: esperar la salvación evitando la Pascua e intentar conocer a un Dios sin la Pascua.