Sirácide 3,19-21.29-31; Sal. 67; Heb. 12, 18-19;22-24; Lc.14,1.7.14.

El tema de este domingo es la humildad.  Sin temor a equivocarnos podemos afirmar que la virtud fundamental que aparece en toda la Sagrada Escritura y que define al fiel, al justo, es la humildad. En ese pongo mis ojos: en el pobre, en el abatido, en el que se estremece en mi palabra, dice Isaías. (66,2). Pobre, abatido, no son conceptos sociológicos o psicológicos, al menos no primariamente; definen, más bien,   la actitud del justo que sabe que Dios es todo y él es nada. De aquí brota la única posibilidad que tenemos frente a Dios. San Pedro la resume de la siguiente manera: Dios resiste al soberbio y da su gracia al humilde.  

Una de las descripciones más hermosas sobre la humildad pertenece a Santa Teresa de Ávila: La humildad es la verdad. En efecto, la verdad es la convicción que brota de saber quién eres tú y quién soy yo. Dios es todo, es el absoluto, la realidad total, inabarcable, ante quien no tenemos iniciativa, que nos trasciende absolutamente y nosotros somos la contingencia pura, seres marcados por la miseria existencial y moral. Frente a Dios no somos nada, somos polvo, según decía el poeta español Quevedo, si bien, añadía, polvo enamorado. Todo lo que podemos ser o tener procede de él. De aquí brota esa suprema intuición de San Agustín: que te conozca, Señor, y que me conozca.  Esta virtud, o verdad, es la que hace posible nuestra relación con Dios. Lo opuesto, la soberbia, provoca el rechazo divino. San Gregorio Magno llamaba a la humildad madre y maestra de todas las virtudes. 

Primera Lectura. Pues bien, ese es el tema de nuestro domingo. El Sirácide en 3,17-29 nos habla de la humildad. Hijo mío, en tus asuntos procede con humildad y te querrán más que al hombre generoso. Hazte pequeño en las grandezas humanas y alcanzarás la compasión de Dios. (Al final compartiré contigo un resumen de teología bíblica sobre la humildad) 

Salmo. Transposición Cristiana. La liturgia cristiana ha aplicado este salmo magnífico a la ascensión de Cristo. San Lucas, en su Evangelio, ha ido componiendo esa «ascensión» hacia Jerusalén, hacia el cielo. Meditando esta marcha ascendente de Nuestro Señor por el desierto del mundo hacia el santuario definitivo, no es difícil trasponer los grandes símbolos del salmo 68. Es un ejercicio legítimo en cuanto que todas las marchas de Dios al frente de su pueblo, en el Antiguo Testamento, son imagen y prefiguración de la gran marcha de Dios presente en Cristo: este hecho radical  justifica la trasposición global de los símbolos, no la aplicación especulativa de cada detalle. Así llenaremos de nuevo sentido esos grandes temas: el paladio de la victoria, los himnos y los oráculos de salvación, la instauración del reino desde el santuario, el reconocimiento sumiso y gozoso de todos los pueblos.

Finalmente, podemos trasponer esta procesión ascendente al final de los tiempos, cuando Cristo Señor vuelva a conducir a su pueblo hacia la «cumbre» para establecer allí su reino definitivo, sometiendo al Padre toda la creación.

Evangelio.-  El tema «comer» sirve de nexo para unir cuatro escenas en una unidad de composición: la historia de una curación en sábado (14,1-6), dos sentencias relativas a la mesa (vv.7-11.12-14) y la parábola de la gran cena (15,24). Lucas reunió estas unidades dispersas de la tradición en una unidad temática haciendo gala de su arte narrativo. En nuestra lectura dominical omitimos los vv. 2-6 que se refieren a la curación en sábado del hidrópico. Tomamos el v. 1 y pasamos luego a la unidad que leemos hoy: el invitado. (7-14).

No ambicionar los primeros puestos. Llama la atención en Lucas el hecho de que Jesús sea invitado tantas   veces a una comida, a un banquete. La comida de fiesta de los fariseos y doctores de la ley estaba condimentada con discursos que conducen al conocimiento de Dios. Jesús habla como uno de ellos, no en el estilo de una amonestación profética. Sus palabras son discursos figurados, con moraleja, son parábolas. En ellos late un objetivo, su mensaje y su doctrina, el Reino de Dios. Lo que él observa, lo que está viendo, le sirve de motivo para exponer su doctrina de salvación. Aquí Jesús, antes que como profeta, aparece como “Maestro de Sabiduría”.

Nosotros conocemos la circunstancia: Observando como escogían los puestos de honor, dijo a los invitados la siguiente parábola. Luego se trata de una enseñanza. Obviamente, Jesús no está dictando la forma de organizar una fiesta familiar o entre amigos, no está dictando la minuta ni el tenor de nuestras reuniones. Observando esa propensión a los “reflectores”, a ocupar las primeras páginas, a ocupar los lugares visibles, tendencia tan nuestra, tan universal, Jesús propone la virtud de la humildad.

El afán de notoriedad nos afecta a todos, todos queremos ser vistos, reconocidos, aplaudidos y nos entristecemos cuando no es así. Nuestra cultura ha creado, incluso, unos restaurantes de pésima comida pero que están destinados a ver y ser visto; voy para que me vean y para ver.

La regla dada por Jesús no es de pura cortesía y de prudencia mundana, no es una exhortación moral general a ser modestos, sino una parábola sugerida por la búsqueda ansiosa de los primeros puestos y que expresa una verdad concerniente al reino de Dios: quien quiera entrar en el reino de Dios, ha de ser pequeño, ha de hacerse pequeño, no debe formular falsas pretensiones teniéndose por justo. La sentencia final da la clave: Dios humillará al que se ensalce.  Al que se tiene por justo, que quiere hacer valer sus derechos delante de Dios, Dios mismo lo excluye de su reino: al pequeño, que no se tiene por digno de los dones de Dios, le hace Dios entrar en su reino. «Dios revela su secreto a los pequeños». (Eclo 3,20). Ser pequeño es la primera condición para ser uno admitido en el reino de Dios (Lc. 6,20; cf. Mt.18, 2,-4). Con la misma sentencia se cierra también el relato del fariseo y del publicano en el templo. Allí reivindica el fariseo el primer puesto delante de Dios, como aquí en la comida: el publicano, en cambio, que no se estima digno del primer puesto, queda justificado delante de Dios.

El comportamiento en la comida descubre también quién puede participar en el banquete del reino de Dios. Para los cristianos no hay sólo reglas de pura urbanidad o de conveniencias cortesanas; para ellos, incluso el comportamiento en una comida corriente está significativamente envuelto en la sombra del misterio del reino de Dios. El reino de Dios lo abarca todo: el hombre, su comida, su comportamiento en la mesa, todas las esferas de su vida y de su ser. Dios lo es todo en todo. Nada se le puede sustraer; el Evangelio del reino reclama conversión.

Durante la Última Cena surge una disputa entre los discípulos acerca de las precedencias. «Surgió entre ellos una discusión sobre cuál de ellos debía ser tenido por mayor» (Lc. 22,24). Jesús exige que uno se haga pequeño: «El mayor entre vosotros pórtese como el menor; y el que manda, como quien sirve» (22,26). Jesús mismo se convierte en servidor: «¿Quién es mayor: el que está a la mesa o el que sirve? ¿Acaso no lo es el que está a la mesa? Sin embargo, yo estoy entre vosotros como quien sirve» (22,27). La celebración de la eucaristía se efectúa en el marco de servir y ser pequeño. De nuevo se tiende un arco que va del banquete terreno al banquete de los últimos tiempos, y entre ambos está el banquete sagrado de la comunidad. El arco que reúne a los tres es la actitud de ser pequeño: el Señor que se ha hecho servidor, Jesús en camino hasta Jerusalén, donde él, sirviendo, dará su vida como rescate por los muchos, esperando la exaltación. El camino de la salvación es el de hacerse pequeños.

Síntesis doctrinal sobre la humildad.

Presupuesto de la humildad es el verdadero conocimiento de sí propio, «Dios se hizo hombre, y tú, hombre, reconoce que eres hombre. Toda tu humildad consiste en que reconozcas lo que eres» (Agustín, Tract. Io. Ev., 26,16) y sepas qué lugar te corresponde (=orden): por encima de las cosas y por debajo de Dios en obediencia y servicio. El conocimiento propio exige, frente a todo autoengaño y a todo amor natural al yo, una voluntad incondicional de sinceridad y lealtad consigo mismo. La revelación dice lo que es Dios y lo que es el hombre. Le muestra a éste su dignidad como criatura, pero recordándole al mismo tiempo su miseria como pecador, su debilidad y su carácter santo como nueva cratura.  «¿Qué tienes que no hayas recibido?» (1Cor 4,7), es una pregunta que hay que hacerse continuamente. La humildad cristiana está orientada al ejemplo  de Cristo. (Jn. 1,14; Flp 2, 5-11) y se realiza en su imitación (Jn. 14,6.  “… Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón y encontaréis alivio”. Mt.11,29).

A la esencia de la humildad pertenece, según esto, la entrega de sí gustosa y desinteresada al servicio de Dios y del hombre. Del conocimiento propio surge la modestia y lealtad para consigo, el deseo de la verdad.  De ella se distingue toda falsa humildad. Se ve la debilidad y pecaminosidad humana, pero sin cerrar los ojos ante los propios méritos.  Humildad es rebajamiento y exaltación al mismo tiempo, espíritu de infancia y pobreza de espíritu; pero es también aceptación y consumación de la dignidad humana otorgada por Dios frente a todo servilismo y envilecimiento propio. La humildad no busca el propio honor, sino la gloria Dei.

Como actitud fundamental cristiana: 1) La humildad significa ante Dios apertura del hombre en servicio y obediencia; es la actitud del pie subditus. En contraposición al sibi placere del orgulloso, la humildad únicamente quiere y desea agradar a Dios. Esta virtud actúa en la  fe como respuesta humilde a la palabra y a las exigencias divinas; en la  esperanza espera todo de Dios; a la caridad (amor) le prepara el terreno, siendo sostenida por ella (1Cor 13,1-13). Ser humilde es ser como una vasija vacía en la que Dios derrama su gracia.

2) La humildad es la fidelidad al propio ser. Es contraria a la jactancia, se opone a toda aspiración de honores y excelencias, lo mismo que a toda confianza excesiva en uno mismo. Hace abrirse al tú y desprenderse del yo. La humildad se hace perdonar. Desea el último puesto (Lc. 14,10) 3) Como virtud social, es servicio al prójimo y a la comunidad. Delicada y modesta, hace tener en mayor consideración a los demás (Rom. 12,10; Flp 2,3). Se esfuerza por tener los sentimientos de Cristo (Flp 2,5), lleva la carga de los otros (Fal 6,2), no desdeña estar al servicio de todos (Lc. 22,26s) y lavarles los pies (Jn. 13,5).

Lo contrario de la humildad es el orgullo o «amor a la propia excelencia» (Agustín, Civ. Dei 14,13; Tomás de Aquino, S. Tb. II-II, 162,2) y egoísmo total. Es el pecado original, el querer ser como Dios, el atribuirse una falsa grandeza (superbia), el prescindir del prójimo. El orgullo se exterioriza de muchas maneras; como presunción desmedida (praesumptio), complacencia en sí propio, afán de tener razón, suficiencia altiva (arrogantia), aspiración ambiciosa por el poder y el honor (ambitito), vanidad (vanitas), deseo de aparentar (iactantia), osadía y temeridad (audacia).   El orgullo es el «espíritu de este mundo» (1Cor 2,12; 1Jn. 2,16), que únicamente conoce el amor de sí y conculca los derechos de los demás. Es causa de la envidia, del descontento y de otros muchos pecados.

Finalmente, representa un monstruoso empobrecimiento del hombre. Así, pues, la humildad es como su contrapeso necesario (Lc. 1,51s; cf. Mt. 14,11; 23,12). Es la característica del seguimiento de Cristo, la condición de pertenencia al reino de Dios (Mt. 18,3s; 19,14; 1Pe 2,2), el requisito indispensable de todas las virtudes, especialmente de la caridad, de la que dice San Agustín: «Nihil excelsius via caritatis et non in illa ambulant nisi humiles, nada hay más grande que el camino del amor, y únicamente lo recorren los humildes» (En. Ps., 141,7)

UN MINUTO CON EL EVANGELIO

Mrko I. Rupnik. Sj

Jesús se encuentra a la mesa de un almuerzo importante y es observado, evidentemente, no con una actitud apropiada, sino, como en muchas otras circunstancias del Evangelio, con la intención de cazarlo en un error. Él, sin embargo, invierte la situación haciéndoles notar que, a pesar de estar tan atentos a las reglas, son engañados por el afán de convertirse en los primeros en ser reconocidos y apreciados, pero luego no saben calcular dónde se tienen que sentar para ser realmente considerados.

La actitud apropiada es la humildad, dimensión constante del amor, y más aún, lo que hace del amor una verdadera virtud. El único amor que no busca su propio interés es el amor de Dios y es el que caracteriza al hombre salvado. El banquete de los cojos, ciegos, pobres y lisiados es la imagen del banquete de la parábola de Cristo, con la que hace ver que los invitados pueden incluso perder su puesto precisamente porque están demasiado seguros de sí mismos. Es bueno tener esa humildad que nos hace alegrarnos por el don recibido, y recordar que el banquete será para los últimos. Dios se revela a los humildes y resiste a los soberbios.