• HOMILIA DOMINGO XX T. ORDINARIO C

    Jer. 38,4-6.8-10; Sal. 39; Heb. 12,1-4; Lc. 12,49-53 (12,49-59)

    Oración colecta opcional.- (Misales Italiano y francés).

    Oh Dios, que en la cruz de tu Hijo, signo de contradicción, descubres los secretos de los corazones, has que la humanidad no repita el trágico rechazo de la verdad y de la gracia, sino que sepa discernir los signos de los tiempos para ser salvada en tu nombre.  Por N. S. Jesucristo.

     

    “Hermanos: Rodeados, como estamos, por la multitud de antepasados nuestros, que dieron prueba de su fe, dejemos todo lo que nos estorba: liberémonos del pecado que nos ata, para correr con perseverancia la carrera que tenemos por delante, fija la mirada en Jesús autor y consumador de nuestra fe”.  Estas palabras tomadas de la Segunda lectura pueden ser muy bien el comentario mejor al tema de este domingo.

     

    Antes de pasar adelante, quiero decir que me llama la atención que el misal mensual reporte solamente el fragmento de Lc. 12,49-53, dejando afuera el tema de la “lectura de los signos de los tiempos”, (Lc. 12, 54-57) que en el evangelio forma una unidad con el resto del capítulo 12.  Incluso el fragmento 12, 58-59, el ponerse en paz con tu adversario mientras vas  de camino con él, antes de llegar ante el juez, forma parte de esta unidad y se refiere, igualmente, a la “Sabiduría”, a ponernos en paz con Dios, mientras hay tiempo, invitación a  la prudencia que nos dicta cuál es la actitud correcta que el cristiano debe de asumir ante los signos definitivos «¿Por qué no juzgáis por vuestra cuenta lo que es justo, lo conviene hacer? (12, 57). Esta parece ser la idea fundamental del fragmento de este domingo: ante la presencia salvífica, ante la oferta última y definitiva de Dios al darnos a su Hijo querido, ¿cuál es la actitud “justa” que debemos observar?  Pero el misal mensual, servicio de los jesuitas mexicanos, ha suprimido estos fragmentos; en cambio, por ejemplo, el misal italiano reporta la unidad completa Lc.12, 49-59.  Creo que la lectura completa de este fragmento facilita la homilía porque redondea la idea.

     

    La primera lectura y el salmo nos dan una pista de lectura del primer fragmento, Lc. 12,49-52; el intento de asesinato de que es objeto Jeremías, es un “tipo” de la suerte que le espera, igualmente, a Jesús; es el bautismo que él ha de recibir y el salmo, convierte esta situación agobiante en plegaria: expresa la confianza del creyente. “Esperé en el Señor con gran confianza”.  Jesús, entra por el oscuro camino de su pasión, que habrá de traernos la salvación, plenamente confiado en el Padre, a quien encomienda su causa y su vida. “Del charco cenagoso y la fosa mortal me puso a salvo; puso firmes mis pies sobre la roca y aseguró mis pasos. Y el fragmento de Heb. termina diciendo: mediten, pues, en el ejemplo de aquél que quiso sufrir tanta oposición por parte de los pecadores, y no se cansen ni pierdan en ánimo, porque todavía no han llegado a derramar su sangre en la lucha contra el pecado”

     

     

    La paz. San Pablo dice que Jesús es nuestra paz; él ha puesto en paz todas las cosas, las del cielo y las de la tierra por su sangre derramada en la Cruz. El tiempo de la salvación es el tiempo de la paz; él inaugura el tiempo de la salvación. Pero, ¿qué se ha producido en realidad? Falta de paz, discordia hasta en las mismas familias; el hombre incapaz de estar en paz, incluso consigo mismo.  El había dicho, mi paz os dejo, mi paz os doy; pero no os la doy yo como la da el mundo. Se da pues, una aparente contradicción entre el anuncio y el deseo de Jesús,  – el saludo del resucitado será siempre el deseo de la paz -, y lo que sucede en la realidad.

     

    Pero es que la paz, es, sobre todo, un don de Dios que debemos recibir, y que es posible sólo porque Jesús ha triunfado del pecado y de la muerte con su propia resurrección. El nos invita a trabajar por la paz para que seamos llamados hijos de Dios.  Pero no se trata de una paz sin conflictos, sin dificultades. La paz que Jesús ha venido a traer será también el resultado de una decisión nuestra; tendrá lugar cuando nosotros hagamos una opción verdadera por la paz, por la no violencia, inspirados en su propuesta. La paz tendrá lugar cuando nosotros no tengamos nada que ver con el pecado, con la injusticia, con la violencia. Cuando hagamos una opción decidida por el evangelio de la paz.
    Jesús ha venido a traer fuego a la tierra. Y tiene un deseo ardiente de que ese fuego estuviese ardiendo ya. Ese fuego es el Espíritu, primer fruto de la resurrección, que se derrama sobre toda la creación como resultado “del bautismo con que Jesús ha de ser bautizado” y por cuyo arribo Jesús está tenso. Este fragmento, no lo olvidemos, está dentro de esta gran unidad que es el camino de Jesús hacia Jerusalén donde le aguarda la gloria que seguirá a su bautismo, es decir, a su muerte. La opción por Jesús nos llevará al rompimiento con todo lo que no pertenezca a él.  El evangelio no es un “irenismo” a toda costa. El profeta Miqueas había dicho: «El hijo deshonra al Padre, la hija se alza contra la madre, la nuera contra la suegra, y los enemigos de cada quien, son los de su propia casa.     Mas yo esperaré en el Señor, esperaré en el Dios de mi salvación y mi Dios me oirá» (7,6ss). No olvidemos que Jesús ha venido a hacer una crisis, es decir, una separación, la más radical y fundamental entre los hombres, tal es la teología de Juan. Esa división y separación es señal de que han comenzado los acontecimientos finales, que a cada cual exigen una decisión. El único absoluto es el reino, es Jesús mismo.

     

    Lc. 12, 49-53. El fragmento evangélico  comienza con la pequeña parábola, He venido a traer fuego a la tierra !y cuánto desearía que estuviese ardiendo! Luego otro dicho enigmático: Tengo que recibir un bautismo ¡y cuánto me angustio mientras llega!, clara alusión al baño de sangre que recibirá en el calvario.

     

    J. Jeremías comenta de así la pequeña parábola del fuego: Jesús no cesa de traer a la conciencia de los entusiastas “la dificultad del seguimiento intimidándolos: así Mt.10,37s., par. Lc.14.26s., en la imagen del hijo del hombre sin patria(Mt.8,19s., Lc.9,57s; Evangelio de Tomás 86). Este evangelio apócrifo trae el siguiente comentario: «Quien está cerca de mí,/ está cerca del fuego;/ quien está lejos de mí, / está lejos del Reino». de tal manera, pues, que Jesús invita a morir con él.

    Estas son unas palabras de intimidación: la proximidad de Jesús es peligrosa. No significa la felicidad terrena, sino incluye el fuego de la tribulación y de la prueba en el dolor. Pero, ciertamente, todo el que asusta ha de saber que quien rechaza la llamada de Jesús se excluye del Reino de Dios. El fuego es solo un paso a la gloria”. (Las parábolas de Jesús).

     

    Llamamiento a la conversión.- Lc. 12,54- 13,21 forma  una  amplia unida; hoy leeremos solamente 12,54-59.

     

    Signo del tiempo. (12,54-56) Este es un tema muy rico y de permanente actualidad. ¿Sabemos, nosotros leer, discernir lo que realmente conviene hacer ahora, teniendo en cuenta los acontecimientos de nuestra historia?  Jesús denuncia fuertemente la hipocresía de aquellas gentes que sabían muy bien interpretar los signos meteorológicos y no sabían interpretar el gran signo de su presencia. Nosotros hoy sabemos leer muy bien los signos materiales de nuestro tiempo; somos muy sensibles a las oportunidades económicas, a los movimientos bursátiles, en fin, a todas esas cosas que tejen la materialidad de nuestra vida. Solemos tener un olfato muy desarrollado para los negocios, para las cosas de este mundo, pero no sabemos leer, bajo la luz de Jesucristo, los signos ominosos y desgarradores de nuestros tiempos violentos. La violencia de nuestra ciudad, los asesinatos entre los jóvenes, el narcotráfico, las perturbadas relaciones internacionales, la insensibilidad y deshumanización de nuestra cultura, la insolidaridad de los poderosos, los signos de las divisiones de la política que amenazan la estabilidad del País, nada de esto sabemos interpretarlo a la luz del evangelio. No tenemos ya la capacidad de hacer una lectura teológica de la historia. Esta actitud la condena Jesús abiertamente.

     

    ¿Y por qué no juzgáis también por vosotros mismos lo que es justo? (vv. 57-59). Es claro que estos fragmentos son un fuerte llamado a la responsabilidad que tenemos ante Dios; se trata de saber hacer, a la luz del evangelio, las opciones operativas correctas. Ahora es el tiempo también de ponernos en paz con Dios, de dejarnos reconciliar con El, mientras vamos de camino, es decir, mientras vamos haciendo el camino de la vida. Ahora Dios nos invita a la conversión, Dios nos habla, Dios quiere nuestra salvación. Ahora es el momento oportuno, es el momento de la gracia y de la conversión. Ahora, mañana, quién sabe. Cuando lleguemos a su presencia,  entonces Dios será juez; él habrá de juzgarnos. Esta verdad Jesús la ilustra con un sencillo relato: Se trata del hombre que se ve metido en un problema que requiere la intervención del juez. Mientras se va de camino es mejor buscar la reconciliación y arreglar las cosas antes de  llegar a la presencia del juez en donde el duro sistema judicial -, Lucas escribía para un público que conocía el derecho romano -, será inflexible. “Dura lex, sed lex”. Jesús es la oportunidad última que Dios otorga al hombre; éste está llamado a un verdadero trabajo de discernimiento. ¿Y por qué no juzgáis también por vosotros mismos lo que se debe hacer?

     

    Por ahí puede muy bien ir nuestra reflexión de este domingo.

     

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