• I Domingo de Adviento B.

     

    Is. 63,16-17.19;64, 2-7; Salmo 79; Cor. 1,3-9; Mc. 13,33-37

     

    Querido hermano: comenzamos un ciclo más en la Liturgia, y lo aceptamos como un don de Dios para su pueblo. De nuevo, Dios queriendo, compartiré contigo algunos puntos sobre la liturgia de la Palabra de cada domingo. Comienzo por ofrecerte los puntos siguientes:

     

    Espiritualidad del Adviento.

     

    Con la liturgia del adviento, la comunidad cristiana está llamada a vivir determinadas actitudes esenciales a la expresión evangélica de la vida: la vigilante y gozosa espera, la esperanza, la conversión.

     

    La actitud de espera caracteriza a la iglesia y al cristiano, ya que el Dios de la revelación es el Dios de la promesa, que en Cristo ha mostrado su absoluta fidelidad al hombre (cf. 2Cor. 1,20). Durante el adviento la iglesia no se pone al lado de los hebreos que esperaban al Mesías prometido, sino que vive la espera de Israel en niveles de realidad y de definitiva manifestación de esta realidad, que es Cristo. Ahora vemos “como en un espejo”, pero llegará el día en que “veremos cara a cara” (1Cor. 13,12). La iglesia vive esta espera en actitud vigilante y gozosa. Por eso clama: “Maranatha: Ven, Señor Jesús”. (Ap. 22,17.20)

     

    El adviento celebra, pues, al “Dios de la esperanza” (Rom. 15,13) y vive la gozosa esperanza (cf. Rom. 8, 24-25). El cántico que desde el primer domingo caracteriza al adviento es el del salmo 24; “A ti, Señor, levanto mi alma; Dios mío, en ti confío: no quede yo defraudado, que no triunfen de mí mis enemigos; pues los que esperan en ti no quedan defraudados”.

     

    Entrando en la historia, Dios interpela al hombre La venida de Dios en Cristo exige conversión continua; la novedad del evangelio es una luz que reclama un pronto y decidido despertar del sueño (cf. Rom. 13,11-14). El tiempo de adviento, sobre todo a través de la predicación del Bautista, es una llamada a la conversión en orden  a preparar los caminos del Señor y acoger al Señor que viene. El adviento, enseña a vivir esa actitud de los pobres de Yavé, de los mansos, los humildes, los disponibles, a quienes Jesús proclamó bienaventurados. (cf. Mt. 5, 3-12)

     

     

    Pastoral del adviento.

    Sabiendo que, en nuestra sociedad industrial y consumista, este período coincide con el lanzamiento comercial de la campaña navideña, la pastoral del adviento debe por ello comprometerse a transmitir los valores y actitudes que mejor expresan la visión escatológica y trascendente de la vida. El adviento, con su mensaje de espera y esperanza en la venida del Señor, debe mover a las comunidades cristianas y a los fieles a afirmarse como signo alternativo de una sociedad en la que las áreas de la desesperación parecen más extensas que las del hambre y del subdesarrollo. La auténtica toma de conciencia de la dimensión escatológico-trascendente de la vida cristiana no debe mermar, sino incrementar, el compromiso de redimir la historia y de preparar, mediante el servicio a los hombres sobre la tierra, algo así como la materia para el reino de los cielos.

     

    En efecto, Cristo con el poder de su Espíritu actúa en el corazón de los hombres no sólo para despertar el anhelo del mundo futuro, sino también para inspirar, purificar y robustecer el compromiso, a fin de hacer más humana la vida terrena. (cf. GS 38) Si la pastoral se deja guiar e iluminar por estas profundas y estimulantes perspectivas teológicas, encontrará en la liturgia del tiempo de adviento un medio y una oportunidad para crear cristianos y comunidades que sepan ser alma del mundo.

     

    Síntesis.

    Is. 63,16-17.19;64,1.6-7.- Tú eres nuestro Padre. Al inicio de este nuevo año litúrgico nos dirigimos a Dios con este título: ¡Padre!, que es el centro de nuestra religión, porque así es como Dios se ha revelado en Aquél cuya fiesta preparamos para celebrarlo como nuestro hermano en la carne. ¿De dónde brota tal audacia? Ciertamente, no de nuestros méritos, sino de la bondad de Dios, de su voluntad, manifestada «en los últimos tiempos», de hacer de cada uno de nosotros un hijo. En esta alianza que quiere hacer con nosotros, él nos asegura su apoyo; a nosotros no nos resta más que tener confianza en él, amarlo y servirlo como compañero de viaje, hermano y padre.

     

    Salmo 79.- Lamentación pública en una grave desgracia: invasión militar. El estribillo señala el tono, ensanchando cada vez más el nombre divino.

     

    Trasposición cristiana. La imagen de David la asume Cristo, como concentración del pueblo de Dios, Jn. 15,5, y después se la pasa a su iglesia. Como Cristo, también la iglesia es pisoteada y entregada a las contiendas y burlas de los enemigos. Con Cristo la iglesia invoca la ayuda de Dios, y en Cristo contempla la iglesia el rostro de Dios que brilla con poder y clemencia.

     

     

    1Cor. 1,39.- Cristo don de Dios.- Antes de afrontar el tema de la fatiga, San Pablo recuerda los motivos de la alegría: los cristianos han recibido de Dios el don de Cristo, han acogido su evangelio, y ahora conocen la bondad y la fidelidad de Dios. Estos dones crecen día a día, hasta la plena manifestación del Señor en nosotros. He aquí el significado del adviento también para nosotros hombres del II milenio: esperanza de una perfecta comunión con Cristo, fundada sobre la experiencia de su presencia que desde ahora ilumina nuestra vida.

     

    Mc. 13, 33-37.- Vigilar: Es la orden del Señor. Pero la vigilancia que pide a los suyos ya no es aquella que los antiguos profetas exigían al pueblo elegido. Nosotros no debemos soñar un paraíso perdido en un futuro lejano: el reino de Dios está, ya aquí. Vigilar significa, por lo tanto, leer el presente y descubrir en él la eternidad. Se puede estar atento a todo; pero hay siempre algo de inesperado; siempre se está un poco adormecido y alienado. El reino de Dios se encuentra con frecuencia donde nosotros, en nuestra pobre prudencia, no habíamos previsto.

     

    ADVIENTO.

    Velen, pues no saben a qué hora va a regresar el dueño de la casa.

     

    El solo hecho de que podamos comenzar un ciclo más la liturgia nos invita a reflexionar sobre nuestra vida y el tiempo como un don de Dios.  Muchos hermanos nuestros ya no celebran con nosotros estas fiestas; han llegado ya a contemplar a Dios.  Con este espíritu de gratitud queremos asumir el nuevo año.

     

    El libro de la Sede trae la siguiente monición de entrada: “Hoy comenzamos el tiempo del Adviento para recordar que siempre es Adviento. Adviento es mirar al futuro; nuestro Dios es el Dios del futuro, el Dios de las promesas.

     

    Adviento es aguardar al que tiene que venir: el que está viniendo, el que está cerca, el que está en medio de nosotros; el que vino ya.

     

    Adviento es la esperanza, la esperanza de todos los hombres del mundo. Nuestra esperanza de creyentes se cifra en un nombre: Jesucristo”. Esta monición resume la dimensión del Adviento.

     

    De hecho, debemos notar que el tema de los dos últimos domingos del ciclo anterior, y éste primer domingo de Adviento, coinciden en el tema: estad preparados, vigilantes, pues no conocéis la hora. Y la oración colecta de este domingo hace referencia al evangelio del domingo pasado: primero, pedimos al Señor que despierte en nosotros el deseo de prepararnos a la venida de Cristo. En efecto, decía S. Agustín, la vida del verdadero cristiano  es un anhelo constante. ¿Cuál es el anhelo del verdadero cristiano? Isaías dice: “Tú, Señor, eres nuestro Padre y redentor; ese es tu nombre desde siempre”. S. Tomás de Aquino, en un estupendo comentario sobre el artículo del Credo: “Creo en la vida del mundo futuro, reportada en el Oficio de lectura del sábado XXXIII, analiza espléndidamente cual es nuestro anhelo, cual es el anhelo del creyente. Se apoya en S. Agustín. El Adviento nos invita a desprendernos de la burda materialidad de la vida y elevar nuestra mente “a las cosas del cielo”. Todo esto, continúa la colecta de este domingo, para que “puestos a su derecha el día del juicio podamos entrar en el Reino de los Cielos”. Esa es nuestra esperanza, ese es el anhelo que el Adviento, y el Año litúrgico en general intentan despertar en nuestro interior.

     

    Primer Domingo de Adviento. La liturgia del primer domingo de Adviento engancha siempre con la temática de los últimos domingos del año precedente: la perspectiva de final y el juicio, y la necesidad de “estar alerta”.  Se medita  en la dimensión escatológica de la historia  y el cosmos que avanzan hacia la plenitud de Cristo resucitado. (Rom. 8,22-25), y, en especial, en la iglesia que es la comunidad que vive aguardando la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo, la comunidad de Jesús como signo de esperanza de “los cielos nuevos y la tierra nueva”. Dios es quien nos ha llamado a la comunión con su Hijo Jesucristo, y Dios es fiel. (2ª Lec)

     

    La liturgia del primer domingo de Adviento, – ciclo B -, arranca con una lectura programática del III Isaías. En las circunstancias del tiempo que nos toca vivir, marcado fuertemente por el pecado, en nuestra ciudad y el mundo, no tenemos más que leerla cuidadosamente para ver su actualidad y su impacto. (ver 63,15-19). El mal es tan grande, a veces, que el profeta exclama asombrado: “Tú, Señor, eres nuestro Padre y nuestro redentor; ese es tu nombre para siempre. ¿Por qué, Señor, nos has permitido alejarnos de tus mandamientos y dejar endurecer nuestro corazón hasta el punto de no temerte?”. Recomiendo la traducción de la Biblia del Peregrino. El padre L. A. Schoekel comenta así: “La primera pregunta retórica parece hacer a Dios culpable del propio pecado del pueblo. Por lo cual podría parecer que declina la responsabilidad y la cargan a otro. No descuidemos el tono retórico de la pregunta: el pueblo siente a Dios tan próximo y tan activo, que le atribuyen la causa, como en el caso del faraón (Ex. 7,3). Es como si no pudieran entender esa dureza interior que mantienen y sufren, que lamentan y  no logran expiar, hasta pensar que ha de ser Dios el autor de esa fuerza superior a sus fuerzas.” (Profetas I. ad loc.).

     

    Es, pues, la constatación dolorosa del mal tan grande, lo que nos lleva también nosotros a hacer nuestra la pregunta del Profeta: ¿cómo es posible que hayamos llegado a tal punto?  De ahí brota la súplica: “Vuélvete, por amor a tus siervos, a las tribus que son tu heredad. ¡Ojalá rasgaras los cielos y bajaras, estremeciendo las montañas con tu presencia!” Merece la pena detenerse en estas palabras de Isaías con las que expresa la necesidad de que Dios venga a salvar a su pueblo, que vive esclavizado por el pecado: «Todos éramos impuros, nuestra justicia era un paño de inmundicia; todos nos marchitábamos como follaje, nuestras culpas nos arrebataban como el viento”. Pero Isaías hace la petición a un Dios al que invoca diciendo: “Sin embargo, Señor, tú eres nuestro Padre; nosotros el barro y tú el alfarero. Todos somos hechura de tus manos”. Es Dios quien puede remodelarnos, hacernos de nuevo, hacer que volvamos. Sólo él.

     

    Es la conciencia del propio pecado, de la esclavitud e impotencia, de la debilidad, lo que hace que surja la plegaria; la conciencia de la necesidad de ser salvados. El hombre no necesita buenos consejos, necesita ser salvado. De ahí que el Adviento esté dominado por el llamado a la Conversión. El Adviento se define como tiempo de espera.  En este sentido nuestra vida toda es adviento, toda ella es la espera del encuentro con el Señor.

     

    Aquí engancha el inicio del año nuevo con el final del año anterior. Así se ve en el fragmento evangélico del Mc. que proclamamos este domingo: “Velen y estén preparados….lo que les digo a ustedes, lo digo para todos, permanezcan alerta”. En una cultura marcada por una “distracción existencial”, urge escuchar la advertencia de Jesús.

     

    El “permanecer alerta” tiene todavía un significado:

    1.- Estar alerta ante la llamada de Dios aquí y ahora. Cada hora nos pone delante de una decisión (crisis); el juicio del Hijo del hombre-Juez  se refiere al comportamiento presente en relación al prójimo, como lo meditábamos el domingo pasado. Las decisiones equivocadas o justas de hoy pueden significar la condena o la salvación de mañana.

     

    2.- Estar alerta para un futuro que está más allá de cualquier programación humana y de todo lo que se puede comprender dentro de una programación. Hay una instancia que no puede ser calculada con anterioridad en la búsqueda del futuro. La venida del Hijo del hombre no cae dentro de la futurología. El que agudiza la propia sensibilidad ante lo que no está disponible, el que está pronto para el riesgo y toma en serio la incertidumbre de todas las cosas terrenas, se abre al Dios que viene.  La esperanza cristiana es la actitud fundamental adecuada en la que vale la pena ejercitarse.

     

    3.- Estar alerta para el Dios del futuro, el Dios que viene, y que cerrará soberanamente la historia humana y que en Jesucristo, el Hijo del hombre que retorna, recompensará a cada quien según sus obras, (Ap.22,12); después hará nuevas todas las cosas. (Ap. 21,5)

     

    4.- Estar alerta para el encuentro personal con Dios, trámite nuestra propia muerte. La imagen del Hijo del Hombre-Juez-Pastor que viene, leído en los discursos apocalípticos en los sinópticos, quiere mostrarnos la instancia a la cual somos remitidos en el encuentro con Dios: la instancia es Jesús, del cual hoy, en nuestra vida presente, debemos hacer nuestra confesión: el que me reconoce delante de los hombres, también yo lo reconoceré delante de los ángeles de Dios. (cf. Lc. 12,8-9) Ante la presencia de Dios, nuestra cercanía o alejamiento (fe o no fe) de Cristo se convertirá en premio o castigo.

     

    Homilía del Papa B. XVI.

    Comparto contigo la homilía del Papa B. XVI durante la celebración de las primeras vísperas de Adviento del año antepasado. (30.11.09). Contiene los elementos esenciales del tiempo y pueden servirnos para preparar con nuestras comunidades la celebración del Adviento-Navidad.

     

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    Queridos hermanos y hermanas,

    con esta celebración vespertina entramos en el tiempo litúrgico del Adviento. En la lectura bíblica que acabamos de escuchar, tomada de la Primera Carta a los Tesalonicenses, el apóstol Pablo nos invita a preparar la “venida del Señor nuestro Jesucristo” (5,23) conservándonos irreprensibles, con la gracia de Dios. Pablo usa precisamente la palabra “venida”, en latín adventus, de donde viene el término Adviento.

     

    Reflexionemos brevemente sobre el significado de esta palabra, que puede traducirse como “presencia”, “llegada”, “venida”. En el lenguaje del mundo antiguo era un término técnico utilizado para indicar la llegada de un funcionario, la visita del rey o del emperador a una provincia. Pero podía indicar también la venida de la divinidad, que sale de su ocultación para manifestarse con poder, o que es celebrada presente en el culto. Los cristianos adoptaron la palabra “adviento” para expresar su relación con Jesucristo: Jesús es el Rey, que ha entrado en esta pobre “provincia” llamada tierra para visitarnos a todos; hace participar en la fiesta de su adviento a cuantos creen en Él, a cuantos creen en su presencia en la asamblea litúrgica. Con la palabra adventus se pretendía sustancialmente decir: Dios está aquí, no se ha retirado del mundo, no nos ha dejado solos. Aunque no lo podemos ver y tocar como sucede con las realidades sensibles, Él está aquí y viene a visitarnos de múltiples maneras.

     

    El significado de la expresión “adviento” comprende por tanto también el de visitatio, que quiere decir simple y propiamente “visita”; en este caso se trata de una visita de Dios: Él entra en mi vida y quiere dirigirse a mí. Todos tenemos experiencia, en la existencia cotidiana, de tener poco tiempo para el Señor y poco tiempo también para nosotros. Se acaba por estar absorbidos por el “hacer”. ¿Acaso no es cierto que a menudo la actividad quien nos posee, la sociedad con sus múltiples intereses la que monopoliza nuestra atención? ¿Acaso no es cierto que dedicamos mucho tiempo a la diversión y a ocios de diverso tipo? A veces las cosas nos “atrapan”. El Adviento, este tiempo litúrgico fuerte que estamos empezando, nos invita a detenernos en silencio para captar una presencia. Es una invitación a comprender que cada acontecimiento de la jornada es un gesto que Dios nos dirige, signo de la atención que tiene por cada uno de nosotros. ¡Cuántas veces Dios nos hace percibir algo de su amor! ¡Tener, por así decir, un “diario interior” de este amor sería una tarea bonita y saludable para nuestra vida! El Adviento nos invita y nos estimula a contemplar al Señor presente. La certeza de su presencia ¿no debería ayudarnos a ver el mundo con ojos diversos? ¿No debería ayudarnos a considerar toda nuestra existencia como “visita”, como un modo en que Él puede venir a nosotros y sernos cercano, en cada situación?

     

    Otro elemento fundamental del Adviento es la espera, espera que es al mismo tiempo esperanza. El Adviento nos empuja a entender el sentido del tiempo y de la historia como “kairós“, como ocasión favorable para nuestra salvación. Jesús ilustró esta realidad misteriosa en muchas parábolas: en la narración de los siervos invitados a esperar la vuelta del amo; en la parábola de las vírgenes que esperan al esposo; o en aquellas de la siembre y de la cosecha. El hombre, en su vida, está en constante espera: cuando es niño quiere crecer, de adulto tiende a la realización y al éxito, avanzando en la edad, aspira al merecido descanso. Pero llega el tiempo en el que descubre que ha esperado demasiado poco si, más allá de la profesión o de la posición social, no le queda nada más que esperar. La esperanza marca el camino de la humanidad, pero para los cristianos está animada por una certeza: el Señor está presente en el transcurso de nuestra vida, nos acompaña y un día secará también nuestras lágrimas. Un día no lejano, todo encontrará su cumplimiento en el Reino de Dios, Reino de justicia y de paz.

     

    Pero hay formas muy distintas de esperar. Si el tiempo no está lleno por un presente dotado de sentido, la espera corre el riesgo de convertirse en insoportable; si se espera algo, pero en este momento no hay nada, es decir, si el presente queda vacío, cada instante que pasa parece exageradamente largo, y la espera se transforma en un peso demasiado grave, porque el futuro es totalmente incierto. Cuando en cambio el tiempo está dotado de sentido y percibimos en cada instante algo específico y valioso, entonces la alegría de la espera hace el presente más precioso. Queridos hermanos y hermanas, vivamos intensamente el presente donde ya nos alcanzan los dones del Señor, vivámoslo proyectados hacia el futuro, un futuro lleno de esperanza. El Adviento cristiano se convierte de esta forma en ocasión para volver a despertar en nosotros el verdadero sentido de la espera, volviendo al corazón de nuestra fe que es el misterio de Cristo, el Mesías esperado por largos siglos y nacido en la pobreza de Belén. Viniendo entre nosotros, nos ha traído y continua ofreciéndonos el don de su amor y de su salvación. Presente entre nosotros, nos habla de múltiples modos: en la Sagrada Escritura, en el año litúrgico, en los santos, en los acontecimientos de la vida cotidiana, en toda la creación, que cambia de aspecto según si detrás de ella está Él o si está ofuscada por la niebla de un origen incierto y de un incierto futuro. A nuestra vez, podemos dirigirle la palabra, presentarle los sufrimientos que nos afligen, la impaciencia, las preguntas que nos brotan del corazón. ¡Estamos seguros de que nos escucha siempre! Y si Jesús está presente, no existe ningún tiempo privado de sentido y vacío. Si Él está presente, podemos seguir esperando también cuando los demás no pueden asegurarnos más apoyo, aún cuando el presente es agotador.

     

    Queridos amigos, el Adviento es el tiempo de la presencia y de la espera de lo eterno. Precisamente por esta razón es, de modo particular, el tiempo de la alegría, de una alegría interiorizada, que ningún sufrimiento puede borrar. La alegría por el hecho de que Dios se ha hecho niño. Esta alegría, invisiblemente presente en nosotros, nos anima a caminar confiados. Modelo y sostén de este íntimo gozo es la Virgen María, por medio de la cual nos ha sido dado el Niño Jesús. Que Ella, fiel discípula de su Hijo, nos obtenga la gracia de vivir este tiempo litúrgico vigilantes y diligentes en la espera. Amén.

     

     

     

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